CAPÍTULO 40
El gran salón, engalanado para la ocasión con estandartes de ambos clanes entrelazados por primera vez desde que el Pacto exigió nuestra unión forzada, se llena de un bullicio que reconozco como genuino: la alegría real de gente que ha sobrevivido, junta, a una amenaza que pudo haberlos destruido a todos.
Tenentes Kinloch conversan con tenentes Dalcross sin la reserva hostil de los primeros meses; Aodh Ross, presente como aliado de honor, comparte una copa con Griogair como si llevaran años de amistad en vez de meses de alianza reciente forjada en el fuego de la batalla.
Observo a Muirne desde el otro extremo del salón, radiante en un vestido que Isla y las demás criadas prepararon con un cuidado especial para la ocasión, riendo con Beitris y Ceana con una ligereza que no le veía desde antes de que la carta lo cambiara todo entre nosotros.
El contraste con la mujer asustada que cruzó el puente de este castillo, meses atrás, resulta casi imposible de reconciliar, y sin embargo, en ambas versiones reconozco la misma fuerza esencial que la define, la misma determinación que ha sostenido cada momento de su travesía en estas tierras.
Mi padre se levanta cuando el banquete alcanza su punto álgido, alzando una copa con una autoridad que todo el salón reconoce de inmediato, el bullicio apagándose poco a poco hasta que solo queda el crepitar del fuego y la expectación silenciosa de doscientos invitados.
—Hace meses, celebramos en este mismo salón una unión nacida de la necesidad política, sellada por un tratado que ninguno de los dos jóvenes que se casaron aquella noche había elegido del todo —empieza, su voz resonando con la solemnidad de la ocasión—.
Esta noche, celebramos algo distinto. Celebramos una alianza que ha demostrado, en el fuego más literal de la batalla, ser mucho más que cualquier garantía escrita en un pergamino.
Un murmullo de aprobación recorre las mesas, y percibo, entre los rostros que se vuelven hacia mí, la expectación genuina de un clan entero que ha presenciado, a lo largo de estos meses, cada capítulo de nuestra travesía compartida: la boda forzada, la crisis que casi nos separó, la reconciliación, y finalmente, la batalla que confirmó, ante todos, la fuerza real de lo que construimos juntos.
Me levanto cuando mi padre termina, consciente de que este es el momento que llevo días preparando, aunque ninguna mesura de discurso formal consigue del todo aquietar el nerviosismo genuino que siento ante lo que estoy a punto de declarar delante de doscientos testigos.
—Cuando propuse este matrimonio, lo hice convencido de que la estrategia de frontera era el motivo principal —empiezo, la voz firme pese al peso de la confesión—.
Tardé semanas en admitir, incluso ante mí mismo, que la estrategia era solo la excusa que necesitaba para pedirle a Muirne Dalcross algo que ya deseaba por razones que no tenían nada que ver con ningún tratado.
Busco su mirada entre la multitud, encontrándola ya fija en mí, sus ojos brillantes de una emoción que reconozco porque la comparto entera.
—La elegí entonces, aunque no supiera nombrarlo del todo.
Y la elegiría de nuevo, hoy, mañana, cada día que me quede de vida, aunque ningún Pacto me lo exigiera, aunque ninguna frontera dependiera de esta unión.
Muirne Kinloch es la mujer más valiente, más leal, más capaz que he conocido jamás, y el honor de llamarla mi esposa no tiene nada que ver con la política que nos trajo hasta aquí.
Un aplauso estalla por todo el salón, tenentes de ambos clanes uniéndose en un reconocimiento que ningún tratado formal podría haber ordenado, y espero, con el corazón latiendo a un ritmo que ninguna batalla ha conseguido provocar jamás, a que Muirne responda a la declaración que acabo de pronunciar delante de todo nuestro mundo reunido.
Las palabras de Cathal me atraviesan con una fuerza que no esperaba, aunque llevamos semanas compartiendo esta certeza en la intimidad de nuestra alcoba, escucharla declarada así, ante doscientos testigos, ante ambos clanes reunidos, la hace de pronto mucho más real de lo que ninguna confesión privada podría haber logrado.
Siento las lágrimas escociéndome los ojos, aunque me niego a dejarlas caer delante de tantos testigos, sosteniendo en cambio la misma disciplina que he cultivado desde la noche de la redada.
Me levanto, sin que nadie me lo pida, sin que ninguna costumbre formal exija que yo tome también la palabra, porque he decidido, en este instante, que mi propia voz merece pronunciarse con la misma claridad que la suya.
El salón entero se vuelve hacia mí, la sorpresa visible en algunos rostros ante una respuesta que ninguna costumbre exigía, aunque percibo, también, un respeto creciente en la mayoría de los presentes, ganado a lo largo de meses de decisiones que hablaron por sí solas más que cualquier discurso formal podría haberlo hecho.
—Cuando llegué a estas tierras, lo hice como rehén de un pacto que ninguna de las dos partes había elegido del todo —empiezo, mi voz resonando con una firmeza que ya no me cuesta ningún esfuerzo sostener ante un salón entero—.
No elegí venir. No elegí este matrimonio, al menos no en un principio.
Pero elegí, cada día desde entonces, quedarme cuando pude haber sucumbido a la amargura.
Elegí confiar cuando el miedo me pedía protegerme.
Elegí, finalmente, amar a un hombre que me dio algo que ningún tratado podría haberme concedido: la libertad de elegir por mí misma, sin exigirme nunca nada que yo no estuviera lista para ofrecer.
El salón entero guarda un silencio que no tiene nada de incómodo, cargado en cambio de una atención reverente que reconozco como el mismo respeto que me costó meses ganarme, palmo a palmo, entre tenentes que al principio dudaron de que una Dalcross tuviera algo que ofrecer a esta casa.
—No he sido absorbida por el clan Kinloch —continúo, buscando la mirada de Cathal, encontrándola cargada de un orgullo que no intenta disimular—.
He elegido construir algo nuevo, junto a Cathal, que no es del todo Kinloch ni del todo Dalcross, sino algo propio de los dos, forjado en meses de honestidad, de errores admitidos, de un amor que decidimos proteger incluso cuando el orgullo insistía en que era más fácil rendirse.
Lo elijo a él. Lo elegiría de nuevo, sin dudarlo, aunque ningún Pacto me lo exigiera jamás.
Cathal cruza el espacio que nos separa antes de que yo termine de sentarme, atrayéndome hacia él delante de todo el salón, sin la menor reserva formal, y el beso que compartimos, breve pero cargado de toda la certeza de dos declaraciones que ninguna política podría haber dictado, arranca un clamor de vítores que resuena por todo el castillo, ambos clanes celebrando juntos, por primera vez, no un tratado forzado, sino una unión elegida libremente por ambas partes.
La música retoma su ritmo poco después, y bailo con Muirne el primer baile de la noche, exactamente como hicimos en nuestra boda, aunque esta vez, a diferencia de aquella primera ocasión cargada de incertidumbre, cada paso lleva la certeza absoluta de dos personas que han elegido, deliberadamente, construir una vida juntas.
La distancia formal que empleábamos entonces ha desaparecido del todo, sustituida por una cercanía que ningún ritual de cortesía podría exigir, solo el deseo genuino de estar exactamente donde estamos.
—¿Te arrepientes de algo? —pregunto, en voz baja, mientras nos movemos por el centro del salón bajo la mirada de doscientos invitados.
—De nada —responde ella, sin vacilar—. Ni siquiera de los días más difíciles. Cada uno de ellos nos trajo hasta aquí, hasta esta certeza que ahora sostenemos juntos.
Bailamos hasta bien entrada la noche, intercambiando comentarios en voz baja que ningún otro invitado consigue escuchar, cada palabra cargada de la intimidad que hemos construido, meses tras mes, desde aquella primera noche de matrimonio forzado.
Aodh Ross se acerca en algún momento, ofreciendo sus felicitaciones con la misma elegancia serena que lo caracteriza, y percibo, en su expresión, una calidez genuina que confirma que su corazón, tras nuestra unión, encontró finalmente su propio camino hacia una felicidad que no dependía de mí.
—Me alegra veros así, lady Kinloch —comenta, con una sonrisa sincera—. Sospechaba, desde el primer día, que Cathal Kinloch os observaba con algo mucho más profundo que simple estrategia política.
—Gracias, Aodh. Y gracias, también, por vuestra amistad, que ha resultado más valiosa de lo que ninguno de los dos imaginó aquel primer día.
Se retira con la misma cortesía de siempre, dejándome con Cathal en medio de la celebración que continúa a nuestro alrededor, cada tenente, cada aliado, cada miembro de ambos clanes celebrando una unión que ya nadie confunde con simple estrategia política.
La noche se extiende mucho más allá de lo que cualquiera de los dos había anticipado, entre bailes, brindis y conversaciones que confirman, una y otra vez, cuánto ha cambiado esta casa desde la noche en que crucé por primera vez su puente como rehén de guerra.
Cuando finalmente los últimos invitados empiezan a retirarse, Cathal me toma la mano, guiándome fuera del salón hacia la quietud de nuestra propia alcoba, donde la celebración pública da paso a algo mucho más íntimo, la certeza compartida de dos personas que han elegido, ante todo el mundo, seguir eligiéndose cada día que les quede por delante.