CAPÍTULO 36
Convoco a Muirne al despacho a la mañana siguiente: no es una consulta de cortesía, es la estratega que necesito para enfrentar la amenaza conjunta de Kessney y Farlan con todas las ventajas posibles de nuestro lado.
Ella llega con el mismo mapa de frontera que revisamos juntos meses atrás, y algo en su porte, la confianza renovada tras la noche anterior, me confirma que ambos abordamos esta reunión desde un lugar completamente distinto al que habríamos ocupado hace apenas una semana.
—El paso de las Tres Piedras sigue siendo el punto vulnerable —empiezo, desplegando el mapa sobre la mesa—, aunque tu posición defensiva lo ha fortalecido considerablemente. Necesito entender qué otros puntos de la frontera podrían resultar tentadores para un ataque conjunto de esta magnitud.
Muirne estudia el mapa con la misma atención meticulosa que emplea para cualquier disputa de tenentes, señalando con un dedo firme varios puntos que yo mismo había considerado, pero también uno que había subestimado por completo.
—Aquí, el vado sur, cerca de las tierras que Aodh Ross administra. Es menos evidente que el paso de las Tres Piedras, pero si Kessney y Farlan pretenden dividir nuestras fuerzas, atacar en dos frentes simultáneos tendría más sentido estratégico del que le hemos dado hasta ahora.
La observación me sorprende por su precisión, y reconozco, con un calor incómodo subiéndome por el cuello, cuánto tiempo llevo subestimando el valor de su perspectiva, no por falta de capacidad de ella: por mi propio orgullo insistiendo en que la estrategia militar era terreno exclusivamente mío.
—Tienes razón. Deberíamos reforzar también el vado sur, aunque eso divida nuestros propios recursos.
—O podríamos pedir ayuda a Aodh Ross —sugiere Muirne—.
Sus tierras lindan directamente con ese vado.
Si le ofrecemos apoyo mutuo, formalizando una alianza más allá de la cortesía diplomática que mantenemos desde su visita, tendríamos un aliado dispuesto a defender ese frente sin necesidad de dividir nuestras propias fuerzas.
La sugerencia, tan obvia en retrospectiva, revela exactamente el tipo de pensamiento que mi propia disciplina militar, formada en años de estrategia puramente Kinloch, nunca habría considerado con la misma naturalidad.
Aodh Ross, el hombre que una vez cortejó a mi esposa con toda honestidad, convertido ahora en aliado estratégico gracias a la misma mujer que él mismo pretendió una vez.
—Enviaré un mensajero hoy mismo —decido, ya redactando mentalmente los términos de la propuesta—. Contigo como intermediaria, dado que fue tu criterio el que identificó la vulnerabilidad.
Pasamos el resto de la mañana diseñando cada detalle de la defensa conjunta: la disposición de los tenentes Dalcross que ella ya movilizó, reforzada ahora con hombres Kinloch que aportan la fuerza militar que solo mi propio mando puede proporcionar; las rutas de comunicación entre ambos frentes, para que ninguna posición quede aislada si el ataque llega antes de lo previsto; los planes de contingencia para cada escenario que ambos, combinando su conocimiento del terreno con mi experiencia estratégica, conseguimos anticipar con una claridad que ninguno de los dos habría alcanzado trabajando solo.
—Ninguno de los dos podría haber diseñado esto solo —comento, en algún momento de la tarde, observando el plan completo desplegado ante nosotros, cada pieza encajando con una precisión que resulta casi hermosa en su complejidad—.
Yo tengo la fuerza militar, la firmeza de mando.
Tú tienes el conocimiento del terreno, la lealtad de gente que confía en ti más de lo que confiaría en cualquier extraño Kinloch, por bienintencionado que fuera.
—Juntos somos más fuertes que la suma de cada parte —coincide Muirne, con una sonrisa que ilumina su rostro de un modo que no había visto en días—. Quizá esa sea, después de todo, la verdadera lección de este matrimonio: que ninguno de los dos necesita cargar solo con nada, nunca más.
La intimidad de este momento, compartiendo estrategia con la misma confianza plena que compartimos la cama, me resulta tan íntima como el deseo mismo, una asociación que trasciende cualquier pasión física para convertirse en algo mucho más profundo: la certeza absoluta de que nunca volverán a enfrentarse el uno al otro, pase lo que pase.
Es entonces, mientras terminamos de revisar el último detalle del plan defensivo, cuando un guardia irrumpe en el despacho con una urgencia que reconozco de inmediato como distinta a cualquier alarma rutinaria.
—Mi laird. Lady Kinloch. Los vigías han avistado movimiento en el horizonte norte. Es Kessney. Y junto a ellos, los estandartes de Farlan.
El ataque conjunto que llevamos días temiendo ha llegado, antes de lo que ninguno de los dos esperaba, y mientras Muirne y yo intercambiamos una mirada cargada de la misma determinación fría que ambos empleamos para cualquier crisis, sé, con una certeza que no admite duda, que vamos a enfrentar esto juntos, del mismo modo que hemos diseñado cada pieza de esta defensa: como un frente unido, sin fisuras, sin distancia, sin nada que ninguna amenaza externa pueda explotar entre nosotros.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —pregunta Muirne, ya recogiendo el mapa con manos firmes, la misma disciplina que empleó para asegurar el paso de las Tres Piedras instalándose de inmediato en cada uno de sus movimientos.
—Menos del que quisiéramos —respondo, ya calculando distancias y tiempos de movilización con la velocidad que años de estrategia militar me han enseñado a emplear en momentos como este—.
Necesito reunir al consejo de inmediato y enviar el mensajero a Aodh Ross antes de que sea demasiado tarde para reforzar el vado sur.
Salimos juntos del despacho, cada uno dirigiéndose a las tareas que la crisis exige, y en el pasillo, antes de separarnos hacia nuestros respectivos deberes, Muirne se detiene un instante, tomándome la mano con una firmeza que dice más que cualquier discurso elaborado.
—Sea lo que sea que venga, lo enfrentamos juntos.
—Juntos —confirmo, y el beso breve que compartimos, robado entre la urgencia de la crisis inminente, tiene toda la certeza de una promesa que ninguna batalla, por feroz que resulte, va a poder deshacer.
El consejo se reúne en cuestión de minutos, convocado con la misma urgencia que empleé la noche del primer aviso de Kessney, aunque esta vez, a diferencia de aquella ocasión, Muirne se sienta a mi lado no como esposa consultada por cortesía, sino como estratega de pleno derecho, su voz tan escuchada como la mía por cada tenente presente, incluidos aquellos que meses atrás cuestionaron abiertamente que una Dalcross tuviera voz en asuntos Kinloch.
—El ataque llega por el norte, según los últimos avistamientos —expongo, señalando el mapa desplegado sobre la mesa del consejo—. Lady Kinloch ha identificado, además, la vulnerabilidad del vado sur, que probablemente forme parte de una estrategia de dos frentes por parte de Kessney y Farlan.
Griogair asiente, sin la menor sombra de la resistencia que mostraron algunos tenentes meses atrás, y el resto del consejo sigue su ejemplo, aceptando la autoridad conjunta que Muirne y yo ejercemos ahora con una naturalidad que habría resultado impensable en los primeros días de nuestro matrimonio forzado.
Movilizamos a los hombres con una coordinación que solo la confianza plena entre nosotros hace posible: yo dirigiendo cincuenta hombres Kinloch hacia el paso de las Tres Piedras, reforzando la posición que Muirne ya aseguró días atrás; ella al mando de treinta hombres Kinloch adicionales, sumados a los ocho tenentes Dalcross que ya conocen el terreno del vado sur, coordinando entre todos la defensa de ese flanco mientras esperamos la respuesta de Aodh Ross a nuestra petición de alianza formal.
Cuando finalmente cabalgamos, cada uno hacia su propio frente, con la certeza de que el ataque conjunto de Kessney y Farlan podría llegar en cuestión de horas, no de días, la última imagen que llevo conmigo es la de Muirne, montada en su propio caballo, la espalda recta, la templanza firme, dirigiendo a sus tenentes con la misma autoridad natural con la que gobierna cada aspecto de nuestra vida compartida.
No hay ninguna duda en mí, mientras me alejo hacia el norte, de que hemos construido algo que ninguna amenaza externa, por poderosa que sea, va a conseguir destruir.
Cabalgo hacia el paso de las Tres Piedras con cincuenta hombres bien armados, cada uno consciente de la gravedad de lo que se avecina, y mientras avanzamos, repaso mentalmente cada detalle del plan defensivo que Muirne y yo diseñamos juntos esta mañana, buscando cualquier debilidad que hayamos podido pasar por alto en la urgencia de la preparación.
No encuentro ninguna que no hayamos considerado ya, y esa certeza, extrañamente, me tranquiliza más que cualquier plegaria que pudiera pronunciar antes de la batalla.
Llegamos al paso antes del atardecer, y encuentro la posición defensiva que Muirne aseguró días atrás todavía sólida, reforzada ahora por los hombres Kinloch que se integran sin fricción entre los tenentes Dalcross que ya la sostenían.
Domhnall me recibe con un respeto que no esperaba de un hombre que sirvió lealmente a Struan Dalcross, y algo en su actitud me confirma que la lealtad que Muirne ha ganado, palmo a palmo, entre su propia gente, se extiende ahora también hacia mí.
No es obligación política: es el reconocimiento genuino de que ambos, juntos, ofrecemos algo que ninguno podría sostener por separado.
—La posición aguantará, mi laird —informa Domhnall, con una confianza que no suena a mera cortesía—. Lady Kinloch diseñó esto con un conocimiento del terreno que ningún atacante, por numeroso que sea, va a conseguir explotar fácilmente.
—Lo sé —respondo, con un orgullo que ya no me cuesta ningún esfuerzo mostrar abiertamente—. Confío en su criterio tanto como en el mío propio.
La noche cae sobre el paso de las Tres Piedras con una quietud tensa, cada hombre en su puesto, cada arma revisada tres veces, esperando el momento en que los estandartes de Kessney y Farlan finalmente aparezcan en el horizonte, y mientras superviso las últimas preparaciones, pienso en Muirne, en el vado sur donde ella misma sostiene ahora su propia posición, y me permito, por un instante, la certeza tranquila de que esta noche la enfrentamos exactamente como debíamos: juntos, sin fisuras, como el frente unido que ambos hemos construido con tanto esfuerzo.