Capítulo 15
Las fotos las tengo extendidas sobre la mesa de la cocina a las seis y media de la mañana del día seis, en fila, como cartas de una mano que no sé jugar. No he dormido. No es novedad. Lo que es novedad es por qué no he dormido, y el dron es lo de menos.
Iago duerme. Por fin. Lo dejé en la cama estrecha hace una hora, cuando se le cerraron los ojos a mitad de frase, y le eché la manta encima y me quedé un segundo de más mirándolo dormir, que es exactamente lo que un escolta no debe hacer, mirar al objetivo con la guardia bajada.
Mirar a un hombre dormir es de las pocas cosas en este mundo que no se pueden hacer con la guardia alta, porque mirar dormir a alguien es decir, sin decirlo, que confías en que esa habitación esté despejada de verdad. Lo hice igual. Luego bajé a las fotos.
Cinco fotos. La primera, el porche, ayer por la mañana, los dos saliendo a la ronda.
La segunda, la ventana de la cocina, ayer por la tarde, Iago amasando con las mangas subidas.
La tercera y la cuarta, exteriores, el coche, la trasera de la finca.
La quinta no la pienso mirar otra vez. La quinta la giro boca abajo y la dejo así, y me quedo mirando el dorso blanco un rato largo, porque en el dorso blanco no estamos él y yo a través de un cristal mal tapado.
Cojo la radio. Banda cifrada de Cerco, la que solo tenemos Sonia, Quim y yo en este dispositivo. Aprieto el pulsador.
— Cerco dos, aquí Cerco uno. Adelante.
Tarda. Cuento puertas mientras tarda. La principal, la trasera con barra nueva, las ventanas. La radio escupe estática y luego la voz de Quim, demasiado despierta para las seis y media, demasiado fresca.
— Cerco uno, aquí dos, tranqui. Dime.
Tranqui. Su muletilla. La camisa nueva de su voz.
— Anoche tuvimos sobrevuelo de un aparato no identificado sobre el punto. Dos pasadas. La segunda dejó un paquete. ¿Tienes algo en el registro? ¿Tráfico aéreo, lo que sea?
— Nada, jefe, todo limpio por aquí. — Una pausa que no me gusta—. Pero un dron, joder. ¿Estáis bien? ¿El paquete qué era? ¿Algo serio?
Tres preguntas seguidas. Un escolta entrenado pregunta una: ¿necesitáis apoyo?
Quim pregunta tres, y las tres van a lo mismo, a sacarme información del paquete.
Lo anoto en la libreta, al lado de lo otro que ya tengo anotado de él, de la noche que sabía cuántas habitaciones tiene esta casa sin haberla pisado, de cómo se interesa siempre por el detalle equivocado.
— Documentación de la finca — miento—. Papeles de Lázaro que se traspapelaron. Falsa alarma. — Le doy carnada y veo si la muerde—. Nada que ver con el dispositivo.
— Ah, vale, qué susto. — Alivio en su voz.
Alivio de verdad, que es lo que lo delata: un compañero de fiar se queda preocupado cuando le dices que hubo un dron, no aliviado cuando le dices que era nada.
Quim quería que fuera nada. A un compañero le preocupa la amenaza; a un topo le preocupa que tú no sepas que es una amenaza—.
Tranqui entonces. Cualquier cosa me dices.
— Recibido. Cerco uno, fuera.
Suelto el pulsador. Me quedo con la radio en la mano, pesada, mirando las cinco fotos boca arriba y la sexta boca abajo.
Si Quim es lo que creo que es, acabo de decirle exactamente lo que él quería oír, que no sé lo que vale el paquete.
Bien. Que lo crea. Un topo que se cree más listo que tú es un topo que se confía, y un topo confiado comete un error, y yo necesito un error suyo, uno solo, para tener algo más que una corazonada en una libreta.
Lázaro llega a las siete con los huevos y un olor a leña que entra antes que él.
El guarda de la finca tiene las manos del tamaño de palas y una manera de no hablar que al principio tomé por hostilidad y ahora sé que es solo economía: no gasta una palabra si le vale un gesto.
Le pongo las fotos delante sin decir nada.
Las mira. No las cinco igual; pasa por las cuatro primeras deprisa y se para en la del exterior de la trasera.
La coge con dos dedos, la acerca a la ventana, a la luz de fuera, entrecierra los ojillos, gruñe, y la planta de vuelta en la mesa con el índice clavado en una esquina de la imagen.
— Ahí — dice. Es casi todo lo que dice en una mañana.
— ¿Qué hay ahí?
Sale al porche. Lo sigo. Señala con el brazo entero, recto, hacia el monte, a un risco que se levanta a la izquierda de la casa, por encima del nivel del tejado, entre dos robles pelados.
— El Cantil — gruñe—. Única roca que mira la trasera por encima. Lo demás es ladera, no se ve la trasera. Solo desde ahí. — Baja el brazo—. Yo subo en cincuenta minutos. Cabra, en veinte. Hombre con prisa, no sube. No de noche.
— ¿Entonces?
— Entonces el que hizo esa foto — dice, y me clava los ojillos—, o es cabra, o sabía por dónde se sube sin romperse el cuello. Y eso, forastero, lo sabemos cuatro en esta sierra. — Se vuelve a la cocina, al café—. Yo soy uno. Tú no.
Me quedo en el porche con la foto del exterior en la mano y el frío del día seis entrándome por el cuello de la camisa.
Lázaro tiene razón y Lázaro acaba de decir, a su manera de no decir nada, lo que yo llevaba toda la noche sin querer pensar.
Esa foto de la trasera no la sacó el dron.
El dron mapeó el frente, el porche, las ventanas; el dron vuela y dispara desde el aire, y sus fotos tienen el picado de quien dispara desde arriba.
Pero el ángulo de la trasera, desde el Cantil, por encima del tejado, hacia el punto exacto donde está la barra que puse ayer, lo sacó alguien de a pie, con los pies en una roca, con el ojo a la altura de un hombre que sabe esperar agachado.
Alguien que subió al risco en la oscuridad sin matarse. Alguien que sabía dónde poner el pie.
Vuelvo dentro. Iago está levantado. En la cocina, descalzo otra vez, mirando las fotos en fila con la cara de un hombre que ha entendido demasiado deprisa. Coge la quinta, la que dejé boca abajo, y la mira, y la deja, y no dice nada del contenido. Solo:
— Nos vieron. En la cama. Alguien estaba en ese cerro mientras... — No termina—. ¿Cuánto rato llevaba ahí mirándonos?
— No lo sé.
— Mentira. Sí lo sabes. Tú sabes cuánto se tarda en subir ahí y cuánto en bajar. Lo has calculado ya. Lo veo en tu cara. — Se acerca. Me pone la foto en el pecho, plana, con dos dedos—. No me protejas de los datos, Aitor. Eso es lo que hacía Roque. Por tu bien, chaval, no te cuento esto. Tú no.
Tiene razón. Y aquí, justo aquí, es donde casi se lo digo.
Lo tengo en la boca. Tengo la cláusula en la boca, la firma con mi nombre, el papel en la cremallera de la bolsa que está a tres metros de nosotros en mi cuarto.
Iago acaba de pedirme exactamente lo único que no le estoy dando: que no lo proteja de la verdad, que no haga lo que hacía Roque.
Y lo que hago, ahora mismo, es lo que hacía Roque.
Le oculto un dato por su bien. La ironía me sube por la garganta como bilis.
Abro la boca. Cojo aire para decirlo. Hay una palabra, una sola, "firmé", que basta para empezar, y la tengo en la lengua.
Y la cuenta de puertas se me dispara. Una, dos, tres. Y me trago la palabra. Otra vez. Porque la cuenta me recuerda lo que me cuesta a mí, y yo, cobarde, hago siempre la cuenta de lo que me cuesta a mí.
— El que sacó la foto de la trasera — digo, y elijo darle este dato para no darle el otro, una verdad pequeña a cambio de callar la grande, que es la peor clase de mentira— subió a pie a un risco que solo conocen cuatro personas en esta sierra.
De noche. Sin caerse. Eso no lo hace un sicario de Madrid que llega y sube.
Eso lo hace alguien que ha estado aquí antes. O alguien a quien le dieron el mapa.
Iago se queda quieto. Las manos, que no paran nunca, se le posan en el borde de la encimera y ahí se quedan. La quietud en él es la alarma; ya lo sé leer.
— Alguien de dentro — dice.
— Alguien con acceso al dispositivo, sí.
Alguien que tiene los planos de la finca, las posiciones de las cámaras, los ángulos muertos.
— Recojo las fotos, las apilo, las meto en el sobre—.
Esa foto no la pudo encuadrar nadie que no supiera que el Cantil es el único punto que ve la trasera.
Y eso no está en internet, Iago. Eso está en el informe de seguridad de la finca.
El que hizo Cerco. El que tenemos tres personas.
— Tú, tu jefa y...
— Y el segundo escolta.
No digo el nombre. No hace falta. Iago lo entiende, y entenderlo le cambia la cara, porque hasta ahora la amenaza era de fuera, era Roque allá en Madrid, era una furgoneta y un rastreador y un dron, cosas que vienen de lejos y se ven venir.
Y ahora la amenaza tiene radio cifrada, tiene mi banda, tiene mi confianza, ha estado durmiendo cuatro noches a una llamada de distancia y me ha dicho tranqui esta misma mañana.
— ¿Estás seguro? — pregunta Iago.
— No. Por eso no he dicho el nombre. — Cierro el sobre—. Estar seguro me cuesta una prueba que aún no tengo. Pero alguien encuadró esa foto desde el único sitio del mundo que solo sabemos los que hicimos el informe. Y yo no la saqué. Y mi jefa no estaba en esta sierra anoche.
— Tú confías en tu jefa.
— Con los ojos cerrados. — Y es verdad. Sonia es de las pocas personas que en seis años no se ha tragado mi despejado—. Eso me deja una cuenta de una sola persona. Pero una corazonada no se sienta delante de un juez. Necesito que se equivoque.
Dejo el sobre en lo alto del armario, fuera de su vista, y me vuelvo hacia él.
Quiero decirle muchas cosas. Quiero decirle que anoche no fue un error, aunque hoy toque que no ha pasado.
Quiero decirle que lo del Cantil me da más miedo por él que por mí, que llevo toda la noche pensando no en quién nos vigila sino en que lo vigilan a él por mi culpa, porque si no me hubiera metido en su cama no habría una foto que usar contra los dos.
Y quiero, sobre todo, sacar la bolsa de mi cuarto y ponerle el papel delante y dejar de ser, aunque sea una hora, un hombre que oculta cosas por el bien de otro.
No hago nada de eso. Cuento puertas. Seis. La séptima, la de la bolsa, sigue cerrada.
— Hazme pan — le digo, porque es lo único que sé darle que no le hace daño—. Tengo que pensar.
Iago me mira un segundo de más. Sabe que le he callado algo; este hombre se gana la vida leyendo a la gente igual que yo. Pero coge la harina. Y mientras la pesa, de espaldas, dice una cosa en voz baja que me deja clavado en mitad de la cocina.
— El topo nos vio anoche — dice—. Vio justo eso.
Pudo fotografiar la trasera, las cámaras, los puntos ciegos, lo que le hiciera falta para entrar.
Y de todo lo que podía fotografiar para hacernos daño, eligió eso.
— Echa la harina al cuenco, la nivela con el canto de la mano—.
Quien sea, sabe que ya no eres solo mi escolta.
Y va a usarlo. No vino a saber por dónde entrar, Aitor. Vino a saber por dónde duele.
Se me queda en el cuerpo toda la mañana, esa frase.
Porque tiene razón. Por dónde duele. Y yo, que llevo días sabiendo exactamente por dónde duele Iago, que lo tengo escrito en una cláusula en mi bolsa, soy el que mejor sabe en esta sierra el sitio exacto donde una palabra mal puesta lo rompe.
Y lo estoy callando. Y rezo, contando puertas, por que el topo no lo sepa también.