CAPÍTULO 38
El asalto de Kessney y Farlan llega con una fuerza que supera, con creces, cualquier estimación que el consejo consiguió calcular antes de esta noche, oleada tras oleada de hombres armados presionando la posición defensiva que Muirne aseguró semanas atrás, cada avance contenido a duras penas por la disposición del terreno que ella misma diseñó con un conocimiento que ningún estratega Kinloch podría haber igualado.
—¡Mantened la línea! —grito, mi espada ya manchada de sangre enemiga, la firmeza de años de entrenamiento militar tomando el control de cada movimiento mientras la mente sigue dividida, contra toda lógica de guerra, entre la batalla presente y la preocupación constante por Muirne, en el vado sur, enfrentando quizá su propia versión de este mismo caos.
El estrechamiento del paso, la ventaja defensiva que ella identificó con tanta precisión el día que aseguró esta posición, resulta exactamente lo que impide que la fuerza numérica superior de Kessney y Farlan nos desborde de inmediato, cada hombre enemigo obligado a enfrentarse a nuestra línea en un frente reducido que anula la ventaja de sus números.
Sin ese diseño, sin el conocimiento del terreno que solo Muirne podía ofrecer, esta batalla ya estaría perdida.
Entre el caos de la lucha, reconozco, con una certeza helada, el rostro de Ruarach Farlan dirigiendo personalmente un contingente hacia el flanco izquierdo de nuestra posición, la misma sonrisa calculadora con la que se atrevió a insultar a Muirne en el banquete de bienvenida, ahora cargada de una determinación mucho más peligrosa que cualquier agravio escupido entre copas.
—¡Farlan viene por el flanco! —grito a Griogair, que reorganiza a los hombres con la misma disciplina veterana que lo caracteriza—. ¡Refuerza esa posición, ahora!
La batalla se intensifica con la llegada de Farlan al frente, cada intercambio de golpes más desesperado que el anterior, y es entonces, en medio del caos más denso de la contienda, cuando Domhnall llega con los veinte hombres que Muirne envió desde el vado sur, la refuerzo exacto que necesitábamos en el momento exacto en que la posición empezaba a ceder bajo la presión combinada de ambos clanes.
—¡Lady Kinloch nos envía, mi laird! —grita Domhnall, ya integrándose en la línea de defensa con sus hombres—. El vado sur resiste, aunque con fuerzas reducidas.
La noticia me golpea con una mezcla de alivio y preocupación renovada: Muirne, sosteniendo su propia posición con menos hombres de los que tenía, mientras envía refuerzos aquí sin dudarlo, exactamente la clase de sacrificio calculado que solo alguien que entiende de verdad la estrategia de guerra estaría dispuesto a ofrecer.
Con los refuerzos de Domhnall, conseguimos, finalmente, estabilizar la línea, empujando a los hombres de Farlan hacia atrás con una fuerza renovada que combina la compostura militar Kinloch con la ferocidad de los tenentes Dalcross que Muirne movilizó semanas atrás.
Farlan, al ver que su avance se estanca, ordena la retirada de su contingente, aunque no sin antes cruzar una mirada conmigo, cargada de una promesa silenciosa de que este enfrentamiento está lejos de terminar del todo.
Kessney, viendo que el flanco de Farlan retrocede, ordena también la retirada general, sus hombres desapareciendo hacia el norte con la misma rapidez calculada con la que llegaron, dejando tras de sí un campo de batalla cubierto de heridos y la certeza amarga de que esta incursión, por feroz que resultara, fue solo una prueba de fuerzas, no la ofensiva total que ambos clanes sin duda preparan para más adelante.
Busco a Griogair entre el humo que empieza a disiparse, confirmando el estado de nuestras propias bajas, y percibo, entre los hombres que se reagrupan lentamente, la ausencia de Lachlan, que según me informan, permaneció en la retaguardia durante todo el enfrentamiento, alegando después una lesión menor que nadie consigue confirmar del todo.
La sospecha que ya albergaba respecto a su papel en la revelación de la carta se instala ahora con más fuerza, aunque no tengo, todavía, ninguna prueba concreta que sostenga una acusación formal ante el consejo.
Cuando finalmente el campo de batalla queda en un silencio pesado, roto solo por los gemidos de los heridos y las órdenes apresuradas de quienes organizan la atención médica, mi primera y única preocupación es Muirne, en el vado sur, sin noticias todavía de cómo ha resistido su propia posición durante la crisis.
—Mi laird —dice Griogair, acercándose con una expresión que mezcla agotamiento y alivio—. El paso está asegurado. Kessney y Farlan se han replegado del todo.
—¿Y el vado sur?
—Sin noticias todavía, mi laird.
No espero más confirmación. Monto de inmediato, con los pocos hombres que puedo reunir sin comprometer la seguridad de la posición recién asegurada, y cabalgo hacia el sur con una urgencia que no tiene nada que ver con la disciplina militar, sino con el miedo más crudo que he sentido en toda mi vida, buscando entre el humo distante la certeza de que la mujer que amo, la que ha demostrado ser exactamente la clase de aliada que ningún tratado de gobierno podría haberme concedido, sigue con vida, esperándome del otro lado de esta batalla que solo hemos sobrevivido porque decidimos, meses atrás, dejar de enfrentarlo todo por separado.
El trayecto hacia el vado sur se me hace eterno, cada milla cabalgada a un ritmo que arriesga la resistencia de mi propio caballo, la mente incapaz de aquietar los peores escenarios que se me ocurren mientras avanzo: Muirne herida, Muirne capturada, Muirne enfrentando sola la fuerza combinada de Kessney sin los refuerzos que envió hacia mí en el momento crítico.
Cada uno de esos pensamientos me golpea con una fuerza que ninguna entereza de gobierno ha conseguido nunca disciplinar del todo, y solo cuando finalmente diviso, en la distancia, el humo que se eleva desde el vado sur, consigo respirar con algo parecido a la calma.
Llego al vado cuando el sol ya ha avanzado buena parte de la mañana, y el primer vistazo del campo, cubierto de heridos, pero sin el caos desesperado que temía encontrar, me ofrece un alivio que no consigo disimular ni un instante.
Busco entre los hombres que se reagrupan lentamente, el corazón latiéndome con una fuerza que ninguna batalla ha conseguido provocar jamás, hasta que finalmente la distingo: sentada sobre una roca, el arco todavía en la mano, el rostro cubierto de polvo y sudor, pero viva, entera, dirigiendo con la misma disciplina de siempre el traslado de los heridos hacia el castillo.
Desmonto antes de que mi caballo termine de detenerse del todo, cruzando el espacio que nos separa con una urgencia que no me importa que nadie presencie, y cuando finalmente la alcanzo, la atraigo hacia mí con una fuerza que quizá resulte excesiva, aunque ella responde con la misma intensidad, sus brazos rodeándome con un alivio tan crudo como el mío propio.
—Estás bien —murmuro contra su pelo, repitiéndolo como si necesitara la confirmación repetida para creerlo del todo—. Estás bien.
—Estoy bien —confirma, la voz temblorosa contra mi pecho—. El vado resistió. Envié a Domhnall en cuanto supimos que el paso principal necesitaba refuerzos.
—Lo sé. Llegó justo a tiempo. Sin esos hombres, no sé si habríamos aguantado la última oleada de Farlan.
Nos quedamos así, abrazados en medio del campo de batalla, ajenos por un instante a los hombres que nos rodean, a los heridos que todavía necesitan atención, a la amenaza que sabemos, con certeza amarga, no ha terminado del todo.
Es un reconocimiento mutuo que no necesita palabras adicionales: que sin la posición que ella diseñó, sin el conocimiento del terreno que solo ella podía ofrecer, sin la decisión valiente de dividir sus propias fuerzas para enviarme refuerzos en el momento crítico, esta victoria nunca habría sido posible.
Y sin la sobriedad militar que yo mismo aporté, sin los hombres Kinloch reforzando cada posición Dalcross, tampoco ella habría podido sostener ambos frentes por sí sola.
Ninguno de los dos podría haber logrado esto solo.
La verdad de esa certeza, dramatizada ahora en la acción más cruda posible, pesa más que cualquier declaración de amor que hayamos intercambiado hasta ahora, una confirmación viva de que la asociación que construimos, palmo a palmo, desde aquella primera noche de matrimonio forzado, se ha convertido en algo mucho más fuerte que cualquier estrategia militar diseñada por separado.
—Kessney y Farlan se han replegado en ambos frentes —informo, finalmente, cuando el abrazo se afloja lo suficiente como para permitir de nuevo la disciplina de gobierno—. Pero esto ha sido solo una prueba de fuerzas, no la ofensiva total que sin duda preparan.
—Lo sé. —Muirne asiente, su expresión ya recuperando la seriedad estratégica que la caracteriza incluso en los momentos de mayor vulnerabilidad—. Necesitamos fortalecer ambas posiciones antes de que decidan intentarlo de nuevo, con más fuerza y mejor coordinación.
—Lo haremos. Juntos.
—Juntos —confirma ella, y el beso que compartimos entonces, breve pero cargado de toda la intensidad de haber sobrevivido, juntos, a la primera prueba real de todo lo que hemos construido, sella una certeza que ninguna amenaza futura, por poderosa que resulte, va a conseguir deshacer entre nosotros.