El protocolo del silencio Capítulo 3
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Capítulo 3

Cuatro puertas en la sala de reuniones de Cerco y una sola sirve: la que da al pasillo y a la escalera de incendios.

Las otras tres son armarios y una de cristal que no se abre.

Las cuento mientras Sonia echa humo de su vapeador de regaliz hacia el techo y la comisaria Pinilla se bebe a sorbos un café de máquina que lleva veinte minutos despreciando en voz alta, y yo, que llevo dieciocho horas sin dormir, intento que el día once no se me convierta en una pelea entre estas dos mujeres que se respetan y no se aguantan.

No he dormido. He pasado lo que quedaba de noche en el sofá del office del Veleta con un ojo en la puerta de mercancías y a las siete he traído a Iago a su casa, lo he dejado con un compañero en la puerta y me he venido a Cerco a oír cuánto tiempo tengo para hacer un imposible.

La respuesta, en cuanto Pinilla abre la carpeta, es: poco.

— Doce días — dice Pinilla, y deja el vaso de plástico en la mesa con cara de asco—. Once a partir de hoy. Este café sabe a goma quemada. — Bebe otro sorbo igual—. La declaración de Veiga está fijada para la mañana del día doce. Si entra en plazo, tenemos caso. Si no entra ese día, lo perdemos.

— ¿Por qué ese día y no otro? — pregunto.

Pinilla y Sonia se miran. Es Pinilla la que contesta, despacio, como quien explica algo que a ella tampoco le gusta.

— Porque el grupo de Mendieta se vende esa misma mañana.

— Saca un papel de la carpeta, lo gira hacia mí—.

El Grupo Lascuráin-Veleta cierra su venta a un fondo, Aurelian Capital, ante notario el día doce a primera hora.

Y eso no es casualidad. Mendieta ha forzado que la firma sea ese día y a esa hora a propósito.

— Da un golpecito en el papel—. Hay una cláusula.

Si el fondo compra de buena fe, sin que conste fraude probado en el momento de la firma, la operación queda blindada.

Aunque después se demuestre todo, la venta es irreversible y el dinero está limpio para el comprador. — Me mira—. ¿Entiende lo que significa?

Lo entiendo demasiado bien. Es un reloj con dos manecillas corriendo hacia el mismo número.

— Significa que si la firma del notario entra antes que la declaración de Veiga, el fraude queda enterrado — digo—. Y si la declaración entra antes que la firma, no.

— Exacto. — Pinilla guarda el papel—. La fiscalía solo puede frenar esa venta si la declaración de Veiga está registrada antes de la hora notarial. Minutos. Hablamos de quién firma primero el día doce. Por eso ese día y no otro. Mendieta no quiere matar a su chico. Quiere que llegue tarde.

Quiere que llegue tarde. Me quedo con eso.

Es la primera vez que alguien me describe la amenaza que voy a cubrir doce días y no es una bala ni un cuchillo.

Es un reloj. Mendieta no necesita que Iago muera.

Le basta con que el día doce, a la hora de la firma, Iago esté en cualquier sitio menos en esa sala.

Atrapado en la sierra. Convencido de callar.

Asustado. Roto. Cualquier cosa que lo haga llegar un minuto tarde.

Y eso es más difícil de parar que un sicario, porque un sicario tiene cara y un retraso no.

— Entonces el enemigo no es matarlo — digo—. Es retenerlo.

— El enemigo es el calendario — dice Pinilla—. Y el calendario lo controla él.

Sonia exhala regaliz por la nariz.

— Bonito — dice—. ¿Y la protección la pone quién? Porque yo tengo el presupuesto de un cumpleaños.

Pinilla aprieta los labios. Aquí es donde se le ve la jaula, las esposas que lleva puestas sin que se vean.

— Según el procedimiento, no puedo asignar dispositivo policial permanente a un testigo en este nivel de riesgo.

— Lo dice como quien recita algo que detesta—.

No hay amenaza acreditada con violencia consumada, hay un rastreador y una furgoneta que se fue.

Para mí, eso es un caso en cola. Para ti, Belmonte, es un hombre al que casi atropellan anoche. Yo puedo dar rondas. No puedo dar muro.

— Entonces lo das tú — le digo a Sonia—. Cerco. ¿Quién paga?

Sonia tarda en contestar, y cuando contesta no me mira, mira el vapeador, le da una calada larga, y eso ya me dice que no me va a gustar.

— El contrato lo firmó el grupo. — Una pausa—. Lo firmó Mendieta, Aitor. Roque Mendieta nos contrata a nosotros para proteger a Iago Veiga.

El silencio de la sala se me mete en los oídos. Cuento las puertas otra vez sin querer, las cuatro, y por primera vez una de cristal que no se abre me parece la más sincera de todas.

Hay encargos limpios y encargos sucios, y los reconoces por cómo te sienta el contrato en el estómago.

Los limpios: un cliente que paga, un riesgo de fuera, una línea clara entre el que protejo y el que ataca.

Los sucios: el que paga y el que ataca son la misma persona, y la línea se borra, y tú estás dentro firmando papeles de un hombre que quiere lo contrario de lo que dice querer.

Este es de los sucios. Lo huelo desde que Sonia ha dicho "lo firmó Mendieta".

Y aun así no me levanto y me voy, porque si yo me voy, entra otro, y otro no va a oler lo que yo huelo ni se va a plantar donde yo me planto.

A veces el único que puede limpiar un encargo sucio es el que está dispuesto a ensuciarse las manos quedándose.

Anoche, debajo del coche, ya lo olí: el imán limpio, el acceso al garaje, la mano con llave. Ahora tiene nombre y el nombre tiene razón social.

— Roque Mendieta — digo despacio— contrata a la empresa que protege al único testigo capaz de hundir a Roque Mendieta.

— Sí.

— Y nadie ve el problema.

— Todos vemos el problema. — Sonia deja el vapeador en la mesa con un clac—. Por eso te quiero a ti dentro y no a otro. El dinero lo pone él, pero el contrato es nuestro y lo mando yo. Y punto. Mientras seas tú quien lo cubre, él paga y no toca. Si lo cubre alguien blando, paga y toca. ¿Lo pillas?

Lo pillo. Mendieta no nos contrata para proteger a Iago. Nos contrata para tenerlo localizado, vigilado, contado, dentro de un dispositivo que controla con su dinero. Y ha tenido la mala suerte de que la persona que le han puesto dentro soy yo.

Sonia me sostiene la mirada por encima del vapeador.

Hay algo que no dice delante de Pinilla, lo sé porque la conozco hace seis años, desde que ella me sacó de un sitio del que yo no sabía cómo salir.

Hay una parte de este contrato que va a doler, y me la va a contar después, a solas, cuando la comisaria se haya ido con su café asqueroso. Lo dejo correr. Una cosa cada vez.

— ¿Cuánto puede tardar la policía en darme respaldo si la cosa se tuerce de verdad en la sierra? — pregunto a Pinilla.

Pinilla mira el techo. Calcula. La respuesta no le gusta.

— Cuarenta minutos largos, con suerte, hasta El Helechal.

— Aprieta el vaso de plástico hasta que cruje—.

Esa finca está en tierra de nadie, fuera de cobertura, con una pista de acceso única.

Según el procedimiento, no tengo unidad asignada esperando a cuarenta minutos de una casa que oficialmente no corre peligro.

— Me mira—. Lo que quiero decir, Belmonte, sin decirlo, es que si esa noche pasa algo, durante esos cuarenta minutos estás tú. Solo tú.

Solo yo. Lo anoto donde lo anoto todo.

— ¿Qué guarda Veiga? — pregunto—. Anoche su jefa de sala, una tal Olvido, dijo que se llevaba "lo de siempre a buen recaudo" como quien apaga una luz. Y el chef tragó saliva.

Pinilla levanta una ceja, interesada por primera vez.

— Si esa mujer tiene pruebas físicas, son oro — dice—.

La palabra de Veiga hunde a Mendieta si llega a tiempo.

Pero la palabra se discute. Un documento, un albarán, una muestra del lote de Marismeña, eso no se discute.

— Apunta algo—. Si esa Olvido guarda papel, Mendieta lo está buscando.

Y tú tienes que asegurarte de que lo busque mucho y lo encuentre nunca.

Anoto el nombre. Olvido. A buen recaudo.

Un hilo que tirar. Anoche, en la cocina, esa mujer del moño tirante dijo "lo que llevo guardando, que ya está bien", mirando a Iago como una madre mira a un hijo que se va a meter en un lío.

Si esa mujer guarda lo que creo, vale más que mil escoltas.

Y si yo lo he entendido en una noche, Mendieta lo entendió hace tiempo, y la estará apretando ya.

Pinilla recoge su carpeta, se levanta, deja el café a medias en la mesa como una pequeña venganza personal.

— Voy a hacer lo que el procedimiento me deje — dice en la puerta—. Que no es mucho. Tú haz lo que el procedimiento no te exija. — Una pausa—. Y cuídese, Belmonte. Lo digo en serio. He visto a más de un compañero de los suyos pensar que un encargo es fácil y enterrarlo por eso.

Se va. Sonia espera a que la puerta se cierre, le da una calada larga al vapeador, y por fin suelta lo que no ha querido soltar delante de la comisaria.

— Hay una cláusula en el contrato de Mendieta — dice, sin mirarme—.

La he peleado. No me la he podido quitar de encima sin perder el contrato entero, y si perdíamos el contrato, te quedabas fuera y le ponían a otro.

Así que la he tragado a medias. Mañana la lees con calma y firmas tu parte.

— Da otra calada—. No te va a gustar. Pero entre que la firmes tú, que sé cómo eres, y que la firme un blando que cumpla lo que diga al pie de la letra, prefiero que la firmes tú. Y punto.

No le pregunto qué dice la cláusula. Sé que me lo va a poner delante mañana, en el dosier, antes de subir a la sierra. Y sé, por cómo aprieta los labios alrededor del vapeador, que es de las cosas que se firman una vez y pesan siempre.

Sonia me conoce. Hace seis años me sacó de un agujero del que yo no sabía cómo salir, después de lo de Nael, cuando dejé el Estado y no sabía hacer otra cosa que cuidar a gente y odiarme por no haber cuidado bien al único que importaba.

Me dio trabajo. No me preguntó por qué temblaban las manos de un hombre que no temblaba.

Solo me puso a proteger a otros, que es lo único que sé hacer para no pensar en lo que no protegí.

Y es la única persona en el mundo que me pregunta "¿cómo estás? " y no se conforma con mi "despejado".

— ¿Cómo estás? — pregunta ahora, como cada vez, dejando el vapeador.

— Despejado.

— Y una mierda. — Lo dice sin maldad, casi con cariño—.

Mendieta es de los tuyos al revés, Aitor.

De los que controlan todo y se lo llaman amor.

Ten cuidado, que esa gente se te mete por dentro sin que la veas venir.

— Una pausa—. Y no te encariñes con el chef.

Va en el lote de "no te va a gustar la cláusula".

No contesto. Sonia me sostiene la mirada un segundo de más, suspira, y me empuja por la mesa una carpeta fina.

— Te asigno un segundo — dice—. No puedes cubrir a un hombre veinticuatro horas tú solo doce días. Necesitas relevos. Te he puesto a Brunet.

Abro la carpeta. Una foto. Un chaval de veintipocos, sonriendo a la cámara como si la cámara le hubiera caído bien, camisa nueva, demasiado nueva, de las que aún tienen la raya de la plancha de la tienda.

Quim Brunet. Bien valorado, dice la ficha, "facilidad de trato con el cliente".

Lo de la facilidad de trato me hace levantar la vista.

En este oficio la facilidad de trato no es una virtud.

Es una herramienta, y como toda herramienta sirve para construir o para abrir.

— ¿Lo conoces? — pregunto.

— De cruzarnos. Vale. Habla mucho. — Sonia se encoge de hombros—. Pero es lo que tengo libre y lo que entra en presupuesto.

La puerta del pasillo se abre sin llamar y entra él. Brunet. Igual que la foto pero en movimiento, una sonrisa puesta antes de saber a quién se la pone, la mano ya tendida hacia mí.

— ¡El famoso Belmonte! — dice, y me da la mano con las dos suyas, una efusividad que no me ha pedido nadie—.

Tranqui, jefe, que vengo a hacerte la vida fácil.

Llego de revisar la finca de la sierra, El Helechal, y está perfecta, eh, una pasada, sin cobertura ni nada, ideal para esconder a alguien.

Generador nuevo, una sola planta habitable. Vais a estar de lujo allí arriba.

Le suelto la mano despacio.

Nadie ha dicho El Helechal en voz alta en esta sala.

La finca no aparece en la carpeta que tengo delante.

El destino seguro de un testigo no se cuenta en un pasillo.

Y este chaval, que ha entrado hace doce segundos, ya sabe a qué finca exacta nos vamos a llevar a Iago Veiga, cuántas plantas tiene y que no hay cobertura para pedir ayuda.

— ¿Quién te ha mandado a revisar la finca? — pregunto, despacio, con la voz de no pasar nada.

— Coordinación. — Ni un parpadeo—. Me dieron la dirección y subí ayer, eché un ojo, dejé todo apuntado en el parte. ¿No lo has visto? Te lo paso. — La sonrisa sigue, ancha, fácil—. Tranqui, que para eso estoy, para adelantarte trabajo.

Coordinación. Lo voy a comprobar. Y sé, antes de comprobarlo, lo que voy a encontrar: que nadie de coordinación le encargó revisar nada, que el chaval subió por su cuenta, o que alguien que no es Cerco le dio la dirección.

Pero no lo digo. Si tengo un filtro dentro, lo último que quiero es que sepa que lo huelo.

Que se confíe. Que crea que cuela. Un topo confiado comete errores; un topo asustado se esconde mejor.

— Sí — digo, y le sostengo la sonrisa con la mía, que no sonríe—. De lujo. Pásame el parte.

— Ahora mismo, jefe.

Sonia no ha pestañeado. Me mira, y en esa mirada está todo: ella también lo ha registrado, el "El Helechal" soltado de más, y vamos a hablar de esto cuando el chaval salga.

Pinilla bebe su café asqueroso, ajena, atada a su procedimiento.

Pero yo ya estoy contando puertas otra vez, y por primera vez no me preocupan las cuatro de esta sala, sino la que acaba de cruzar este chico que sabe demasiado y sonríe de más.

Doce días encerrado con Iago, y resulta que el primer enemigo no está en el monte.

Está dentro de mi propia empresa, dándome la mano con las dos suyas.