Capítulo 10
La tormenta de anoche me ha dejado sin habitación, y a las once de la noche del día ocho estoy de pie en el umbral de mi cuarto mirando el charco que se ha formado en mitad de la cama, el reguero que baja por la pared desde una mancha del techo que crece despacio, y la única conclusión posible, la que llevo media hora intentando no sacar, se me cae encima como el agua de esa gotera.
Ha sido un día raro. Después de lo del techado, de la lluvia, de Belmonte plantado bajo el agua diciéndome "por favor" como si fuera él el que tenía miedo y no yo, hemos pasado el día rodeándonos.
Él más callado que de costumbre, lo cual ya es decir.
Yo cocinando más de la cuenta, que es mi forma de no estar quieto cuando estar quieto es peligroso.
Hemos hablado de Lázaro, de los perros, del tiempo.
No hemos hablado de que anoche, a oscuras, estuvimos a un dedo de algo.
Los dos hemos hecho como que no, que es la especialidad de esta casa: hacer como que no.
Y ahora la gotera. La maldita gotera, que se ha tragado mi cama y mi excusa para dormir en un cuarto aparte, y que me deja delante de la única conclusión que llevo todo el día esquivando.
Llevo todo el día construyendo razones para no estar cerca de él, y la casa me las ha ido derribando una a una.
Quise cocinar lejos, en la otra punta de la cocina, y la cocina es del tamaño de un armario.
Quise salir al porche y él vino detrás porque no me puede perder de vista.
Quise dormir aparte y el techo se ha caído sobre mi cama.
Es como si el sitio entero hubiera decidido que estoy haciendo el tonto.
Y a lo mejor lo estoy haciendo. A lo mejor llevo cuatro días gastando energía en no querer lo que quiero, que es lo más cansado del mundo, más que el miedo, más que el encierro.
Querer y fingir que no se quiere agota más que cualquier guardia de Belmonte.
— No puedes dormir aquí — dice Belmonte detrás de mí.
— Eso ya lo veo. — Señalo el colchón empapado—. Genio.
— El techo lleva calando toda la noche. La viga está podrida. — Toca la pared, la nota húmeda, retira la mano—. Mañana lo mira Lázaro. Esta noche no se puede.
— Vale. Pues duermo en el sofá.
— En el sofá duermo yo. — Lo dice como una ley física—. Desde el sofá controlo las dos puertas. Es mi puesto. Si te pongo a ti en el sofá, me pones a mí ciego, y entonces no sirvo de nada.
— Pues no duermas tú. Como vienes haciendo.
— Eso pensaba.
— Llevas cuatro noches sin dormir, Belmonte.
— Le señalo con el dedo—. Te he contado las horas.
Cierras los ojos y los abres cada vez que cruje la casa, que cruje cada diez minutos porque es una casa vieja en un monte con viento.
No has dormido de verdad desde Madrid. Y cualquier día de estos pasa algo de verdad, no un jabalí, algo, y te pilla reventado. ¿De qué me sirve entonces tu guardia?
— Pues el suelo.
— Has dormido fatal tres noches en una cama. En el suelo no vas a pegar ojo, y mañana te necesito despierto. — Una pausa. Y luego, en un tono que no le había oído, casi incómodo, casi humano—. Hay una cama. La mía. La del otro cuarto.
El otro cuarto. Su cuarto, donde no ha dormido ni una noche porque duerme vestido en el sofá vigilando las puertas. Una cama de matrimonio vieja, con un cabecero de hierro y una colcha de cuadros que huele a armario cerrado. La he visto al pasar. Es una cama. Una sola cama.
Y ahí está el chiste de mi vida, servido por una gotera.
Toda la tarde he buscado excusas para no estar cerca de él, después de lo de anoche bajo el techado, y resulta que la casa entera conspira para meterme en su cama.
Si fuera una de mis recetas diría que el destino no tiene gracia, que es un cocinero torpe que echa demasiada sal a propósito.
He pasado por delante de ese cuarto cien veces estos días y nunca me he fijado en que la cama era de matrimonio.
Ahora me fijo. Ahora es lo único en lo que me fijo.
— Hay una cama — repito.
— Sí.
— Una.
— Tú duermes en ella — dice rápido, como quien cierra una puerta—. Yo en el sofá, como siempre. No es...
— No — digo, y me sorprende oírme—. Tú llevas tres noches sin tumbarte de verdad.
Te he visto. Te sientas con la espalda a la pared y cierras los ojos y no duermes, solo descansas la cara.
Eso no es dormir. — Cruzo los brazos, y la quemadura del antebrazo me tira—.
Si te derrumbas de agotamiento el día que pase algo, de nada me sirve que controles las puertas.
Así que esta noche te tumbas. En la cama. Hay sitio para dos. Es solo práctico.
Belmonte me mira como si le hubiera propuesto saltar por la ventana.
— No es práctico.
— Es lo más práctico del mundo. Tú descansas, yo descanso, y los dos estamos a un metro de las puertas en vez de a tres. — Lo digo con mi voz de plató, la de convencer, la que no se cree ni quien la usa—. Solo práctico.
— Solo práctico — repite él, y por la cara que pone sabe tan bien como yo que estamos los dos mintiendo con todos los dientes.
Lo hemos hecho los dos toda la vida, mentir con palabras pequeñas para no decir las grandes.
Él dice "es mi trabajo". Yo digo "es solo práctico".
Roque decía "por tu bien". Las frases pequeñas son las correas con las que nos atamos a nosotros mismos para no movernos hacia donde queremos ir.
Y esta noche, por primera vez, la correa se ha quedado floja.
"Solo práctico" ya no ata nada. Los dos lo sabemos.
Y aun así la repetimos, una vez más, como un conjuro que ya no funciona pero que da miedo soltar, porque soltarlo es admitir lo que hay debajo, y lo que hay debajo es una cama, dos hombres y cuatro días para que uno de los dos pueda morir.
La cama es estrecha para dos hombres grandes.
Nos tumbamos cada uno en su orilla, vestidos, él con la chaqueta puesta porque en el bolsillo lleva la llave y no la suelta ni dormido, yo de espaldas a él mirando la pared, y entre los dos cuerpos hay un palmo de colcha de cuadros que es la cosa más cargada que he tocado en mi vida.
Apago la luz. La casa cruje. La gotera del otro cuarto repica en el charco, plic, plic, y fuera el monte está negro y mojado y quieto.
He compartido cama con gente que apenas conocía.
Lo normal en mi vida, antes de todo esto, era despertar al lado de alguien y no acordarme bien de su nombre, gente que quería acostarse con el de la tele, conmigo no, con la cara.
Y nunca, ni una vez, me había costado tanto el silencio como me cuesta este, con un hombre vestido al otro lado de un palmo de colcha, un hombre que no me quiere a mí por la cara, que ni siquiera sé si me quiere, que solo me ha dicho que no haga falta sonreír.
Y resulta que eso, que un hombre te diga que no sonrías, es lo más íntimo que me ha pasado en años.
Más que cualquier cama de cualquier desconocido.
Lo oigo respirar. No es la respiración de quien duerme.
Es la de quien finge, igual que finjo yo.
Dos hombres adultos, en una cama, fingiendo dormir, separados por un palmo de tela y por todo lo que ninguno dice.
Si esto lo viera Olvido, me echaría la bronca del siglo.
"Iago, que estás escondido por tu vida, no de luna de miel.
" Tendría razón. Olvido siempre tiene razón. Y aun así.
Por la ventana entra de vez en cuando un relámpago lejano, el coletazo de la tormenta que ya se va, y a su luz veo el techo de vigas, la mancha de humedad que ha llegado hasta este cuarto también, más leve, y el contorno de su hombro, ese hombro que no se relaja ni dormido, ni fingiendo dormir.
Me pregunto qué le pasó para que un hombre no pueda soltar los hombros.
Me pregunto si la noche del compañero sin nombre fue la que se los subió para siempre.
Me pregunto cosas de él que no me he preguntado de nadie en años, y eso es la prueba de que estoy metido en un lío que no tiene nada que ver con Roque ni con la furgoneta.
— Buenas noches — digo a la pared.
— Despejado — dice él, automático, y luego se calla, porque "despejado" no es "buenas noches", y los dos lo sabemos, y el desliz se queda flotando en la oscuridad.
Me río. Bajo, contra la almohada.
— ¿"Despejado"? — digo—. ¿Me das las buenas noches con "despejado"?
— Me ha salido.
— A ti se te ha pegado esa palabra a todo.
— Sigo de espaldas, hablándole a la pared, que es más fácil—.
¿La usas también para lo demás? No sé. Te tomas un café y está bueno: "despejado".
Te gusta una canción: "despejado". — Una pausa—.
¿Cómo sabes tú cuándo algo está bien, Aitor, si para todo dices la misma palabra que para "no hay nadie apuntándote"?
Tarda en contestar. La casa cruje. La gotera del otro cuarto cuenta los segundos.
— No lo sé — dice al fin, y lo dice como quien confiesa algo grande con una frase pequeña—. Llevo mucho tiempo sin tener que distinguir. Cuando solo proteges, solo hay dos estados. Peligro y despejado. Lo demás no hace falta nombrarlo.
— Pues qué pobre.
— Sí.
Esa sola palabra, ese "sí" sin defensa, me hace girar la cabeza en la almohada hacia él.
Ha admitido que su vida es pobre. Un hombre que no admite nada acaba de admitir eso, a oscuras, en una cama, y yo, que me he pasado el día diciéndome "es solo práctico", siento cómo la última excusa se me cae al suelo sin ruido.
No duermo. Él tampoco. Lo sé por la respiración, que no es la de quien duerme. Estamos los dos despiertos en una cama estrecha fingiendo que dormimos, y el palmo entre nosotros se hace y se deshace según uno respira más hondo o se gira un milímetro, y cada milímetro es una decisión.
Me giro. Lo hago despacio, como sin querer, como quien se acomoda, y quedo de cara a él en la oscuridad. Le distingo el perfil contra la ventana, la mandíbula, los hombros que no se relajan ni dormido.
— No estás durmiendo — digo bajo.
— Tú tampoco.
— Es la cama nueva.
— Es la cama nueva — repite él, y por su voz sé que no se lo cree, igual que yo no me creo lo mío.
El palmo se ha vuelto medio palmo. No sé quién se ha movido.
Quizá los dos. Le noto el calor en la cara, el aliento, ese olor limpio sin colonia que lleva siempre, y mi mano, que no sé cuándo ha cruzado la colcha de cuadros, está a un dedo de la suya en mitad de la cama, las dos manos quietas, las dos esperando, y para un hombre que habla con las manos tener la mano quieta así no es miedo esta vez. Es lo contrario.
— Iago — dice Belmonte, y mi nombre en su boca, bajo, en la oscuridad, suena distinto de todas las veces. No es el "Veiga" del dosier ni el "el protegido" de cuando habla por radio. Es Iago. Solo Iago.
— Sí.
— Esto no...
— Ya. — Acerco la cara la última pulgada que falta—. Ya lo sé. Mala idea. La peor. — Su aliento en mi boca—. Dime que pare y paro, Aitor.
Es la primera vez que digo su nombre. No "Belmonte", no "jefe". Aitor. Y noto cómo se le corta la respiración al oírlo, cómo el nombre lo desarma más que cualquier cosa que pudiera hacer con las manos, y no me dice que pare.
Su mano se mueve por fin. No para apartarme.
Sus dedos rozan los míos sobre la colcha, apenas, un contacto que me recorre entero, y siento su respiración engancharse, parar, su frente baja hacia la mía, y en la oscuridad de una casa de la sierra, a cuatro días de jugarme la vida, estoy a un suspiro de besar a mi escolta y él está a un suspiro de dejarse, las bocas casi, el aire entre los dos ya no es aire...
Belmonte se queda de piedra.
No es por mí. Lo noto en cómo cambia su cuerpo de golpe, de la entrega a la alarma en medio latido, la mano que rozaba la mía ahora cerrada sobre mi muñeca apretando, no como antes, sino como aquella noche en la furgoneta, un cepo.
— No te muevas — susurra, y ya no hay nada del hombre que iba a besarme, solo el otro, el de las puertas—. Fuera. En el monte.
Tardo un segundo en pasar del calor de su boca casi en la mía al frío de lo que dice.
Mi cuerpo no quiere. Mi cuerpo se ha quedado anclado en el medio palmo de colcha, en el aliento, en el nombre que acabo de pronunciar y que lo ha desarmado.
Pero Aitor ya no está aquí, en esta cama, conmigo.
Aitor está en la ventana, en el monte, en la amenaza.
Lo veo cambiar como cambia el agua al congelarse, de golpe, de una cosa a otra cosa dura.
Y me da una rabia absurda, en mitad del miedo, que el mundo haya elegido este segundo, justo este, para volver a meterse entre nosotros.
Como si supiera. Como si lo de fuera esperara a que bajáramos los dos la guardia a la vez para enseñarnos por qué no se puede.
Y entonces lo veo yo también, por encima de su hombro, por la ventana: una luz.
Un foco, blanco, frío, que barre la fachada de la casa desde los árboles y se apaga.
Y otra vez, desde otro ángulo, más cerca.
Alguien está ahí fuera, en la oscuridad y el barro, rodeando la casa, con una linterna potente, buscando ventanas, buscando dónde entrar, mientras nosotros dos estábamos a un dedo de olvidarnos de que existía el mundo.