El protocolo del silencio Capítulo 8
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Capítulo 8

A las seis de la tarde del día nueve el cielo de la sierra se pone del color de una sartén vieja y yo, que llevo todo el día buscando la manera de que Belmonte me cuente algo de sí mismo que no sea cuántas salidas tiene una habitación, decido que la cocina es mi terreno y que ahí, removiendo una cazuela, igual le saco tres frases.

La gente habla más con la boca cuando tiene las manos ocupadas. Lo sé porque a mí me pasa.

Es el tercer día encerrados y ya tenemos costumbres, que es lo que más miedo me da.

Las costumbres son trampas. Él se levanta antes que yo, hace una ronda por fuera con el primer gris del amanecer, vuelve, pone agua a calentar para un café que bebe de pie mirando la ventana.

Yo me levanto, busco la cocina, decido qué hacer con lo poco que hay.

A mediodía comemos. Él en su sitio, de espaldas a la pared, mirando la puerta.

Yo enfrente, hablando para los dos. Por la tarde él limpia cosas que no quiero mirar y yo cocino la cena.

Tres días y ya es una vida. Una vida pequeña, fea, con un cuchillo que no corta, y aun así una vida, y eso es lo peligroso, porque cuando esto acabe voy a echar de menos algo de esto y no quiero saber qué.

— Pásame la sal — le digo—. La de al lado de tu codo.

Me la pasa. Está sentado a la mesa de la sala con la bolsa abierta en la silla de al lado, repasando unos papeles que tapa con el brazo cuando me acerco, y eso lo registro, porque lo de tapar papeles con el brazo lo hago yo cuando un periodista se asoma a mi libreta de recetas.

— ¿Sabes cocinar? — pregunto, para empezar por lo pequeño.

— Sé calentar.

— Eso no es cocinar. Eso es sobrevivir.

— Llevo veinte años sobreviviendo. — Pasa una hoja—. Se me da bien.

— Ya. — Echo la sal—. ¿Y comer? Comer sí sabrás. Todo el mundo come.

— Como lo que toca, cuando toca. De pie, si puede ser.

— De pie. — Niego con la cabeza, revolviendo—.

Eso es lo más triste que me has dicho en tres días, y mira que me has dicho cosas tristes.

Comer de pie. — Lo señalo con la cuchara—.

¿Tú con quién comes sentado, Belmonte? ¿Cuándo fue la última vez que comiste algo sentado a una mesa con alguien que no estuvieras protegiendo?

Duda. Es un segundo, un parpadeo, ese hueco entre la pregunta y la respuesta donde un hombre decide si abre o cierra.

— No me acuerdo — dice. Cierra.

— Sí te acuerdas. — Remuevo—. La gente siempre se acuerda de la última vez que comió bien con alguien.

Yo me acuerdo de la mía. Una Nochebuena, hace tres años, con Olvido y los chicos del restaurante, todos apretados en una mesa de la cocina comiendo las sobras del servicio.

Roque no vino. Dijo que tenía cosas. Y fue la mejor Nochebuena de mi vida, justo porque no vino.

— Bajo el fuego—. Esa es la mía. Ahora la tuya.

Belmonte deja la hoja que estaba leyendo. Mira la pared un momento. Y cuando habla, lo hace despacio, como quien saca algo de un cajón que no abre nunca.

— Una comida de campaña — dice—. Hace años.

Antes de Cerco. Éramos cuatro en una mesa que no era una mesa, una caja del revés.

Uno contaba chistes malísimos. Comimos de lata y nos reímos hasta que dolió.

— Para—. Dos de esos cuatro ya no están.

— Coge otra vez la hoja—. Por eso como de pie.

De pie no recuerdas a los que faltan en la mesa.

Me quedo callado. Es lo más que me ha dado nunca, y me lo ha dado para cerrar, no para abrir, porque después de eso vuelve a sus papeles y no hay forma de seguir tirando.

Pero lo ha dado. Uno de esos cuatro contaba chistes.

Uno de esos dos que ya no están. Lo guardo, en mi cajón, junto a "padre militar muerto" y "no me acuerdo" que sí se acordaba.

— Pues qué pena — digo, y no insisto, porque empujar a Belmonte de frente es como empujar la cámara frigorífica, no la mueves, te haces daño en el hombro.

Así que cocino. Y mientras cocino, hablo, porque hablar es lo mío, y le cuento del Veleta, de cuando lo abrí con un préstamo y dos cocineros y un comedor de doce mesas, de la primera estrella, de la primera vez que entré en un plató y vomité antes en el baño y luego salí sonriendo.

Le hablo de comida para no hablar de Roque, igual que él me habla de salidas para no hablar de la noche que no me contó del todo, la del compañero sin nombre.

Los dos hacemos lo mismo. Cubrimos lo grande con lo pequeño, como cuando tapas un plato feo con una hoja de perejil.

— ¿Y la tele? — pregunto, sin esperar respuesta, removiendo—. A ti no te imagino en un plató. Tú entrarías, contarías las salidas y te irías.

— No me imagino yo tampoco.

— A mí me daba pánico. Todavía me da. — Echo el vino—.

La gente cree que el que sale sonriendo en la tele no tiene miedo.

Es al revés. El que sonríe en la tele es el que más miedo tiene y mejor lo esconde.

Yo sonrío para que no se note que estoy cagado.

Roque me enseñó eso también. "Sonríe, chaval, que la gente perdona cualquier cosa menos a alguien que parece asustado.

" — Me río, sin gracia—. Tenía razón. La gente me perdonó muchas cosas por la sonrisa.

Igual hasta lo de las conservas me lo perdonan por la sonrisa. Da asco.

Belmonte deja el trapo.

— No sonrías delante de mí — dice—. No hace falta.

Y me quedo con la cuchara en el aire, porque nadie me había dicho eso nunca.

Toda mi vida la gente me ha pedido la sonrisa, me ha pagado por la sonrisa, me ha querido por la sonrisa.

Y este hombre de piedra me acaba de decir que la guarde, que con él no hace falta.

Bajo la cara para que no me vea, y por una vez no es para esconder el miedo. Es para esconder lo otro.

— Tú haces lo mismo — le digo de pronto, sin venir a cuento, removiendo—. Hablas de puertas para no hablar de ti. Yo hablo de croquetas. Es el mismo truco.

Belmonte levanta la vista de los papeles. Me mira un rato largo.

— Funciona — dice.

— Funciona fatal. Por eso estamos los dos a oscuras en una casa de la sierra sin saber nada el uno del otro.

— Sé que duermes mal. Sé que cocinas cuando tienes miedo. Sé que te tiemblan las manos cuando te ríes y se te quedan quietas cuando te asustas de verdad. — Lo suelta sin énfasis, como quien lee una lista—. Sé bastante de ti, Iago. Solo que no por lo que me cuentas.

Me quedo con la cuchara en el aire. No sé qué contestar a eso. Nadie me lee así. La gente me mira la cara de plató y se queda en la cara. Este hombre se ha saltado la cara.

Hay un tipo de soledad que no se cura con compañía.

La mía es así. He estado rodeado de gente quince años, equipos, cámaras, comensales, fans, y nunca, ni una vez, alguien se ha tomado la molestia de mirar lo que hay detrás de la cara, porque la cara ya les daba lo que querían.

Roque sí miraba. Pero Roque miraba para usar lo que veía, para saber qué teclas tocar, "sonríe, chaval, que la gente perdona".

Belmonte mira y no usa. Mira y se queda quieto.

Y eso, descubro removiendo una cazuela en una casa de la sierra, es lo que yo entendía por estar a salvo y nunca había tenido: que alguien te vea entero y no haga nada con ello, solo lo guarde.

Y aun así, hay un papel que tapa con el brazo.

Hay una bolsa que cierra de golpe. Belmonte me ve a mí entero, sí, pero él no se deja ver, y eso, que en cualquier otro me daría igual, en él me escuece, porque le he empezado a abrir cosas que no le he abierto a nadie y a cambio recibo "lo que toca" y un papel escondido bajo el brazo.

La balanza está torcida. Yo doy y él guarda.

Lo he hecho toda la vida, dar de más para que me quieran, y me prometí que con este no, que con este no iba a dar nada, y ya estoy dando.

Idiota. Me lo digo así, removiendo, idiota, que eres un idiota, Iago, que un escolta de Roque te tiene contándole lo de los niños del hospital y él ni te dice de dónde es.

— Ya — digo, y me sale más bajo de lo que quiero—. Pues yo de ti no sé nada.

— Eso es lo que toca.

Y ahí está otra vez, "lo que toca", su muro.

Voy a decir algo cuando él cierra la bolsa de golpe, mete los papeles dentro con una prisa que no había tenido en tres días, y la palabra que iba a decir se me queda en la boca porque le he visto la cara: la de alguien que esconde algo. La de alguien al que casi pillan.

— ¿Qué guardas con tanta prisa? — pregunto.

— Papeles del contrato. — No me mira—. Cosas mías.

— Cosas tuyas. — Dejo la cuchara—. ¿Sobre mí?

— Sobre el operativo.

— ¿Es lo mismo?

Belmonte se levanta. Va a la ventana. Mira el monte, que es lo que hace cuando no quiere mirarme a mí, y fuera el cielo ya es negro de tormenta y el primer trueno suena lejos, rodando por encima de los robles.

— Va a caer una buena — dice, cambiando de tema con la misma técnica que yo cambiaría una conversación pasándole a un cliente una copa de vino—. Cierra esas ventanas.

Le dejo escapar. Esta vez le dejo escapar, porque acabo de aprender algo: Belmonte guarda algo que tiene que ver conmigo, algo que le da prisa esconder, y un hombre que ha contado todas las salidas de esta casa no se pone nervioso por nada.

Lo guardo, como guarda él. Algún día abriré ese plato y veré qué tiene debajo del perejil.

Y mientras cierro las ventanas, una idea fea se me cuela: ¿y si lo que guarda es sobre Roque?

¿Y si Belmonte, que cobra de Roque, que entró en mi vida porque Roque pagó, guarda papeles de Roque?

Aparto la idea. No quiero. Llevo dos días aprendiendo a fiarme un milímetro de este hombre, el primer milímetro que le concedo a nadie desde lo de mi socio, y la idea de que también él tenga un doble fondo me da más frío que la tormenta.

Así que la aparto. Mal hecho. Lo sé incluso mientras lo hago.

Pero la aparto, porque a veces uno elige no mirar, y yo de eso sé, que ya lo hice una vez con las conservas.

La tormenta cae como cae todo en la sierra, de golpe y a manta.

El agua repica en la uralita del cobertizo, el viento empuja la lluvia contra los cristales en ráfagas, y dentro de la casa el calor de la cazuela se vuelve casi acogedor frente a la noche que se desata fuera.

Pongo la mesa. Por una vez vamos a comer sentados, los dos, y se lo digo, y él no protesta, se sienta de espaldas a la pared, mirando la puerta, pero se sienta.

He puesto la mesa con lo que hay: dos platos desportillados, dos vasos de duralex, una vela porque el techo de la sala tiene una bombilla mortecina y la vela disimula la fealdad del sitio.

No es romántico. Me digo que no es romántico mientras la enciendo.

Es práctico, hay poca luz. Lo mismo que me digo de todo en esta casa, "es práctico", como si repetirlo lo hiciera verdad.

Belmonte mira la vela un segundo de más antes de sentarse, y no dice nada, pero sé que ha pensado lo mismo que yo y que ha decidido, como yo, no decirlo.

Comemos. Hablamos de cosas pequeñas. De si la cazuela sabe mejor con el vino malo o sin él.

De que Lázaro tiene tres perros y solo a uno le habla.

De que en Madrid, a esta hora, el Veleta estaría a tope, viernes, lleno, y yo gritando comandas, y ahora estoy aquí, comiendo un guiso a la luz de una vela con un escolta, y lo raro es que no lo cambiaría, ahora mismo, por el Veleta lleno.

Eso no se lo digo. Eso me lo guardo, en el sitio donde guardo las cosas que no sostendría con luz.

Belmonte come despacio, midiendo, como hace todo.

Pero come sentado. Y de vez en cuando, una vez, deja de mirar la puerta y me mira a mí, un segundo, y vuelve a la puerta, y ese segundo robado a su guardia vale más que la conversación entera.

Un hombre que controla todas las salidas de una casa, eligiendo gastar un segundo en mirarme a mí en vez de a una puerta.

Es lo más parecido a una declaración que va a salir de él esta noche, y lo entiendo así, y me callo, porque sé que si lo nombro, lo pierdo.

Hay cosas que solo existen mientras no se dicen. Esta cena es una de ellas.

Levanto la copa del vino malo.

— Por comer sentados — digo.

Y entonces, antes de que él conteste, un trueno revienta justo encima de la casa, tan cerca que el suelo lo nota, y la bombilla del techo parpadea, se aviva, y se apaga.

Negro total. El generador, que zumbaba bajito de fondo todo el día, se calla.

La nevera deja de runrunear. La casa entera se queda muda y a oscuras, solo la lluvia y, fuera, el resplandor de un relámpago que entra un instante por la ventana y nos pinta a los dos en blanco, sentados a la mesa, frente a frente, más cerca de lo que estábamos hace un segundo.

— El generador — digo en la oscuridad.

— Ha fallado. — Lo oigo levantarse, lo oigo buscar a tientas, y luego su voz, más cerca de lo que esperaba, justo delante de mí—. No te muevas. Quédate quieto.

Y me quedo quieto, en la oscuridad, con la lluvia golpeando, su respiración a un palmo de la mía, y por primera vez en tres días el peligro de fuera me importa mucho menos que lo cerca que está él.