CAPÍTULO 37
El primer avistamiento llega justo cuando el sol empieza a asomar sobre las colinas del este, un centinela cabalgando a toda velocidad hacia nuestra posición con la noticia que llevamos toda la noche esperando entre la tensión contenida de hombres que conocen, cada uno, el peso exacto de lo que se avecina.
—Se acercan, mi lady. Los estandartes de Kessney, confirmados. No hay señal todavía de Farlan por este flanco.
Asiento, procesando la información con la misma disciplina fría que empleo para cualquier decisión de gobierno, aunque el miedo, esta vez, es distinto a cualquiera que haya sentido antes: no es solo por mi propia seguridad.
Es por la de Cathal, en el paso de las Tres Piedras, enfrentando quizá en este mismo instante la fuerza combinada de ambos clanes, mientras yo sostengo un frente que podría resultar, según nuestros cálculos, el señuelo de una estrategia mucho más compleja.
—Preparad las posiciones —ordeno a Domhnall, que ya moviliza a los hombres con la misma eficiencia calculada que empleó semanas atrás en el paso de las Tres Piedras—. Si Kessney ataca aquí primero, es porque busca dividir nuestra atención antes de que Farlan se una al asalto principal.
El vado sur, aunque menos imponente que el paso de las Tres Piedras, ofrece su propia complejidad defensiva: el río, en este punto, se ensancha lo suficiente como para que cualquier fuerza atacante deba cruzar en formación dispersa, vulnerable durante los minutos que tarda en alcanzar la orilla opuesta.
Distribuyo a mis hombres aprovechando exactamente esa vulnerabilidad, con arqueros posicionados en las alturas que dominan el cruce y una línea de defensa cerrada esperando en la orilla, lista para contener a cualquiera que consiga cruzar.
Los primeros jinetes de Kessney aparecen en el horizonte poco después, y el miedo que sentía hasta ahora se transforma, con la primera visión real del enemigo, en una claridad fría que reconozco de la noche que aseguré el paso de las Tres Piedras: no hay tiempo para el pánico cuando cada decisión, tomada con rapidez y precisión, puede significar la diferencia entre sostener la posición o perderla del todo.
—¡Arqueros, preparados! —grito, mi voz resonando con una autoridad que ya no necesita fingirse, ganada palmo a palmo durante meses de gobierno compartido con Cathal—. ¡Que crucen antes de disparar! ¡Necesitamos que se comprometan del todo antes de revelar nuestra posición completa!
Los hombres de Kessney entran al agua con una confianza que sugiere que no esperan resistencia seria en este flanco, exactamente como habíamos calculado, y cuando finalmente alcanzan el punto más vulnerable del cruce, doy la orden que desata la primera oleada de flechas, certeras, calculadas, exactamente donde el terreno favorece nuestra ventaja.
El caos estalla de inmediato: gritos, el sonido metálico de armas chocando, el relincho aterrado de caballos que se resisten a avanzar bajo el fuego de flechas que no esperaban encontrar.
Observo la batalla con una atención dividida entre la estrategia general y el miedo constante por cada uno de mis hombres, Domhnall luchando cerca de la orilla con la misma ferocidad que empleó para proteger estas tierras cuando todavía servía a mi padre.
La batalla se prolonga más de lo que había calculado, la resistencia de Kessney más tenaz de lo esperado, y en algún momento, mientras superviso la línea de defensa que empieza a mostrar signos de fatiga, un mensajero llega desde el paso de las Tres Piedras con una noticia que me hiela la sangre.
—¡Mi lady! El paso de las Tres Piedras está bajo asalto pesado. Farlan se unió al ataque principal contra lord Kinloch. Necesitan refuerzos urgentes, o la posición podría caer.
El dilema me golpea con una fuerza que no esperaba: dividir mis propias fuerzas, ya comprometidas en la defensa del vado sur, para enviar refuerzos al paso principal, arriesgando ambas posiciones, o mantener mi posición actual, confiando en que Cathal y sus hombres puedan sostener el asalto sin ayuda adicional.
Ninguna decisión está libre de riesgo, y el tiempo, cruel como siempre en momentos como este, no me concede el lujo de deliberar con la calma que la situación exigiría.
—Domhnall —llamo, mi voz cargada de una urgencia que no intento disimular—. Toma veinte hombres. Dirígete al paso de las Tres Piedras. Yo sostendré el vado sur con el resto.
—Mi lady, dividir nuestras fuerzas aquí podría...
—Lo sé. Pero si el paso principal cae, todo lo demás se vuelve irrelevante. Ve. Ahora.
Domhnall obedece sin más discusión, movilizando a veinte hombres con una rapidez que reconozco como la misma frialdad de guerra que su generación entera desarrolló sirviendo a mi padre, y me quedo, con las fuerzas reducidas, sosteniendo un vado sur que de pronto parece mucho más vulnerable de lo que era hace apenas unos minutos, mientras el miedo por Cathal, en el paso principal, empieza a pesar más que cualquier cálculo estratégico que pueda ofrecerme consuelo.
Los hombres de Kessney, percibiendo quizá la reducción de nuestras fuerzas, redoblan la presión sobre nuestra línea de defensa, y me veo obligada a tomar el arco yo misma, algo que no había hecho desde antes de la redada, cuando mi padre todavía insistía en que sus hijas aprendieran a defenderse, aunque las costumbres de otros clanes lo consideraran impropio de una dama.
Cada flecha que disparo encuentra su objetivo con una precisión que sorprende incluso a los hombres que luchan a mi lado, el entrenamiento de la infancia resurgiendo con una naturalidad que no esperaba necesitar jamás en circunstancias como estas.
—¡Lady Kinloch dispara como un tenente veterano! —grita uno de los hombres, con una mezcla de asombro y renovada confianza que se extiende, casi de inmediato, por el resto de la línea de defensa.
La moral, que empezaba a flaquear tras la partida de Domhnall y sus veinte hombres, se recupera con una fuerza inesperada, cada tenente restante luchando con una determinación renovada al ver a su propia laird empuñando el arco junto a ellos, sin retirarse a la seguridad de la retaguardia como cualquier otra mujer de su rango habría hecho.
La batalla se prolonga durante lo que parecen horas, aunque el sol apenas ha avanzado un tercio de su recorrido matinal cuando finalmente, exhaustos pero firmes, conseguimos contener el último avance serio de Kessney, sus hombres retirándose hacia el norte con la misma disciplina calculada con la que llegaron, dejando tras de sí un vado teñido de sangre y un puñado de heridos que ambos bandos, por una vez, se permiten atender sin hostilidad añadida.
Me dejo caer sobre una roca cercana en cuanto la última amenaza inmediata se disipa, el arco todavía en la mano, los brazos temblando por el esfuerzo sostenido durante toda la mañana, y solo entonces, con la adrenalina empezando a ceder, permito que el miedo por Cathal vuelva a instalarse con toda su fuerza, sin el rigor de la batalla para mantenerlo a raya.
—¿Alguna noticia del paso de las Tres Piedras? —pregunto a uno de los tenentes que supervisa la atención a los heridos.
—Ninguna todavía, mi lady. Pero si Domhnall llegó a tiempo, la posición debería resistir.
No es el consuelo que necesito, aunque me aferro a él de todos modos, mientras superviso, con la misma disciplina que empleo para cualquier crisis, el recuento de nuestras propias bajas: tres hombres heridos de gravedad, ninguno muerto, un resultado que considero, dadas las circunstancias, casi milagroso.
Ordeno que se organice el traslado de los heridos hacia el castillo, y me quedo, con el resto de mis hombres, vigilando el vado por si Kessney decide intentar un segundo avance, aunque algo en la retirada apresurada de sus hombres me sugiere que, por hoy, la amenaza inmediata ha quedado contenida.
Reviso personalmente a cada uno de los heridos antes de que los trasladen, recordando, con un nudo cálido en el pecho, las lecciones de curación que aprendí junto a mi madre antes de que la fiebre se la llevara, lecciones que nunca imaginé tener que emplear en circunstancias tan crudas como esta.
Uno de los tenentes más jóvenes, con una herida profunda en el costado, me agradece con una mirada que dice más de lo que sus palabras entrecortadas consiguen articular, y me pregunto, mientras vendo la herida con manos que ya no tiemblan del todo, cuánto ha cambiado desde aquella primera noche en que llegué a este castillo, una rehén asustada incapaz de imaginar que algún día dirigiría, con autoridad propia, la defensa de una frontera entera.
El sol avanza sin prisa sobre el vado, cada minuto pesando con la incertidumbre de no saber cómo ha resultado la batalla en el paso principal, y solo cuando finalmente diviso, en la distancia, una columna de jinetes aproximándose desde el norte, el corazón me da un vuelco que no consigo disciplinar del todo, esperando, con una mezcla de esperanza y terror, reconocer entre ellos la figura de Cathal, entera y a salvo, cabalgando ya de vuelta hacia mí a través del humo que todavía se levanta despacio y en silencio del campo entero.