Capítulo 12
La cámara del porche ha vuelto a saltar hace media hora y todavía me tiemblan las manos sobre la encimera, así que hago lo único que sé hacer cuando el cuerpo se me adelanta al cerebro: pico cebolla.
No hay nadie a quien dársela de comer. Es la una y pico de la madrugada, ya día nueve por el reloj aunque para mí sigue siendo la noche larga del ocho, el mismo ocho en que esta mañana Roque llamó a Aitor al cerro y esta tarde supe que sube.
Estamos a ochenta kilómetros de cualquier cocina que importe, y yo pico cebolla en una tabla de plástico barato porque el cuchillo entrando en algo blando me ordena los dedos.
Cuando los dedos se ordenan, la cabeza me sigue.
Es el único orden que conozco que no me lo impuso nadie.
Aitor acaba de volver de comprobar la cámara. Está en la puerta. No la ha cruzado. La mira como si la puerta fuera a contarle algo.
— Despejado — dice, y baja el arma—. Esta vez era animal. Un corzo. La cámara lo ha pillado entero, cuatro patas, peso de animal. No como las botas de anoche.
— No como las botas de anoche — repito. Anoche fue un hombre mirando por mi ventana y volviéndose al monte. Esta noche solo un corzo. Llevamos así desde que llegamos: una alarma sí y otra también, y nunca sabes cuál de ellas trae a Roque dentro.
— Esto sí es un corzo. — Cierra. Echa el pestillo de arriba, el de abajo, comprueba el de arriba otra vez. Lo he visto hacerlo doce veces hoy. Las cuento ya yo también, como una enfermedad que se contagia—. Despejado.
La palabra me molesta. No sé por qué me molesta. Llevo dos noches oyéndola y me molesta como me molestan los aplausos del público cuando el plató se enciende: algo dicho para que yo me calle, para que crea que todo está bajo control porque hay un hombre con un mando diciéndome que lo está.
— ¿Sabes qué pasa con tu palabrita? — Dejo el cuchillo.
Las manos se me han quedado quietas sobre la tabla y eso es mala señal, lo sé, las manos quietas en mí son la alarma—.
Que tú la dices y yo me la creo. Que tú dices despejado y yo respiro.
Llevamos tres días así. No me gusta respirar cuando otro me da permiso.
Aitor no me contesta con palabras. Cruza la cocina. La barra de la encimera nos separa todavía y la rodea sin prisa, como rodea todo, midiendo, y se planta a un metro de mí con la chaqueta puesta y el olor a noche fría encima.
— ¿Qué hacías con la cebolla? — pregunta.
Eso. Ahí está. La pregunta que devuelve otra pregunta para no contestar la mía.
Olvido me avisó de los hombres así: te preguntan por la cebolla para no decirte que estaban asustados.
Roque también lo hacía. Cuando algo iba mal de verdad, Roque preguntaba por el escandallo de un plato, por el coste de la merluza, por cualquier cosa pequeña, y yo me ponía a hacer números y se me olvidaba que el barco se hundía.
Aprendí del maestro. Por eso lo reconozco.
— Pelar la noche — digo—. Es lo que hago. Cuando no puedo dormir, cocino. Cuando no puedo cocinar, pico algo. Cuando no puedo picar nada, hablo. Por eso hablo tanto, jefe. Es el último recurso antes del silencio, y el silencio no me lo puedo permitir.
— ¿Por qué no?
— Porque en el silencio se oye a Roque.
Lo he dicho. No quería decirlo y lo he dicho, y es culpa de la cebolla, que me ha abierto algo por dentro igual que me abre los ojos.
Me llevo el antebrazo a la cara, el izquierdo, el de la quemadura, y me limpio.
La piel tirante de la cicatriz vieja roza la tela de la camiseta.
Esa quemadura me la hice yo solo, a los diecinueve, en un fogón que era de Roque.
Todo lo que tengo me lo hice yo solo en un fogón que era de Roque.
Ahí está la trampa: que lo mío y lo suyo nunca tuvieron una línea clara, y él lo sabía, y yo no.
Aitor mira la quemadura. No la mira como la miran en los reportajes, con esa golosina de "qué duro, el chef que se quemó subiendo". La mira como mira las puertas. Como algo que tiene una historia operativa, una causa y un efecto, un cómo y un cuándo.
— Esa noche que llamó — dice—. Cuando hablamos él y yo. Te dije que solo se interesaba.
— Y yo te creí, porque dijiste despejado.
— No te lo dije todo.
Dejo el cuchillo del todo. Lo aparto. La barra de acero entre nosotros, fría, y yo apoyo las dos manos en ella porque las necesito quietas para esto.
— Cuéntamelo, entonces.
— Va a venir. — Aitor no aparta los ojos—. Roque. Lo anunció él mismo. Que sube a la finca a cuidar de su chaval. Sus palabras. Mañana, pasado, no lo precisó. Pero sube.
Lo de cuidar de su chaval me lo dijo a mí mil veces.
Con la mano en la nuca, cuando tenía veintidós y reventaba dos servicios seguidos sin descanso.
Te cuido yo, chaval, tú dale a la sartén.
Con la mano en el hombro la noche del estreno del programa.
Te cuido yo, chaval, la cámara la llevo yo.
Con la mano en el pecho, plana, el día que firmé sin leer el papel que me hacía socio minoritario de algo que ya no controlaba.
Te cuido yo. La mano de Roque encima de mí siempre ha pesado lo mismo.
He tardado quince años en notar que pesaba.
— Pues que suba — digo, y la voz me sale más floja de lo que quiero—. Tengo cocina. Le hago la merluza que le gusta y le digo que se vaya a la mierda con la boca llena. Muy yo.
Aitor no se ríe. Sonia me dijo que no se ríe nunca, que es de fábrica. Pero algo le pasa en la mandíbula, una tensión que afloja un grado, y para un hombre que está hecho de tensiones aflojar un grado es casi una carcajada.
— No vas a estar solo con él — dice—. Nunca. Mientras yo lleve esto, no estás solo con ese hombre en una habitación. ¿Entendido?
— Sí, jefe.
— No me llames jefe.
Eso me coge a contrapié. Lo he llamado jefe desde el primer minuto, en el restaurante, cuando se plantó delante de mi coche y me dijo que a partir de esa noche no conducía yo.
Jefe burlón. Jefe niñera. Jefe paquete-de-mensajería.
Era mi forma de ponerlo en su sitio, abajo, donde no pudiera mirarme desde arriba como me miraba Roque.
Llamarlo jefe era recordarle que me debía obediencia a mí, que el del dinero era yo, que él trabajaba para el que cocina.
Una mentira de bolsillo para no tener miedo.
— ¿Y cómo te llamo?
— Aitor.
Aitor. Sé cómo se llama. Lo tengo en la ficha.
Pero decirlo es otra cosa. Decirlo en esta cocina, a esta hora, con la cebolla todavía en el aire y el foco del monte recién apagado, es bajar una guardia.
Es quitarle el jefe de delante y dejarlo desnudo de cargo, hombre con hombre, sin la coartada del contrato entre los dos.
— Aitor — digo.
Y el nombre, dicho así, cambia la temperatura del cuarto.
Él da el paso. Lo da él, que conste, porque yo me he pasado tres días contándome que el que diera el paso sería el imbécil, y resulta que el imbécil es él y que me alegro.
La barra ya no está en medio; la ha rodeado sin que lo viera, o sí lo he visto y no he querido moverme.
Tengo su cuerpo a un palmo, ese cuerpo que no se relaja ni durmiendo, y huele a frío de fuera y a algo limpio debajo, jabón sin perfume, ropa de hombre que no quiere oler a nada para no dejar rastro.
— Esto es mala idea — dice.
— La peor.
— Estás bajo mi protección. Es lo primero que te enseñan a no hacer.
— ¿El qué?
Me pone una mano en la mandíbula. No en la nuca.
En la mandíbula, abierta, y me levanta la cara un dedo, lo justo.
La mano de Roque siempre iba a la nuca, a empujar, a dirigir.
La de Aitor va a la mandíbula y sostiene.
Hay una diferencia y la noto en el estómago antes que en la cabeza, una diferencia de un palmo de piel que separa que te cuiden de que te manejen.
— Esto — dice.
Y me besa.
No es un beso de plató. No es nada de lo que he hecho delante de una cámara.
Es lento al principio, cuidadoso, un hombre que cuenta puertas comprobando que esta puerta también está despejada antes de cruzarla, y luego deja de contar.
Lo noto en el momento exacto en que deja de contar, porque la mano se le cierra en mi mandíbula y la otra me agarra la camiseta a la altura del costado, y el beso se vuelve hambre.
Llevo tres días respirando con su permiso.
Ahora respiro dentro de su boca y no le pido permiso a nadie.
Le subo las manos al cuello de la chaqueta. Tiro. La quiero quitar, esa coraza, ese olor a noche, lo quiero a él sin capas, y él se deja un segundo y luego me sujeta las muñecas, firme, sin hacer daño.
— Espera — dice contra mi boca.
— No.
— Iago.
Mi nombre. En su boca mi nombre tampoco suena como en boca de nadie. Suena a orden y a ruego al mismo tiempo, y eso es nuevo, porque las órdenes nunca me han pedido nada. Las órdenes mandan. Esta me suplica que pare a la vez que me sujeta para no perderme.
— Si seguimos — dice, y respira mal, lo noto, le cuesta—, si seguimos no voy a poder hacer bien mi trabajo. Necesito poder mirarte y ver a un objetivo. Si te beso, dejo de ver al objetivo.
— Pues deja de verlo.
— Es lo único que te mantiene vivo.
Ahí me suelta. No del beso, de las muñecas. Y apoya la frente en la mía, las dos frentes juntas, su respiración contra mi cara, y nos quedamos así, en una cocina prestada, dos hombres a los que esto les va a costar caro y que lo saben.
— Tú no me mantienes vivo — digo, bajo—. Me mantienes encerrado. Vivo me mantengo yo, declarando.
— Las dos cosas.
— No. Una excluye a la otra. — Le pongo la mano en el pecho, plana, donde Roque me ponía la suya, y noto el corazón debajo, demasiado rápido para un hombre que dice despejado tan tranquilo—. Tu corazón va a mil. Mentiroso.
Se aparta un palmo para mirarme. Hay algo en su cara que no había visto, una cosa abierta, casi asustada, la cara de quien ha dado por despejado un sitio y de pronto oye un ruido donde no debería haber ninguno.
— Sí — dice—. Va a mil.
Y vuelve. Esta vez no cuenta nada. Esta vez me empuja contra la encimera, suave, con todo el cuerpo, y yo me agarro al borde de acero frío y dejo que me bese hasta que la cocina deja de existir, hasta que Roque deja de oírse en el silencio, hasta que lo único que hay es este hombre que no baja la guardia ni para esto, que me besa con un ojo en la puerta, lo noto, lo sé, y que me besa igual.
No sé cuánto rato. Sé que en algún momento me río contra su boca, una risa rota, y que él pregunta qué, y que le digo que nada, que la cebolla, que voy a oler a cebolla y a ti y no sé qué oler es peor para un escolta.
Y él casi sonríe otra vez, ese grado de mandíbula, y dice que la cebolla, que la cebolla huele a que estás vivo y eso le vale.
Es lo más bonito que me ha dicho un hombre y es sobre cebolla. Así soy yo. Así somos.
Nos separamos cuando la cafetera del rincón hace un ruido tonto al enfriarse y los dos pegamos un bote, los dos a la vez, la mano de él en la cadera y la mía en su brazo, y nos quedamos mirándonos por habernos asustado de una cafetera.
La cuenta atrás sigue ahí. El foco del monte, el corzo que a lo mejor no era corzo, Roque subiendo por la carretera con su mano de cuidar.
Nada de eso se ha ido. Solo que ahora hay esto en medio, esta cosa nueva que no estaba en mi vida hace tres días y que no pienso devolver.
— Mañana — dice Aitor, y ya ha vuelto a ser él, recto, el cuello de la chaqueta otra vez en su sitio aunque yo se lo había estropeado—, mañana esto no ha pasado. Para poder trabajar.
— Mañana esto no ha pasado — repito.
Los dos sabemos que es mentira. Es una mentira de las suyas, de las que dicen para controlar el daño, y a mí esas mentiras me suenan, me las sé, me crie con un maestro de ellas.
Pero le sigo el juego porque por una vez la mentira es para protegerme y no para tenerme, y eso, aunque no me guste, sé distinguirlo.
O eso creo esta noche. Esta noche todavía creo que sé distinguir cuándo un hombre me oculta algo para tenerme y cuándo lo hace para guardarme.
Recojo la cebolla. La barro al cubo. Limpio la tabla, el cuchillo, devuelvo la cocina a despejado, su palabra, qué rabia, ya pienso con su palabra.
Aitor apaga la luz grande y deja la pequeña, la del extractor, que tiñe el cuarto de naranja sucio.
Antes de salir hacia el pasillo se para en la puerta.
La mira. Cuenta el pestillo de arriba, el de abajo.
— Aitor.
Se gira.
— No echo de menos mi cocina de Madrid — le digo—. Por primera vez en tres días no la echo de menos. Y no sé si eso es bueno.
Él tarda en contestar. Cuando lo hace, lo dice sin mirarme, mirando la puerta, que es como dice las cosas que le cuestan.
— No es bueno — dice—. Es peligroso. Pero no es malo.
Se va al pasillo. Lo oigo comprobar la ventana del fondo, la del baño, la del cuarto de las goteras.
Cuento con él, las cuatro, y al llegar a la cuarta me doy cuenta de que estoy sonriendo solo en una cocina naranja a las dos de la mañana con sabor a él en la boca, y de que no me acuerdo de la última vez que sonreí por algo que no fuera para una cámara.
Lo hemos hecho. Nos hemos besado. Y ya no hay forma de volver a ser solo el escolta y el paquete, por mucho que mañana digamos que esto no ha pasado.
Ya no hay vuelta atrás.