El protocolo del silencio Capítulo 9
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Capítulo 9

En la oscuridad de El Helechal, con la tormenta machacando la teja y el generador muerto, lo único que tengo para orientarme es la respiración de Iago a un palmo de mi cara, y eso es justo lo que no debería tener cerca.

Cuento las salidas a tientas. Porche, atrás.

Dos. La llave en el pecho. Todo en su sitio.

Todo menos yo, que estoy de pie en mitad de mi propio protocolo midiendo la distancia que me separa de la boca de un hombre y no de la puerta.

— Quédate aquí — digo—. Voy al generador.

— Voy contigo.

— No.

— No me voy a quedar solo a oscuras en una casa donde alguien dejó una colilla, jefe. — La palabra "jefe" ya no me molesta. Eso también es un problema—. Voy contigo o salgo gritando. Tú eliges.

Lo de la colilla no se lo conté para asustarlo.

Se lo conté porque no soporto que un protegido tome decisiones a ciegas; si va a discutir cada paso que doy, al menos que discuta sabiendo lo que sé.

Y ahora me arrepiento un poco, porque la colilla se le ha quedado dentro, la nombra cada vez que hay un ruido, y ese es justo el problema de decir la verdad a quien proteges: que pesa, y que la cargáis los dos.

Es más cómodo callar y cargar uno solo. Más cómodo y más cobarde.

Lo sé porque ahora mismo, con la cláusula en el fondo de la bolsa, estoy eligiendo lo cómodo y lo cobarde, y la colilla me lo recuerda cada vez que él la nombra.

Salimos los dos. Le doy la linterna y cojo yo el paraguas y la lluvia nos cala en tres pasos del porche al techado del generador.

Es un trasto viejo, y lo conozco de la tarde que lo revisé: térmico saltado por la subida del rayo, nada más.

Pero lo reviso igual, porque un generador que falla la noche que cae un rayo es lo más normal del mundo, y un generador que alguien ha manipulado para que falle cuando le interese también empieza fallando con un rayo.

Paso la linterna por los bornes, por el depósito, por los cables.

Nada tocado. Es el rayo. Esta vez es el rayo.

Lo rearmo, tiro de la cuerda, una, dos, y al tercer tirón el motor tose y arranca y la bombilla del cobertizo se enciende y, dentro de la casa, vuelve la luz por las ventanas.

— Listo — digo—. Ha sido el rayo. Vuelve dentro, que te estás empapando.

Pero Iago no vuelve dentro. Se queda bajo el techado, conmigo, con la linterna apagada en la mano y el pelo chorreando y la camiseta pegada al cuerpo, y me mira a la luz amarilla y temblona de la bombilla, y hay algo en cómo me mira que no es miedo, que es lo contrario del miedo, y eso me asusta más que la colilla, más que la furgoneta, más que el papel del fondo de mi bolsa.

— ¿Por qué haces esto? — pregunta, y la lluvia casi me come su voz—. No me refiero a lo del generador. Lo otro. Lo de quedarte despierto toda la noche por un tío que te llama jefe y se ríe de ti. Te pagan, vale. Pero esto no es por la paga.

— Es mi trabajo.

— Eso es lo que dices. No es lo que haces.

Aprieto la mano sobre el palo del paraguas. La cuenta de las salidas se me ha acelerado y la siento correr, descontrolada, y eso solo me pasa cuando estoy a punto de callar algo o de mentir, y ahora mismo no sé cuál de las dos cosas voy a hacer.

— ¿Qué quieres que te diga, Iago? — La lluvia repica en la uralita sobre nuestras cabezas—.

¿Que me importas? Claro que me importas.

Llevas tres días siendo lo único que tengo que mirar.

Eso pasa. Te pones a vigilar a alguien y al cuarto día su respiración te dice si ha dormido y su silencio te dice si tiene miedo. No es nada. Es el oficio.

— Mentira. — Da un paso, y el techado se hace pequeño—. A Olvido la conoces de tres días también y no te quedas mirándola dormir.

— A Olvido no la protejo yo.

— No te quedas mirándola dormir — repite, más bajo, y ahí está, lo ha dicho, ha dicho en voz alta que sabe que lo miro dormir, y yo no lo niego porque negarlo sería peor.

Es verdad. Lo miro dormir. Las pocas horas que él duerme, yo lo miro desde el sofá, y me digo que es vigilancia, que controlo su respiración por si algo va mal, y es mentira, lo miro porque dormido se le va la sonrisa de plató y le queda la cara de un crío que robaba pan y nunca dejó de tener hambre de que alguien lo cuidara sin querer nada a cambio.

Y yo no quiero nada a cambio. Eso es lo que me asusta.

Que por primera vez en años cuido a alguien y el oficio no tiene nada que ver.

— Entra en casa, Iago.

— ¿Te doy miedo? — Da un paso bajo el techado, hacia mí, y el espacio se hace pequeño—. Porque a ti todo lo demás no te lo da. La tormenta no, el monte no, el tío del rastreador no. Y de pronto te tiembla la mano por estar yo aquí parado.

No me tiembla la mano. Me tiembla la cuenta. Las salidas se me han mezclado y por un segundo no sé cuántas hay, y eso no me ha pasado en quince años, y la culpa la tiene un chef empapado que me mira la boca bajo un techado de uralita con la lluvia cayendo a un palmo de los dos.

Lo que no le digo, porque no se lo puedo decir, es que tiene razón.

Que de todas las cosas de esta casa, la que me da miedo es él.

El monte lo controlo. La amenaza la controlo, o me digo que la controlo, que para el caso es igual.

A Iago Veiga no lo controlo. A Iago Veiga lo único que sé hacer es mirarle la boca cuando se ríe y odiarme por ello.

Y un escolta que mira la boca del protegido es un escolta que ha bajado la guardia, y bajar la guardia es lo único que mata. Lo mío y lo de los que cuido.

Doy un paso atrás. Salgo de debajo del techado, a la lluvia, que me cala y me despeja.

— Entra en casa — repito, y esta vez no me sale la voz de escolta dando una orden, me sale la de un hombre intentando salvarse—. Por favor.

Iago me mira un segundo más. Algo se le apaga y algo se le enciende a la vez, y no sé leer cuál gana.

Pasa por mi lado hacia la puerta, y al pasar su hombro roza el mío, mojado contra mojado, y entra.

Yo me quedo bajo la lluvia hasta que dejo de notar su hombro en el mío, que tarda más de lo que debería.

Me quedo fuera más de la cuenta. La lluvia me cala hasta los huesos y la dejo, porque la lluvia es honesta, la lluvia no me mira la boca, la lluvia solo cae.

Pienso en lo que casi pasa bajo el techado, y en lo fácil que habría sido, y en por qué no puedo.

No es por las reglas de Cerco, aunque las haya.

No es por el contrato. Es por la cláusula que firmé y que llevo en el fondo de la bolsa.

¿Con qué cara beso a un hombre del que oculto un papel que dice que, si se complica, tengo que entregarlo?

Eso no es bajar la guardia. Eso es traición con ternura, que es lo que hace Roque, y yo no quiero hacer lo que hace Roque.

Así que me quedo bajo la lluvia hasta que el frío me convence de que la línea está clara, aunque no lo esté, aunque la única línea clara sea la que me invento para no cruzar la otra.

Cuando entro, él ya está en su cuarto con la puerta entornada.

Me cambio la camisa empapada en el baño.

Me miro un segundo en el espejo manchado, el pelo pegado, los hombros que no se relajan ni desnudos, y aparto la vista, porque mirarme me recuerda que llevo años sin que nadie me mire a mí, y que esta noche alguien lo ha hecho, y que no sé qué hacer con eso.

Me siento en el sofá con la radio, porque a la una toca el parte de Quim, el relevo de información que hacemos cada noche desde el cerro, y antes de subir al cerro a hablar con cobertura, a veces Quim me alcanza por la radio de corto alcance que dejé sintonizada, esa que solo cubre unos kilómetros.

La radio chisporrotea a la una en punto.

— Belmonte, ¿me copias? — La voz de Quim, alegre incluso por radio, esa simpatía que no descansa—. Aquí abajo todo tranqui. ¿Qué tal por la finca? ¿Aguanta el chaparrón ese que os ha caído?

Me quedo con la radio en la mano.

El chaparrón que nos ha caído. Quim está en el valle, a treinta kilómetros, en el pueblo, en una pensión.

La tormenta de la sierra es de la sierra, son nubes que se enganchan en las cumbres y descargan arriba mientras abajo no cae ni una gota.

Lo sé porque me lo enseñó esta tierra hace años.

¿Cómo sabe Quim que aquí ha caído un chaparrón si donde está él no llueve?

— Aguanta — digo, neutro—. ¿Cómo sabes que llueve aquí?

Una pausa de radio. Un segundo de más.

— El parte, hombre. Aviso de tormentas en la sierra. — Una risa—. Tranqui, que era por dar conversación. Oye, ¿y el generador? Esas fincas viejas, con el primer rayo, fjjj, se quedan a oscuras. ¿Os habéis quedado sin luz?

Aprieto la radio.

No he dicho nada del generador. No he dicho que se nos haya ido la luz.

Y Quim, a treinta kilómetros, en un valle donde no llueve, sabe que aquí ha caído un rayo y pregunta por un generador del que nadie le ha hablado, en una casa que él no ha pisado, porque la revisó antes de que llegáramos pero la revisó por fuera, según consta, sin entrar.

— ¿Belmonte? — insiste la radio—. ¿El generador?

— Te decía que sin novedad. — Mantengo la voz plana, la de cuando no quiero que el otro sepa que estoy sumando—. Aquí todo despejado. ¿Algún parte de Madrid?

— Nada nuevo, jefe. Olvido sigue en el restaurante, la policía con sus rondas, el señuelo dio sus vueltas y nadie picó. Todo tranqui. — Una pausa—. Oye, ¿y cuándo subo yo a relevarte? Que llevas tú solo desde el traslado y eso no es plan. Dame la ubicación exacta y subo mañana, te echo una mano.

Dame la ubicación exacta. Lo dice ligero, servicial, el buen compañero que se ofrece a relevar al que está reventado.

Y es justo lo que no le voy a dar. Porque un compañero que ya sabe el nombre de la finca, que ya sabe que llueve, que ya sabe lo del generador, que ya sabe cuántos cuartos tiene, lo único que le falta es la ubicación exacta para cerrar el círculo, y ese círculo no lo cierro yo.

— Yo te aviso cuando te necesite — digo—. Tú quédate cubriendo Madrid. Corto.

Suelto el botón. Me quedo mirando la radio en mi mano como si fuera ella la que ha dicho algo raro y no el chaval del otro lado.

Quim. El de las camisas nuevas. El que cae bien en treinta segundos, igual que cae bien Iago, solo que Iago cae bien para esconder el miedo y Quim cae bien para esconder otra cosa.

Lo pensé el primer día en el pasillo de Cerco, cuando soltó "El Helechal" antes de que nadie lo nombrara.

Lo aparqué. La gente con facilidad de trato me da urticaria pero no es delito. Esto sí empieza a oler.

Bajo la radio. Saco mi cuaderno, el de tapa negra que llevo siempre, y anoto con letra pequeña, a la luz de la bombilla recién resucitada: Quim sabe lluvia local. Quim sabe generador. Quim no debería saber ni una cosa ni la otra. Subrayo "no debería".

Y luego, debajo, anoto la frase que me ha llamado más la atención y que casi se me pasa entre las otras dos, la que de verdad me hiela: a media tarde, cuando le di el parte por radio desde el cerro, Quim soltó como de pasada que esperaba que Iago durmiera bien "en su cuarto", y que yo controlaría "los dos cuartos y el baño", y se rió.

Dos cuartos y un baño.

Esta casa tiene exactamente dos habitaciones y un baño. Lo conté yo la primera noche, salida por salida. Es un dato de dentro. Es un dato de quien ha entrado, ha caminado el pasillo, ha contado las puertas igual que las cuento yo.

Quim revisó la finca por fuera. Eso es lo que consta. Eso es lo que me dijo en el pasillo de Cerco con su sonrisa de camisa nueva.

Me quedo con el cuaderno abierto sobre las rodillas, la bombilla zumbando, la tormenta amainando fuera.

Y ato cabos, uno detrás de otro, como cuento puertas: la colilla fresca del porche la primera noche, alguien que sabía que veníamos.

El "El Helechal" soltado de más en el pasillo de Cerco.

Las camisas demasiado nuevas de un escolta con sueldo de escolta.

Y ahora la lluvia local, el generador, los dos cuartos y el baño.

No es una casualidad. Las casualidades no se repiten cinco veces apuntando al mismo sitio.

Esto es un patrón, y el patrón tiene la cara sonriente de Quim Brunet.

No lo voy a confrontar todavía. Confrontarlo ahora es perderlo, y perderlo es no saber a quién informa ni qué ha pasado ya al otro lado.

Hay que tener paciencia con un topo, dejar que se confíe, juntar lo suficiente para no equivocarse.

Una sola sospecha no basta; podría ser un chaval bocazas que repite lo que oye.

Necesito más. Necesito que cante solo. Hasta entonces, sonrío por radio, le digo "tranqui" como dice él, y cuento puertas.

Cierro el cuaderno. Miro hacia el pasillo, hacia la puerta entornada del cuarto donde Iago debería estar durmiendo y no duerme, lo oigo darse la vuelta en la cama.

Y por un instante, en mitad de toda esta cuenta de amenazas, lo único que quiero no es resolver el caso ni cazar al topo.

Es entrar en ese cuarto. Y eso, esta noche, es la amenaza más peligrosa de todas, porque no viene de fuera. Viene de mí.

Entonces, ¿cómo sabe Quim cuántas habitaciones tiene una casa en la que jura que no ha entrado?