El protocolo del silencio Capítulo 14
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Capítulo 14

El pan ha salido bien y eso me jode, porque tenía ganas de que saliera mal para tener algo de qué quejarme que no fuera el miedo.

Sale bien. Corteza que cruje cuando le clavas la uña, miga con agujeros grandes, el olor llena la casa entera y por un rato El Helechal huele a sitio donde vive gente y no a piso franco.

Son las once de la noche. Lo he tenido en el horno desde media tarde, con su reposo, su pliegue, su segundo levado, porque tiempo es lo único que me sobra aquí, y al pan el tiempo se le nota como se le nota a una persona.

Aitor entra de su última ronda con frío en la chaqueta y dice despejado y yo le corto un mendrugo de la hogaza caliente y se lo pongo en la mano sin decir nada.

Se lo come de pie, en la cocina, mirando la puerta. Cierra los ojos al primer bocado. Un segundo. Es lo más cerca que está este hombre de rezar.

— Joder — dice.

— Lo sé.

— No, en serio. Joder. — Le da otro bocado, más despacio, masticando como si quisiera entenderlo—. Esto no es pan. El pan que yo conozco es una cosa que llena. Esto es otra cosa.

— Es harina, agua, sal y tiempo. — Me limpio las manos en el delantal—. Cuatro cosas. Lo que pasa es que la mayoría de la gente no le da el tiempo. Tienen prisa. Sacan el pan antes de que esté.

No estoy hablando de pan. Él lo sabe. Me mira por encima del mendrugo con esos ojos que cuentan puertas y por un momento deja de contar y me cuenta a mí, y yo aguanto la mirada, que es lo más valiente que he hecho en el día.

Aguantarle la mirada a este hombre es como meter la mano en agua que no sabes si quema o hiela hasta que ya la tienes dentro.

— ¿Y cuándo está? — pregunta—. El pan. ¿Cómo sabes que ya está y no antes?

— Suena. — Cojo la hogaza, le doy la vuelta, le doy un golpe seco en la base con los nudillos.

Suena a hueco—. ¿Lo oyes? Cuando suena a hueco, está.

Antes, no. Si lo sacas antes, por fuera parece pan y por dentro está crudo.

Y no lo sabes hasta que lo abres y ya no hay arreglo.

— Lo dejo en la tabla—. Las cosas hay que sacarlas cuando suenan a hueco. Ni antes ni después.

Aitor no contesta a eso. Pero deja el mendrugo, y cruza la cocina, y por un segundo creo que va a hacer algo, decir algo, y entonces el ruido.

No es un corzo. No es la cafetera enfriándose.

Es un zumbido agudo, fino, mecánico, que viene de fuera y de arriba, y que sube y baja como si buscara algo.

Aitor suelta lo que tenía en la cabeza antes de terminar de pensarlo.

La mano ya en el costado, bajo la chaqueta.

El cuerpo entre la ventana y yo en menos de un segundo, sin que lo vea moverse, como si siempre hubiera estado ahí.

— Al suelo — dice. Bajo—. La luz.

Apago el extractor de un manotazo. La cocina se queda negra.

El zumbido pasa por encima del tejado, se aleja, vuelve.

Estamos los dos en el suelo de baldosa fría, pegados a los armarios bajos, Aitor delante, yo detrás, su espalda contra mi pecho y mi mano agarrada a su chaqueta sin haber decidido agarrarme.

— Dron — dice, muy bajo—. Pequeño. Cámara, seguramente. No carga peso de arma, suena demasiado ligero. Nos está mapeando.

— ¿Mapeando?

— Fotos. Térmica, igual. Quieren saber dónde dormimos, cuántos somos, qué cubre cada ventana.

— Su respiración es lenta, controlada, demasiado controlada para lo rápido que le late el corazón, que lo noto en la espalda, contra mi pecho, igual de mentiroso que anoche—.

Tú no te mueves de detrás de mí. ¿Entendido?

— Sí.

El zumbido da una vuelta más, larga, y se aleja hacia el monte, y se apaga, o se aleja tanto que ya no lo oímos.

Nos quedamos en el suelo en la oscuridad un minuto entero contando, los dos contando, él puertas y yo segundos.

Cincuenta. Sesenta. Nada. El silencio de la sierra otra vez, ese silencio enorme donde se oye a Roque.

— Despejado — dice Aitor. Pero no se mueve.

No se mueve, y yo tampoco, y su espalda sigue contra mi pecho, y mi mano sigue en su chaqueta, y de golpe el miedo se ha convertido en otra cosa por el camino, como pasa, como pasa cuando crees que vas a morir y resulta que no, que esta noche no, y el cuerpo, que se había preparado para apagarse, no sabe qué hacer con toda la corriente que tenía cargada.

La corriente tiene que ir a algún sitio. Va a él.

Aitor se gira. Despacio, en el suelo, hasta quedar de cara, y la poca luz que entra de la luna por la ventana le pone medio rostro de gris y deja el otro medio negro. Me mira la boca.

— Esto no ha pasado — digo yo, robándole la frase, devolviéndosela—. ¿No?

— Esto no ha pasado — dice él.

Y me besa él, otra vez él, que conste, en el suelo de la cocina con el arma todavía en la mano, y esta vez no hay despacio, no hay contar, no hay puerta que comprobar.

Esta vez es el miedo saliendo por la boca.

Me sube por encima de él, o él me sube, no sé, nos enredamos en el suelo como dos hombres que han estado tres días midiéndose y ya no quieren medir nada, y le quito la chaqueta de una vez, esa coraza, y debajo está el arnés y el arma, y él la deja con cuidado, lo único que hace con cuidado, la deja lejos, en la baldosa, al alcance pero lejos, y vuelve a mí.

— La cama — dice contra mi cuello.

— ¿Hay cama?

— Hay una. Solo una. La de las goteras no.

— Pues llévame a la única cama, jefe.

— No me llames jefe.

Me levanta. Me levanta entero, del suelo, con una fuerza que no presume, y yo me agarro a sus hombros que por fin no están tensos, que por fin se han rendido a algo, y nos vamos al cuarto tropezando con el quicio de la puerta, riéndonos los dos contra la boca del otro, y él para en el umbral, claro que para, cuenta el pestillo, lo echa, y yo le digo que es lo más insoportable que ha hecho nunca y él me dice que es lo que me mantiene vivo y yo le digo que ahora mismo no es eso lo que quiero que me mantenga.

La cama es estrecha y de finca y chirría, y me da igual. Me quita la camiseta por la cabeza y se queda mirándome el antebrazo, la quemadura, a la luz de la luna, y la roza con el pulgar, despacio, sin preguntar de qué es porque ya lo sabe, ya se lo conté con la cebolla.

— Esto me lo gané yo — digo, por costumbre, por defensa.

— Lo sé. — Y la besa. Besa la cicatriz, la quemadura vieja que enseño con orgullo y que nadie había besado nunca, que la gente mira con esa lástima de plató y nadie había acercado la boca—. Todo lo tuyo te lo ganaste tú. Hasta esto.

— ¿Esto qué es?

— No sé. — Me empuja contra el colchón—. Algo que no estaba en el contrato.

Lo desvisto yo a él. Le cuesta dejarse, todo el rato le cuesta, es un hombre que no se ha dejado desvestir en años, lo noto en cómo se queda quieto cuando le saco la camiseta, expuesto, sin coraza, con el cuerpo lleno de marcas que no son de cocina, las suyas de otra cosa, de su vida, y yo no le pregunto por ninguna porque sé lo que es que te las pregunten, sé lo que es que te conviertan la piel en una entrevista.

Solo lo toco. Le pongo las manos encima, las manos que saben de texturas, de puntos, de cuándo algo está listo, y lo leo entero con ellas, y él tiembla, este hombre que no tiembla, tiembla bajo mis manos de cocinero.

— Iago — dice. Y ya no es orden ni ruego. Es solo mi nombre, y me lo dice como quien se agarra a un borde.

Lo que viene después no tiene prisa aunque empezó con prisa.

Eso me sorprende de él. Esperaba un hombre eficiente, operativo, que despejara también esto, que lo hiciera como hace las rondas, deprisa y bien.

Y es lo contrario. Es un hombre que ha decidido por una vez no controlar nada, que se deja llevar a donde lo llevo, que me deja marcar el ritmo a mí porque por primera vez en su vida no quiere ir delante.

Le doy la espalda y me sujeta contra él, pecho contra espalda, como en el suelo de la cocina pero al revés, ahora soy yo el que va delante y él el escudo, y su boca en mi nuca, donde Roque ponía la mano para dirigir, y la boca de Aitor ahí no dirige, ahí solo está, y respira, y dice mi nombre.

Y entonces sí. Despacio primero, los dos conteniendo el aire, y luego no despacio, y la cama de finca chirría y nos da igual, y el frío de la sierra que entra por la ventana clausurada no llega hasta aquí, hasta esta cama estrecha donde dos hombres que no deberían tocarse se tocan igual y se buscan y se encuentran y por unos minutos, unos pocos, el reloj de doce días deja de correr.

No hay cuenta atrás dentro de esta habitación.

No hay Roque. No hay cláusula. Solo está esto, lo que dijo él que no estaba en el contrato, creciendo entre los dos cuerpos hasta que ninguno aguanta, y le digo su nombre en el momento exacto en que él me dice el mío, los dos a la vez, y nos rompemos juntos en una cama que chirría en una casa segura que no lo es.

Después nos quedamos quietos. Su brazo cruzado sobre mi pecho, pesado, de hombre dormido aunque no duerme, nunca duerme del todo.

Le oigo el corazón ir frenando contra mi espalda, bajar de mil a quinientos a algo casi humano.

Me llevo su mano a la boca y le beso los nudillos, esos dedos que cuentan puertas, y noto que aun ahora, aun aquí, los tiene tensos, listos para contar.

— Para — le digo—. Por un minuto. Para de contar.

— No puedo.

— Inténtalo.

Y lo intenta. Lo noto intentarlo. La mano se le afloja un grado, luego otro, y por un minuto entero, lo juro, este hombre no cuenta nada.

Solo respira contra mi espalda en una cama estrecha y huele a sudor y a pan y a noche, y yo pienso que esto, esta tregua de un minuto que le cuesta cada segundo, vale más que todos los aplausos que me han dado nunca en un plató.

A mí me aplauden por lo que sé hacer. Él me da un minuto de su guardia, que es lo único que no sabe dar.

— Iago — dice, contra mi nuca, bajo.

— ¿Qué?

— El pan suena a hueco — dice, y tardo un segundo en entenderlo, y cuando lo entiendo se me cierra la garganta—. Esta tarde. Lo que dijiste. Que las cosas hay que sacarlas cuando suenan a hueco. — Una pausa—. Esto suena a hueco. Lo de nosotros. Está. No es crudo.

No sé qué contestar a eso. Un escolta que se explica con mi metáfora del pan. Le aprieto la mano contra el pecho y me callo, que es mi forma de decirle que sí, que está, que suena.

Es entonces cuando se oye el segundo zumbido.

Aitor está de pie antes de que yo procese que lo he oído.

Desnudo, en mitad del cuarto, el arma en la mano, recogida de la cocina en algún momento que no vi, siempre al alcance.

El dron vuelve. Pasa bajo, esta vez muy bajo, sobre el tejado, sobre el porche, y se detiene.

Lo oímos detenerse, el zumbido fijo en un punto sobre la entrada, y luego un golpe seco, algo que cae sobre las tablas del porche, y el zumbido que se aleja, esta vez de verdad, esta vez para no volver.

— Quédate aquí — dice Aitor. Se pone los pantalones de un tirón—. No salgas.

Sale. Lo oigo abrir la puerta, contar el pestillo, los pasos en el porche.

Silencio. Vuelve con algo en la mano, un sobre acolchado, manila, sin sello, atado con una cuerda al objeto que lo lastraba, una piedra de la propia finca.

Lo abre con la navaja en el umbral, de espaldas a mí, y se queda muy quieto.

Demasiado quieto.

— ¿Qué es? — pregunto.

No me contesta. Sale otra pregunta de él en lugar de una respuesta, como hace siempre cuando va a callar algo, pero esta vez no le sale ni eso. Se gira y me enseña lo que hay dentro.

Fotos. Brillantes, recién impresas. Nosotros dos.

En el porche esta mañana. En la ventana de la cocina esta tarde, yo amasando.

Y la última, la última me hiela la sangre desnudo en mitad del cuarto: nosotros dos, ahora mismo, hace cinco minutos, a través de la única ventana sin clausurar, las cortinas que yo creía echadas y no estaban del todo, dos cuerpos en una cama estrecha.

Nos han fotografiado mientras lo hacíamos.

Alguien nos está mirando.