El protocolo del silencio Capítulo 13
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Capítulo 13

Día siete. Lo primero que hago al abrir los ojos es contar.

Dos ventanas en este cuarto, una clausurada con tabla.

Una puerta al pasillo. La del baño común al fondo.

La principal, dos pestillos. La trasera de la cocina, uno y un cerrojo de barra.

Seis salidas en El Helechal, cinco operativas, y de las cinco yo controlo cuatro con la llave que llevo en el bolsillo interior, contra el pecho, donde duermo con ella.

La quinta es la trasera y hoy le pongo barra nueva.

Eso es lo primero que hago. Lo segundo es acordarme de que anoche lo besé.

Me siento en el catre con la espalda contra la pared, como duermo siempre, vestido, y me quedo mirando la tabla que clausura la segunda ventana.

Un escolta que se acuesta con el objetivo no es un escolta.

Es un hombre con dos puntos ciegos en vez de uno: el ángulo muerto del terreno y el ángulo muerto de querer que el objetivo respire.

El segundo mata más rápido que el primero. Eso lo aprendí. Eso lo pagué.

Nael lo decía riéndose. Tú cuenta puertas, yo cuento chistes.

Y yo conté puertas, conté todas las puertas de aquel sótano, las di todas por despejadas, y la que no conté fue la de mi propio presentimiento, la que tenía dentro y que llevaba toda la noche golpeando para que la abriera.

La callé. Seguí el protocolo. Nael cruzó el punto que yo había dado por bueno y el punto no era bueno.

No hubo segundo disparo. Hubo el primero y ya está.

Hace seis años de eso y todavía me despierto contando. Es lo que dejó. No pesadillas, no gritos. Cuentas. La cabeza que empieza a numerar salidas antes de que los ojos enfoquen, como si numerar las salidas de un cuarto vacío fuera a devolverme la que no conté entonces.

Me levanto. Me lavo la cara con el agua de la sierra, que sale helada y me sienta bien que salga helada. En el espejo manchado hay un hombre de treinta y nueve años que sabe perfectamente lo que tiene que hacer hoy y va a hacer lo contrario.

Iago está en la cocina. Lleva el delantal sobre la camiseta de dormir, descalzo, el pelo de cualquier manera, y está batiendo algo con un tenedor en un cuenco como si el cuenco le debiera dinero.

No me ha oído. O sí, y disimula. Es bueno disimulando; se gana la vida disimulando delante de una cámara, sonriendo a un plató mientras por dentro le hierve lo que no dice.

— Buenos días — digo desde la puerta, sin cruzarla.

— Tortilla francesa — contesta, sin girarse—. No hay para más. Lázaro trajo huevos y poco más. ¿Despejado?

Lo dice con retintín, mi palabra en su boca, devolviéndomela como anoche. Anoche no ha pasado. Eso acordamos. Que conste que lo acordamos.

— Despejado — digo—. Cámaras en orden. El corzo no volvió.

— El corzo. — Echa la mezcla a la sartén. El aceite chilla—. Vamos a llamarlo corzo, sí. Suena mejor que lo otro.

Cruzo la cocina y me siento al otro lado de la barra.

Hay un café puesto, dos tazas. Ha puesto dos tazas.

Anoche no ha pasado pero ha puesto dos tazas, y la mía, lo sé sin tocarla, lleva el azúcar justo que yo tomo, porque este hombre, igual que Roque, mide a la gente por cómo toma el café.

Lo aprendió de Roque, supongo. Las cosas que aprendemos de quien nos hace daño no se nos caen porque el hombre nos haga daño.

Se quedan, y un día las usamos para querer a otro, y no sabemos de dónde nos salieron.

— Sobre lo de anoche — empiezo.

— No ha pasado — dice él, de espaldas, dándole la vuelta a la tortilla con un golpe de muñeca—. Tú lo dijiste. No ha pasado. Cómete la tortilla.

Pone el plato delante de mí. Una tortilla francesa hecha en una sartén de finca con tres huevos contados y un poco de sal, y está perfecta, doblada en tres, dorada por fuera y húmeda dentro, y la come uno de los mejores cocineros del país de pie en una cocina de mierda mientras un hombre con un arma bajo la chaqueta se la come sentado, y los dos sabemos que esto, esta tortilla a las nueve de la mañana, es lo más parecido a una mañana de domingo que va a tener ninguno de los dos en mucho tiempo. No lo decimos. Comemos.

— Está buena — digo.

— Ya me lo dijiste el otro día. Te estás repitiendo, jefe. Mala señal en un hombre de pocas palabras.

— No me llames jefe.

— Vale. — Se sienta enfrente, por fin, con su taza—. Aitor.

Y ahí está otra vez. El nombre. Mi nombre en su boca me desordena las puertas.

Me obliga a recontar. Cuando la cuenta de salidas se me acelera sin motivo de terreno es que estoy a punto de callar algo, y llevo callando algo desde el día siete del calendario, desde antes de conocerlo en persona, desde que firmé.

Comemos sin hablar un rato. Él tiene esa rara virtud de no llenar el silencio que comparte conmigo; lo único que llena son los suyos, los que no soporta. Pero el de los dos lo deja estar. Y en ese silencio que me regala, yo cuento puertas y pienso en el papel.

Lo tengo en la bolsa. La carpeta del dosier, en el compartimento de cremallera, debajo de las fichas del terreno.

Subo a comprobar el perímetro y, cuando me quedo solo en el cuarto, la saco.

La copia de mi contrato con Cerco para este encargo.

Hojas grapadas. Y al final, en una cláusula adicional que Roque exigió por escrito a Sonia como condición para que su empresa de seguridad financiara la operación, una línea que me sé de memoria y vuelvo a leer igual.

En caso de que el protegido comprometa la integridad operativa del dispositivo o incurra en conducta que ponga en riesgo los intereses del grupo, Cerco Protección S.L. queda obligada a poner al protegido a disposición del cliente principal a efectos de su custodia.

El cliente principal es Roque. Custodia es la palabra suave que han puesto para que yo entregue a Iago a Roque si Iago se complica. Y debajo de esa línea, en el espacio para la firma del responsable del dispositivo, está mi nombre. Aitor Belmonte Iraola. Escrito de mi puño. Yo lo firmé.

Lo firmé sabiendo lo que firmaba. Sonia me lo puso delante en su despacho, con el vapeador de regaliz apestando el cuarto, y me dijo la verdad sin maquillar, que es lo único que sabe hacer: Roque pone el dinero, Roque pone la condición, sin esa firma no entras tú, entra el escolta que él elija, y el escolta que él elija no protegerá a Iago de Roque, lo entregará el primer día.

Si entras tú, tienes doce días para sacar a ese hombre vivo del alcance de Roque y que declare antes de que ninguna cláusula sirva para nada. Tú decides. Y punto.

Firmé. Era la única puerta que dejaba a Iago una salida, y la única forma de que esa puerta la controlara yo y no Roque. Firmé una correa para poder ser yo quien la sujetara en vez del verdugo. Esa es la verdad y no es bonita y no se la he contado.

Anoche lo besé.

Anoche le metí la lengua en la boca a un hombre del que llevo en el bolsillo el papel que dice que, si se complica, lo entrego.

Doblo la hoja. La cuento entre los dedos como cuento puertas, una vez, dos.

Podría bajar ahora a la cocina, ponérsela delante junto a la tortilla y decirle: esto firmé, esto soy, esto es lo que hay debajo del beso.

Sería lo limpio. Lo honesto. Lo que un hombre decente haría con otro al que ha besado.

Y entonces Iago, que esta mañana ha puesto dos tazas, me echaría de la finca.

Tiene todo el derecho. Y a siete días de la declaración, se quedaría aquí solo, o con el escolta que Roque mandara en mi lugar, que es exactamente lo que Roque busca.

Romper la confianza de Iago en su protector es ponerle a Roque la custodia en bandeja.

La cláusula no la activa que Iago se complique.

La activa que Iago se quede sin mí. Decirle la verdad es entregarlo. Callármela es protegerlo.

Eso me digo. Lo cuento como cuento puertas, para que parezca operativo, para que parezca despejado.

Hago la cuenta entera, la que se me da bien: variables, riesgos, qué pasa si se lo digo, qué pasa si callo.

Y la cuenta da callar. Siempre da callar.

Las cuentas que hago yo siempre dan callar, esa es la trampa de saber hacer cuentas.

Pero no es solo eso y lo sé, y por eso se me acelera la cuenta de puertas mientras la hago.

No es solo que callarlo lo proteja. Es que callarlo me protege a mí.

Si se lo digo y me echa, vuelvo a estar solo, que es donde no fallo, que es donde no pierdo a nadie porque a nadie tengo.

Estoy callando para controlar el daño, igual que aquella noche callé el presentimiento para no romper el protocolo, y aquella noche el silencio mató a Nael.

Lo sé. Y aun sabiéndolo guardo la hoja en la cremallera, debajo de las fichas, y bajo a por el perímetro como si no llevara una mina en la bolsa con la fecha ya puesta.

Día doce. Esa es la fecha de la mina. El día que Iago descubra esto, sea como sea, esto le va a estallar en las manos. Y no será un malentendido que yo pueda deshacer con una frase. Será exactamente lo que es: que firmé, que sabía, que callé.

Bajo. Pongo la barra nueva en la trasera primero, la quinta salida, la única que no controlo.

Aprieto los tornillos con el destornillador de Lázaro, uno a uno, y cuento las puertas de la casa otra vez, las seis, y la séptima, la de la bolsa, la cremallera con la mina dentro, y esa la cuento la última y no la cierro con llave porque no tiene llave: una verdad callada a propósito no se cierra, solo se aplaza.

Cuando termino, Iago ha fregado el plato y está mirando por la única ventana sin clausurar, la de la cocina, con la taza vacía entre las manos.

La sierra entra ahí, gris, los helechos secos del nombre de la finca, los robles pelándose.

Se le ve pequeño contra el cristal. Un hombre que llena platós y aquí cabe en una ventana.

— ¿Seguimos? — pregunta, sin girarse, y no sé si pregunta por el día, por el plan, o por nosotros.

Me pongo a su lado. No lo toco. La regla de hoy es no tocarlo, anoche no ha pasado.

— Seguimos — digo.

— Vale. — Deja la taza en el alféizar—. Pues despeja lo que tengas que despejar. Yo voy a hacer pan. Si va a venir Roque, le hago pan, y que se atragante con la corteza.

— ¿Sabes hacer pan con esa harina? Es de la mala.

— Sé hacer pan con cualquier harina. — Me mira de reojo, una sonrisa pequeña, la primera del día que no lleva filo—.

Dame harina mala y tiempo y te saco una hogaza que llore tu jefa de envidia.

El pan no es la harina, Aitor. Es el tiempo.

La gente tiene prisa y por eso le sale mal.

Yo aquí tengo todo el tiempo del mundo, gracias a ti.

No sé si es un reproche o un cumplido. Con él nunca sé.

Le pongo la mano en la nuca. No quería. Es lo que hace Roque, la mano en la nuca, y yo no quiero ser eso, pero la mano se me ha ido sola, y la dejo un segundo, abierta, sin empujar, y Iago cierra los ojos un instante como un gato cuando decide fiarse.

— Seguimos — repito, más bajo.

Y retiro la mano antes de que pese.

Subo otra vez al cerro de la cobertura, a mandar el parte de la noche a Sonia, y desde arriba veo la finca pequeña con el humo del horno empezando a salir por el tiro, Iago haciéndole pan a un hombre que viene a poseerlo, yo guardando un papel que lo vende, los tres atados a la misma mesa sin que dos de ellos lo sepamos del todo.

Mando el parte. Sin novedad. Despejado. Escribo despejado en un mensaje y me quema escribirlo, porque despejado es justo lo que no está esto.

Seguimos. Eso hemos dicho.

Y la fecha sigue puesta.