El protocolo del silencio Capítulo 7
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Capítulo 7

A las cuatro y diez de la madrugada del día nueve, un ruido en el monte me saca del sofá antes de estar despierto, con la pistola ya en la mano y la cuenta de las salidas corriéndome sola por la cabeza: dos reales, la del porche y la de atrás, las dos cerradas, las dos mías.

La llave en el bolsillo interior, contra el pecho, donde la dejo siempre.

Me quedo quieto en la oscuridad de la sala escuchando, y el ruido se repite.

Una rama. Un peso sobre la hojarasca. Algo que se mueve y se para.

— ¿Qué pasa? — La voz de Iago desde el umbral de su cuarto, baja, ronca de no dormir.

— Vuelve a la cama.

— No estaba en la cama. — Da un paso a la sala. Lleva una camiseta y un pantalón de chándal y el pelo aplastado por un lado y despeinado por otro, y no parece un chef mediático, parece un hombre que no duerme—. No duermo en sitios nuevos. ¿Qué es eso de fuera?

— Quizá un jabalí.

— ¿Quizá?

— Casi todo es quizá. — Voy hasta la ventana, me pego al marco, miro el monte sin encender nada. La luna se ha metido entre nubes y no se ve un palmo—. La diferencia entre un jabalí y un hombre es que el jabalí no se para a escuchar. Y eso se ha parado.

Esperamos. Iago se queda a mi lado, contra la pared, sin que se lo diga, y aprende rápido porque se pega al marco igual que yo, fuera de la línea de la ventana.

El ruido no vuelve. Pasan diez minutos. Veinte.

Lázaro no ha encendido nada en el cobertizo, y Lázaro sabe lo que se mueve por el monte antes que yo, así que si Lázaro duerme, no es nada.

O es algo que Lázaro no quiere que sepamos. Las dos cosas me las guardo.

Esta tarde he subido al cerro a mandar el parte.

Sonia me ha confirmado lo que ya olía: la furgoneta de la primera noche era robada, apareció quemada en un descampado de Vallecas, sin huellas, nada que tirar.

Profesional. Y el rastreador del coche de Iago era de gama alta, del tipo que usa seguridad corporativa, no del que compra un marido celoso.

Le he contado lo de la colilla del porche.

Sonia se ha callado un segundo largo, el silencio de quien suma lo mismo que yo: si alguien sabía que íbamos a esta finca, el filtro está dentro, en Cerco, en el círculo que conoció el destino.

Y el círculo es corto. Sonia, Pinilla, yo. Y Quim.

No le he dicho a Iago lo de la furgoneta quemada ni lo del rastreador profesional.

¿Para qué? Saber que el enemigo es bueno no lo protege más.

Solo lo asusta. Una de las cosas que aprendí en el Estado: la información que no sirve para que el protegido actúe mejor no se le da.

Se carga uno con ella. Es parte del trabajo. Cargar.

Es curioso cómo encajan las dos cosas. Le oculto lo de la furgoneta para protegerlo, y me parece bien, me parece profesional, me parece cuidado.

Y le oculto lo de la cláusula, que también me digo que es para protegerlo, y eso ya no me parece tan limpio.

¿Dónde está la línea? ¿Cuándo callar para no asustar se convierte en callar para no perder?

No la encuentro. Lleva días sin que la encuentre.

Y un hombre que no encuentra la línea entre cuidar y controlar es un hombre que se está pareciendo a quien no quiere parecerse.

Lo sé. Lo aparto. Sigo contando puertas, que para eso sí tengo respuesta.

— Despejado — digo al fin, y bajo el arma—. Era un animal.

— ¿Lo dices porque lo sabes o porque toca decirlo?

Lo miro. En la oscuridad solo le veo el brillo de los ojos y la mancha pálida de la quemadura del antebrazo cuando cruza los brazos.

— Lo digo porque es lo más probable — contesto—. Y porque si me paso la noche dándole vueltas a lo improbable, no te sirvo de nada mañana. Hay que elegir qué miedos te quedas.

— ¿Y tú cómo eliges?

Me siento en el brazo del sofá. No voy a dormir ya, y él tampoco, y la casa está fría y negra y a veces, a estas horas, en sitios así, sale algo que de día no sale.

— Antes me equivocaba al elegir — digo, y no sé por qué lo digo—. Una vez elegí mal qué miedo me quedaba.

Iago no dice nada. Se sienta en el suelo, contra la pared, las rodillas dobladas, y espera. Ha aprendido a esperar en silencio, este hombre que habla por los codos. Y el silencio suyo tira más que cualquier pregunta.

Hay una clase de oscuridad que afloja las bocas.

La de las cuatro de la mañana, sin luz, cuando el cuerpo está demasiado cansado para montar guardia sobre lo que dice.

Mi padre la conocía. Mi padre, que medía el cariño en flexiones y nunca me dijo "te quiero" con luz, una madrugada, después de una noche mala, me contó en la oscuridad de una tienda de campaña que él también tuvo miedo una vez, y a la mañana siguiente hizo como que no lo había dicho y yo hice como que no lo había oído, y fue lo más cerca que estuvimos nunca.

Aprendí que en la oscuridad se dice lo que no se sostiene con luz.

Y aquí estoy, en la oscuridad, a punto de no sostenerlo.

— Tenía un presentimiento — digo a la oscuridad—.

Un sitio que no me gustaba. Un punto que el protocolo daba por bueno y a mí me olía.

Y me callé, porque el procedimiento decía que estaba despejado, y yo entonces me fiaba más del procedimiento que de mí.

— Aprieto la culata sin querer—. Crucé a un compañero por ese punto.

Se llamaba... daba igual cómo se llamaba.

Cruzó por donde yo dije que estaba despejado. Y no lo estaba.

El monte cruje otra vez, lejos, y esta vez ni me muevo.

— Lo siento — dice Iago, y por una vez "lo siento" no me da ganas de tirar nada, porque lo dice bajo, sin adornos, como quien deja una cosa al lado de otra sin tocarla.

— No lo sientas. Fue culpa mía.

— No he dicho que no lo fuera. He dicho que lo siento.

— En la oscuridad, su voz es solo voz, sin cara, sin sonrisa de plató, sin nada que defender—.

Las dos cosas caben. Que fuera culpa tuya y que yo lo sienta por ti.

— Una pausa—. Yo también podía haber mirado los albaranes y no miré.

También es culpa mía lo de los niños del hospital.

Y también me da pena de mí mismo, a veces, a las cuatro de la mañana.

Las dos cosas caben, Belmonte. Si no, no se puede vivir.

Me quedo callado. Es lo más sensato que me ha dicho nadie sobre lo que cargo, y me lo dice un cocinero asustado en el suelo de una casa de la sierra, en pijama, a oscuras.

Las dos cosas caben. Llevo años sin dejar que quepan más que una: la culpa.

Y este hombre me dice que al lado de la culpa cabe otra cosa, y yo no sé el nombre de esa otra cosa, y prefiero no buscarlo, porque buscarlo es bajar la guardia.

Nael. El nombre se me queda en la garganta y no lo suelto.

Decir el nombre es ponerlo en la habitación, y si lo pongo en la habitación tengo que mirarlo, y todavía no.

"Daba igual cómo se llamaba", he dicho. Es la mentira más grande que he dicho esta noche.

Su nombre no me da igual. Su nombre me lo sé mejor que el mío.

Nael, que contaba chistes malos en las esperas y me decía: tú cuenta puertas, yo cuento chistes, así uno de los dos se ríe.

Nael, que cruzó por donde yo dije que estaba despejado.

— Desde entonces no doy nada por despejado sin mirarlo yo. — Me levanto—. Y no me callo lo que me huele. Vuelve a la cama, Iago. De verdad. Era un jabalí.

Se levanta. Se queda un momento en el umbral de su cuarto, mirándome, y yo sé lo que está pensando porque yo pensaría lo mismo: que un hombre que cuenta puertas y no se quita la chaqueta y carga un muerto por un punto que dio por bueno es un hombre con el que tener cuidado, no uno del que fiarse.

Se mete en su cuarto. La puerta no la cierra del todo. Lo registro.

Cuando lo oigo respirar hondo al fin, saco el dosier.

Lo llevo en una funda impermeable en el fondo de la bolsa, papeles que no deberían estar en una casa segura pero que no pienso dejar en ningún sitio donde otro los lea.

El contrato de Cerco. Las cláusulas. Y al final, en una hoja aparte que firmé hace cinco días en el despacho de Mendieta, con su anillo de sello girando despacio mientras me miraba firmar, está lo que firmé para poder estar aquí.

Lo releo a la luz del móvil, tapando la pantalla con la mano para que no se filtre por la puerta entornada de Iago.

Cláusula adicional. En caso de que el protegido incurra en conducta que comprometa la operación o ponga en riesgo los intereses del contratante —"que se complique", me dijo Mendieta con su voz suave, "ya sabes cómo es el chaval, a veces se complica solo"—, Cerco Protección queda obligada a poner al protegido a disposición del contratante y a retirar el dispositivo.

Firmado. Por mí. De mi puño y letra, Aitor Belmonte Iraola, con mi número de licencia debajo.

La firmé sabiendo lo que firmaba. No fue un descuido.

Mendieta me lo puso delante en su despacho, con su anillo de sello girando despacio, y me dijo, con esa calma de quien no necesita gritar, que o firmaba eso o ponía a otro de los míos al lado de Iago, alguien más manejable, alguien que cuando llegara la orden la cumpliera sin rechistar.

Firma tú, Belmonte, o firma otro. Me sirvió un café que yo no quería, sin azúcar, "tú eres de los amargos, se te ve", y mientras yo leía la cláusula él hablaba de Iago como de un hijo, "el chaval no sabe lo que le conviene, hay que protegerlo de sí mismo", y la frase me revolvió el estómago más que la propia cláusula.

Y firmé yo, porque al menos yo, dentro, podía protegerlo de verdad, podía estirar los plazos, ganar tiempo, llegar al día doce a pesar de la cláusula. Es la única forma de estar dentro.

Pero la cláusula existe. La he firmado yo. Y dice, negro sobre blanco, que si Iago "se complica", yo estoy obligado a entregarlo al hombre que quiere enterrarlo.

Miro la puerta entornada. Lo oigo respirar al otro lado, ese respirar de quien al fin se ha rendido al sueño, fiándose de que el hombre del sofá vela por él.

Hace un rato, en la oscuridad, me ha dicho una cosa que no me quito de la cabeza: las dos cosas caben.

Que fuera culpa mía y que él lo sienta por mí.

Que él pudiera mirar los albaranes y no mirara y aun así le diera pena de sí mismo.

Las dos cosas caben. Y yo, con este papel en la mano, intento meter dos cosas que no caben: protegerlo y traicionarlo.

Estar de su lado y tener firmado que, si la cosa se tuerce, lo entrego.

Me digo que la segunda no va a pasar nunca, que voy a llegar al día doce y la cláusula no se va a activar y este papel se va a quedar en un cajón de Cerco como letra muerta.

Me lo digo. Pero firmé algo que me obliga a hacerle daño, y eso no es letra muerta.

Es una bomba con un reloj, igual que el reloj de la firma y la declaración, solo que esta la puse yo, en esta casa, sobre la cabeza del hombre que duerme al otro lado de esa puerta.

Podría contárselo. Debería. Es su vida, es su derecho saber qué he firmado sobre su cabeza.

Lo imagino: entrar en su cuarto, despertarlo, ponerle el papel delante, decirle "esto firmé, perdóname, lo hice para poder cuidarte desde dentro".

Y lo imagino mirándome con la cara de quien ya vivió esto una vez, con un hombre que lo quería decidiendo por él.

Roque firmó cosas sobre su cabeza "por su bien".

Yo acabo de hacer lo mismo. Da igual mi motivo.

El gesto es idéntico. Y si se lo cuento, lo único que verá es el gesto.

Apago el móvil. Guardo el dosier en el fondo de la bolsa, dentro de la funda, debajo de todo.

Si se lo cuento, me echa. Y si me echa, le ponen a otro, o se queda solo a tres días de tablas de un hombre que mueve furgonetas y mete papeles en cámaras frigoríficas.

La única forma de protegerlo de la cláusula es estar yo dentro, callado, estirando cada hora.

Me lo digo así, ordenado, operativo, una cuenta de salidas más.

Y no me digo lo otro, lo que sé y no me digo: que callar para controlar el daño es exactamente lo que hice la noche que crucé a Nael por un punto que di por despejado. Que mi forma de proteger es la misma de siempre. Cerrar la boca y cargar yo solo con lo que pesa.

Aquella noche también me callé. También tenía un dato, un presentimiento, una cosa pequeña que no encajaba, y me la guardé porque hablar habría sido romper el protocolo, sembrar dudas, parecer débil delante del equipo.

Me la cargué yo solo, en silencio, como quien controla el daño, y el daño se llevó a Nael por delante.

Han pasado seis años y aquí estoy otra vez, en otra casa, con otro hombre durmiendo a mi cargo, guardándome un papel "para no asustarlo", "para controlarlo todo en silencio", convencido de que cargar solo es proteger.

No aprendo. O aprendo lo que no es. La lección que saqué de lo de Nael fue "no bajes nunca la guardia", cuando la lección de verdad, la que no quise sacar, era "no te calles lo que sabes".

Saqué la fácil. La que me deja seguir siendo de piedra. Y la piedra, ya lo veo, es lo que mata.

Me tumbo en el sofá, la espalda a la pared, la chaqueta puesta, la llave contra el pecho.

Y por primera vez en años, la cuenta de las salidas no me tranquiliza.

Hay una salida que no he contado, una que se abre dentro de esta casa el día que él encuentre ese papel. Y esa no la controlo con ninguna llave.