CAPÍTULO 39
Los días que siguen a la batalla transcurren en un ritmo lento de recuperación, cada hora dedicada al recuento de daños, a la atención de los heridos, a la reconstrucción paciente de una normalidad que la amenaza de Kessney y Farlan interrumpió con tanta violencia.
Reviso, junto a Cathal, la lista completa de bajas de ambos frentes: tres heridos graves en el vado sur, ninguno de gravedad mortal; dos hombres perdidos en el paso de las Tres Piedras, cuyas familias reciben la noticia con un dolor que ambos, Cathal y yo, nos aseguramos de acompañar personalmente, ofreciendo el respeto que cualquier pérdida merece, sin importar cuán menor resultara la batalla en comparación con lo que Kessney y Farlan sin duda preparan para el futuro.
—Deberíamos convocar a las familias de los caídos —comento, mientras revisamos juntos los últimos detalles del recuento—. No solo para ofrecer condolencias formales: para asegurarnos de que no les falte sustento en los meses que vienen.
—Ya lo he dispuesto —responde Cathal, con una naturalidad que confirma cuánto ha cambiado desde los primeros días de nuestro matrimonio, cuando cada decisión de gobierno pasaba exclusivamente por su propio criterio—.
Aunque agradecería que fueras tú quien supervisara los detalles.
Conoces mejor que nadie lo que una familia necesita en momentos así.
Acepto la tarea con una gratitud silenciosa, consciente de que este reconocimiento mutuo de nuestras respectivas fortalezas, tan natural ahora, habría resultado impensable meses atrás, cuando ambos sosteníamos el orgullo como escudo contra cualquier vulnerabilidad compartida.
Lachlan reaparece en el consejo formal convocado para revisar la respuesta a la batalla, alegando una lesión menor que le impidió participar en el combate, aunque ningún curandero del castillo consigue confirmar del todo la naturaleza exacta de esa herida.
Nadie lo acusa abiertamente; no hay pruebas concretas que sostengan una acusación formal, solo la sospecha creciente que Cathal me confiesa, esa misma noche, en la intimidad de nuestra alcoba compartida.
—No confío en él —admite, mientras nos preparamos para dormir, el peso de la sospecha visible en cada palabra—.
Su ausencia durante la batalla, la revelación de la carta, la satisfacción apenas disimulada que mostró durante nuestra distancia.
Todo apunta a un patrón que no consigo ignorar, aunque no tenga todavía nada concreto que presentar ante el consejo.
—¿Qué piensas hacer?
—Vigilarlo. Con paciencia, sin acusaciones precipitadas que solo servirían para que se cubra mejor las espaldas. Tarde o temprano, cometerá un error que no podrá ocultar.
No insisto más sobre el tema, reconociendo en la contención calculada de Cathal la misma paciencia estratégica que empleó para asegurar cada frontera de este clan, y me quedo, en cambio, con la certeza reconfortante de que, papel de Lachlan aparte, ya no enfrentamos esa sospecha solos, cada uno por separado.
La enfrentamos juntos, compartiendo cada preocupación con la misma naturalidad con la que compartimos ahora cualquier otro aspecto de nuestras vidas.
Nos quedamos en silencio un rato largo, tendidos juntos en la oscuridad, sin necesidad de más palabras que llenen el espacio entre nosotros.
Es un momento de ternura silenciosa que no exige nada, ni confesiones adicionales ni promesas repetidas, solo la presencia cálida del otro, la certeza tranquila de haber sobrevivido, juntos, a la primera prueba real de todo lo que hemos construido desde aquella noche de bodas tan lejana ya en el recuerdo.
Es Artair quien rompe la calma reflexiva de esos días, convocándonos a ambos a su propio despacho con una expresión que reconozco, de inmediato, como la de un hombre que ha tomado una decisión y no piensa admitir discusión al respecto.
—El clan necesita una celebración —anuncia, sin preámbulos—.
Hemos sobrevivido a un ataque conjunto de dos clanes hostiles, sostenido por una alianza que muchos, al principio, dudaron que pudiera funcionar.
Es momento de que todo el clan, y los aliados que hemos ganado en el proceso, presencien lo que esta unión ha demostrado ser capaz de lograr.
—¿Qué clase de celebración? —pregunta Cathal, aunque algo en su tono sugiere que ya intuye la respuesta.
—Un banquete público, con ambos clanes reunidos: Kinloch y lo que queda de Dalcross, además de nuestros aliados.
Una oportunidad para que vosotros dos, ante todos, confirméis lo que este castillo entero ya sabe desde hace meses: que esta unión, empezada como garantía política, se ha convertido en algo mucho más profundo.
Intercambio una mirada con Cathal, ambos sopesando la magnitud de lo que Artair propone, una declaración pública que, hasta ahora, ninguno de los dos ha pronunciado en voz alta ante nadie más que ante nosotros mismos, en la intimidad de nuestra propia alcoba.
—Se hará —confirma Cathal, sin necesidad de consultarme, aunque percibo, en el modo en que me busca la mirada al pronunciarlo, que la decisión, aunque suya en apariencia, ya cuenta con mi aprobación silenciosa.
La celebración se fija para dentro de una semana, tiempo suficiente para que las noticias lleguen a los aliados más cercanos, incluido Aodh Ross, cuya alianza formal con el vado sur se ha convertido, tras la batalla, en algo mucho más sólido que la cortesía diplomática inicial.
Paso los días siguientes en una mezcla de anticipación y nerviosismo que no esperaba sentir, consciente de que esta celebración, a diferencia de la boda misma, será la primera ocasión en que declaremos, ante todo el mundo, lo que verdaderamente sentimos el uno por el otro, sin el peso de ningún cálculo político que enturbie la sinceridad del momento.
Beitris se muestra más entusiasmada que nadie con los preparativos, insistiendo en supervisar personalmente las flores que adornarán el gran salón, y sospecho, observando la atención especial que dedica a coordinar los detalles con Fingal, que ambos han encontrado, en la excusa de la organización conjunta, una ocasión perfecta para pasar tiempo juntos sin que nadie cuestione del todo sus verdaderas intenciones.
Ceana, por su parte, se muestra más reservada de lo habitual, y cuando finalmente le pregunto qué le preocupa mientras revisamos juntas los últimos detalles del vestido que llevaré esa noche, admite, con una honestidad poco frecuente en ella, que Tormod le confesó, tras la batalla, sentimientos que ella todavía no sabe cómo procesar del todo.
—No estoy lista para lo que él quiere ofrecerme —confiesa, mientras ajusta el último pliegue de la tela—. Pero tampoco quiero rechazarlo sin más, porque una parte de mí, la que llevo semanas negando, también siente algo parecido.
—Tómate el tiempo que necesites —le digo, recordando mi propia travesía hacia la misma certeza que ahora comparto con Cathal—. El amor de verdad sabe esperar, si es real.
Ella asiente, sin más palabras, y volvemos a los preparativos, cada una absorta en sus propios pensamientos sobre el amor y sus complicaciones, mientras el castillo entero se prepara para la celebración que va a marcar, de forma pública e irrevocable, todo lo que hemos construido juntos desde aquella primera noche de matrimonio forzado.
La noche de la celebración llega con una rapidez que no esperaba, y cuando Isla termina de arreglarme el pelo, trenzado con hilos de plata que recuerdan, con un vuelco silencioso en el pecho, los mismos que Beitris entrelazó la mañana de mi boda, me detengo un momento frente al espejo de bronce, observando a la mujer que me devuelve la mirada.
Ya no queda nada de la rehén asustada que cruzó el puente de Kinloch hace tantos meses.
En su lugar, encuentro a alguien que ha aprendido, palmo a palmo, a sostener el peso de un clan entero, a amar sin miedo pese a las heridas que la vida le ha infligido, a elegir, una y otra vez, la valentía por encima de la comodidad de la resignación.
—Estás preciosa —comenta Beitris, entrando sin llamar con la misma familiaridad de siempre, aunque algo en su expresión, más madura de lo que su edad debería permitir, sugiere que ella también ha crecido, junto a mí, más de lo que ninguna de las dos esperaba tener que crecer tan pronto.
—Gracias, cariño. ¿Estás lista para la celebración?
—Más que lista. —Sonríe, con esa picardía suya que ya reconozco de sobra—. Fingal me ha prometido el primer baile.
No comento nada más sobre el asunto, aunque el brillo en sus ojos me dice más de lo que cualquier confesión formal podría revelar, y salimos juntas hacia el gran salón, donde Cathal ya me espera, vestido con los colores de su clan, la disciplina de siempre suavizada por una sonrisa genuina que reserva exclusivamente para mí.
Cruzamos el umbral del gran salón cogidas del brazo, y el bullicio de los invitados ya reunidos me envuelve con una calidez que no sentí la primera vez que crucé estas mismas puertas, meses atrás, como rehén asustada de un clan que apenas conocía.
Esta noche, en cambio, cada rostro que se vuelve hacia nosotras lo hace con calidez genuina, un reconocimiento silencioso de todo lo que hemos construido, juntas, desde aquella noche lejana de humo, incertidumbre absoluta y miedo verdadero que ninguna de las dos consigue olvidar del todo.