El protocolo del silencio Capítulo 5
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Capítulo 5

Salimos del Veleta por la puerta de mercancías, no por la calle, a oscuras, con Iago agachado en el asiento de atrás hasta que dejamos Madrid.

Quim se quedó en la ciudad, en la puerta del restaurante, cubriendo un señuelo: un coche idéntico con un compañero dentro que iba a dar vueltas por el centro durante una hora, por si alguien seguía la dirección equivocada.

No le dije a Quim adónde íbamos de verdad.

Le dije una ruta falsa. La primera prueba de muchas, aunque él aún no lo sabe.

Iago va ahora en el asiento del copiloto discutiendo. Lleva una hora discutiendo.

— No entiendo por qué no podemos avisar a alguien — dice—. A Olvido, por ejemplo. Está sola en Madrid con lo que guarda y...

— Por eso mismo no la llamas. — Cojo la salida hacia la sierra—. Si te localizan a ti, la localizan a ella a través de tu llamada. Cuanto menos sepa nadie dónde vas, más segura está la gente que dejas atrás. Lo cuidas no llamándola.

— Eso es muy fácil de decir cuando la gente que dejas atrás no es tuya.

Aprieto el volante. No contesto. Tiene razón en algo que no sabe que tiene razón: yo no dejo a nadie atrás porque no tengo a nadie atrás, y eso no me lo dio ninguna virtud profesional, me lo dejó una noche que no le voy a contar. Sigo conduciendo.

— ¿Y tú? — insiste, porque no se calla ni con la sierra entrando por las ventanas—. ¿Tú a quién dejas atrás cuando coges un encargo así? ¿No hay nadie en Madrid preguntándose por qué no vuelves a casa doce días?

— No.

— ¿Nadie?

— Nadie. — Cambio de marcha en una curva—. Es más fácil así. En este oficio, lo que dejas en casa es lo que el otro lado usa para apretarte. Si no tienes nada, no te aprietan por ningún sitio.

Iago se queda callado un momento, mirándome de lado en la penumbra del salpicadero.

— Eso es lo más solo que he oído en mi vida — dice, sin guasa—. Y mira que yo de solo sé un rato.

No contesto. Pero me golpea, porque es verdad y porque lo dice sin lástima, como una constatación, igual que yo digo "despejado".

Dos hombres solos a su manera, uno por elección y otro por traición, subiendo a una casa en mitad de la nada.

Hace años que nadie me llama solo a la cara.

La gente respeta demasiado mi quietud para señalarme lo que esconde.

Iago no respeta nada. Iago lo señala todo.

Y eso, descubro en una curva de la M-607, no me molesta tanto como debería.

Antes de salir de Madrid he hecho lo que tenía que hacer y lo que no quería hacer.

Lo que tenía que hacer: comprobar el coche metro a metro, cambiar de matrícula en un garaje de Cerco, dejar el móvil de Iago apagado y en una caja de plomo dentro de una taquilla, porque un móvil encendido es una bengala que dice aquí estoy.

Lo que no quería hacer: firmar mi parte de la cláusula de Mendieta, la que Sonia me puso delante esta mañana con cara de funeral.

La leí dos veces. La firmé. La guardé en el fondo de la bolsa.

No se lo he dicho a Iago. Todavía no toca, me digo, y la cuenta de las puertas se me acelera un poco al pensarlo, esa señal mía que no sé apagar.

La carretera se estrecha, los pinos se cierran sobre el asfalto, y los faros del retrovisor se van quedando en uno solo.

Uno. A media distancia. Tres curvas seguidas detrás de nosotros.

— Agárrate — digo.

— ¿Qué?

Apago las luces. La carretera de la sierra a oscuras es una cinta gris bajo la luna, y conozco este tramo porque me lo estudié esta tarde en el mapa hasta cerrar los ojos y verlo, cada desvío, cada pista forestal.

Tomo una a la derecha sin frenar apenas, sin luz de freno que delate, meto el coche entre los pinos por un camino de tierra y paro detrás de un peñasco, motor apagado, los dos en el silencio enorme del monte.

El faro de atrás pasa de largo por la carretera. Sigue de frente, buscándonos donde ya no estamos, y se pierde curva arriba. Cuento hasta sesenta en la oscuridad, el motor apagado, el monte goteando alrededor. No vuelve. Cuento otros sesenta. Nada.

Iago se ha quedado callado por primera vez en una hora. Tiene las manos en el salpicadero, planas, quietas. Esa quietud suya que ya he aprendido a leer.

— ¿Nos seguían? — pregunta bajo.

— Quizá. Quizá era un vecino que volvía a casa. — Arranco sin luces, vuelvo a la carretera por otro desvío—. La diferencia entre uno y otro no la sabré nunca, y por eso doy por hecho lo peor. Es más barato equivocarse por exceso.

— Tú nunca bajas la guardia, ¿no? — Lo dice sin guasa, mirándome de lado en la oscuridad—. Ni un segundo.

— Bajar la guardia es lo único que mata.

Lo digo sin pensarlo, automático, una frase que llevo dentro como llevo la llave en el bolsillo, y él la guarda, lo oigo en cómo se calla.

La gente cree que el silencio es vacío. El silencio de Iago Veiga está lleno: está colocando lo que digo en algún sitio suyo, igual que yo coloco lo que dice él.

— Eso suena a frase que no inventaste tú — dice al rato, cuando ya rodamos otra vez por la carretera negra—. Eso suena a algo que aprendiste el día que algo salió mal.

No contesto. Aprieto la llave en el bolsillo. La carretera sube, las curvas se cierran, los faros barren pinos y más pinos.

— Yo también tengo una de esas — sigue él, bajo, mirando la oscuridad—. "Fiarse es el riesgo que no se puede correr." También la aprendí un día que algo salió mal. Igual por eso vamos a llevarnos fatal. Dos tíos con su frasecita aprendida a hostias, encerrados en una casa.

— Igual.

— O igual nos llevamos bien justo por eso. — Una pausa—. Las dos cosas dan miedo.

Tiene razón en las dos. Y que la tenga, a las cuatro de la mañana, en un coche, con un hombre al que conozco hace tres días, es exactamente la clase de cosa contra la que llevo años blindándome. Sigo conduciendo. No digo nada. Pero no se me olvida.

El Helechal aparece al final de una pista de tierra, después de una cancela que abro con un candado cuya combinación me sé, después de medio kilómetro de baches.

Una casa baja de piedra y teja, una sola planta habitable, un cobertizo, un generador bajo un techado de uralita, y alrededor el monte cerrado, los robles pelándose de otoño, ni una luz en kilómetros.

Aquí no hay cobertura. Lo comprobé esta tarde y lo vuelvo a comprobar ahora: el móvil marca cero rayas y un aspa.

Para llamar hay que subir al cerro de detrás, diez minutos andando, y solo a veces.

Esa es la gracia del sitio. Nadie te encuentra.

La pega del sitio es la misma. Nadie te oye.

Junto al cobertizo hay una sombra que se mueve y se me tensa todo hasta que la sombra carraspea y enciende una linterna hacia el suelo, no hacia nosotros, lo justo para que veamos sus botas.

— Belmonte — dice una voz de piedra—. Sonia avisó.

Lázaro Tena, el guarda. Un hombre ancho con manos como palas y un olor a leña que llega antes que él, la cara medio tapada por una barba gris.

No alarga la mano. Señala la casa con el mentón, señala el generador, señala el cobertizo, tres gestos secos, y suelta tres frases en total mientras nos lleva al porche:

— Generador, ahí. Agua, del pozo, la bomba va sola.

Lo que se mueva de noche por el monte, lo sé yo antes que vosotros.

— Me mira de arriba abajo, calculando si valgo—.

No me gustan las visitas. A vosotros os aguanto porque me lo ha pedido quien me lo ha pedido.

— Y a Iago, sin más presentación—: Tú no toques mis perros.

— No pensaba — dice Iago.

— Bien.

Le hago la pregunta que tengo que hacer, aunque sé que me va a contestar con un gruñido:

— ¿Ha subido alguien a la finca esta semana? ¿Alguien preguntando, alguien rondando?

Lázaro se queda quieto. La linterna le ilumina las botas, llenas de barro fresco. Tarda en contestar, y cuando lo hace, lo hace mirando al monte, no a mí.

— El monte tiene oídos — dice—. Y a veces tiene botas que no son de aquí. — Escupe a un lado—. Si veo algo que no me cuadra, te aviso. Si no te aviso, es que no lo he visto. Y yo lo veo casi todo. — Una pausa—. Casi.

Ese "casi" me lo guardo. Un hombre que conoce cada metro del monte y admite que hay un "casi" me está diciendo que algo se le ha escapado, o que alguien sabe moverse por donde él no mira.

No insisto. A esta gente no se le saca con preguntas.

Se le saca con tiempo y con respeto, y de tiempo no voy sobrado.

Y se va hacia el cobertizo, su linterna oscilando, y se traga la oscuridad como si fuera de ella.

— Majo — murmura Iago, abrazándose contra el frío—. ¿Lo has elegido tú por simpático?

— Lo he elegido yo porque conoce el monte mejor que nadie y no le debe nada a nadie. — Saco la bolsa del maletero—. La gente que cae bien rápido no siempre es la que te salva la vida. A veces es justo la otra.

Lo digo pensando en Quim, en sus camisas nuevas y su "tranqui", y me sale más amargo de lo que pretendo. Iago me mira de lado, pero no pregunta. Aprende.

Saco la llave del bolsillo interior. La única.

Pesada, vieja, de las que ya no se hacen.

La meto en la cerradura de la puerta del porche, primera de dos, y luego la segunda, y empujo.

La casa huele a cerrado y a humedad de piedra fría.

Enciendo. Una sala con chimenea, una cocina pequeña, un pasillo corto a dos habitaciones y un baño.

Recorro cada una contando salidas en voz baja, ventana por ventana, la puerta de atrás que da al monte, el tragaluz del baño que no se abre.

Seis salidas posibles, dos reales. Las dos las controlo yo desde la sala.

— Despejado — digo.

Iago se queda en mitad de la sala, con su bolsa al hombro, mirando el sitio donde va a vivir encerrado quién sabe cuántos días, y hace un esfuerzo visible por no decir lo que está pensando. Lo dice igual, más bajo de lo que habla siempre:

— Sigo sin ser un paquete que has entregado en su sitio.

Guardo la llave en el bolsillo interior. La palpo. Mientras la tenga yo, controlo quién entra y quién sale por la única puerta de verdad. Es mi forma de respirar.

— No te he entregado — digo—. Te he traído. Es distinto.

— ¿En qué?

No tengo respuesta buena, así que no la doy.

Le enseño la casa en silencio. Las dos habitaciones, una con la cama de matrimonio y la colcha de cuadros, la otra más pequeña, con una cama estrecha y una mancha de humedad en el techo que no me gusta.

La cocina, dos fuegos. El baño sin ventana practicable.

Iago lo recorre detrás de mí con su bolsa al hombro, mirándolo todo como mira un cocinero una cocina ajena, calculando qué le falta, y al llegar a los dos fuegos chasquea la lengua.

— Con esto no se cocina — dice—. Con esto se calienta.

— Pues calienta.

— No es lo mismo.

— Para mí sí.

— Ya lo sé. — Deja la bolsa en la cama grande, marcando territorio sin decirlo, y se vuelve hacia mí—. Y eso, jefe, es exactamente tu problema.

Salgo al porche a hacer la última ronda, el aire frío de la sierra metiéndoseme en los pulmones, limpio, cortante, y bajo la luz amarilla de la bombilla del techo hago lo que hago siempre antes de dar una noche por buena: mirar el suelo.

Y en el suelo de tablas del porche, junto al pilar de madera, medio escondida en la juntura, hay una colilla.

Me agacho. No la toco. La miro de cerca, a la luz del móvil.

El filtro todavía está claro, sin amarillear por la intemperie, sin curvarse por la humedad de los días.

La ceniza, la poca que queda en la punta, no se ha deshecho.

Una colilla que lleva en el monte una semana no tiene este aspecto.

Esta colilla lleva aquí horas. Una, dos como mucho.

Lázaro no fuma. Lo sé por el olor: huele a leña, a perro, a campo, no a tabaco.

Y Lázaro, si fumara, no fumaría en el porche de la casa que vigila, lo haría en su cobertizo.

Esta colilla la dejó otro. Alguien que estuvo aquí esta noche, antes que nosotros, sentado o de pie en este porche, fumando un cigarro entero —no una calada nerviosa, un cigarro entero, con tiempo— mientras esperaba a ver qué coche subía por la pista.

Y se fue antes de que llegáramos, o se fue al oírnos llegar.

Lo que significa que sabía que veníamos.

Lo que significa que la finca, la casa segura, el sitio que nadie conoce, lo conoce alguien.

Levanto la cabeza hacia el monte negro. En algún punto de esa oscuridad, quizá, hay unos ojos. O quizá no. Quizá ya se fueron. La diferencia, otra vez, no la sé, y por eso doy por hecho lo peor.

Me levanto despacio. Miro el monte negro alrededor de la casa, los robles, la oscuridad donde la linterna de Lázaro ya no está, y aprieto la llave en el bolsillo hasta que el metal me hace daño en la palma.

La casa estaba despejada. Pero alguien estuvo en este porche esta misma noche, antes que nosotros, fumando, esperando a ver quién llegaba.