Capítulo 11
El foco se ha apagado y yo ya estoy en la sala con la pistola y a Iago detrás de mí, pegado a la pared, donde lo he puesto de un tirón sin soltarle la muñeca, y cuento las salidas a oscuras como rezos: porche, atrás, las dos cerradas, las dos mías, la llave en el pecho.
La madrugada del día ocho huele a tierra mojada y a miedo, y la luz de ese foco no era la de un jabalí.
— Quédate aquí — le digo a Iago—. Si oyes que se rompe algo, sales por atrás y corres al cobertizo de Lázaro. No me esperes. ¿Lo has entendido?
— No pienso dejarte...
— ¿Lo has entendido?
— Sí — dice, y le tiembla la voz, y aun así no me suelta del todo la manga hasta que tengo que arrancarla yo.
Salgo al porche. La lluvia ha parado, el monte gotea, y la luna se ha asomado entre las nubes lo justo para dibujar las cosas en plata y negro.
Avanzo por la fachada, pegado al muro, contando ventanas en vez de puertas, hasta el lateral por donde barrió el foco.
No hay nadie. Escucho. Solo el agua cayendo de las ramas y, lejos, los perros de Lázaro, que ladran hacia el monte, no hacia mí.
Que ladren hacia el monte, no hacia mí, es lo único bueno de la noche: significa que ya no hay nadie cerca de la casa.
Lázaro tenía razón con su "casi": los perros lo saben antes que él, y los perros dicen que el intruso se va, monte arriba, alejándose.
Pero los perros no saben lo que yo sé: que ese intruso ya tiene lo que vino a buscar.
Que ha estado aquí, bajo la ventana, el tiempo justo para confirmar que Iago está dentro y que duerme en el cuarto que da a este lado.
No vino a llevárselo. Vino a marcar la casilla.
Y un enemigo que marca casillas no tiene prisa, porque sabe que el tiempo corre a su favor, no al nuestro.
Y en el barro, bajo la ventana de lo que era el cuarto de Iago, hay huellas.
Me agacho. Las miro a la luz del móvil tapando el haz con la mano.
No son de jabalí. Un jabalí deja dos pezuñas, una marca de corazón partido.
Esto es una bota. Suela de tacos, número grande, una pisada, dos, tres, que vienen del monte, se paran bajo la ventana —el sitio exacto desde donde se ve la cama, mi cama, donde estábamos los dos— y se vuelven al monte.
Quien fuera vino, miró por la ventana, y se fue.
No intentó entrar. Vino a mirar. Vino a saber.
Saco el móvil y le hago una foto a la pisada, con una llave al lado para la escala, por costumbre, porque las cosas que no se documentan no existen y porque mañana, cuando suba al cerro, le mandaré la foto a Sonia.
Sigo el rastro tres metros monte adentro hasta que se pierde en la hojarasca empapada.
Quien fuera conoce el terreno. Pisa por donde no se hunde.
No es un aficionado que pasaba por aquí. Es alguien a quien han mandado a mirar.
Vuelvo dentro. Iago está donde lo dejé, contra la pared, las manos planas, quietas.
— ¿Y? — pregunta.
— Un jabalí — digo.
— No me mientas. — Se separa de la pared—. Llevas tres días enseñándome a leerte y ahora me mientes con la voz de cuando das algo por despejado para que me calle. ¿Qué había fuera?
Lo miro en la penumbra. Tiene razón. Le he enseñado sin querer a leerme, y ahora no puedo desleerlo.
Y me doy cuenta, ahí parado, de que esto es lo que me pasa cuando dejo entrar a alguien: que aprende a verme.
Que pierdo la ventaja de ser ilegible. Llevo años siendo una superficie lisa donde nadie patina, y en cuatro días este hombre ha encontrado las grietas y mete los dedos en ellas.
Debería asustarme más que las huellas de bota.
Me asusta, pero de otra manera. La de las botas es una amenaza que sé parar. Esta no.
— Huellas de bota — digo—. Alguien vino del monte, miró por tu ventana y se fue. No intentó entrar. — Guardo la pistola—. Vino a ver si estabas y dónde estabas. Ya lo sabe. Eso es todo lo que ha sacado esta noche.
Iago se sienta en el brazo del sofá. No dice nada un rato. Y cuando habla, no es de miedo.
— Eso es lo que hace Roque — dice bajo—. No entra. Mira. Te hace saber que está mirando. — Se pasa la mano por la cara—. Lleva quince años entrando en sitios donde no debería estar y dejándote saber que ha entrado. Para que te asustes solo. Para que sepas que él puede.
Lo guardo. Iago conoce a este hombre mejor que el dosier.
— ¿Tú crees que fue él? — pregunto—. ¿Roque? ¿Mandando a alguien a mirar por tu ventana?
Iago tarda en contestar. Se mira las manos, esas manos que ahora mismo no se mueven, y cuando habla lo hace despacio, como quien deja un plato caliente sin quemarse.
— Roque no manda a nadie a matarme — dice—.
Eso es lo que no entiende tu gente, ni la policía, ni nadie.
Él no quiere que yo muera. Él quiere que yo no hable.
Que vuelva. Que me dé cuenta de que sin él no soy nada y vuelva con el rabo entre las piernas a la cocina que me montó, agradecido, callado.
— Levanta la vista—. Lo de mirar por la ventana es eso.
Es decirme: te veo, chaval, sé dónde duermes, y cuando te canses de jugar a esconderte ya sabes dónde estoy.
Lo de matarme sería rendirse. Y Roque no se rinde con lo que cree suyo.
Lo escucho y se me hiela algo, porque es peor que un sicario. Un sicario lo paro yo. A esto, a un hombre que no quiere matar sino poseer, no se le para con una pistola. Se le para con que Iago hable. Y hablar es lo único que yo no puedo hacer por él.
Y entonces me cae encima lo que llevo días sin querer mirar: que yo, con mi cláusula firmada en el fondo de la bolsa, soy un poco como Roque.
Roque controla a Iago con cariño. Yo lo protejo con un secreto.
Roque calla "por su bien". Yo callo el papel "por su bien", para no asustarlo, para no perder el puesto, para seguir cuidándolo desde dentro.
Me digo que no es lo mismo, que yo lo callo para protegerlo y Roque para poseerlo, y casi me lo creo.
Casi. Pero a las cinco de la mañana, en una casa de la sierra, con este hombre a un palmo describiéndome al monstruo que lo crió, la frontera entre proteger callando y poseer callando se me pone fina, muy fina, y no me gusta de qué lado quedo si la miro de cerca.
Así que no la miro de cerca. Otra cosa que aprendo de Roque sin querer: lo de no mirar de cerca lo que te incrimina.
No volvemos a la cama. Nos quedamos los dos en la sala, despiertos, sin tocar lo que casi pasó, hasta que clarea.
Y a las nueve de la mañana, cuando subo al cerro de detrás para coger las dos rayas de cobertura que da a veces y mandar el parte, el móvil vibra en mi mano antes de que marque. Un número que conozco del dosier.
Mendieta.
Lo descuelgo de pie en el cerro, con el valle abriéndose abajo en la niebla de la mañana y la finca pequeña al fondo, y Iago dentro, sin saber que el hombre que lo crió me está llamando a mí.
— Belmonte. — La voz suave, paternal, que nunca se apresura—. Cómo me alegra oírte. ¿Cómo está mi chaval?
Mi chaval. Aprieto el móvil.
— El protegido está bien — digo—. Es lo único que puedo confirmar.
— El protegido. — Una risa baja, complacida, como si le hiciera gracia mi formalidad—.
Qué seco eres, Belmonte. Me caes bien por eso.
Los que hablan poco trabajan más. — Una pausa medida—.
Iago, ya sabes. Lo llamo así desde que tenía diecisiete años y robaba pan.
Yo lo saqué de la calle, ¿sabes? Lo hice yo.
Esa cara que sale en la tele la construí yo, plato a plato. Uno no olvida lo que construye.
Uno no olvida lo que construye. Lo dice con cariño, y por eso es peor.
Por eso se me pone la mala espina por la espalda, ese olor que aprendí a no callarme.
Este hombre no habla de Iago como de una persona.
Habla de él como de algo que le pertenece, una receta suya, una marca suya, y "lo quiero" y "es mío" se le han mezclado hasta ser la misma frase.
Me vuelve, sin pedirlo, una escena de hace una semana: Mendieta en su despacho sirviéndonos el café con sus manos de manicura perfecta, midiendo el azúcar de cada uno de memoria, dos terrones para Iago sin preguntar, ninguno para mí porque "tú eres de los que lo toman amargo, se te ve".
El anillo de sello girándole en el dedo mientras nos miraba beber.
Te conozco. Te tengo. Eso decía aquel café sin decirlo.
— ¿Sabes qué fue lo primero que le enseñé?
— sigue Mendieta, sin que yo le haya preguntado, porque la gente como él no necesita que le preguntes, solo necesita que escuches—.
A confiar. El chaval llegó a mi cocina como un perro apaleado, sin fiarse de nadie, robando comida y escondiéndola por si yo se la quitaba.
Y yo le enseñé a confiar. A dejarse cuidar.
Le costó años. Y ahora va y se fía de un papel del Estado y de un escolta al que conoce de cuatro días, en vez de fiarse del único que nunca le falló.
— Una pausa—. Eso me duele, Belmonte. De verdad me duele.
Le enseñé a confiar y ahora confía en todos menos en mí.
Le enseñé a confiar y ahora confía en todos menos en mí.
Lo dice dolido, sincero, y es la frase más reveladora que me ha soltado, porque para Roque la traición no es lo de las conservas.
La traición es que Iago se le escape. Le enseñó a confiar para que confiara en él, solo en él, siempre.
La confianza, para este hombre, funciona como una correa: la suelta de día para presumir de que el perro no se va, y la recoge en cuanto el perro mira otra puerta.
— ¿Necesita algo de mí? — pregunto, neutro.
— De ti, no. — Otra pausa, más larga, la de quien disfruta el silencio antes de soltar lo que ha llamado a soltar—.
Verás, Belmonte. Yo entiendo de seguridad.
Pago la tuya, de hecho. Y sé que un encierro tan largo en esa finca es duro para el chaval.
Iago es de plató, de gente, de ruido. Solo en una casa de la sierra con un escolta que no habla, se me apaga. Y yo lo conozco. Sé cuándo se me apaga.
— Está bien — repito.
— Estoy seguro de que tú lo cuidas perfectamente, a tu manera.
— Y ahí el cariño se le afila, suave, sin levantar la voz, el control de quien no necesita gritar—.
Pero hay cuidados que solo da quien te ha criado.
Así que he decidido subir. En persona. A la finca.
Mañana, o pasado a más tardar. A ver a mi chaval con mis propios ojos, a llevarle sus cosas, a asegurarme de que está como tiene que estar.
— Una sonrisa que se oye por el teléfono—. Por su bien, ya sabes.
El valle se me queda quieto abajo. La niebla. La finca pequeña al fondo donde Iago cocina para no pensar.
— Esto es una casa segura — digo, y la cuenta de las salidas se me dispara—. No recibe visitas. Ni las suyas.
— Belmonte. — Suave. Letal. Paternal—. Yo pago esa casa segura. Yo pago tu sueldo. Y voy a ver a mi chaval. — Un silencio—. Nos vemos pronto. Cuídamelo bien hasta entonces. Sería una pena que se complicara.
Y cuelga, dejándome en el cerro con el móvil en la mano, dos rayas de cobertura que ya no sirven para nada, y la palabra "complicara" repicándome en la cabeza como la gotera de anoche, porque esa palabra es la de mi cláusula, la del papel del fondo de mi bolsa, y la ha dicho a propósito, para que yo la oiga, para que yo sepa que él sabe que yo sé.
Me quedo en el cerro más de lo que debería, con el frío de la mañana metiéndoseme por la chaqueta mojada. Llamo a Sonia antes de que se vaya la cobertura. Le cuento que Mendieta sube. Sonia se calla ese silencio suyo y luego suelta un taco que huele a regaliz hasta por teléfono.
— No lo puedes echar — dice—. Paga él. Si le cierras la puerta en las narices, rompe el contrato, te saca a ti y mete a uno suyo.
Estás más protegido teniéndolo dentro de tu campo de visión que fuera dando vueltas.
— Una calada—. Déjalo subir. Sonríe. Sírvele un café.
Y no lo pierdas de vista ni un segundo. ¿Me oyes, Aitor? Ni un segundo.
— Te oigo.
— Y otra cosa. — Baja la voz, aunque no hay nadie que la oiga—.
La cláusula. Como Mendieta empiece a hablar de que el chico se está "complicando", de que necesita "cuidados especiales", de cualquier cosa que suene a invocar el papel...
me llamas. No la cumples tú solo. Esa decisión no la cargas tú. ¿Estamos?
No contesto enseguida. Porque la decisión de cumplir o no la cláusula ya la he tomado, en mi cabeza, hace días: no la voy a cumplir, pase lo que pase, aunque me cueste la licencia.
Lo que no le digo a Sonia, lo que no le digo a nadie, es que esa decisión ya la tengo tomada y que el día que tenga que ejecutarla voy a estar solo con ella, a cuarenta minutos de cualquier ayuda, en una casa sin cobertura, eligiendo entre el contrato y el hombre.
Y sé cuál voy a elegir. Lo que no sé es a qué precio.
— Estamos — digo, y cuelgo antes de que ella me note en la voz que ya he elegido.
Bajo del cerro hacia la finca pequeña, hacia la columna de humo que sale de la chimenea porque Iago ha encendido el fuego, hacia el hombre que cocina dentro sin saber que el que lo crió viene a buscarlo y que el que lo protege le esconde un papel.
Dos secretos subiendo por el mismo camino.
El de Roque, que viene en coche. El mío, que ya está dentro.
Roque Mendieta viene a la sierra. En persona. A cuidar de su chaval.