CAPÍTULO 35
Paso los dos días siguientes en un espacio que ya no es distancia hostil, pero tampoco reconciliación plena, un territorio incierto donde Cathal mantiene la promesa de esperar sin presionar, y yo misma repaso, una y otra vez, cada palabra que pronunció aquella noche en mi alcoba, buscando la certeza que necesito antes de dar el paso que sé, en el fondo, que voy a dar.
Observo su comportamiento con la misma atención minuciosa que empleo para cualquier negociación de gobierno: la formalización de mi autoridad sobre los asuntos Dalcross, cumplida ante el consejo entero al día siguiente de nuestra conversación, sin que él pidiera reconocimiento alguno por el gesto; la paciencia con la que sostiene la distancia que yo misma establecí, sin un solo intento de acortarla antes de que yo lo permita; la humildad nueva con la que consulta mi opinión en cada asunto de gobierno: una costumbre que parece haber interiorizado del todo tras la crisis que ambos atravesamos.
Cada uno de esos gestos, pequeños pero constantes, va desmontando, poco a poco, la coraza que sostuve durante estos días de distancia deliberada, hasta que finalmente, la tercera noche, me sorprendo a mí misma incapaz de conciliar el sueño en mi propio lecho, la distancia entre nosotros pesando más de lo que estoy dispuesta a seguir sosteniendo.
Me levanto, sin decidirlo del todo, y cruzo la estancia hacia el lecho pequeño donde Cathal duerme, o finge dormir, desde la noche de la confrontación. Se incorpora en cuanto percibe mi presencia, la sorpresa cruzándole el rostro antes de que consiga disciplinarla.
—Muirne.
—No he venido a discutir nada más —digo, sentándome al borde de su lecho con una cercanía que no me he permitido en días—. He venido porque ya no quiero dormir sola.
Cathal me observa con una expresión que mezcla esperanza y cautela, como si temiera que un movimiento equivocado pudiera deshacer lo que sea que esté a punto de ofrecerle.
—¿Estás segura?
—Nunca he estado más segura de nada. —Le tomo la mano, entrelazando nuestros dedos con una familiaridad que ambos hemos echado de menos estos días—.
Te perdono, Cathal. No porque el dolor haya desaparecido del todo: porque he visto, estos últimos días, exactamente la clase de hombre que eres cuando decides actuar desde la humildad en vez del orgullo.
Eso vale más que cualquier disculpa pronunciada en una sola noche.
—No merezco ese perdón tan pronto.
—Quizá no. Pero lo ofrezco de todos modos, porque el amor de verdad no se mide en méritos exactos, sino en la voluntad de seguir intentándolo juntos, incluso después de haber fallado.
Cathal me atrae hacia él con una ternura que reconozco de las primeras semanas de nuestro matrimonio, antes de que la carta lo cambiara todo, y nos quedamos así, abrazados en el lecho pequeño, hablando en susurros sobre todo lo que ninguno de los dos se atrevió a nombrar durante estos días de distancia forzada: el miedo que sentimos ambos de perdernos definitivamente, la vergüenza compartida por haber dejado que el orgullo pesara más que la honestidad, la certeza, renovada esta noche, de que lo que construimos juntos merece protegerse con más cuidado del que ninguno de los dos empleó durante la crisis.
—Hablemos de igual a igual, de ahora en adelante —propongo, mucho más tarde, cuando el sueño empieza a vencernos a los dos—. Sin cálculo, sin orgullo que sostener por encima de la honestidad. Prométeme que, la próxima vez que algo así nos ponga a prueba, hablarás en vez de retirarte.
—Te lo prometo. Y tú, prométeme que la próxima vez que algo pese demasiado para cargarlo sola, confiarás en que puedo sostenerlo contigo, sin juzgarte por necesitar ayuda.
—Te lo prometo.
Sellamos la promesa con un beso que tiene toda la ternura de la reconciliación y toda la pasión contenida de días de distancia forzada, y cuando finalmente nos separamos, sin aliento, la certeza que me acompaña es distinta a cualquier otra que haya sentido antes: no la fragilidad temerosa del primer amor, sino la solidez de un vínculo que ha sobrevivido a su primera prueba real, más fuerte precisamente por haber atravesado la ruptura y salido del otro lado, íntegro.
Nos quedamos despiertos hasta bien entrada la noche, hablando de todo lo que llevábamos semanas sin compartir: los detalles menores del gobierno diario que ambos habíamos manejado por separado durante la distancia, las preocupaciones de Beitris y Fingal que ninguno había mencionado al otro, incluso el episodio de Ceana y Tormod, que Cathal escucha con una sonrisa que reconoce, en el patrón, el mismo camino tortuoso que él mismo recorrió antes de admitir lo que sentía por mí.
—Deberíamos dejarlos que encuentren su propio ritmo —comenta, cuando termino de contarle los detalles—. Del mismo modo que nosotros necesitamos el nuestro, aunque el nuestro incluyera una crisis que ninguno de los dos había anticipado.
—Espero que el suyo sea menos accidentado.
—Lo dudo. Conociendo a mi hermano y a tu hermana, sospecho que su camino será tan terco como el nuestro propio, si no más.
Río, apoyada contra su pecho, disfrutando de una ligereza que no había sentido desde antes de que Lachlan revelara la carta, y pienso, mientras el sueño finalmente empieza a vencerme entre sus brazos, en lo mucho que ha cambiado todo desde aquella primera noche en que él pronunció la regla de la alcoba con tanta disciplina.
Hemos sobrevivido a una redada, a un matrimonio forzado, a la revelación de un secreto guardado durante meses, y a la distancia más dolorosa que ninguno de los dos había experimentado en su vida adulta.
Si hemos sobrevivido a todo eso, pienso, casi dormida ya, quizá podamos sobrevivir a cualquier cosa que el mundo decida ponernos por delante a partir de ahora.
Me despierto antes del amanecer, todavía envuelta en el calor de su cuerpo, la misma paz reconfortante que sentí la mañana después de nuestra primera unión instalándose ahora con una intensidad renovada, más profunda por haber sobrevivido a la prueba que casi nos separa.
Cathal duerme con el rostro relajado que solo le permite el sueño, sin la contención constante que gobierna cada uno de sus gestos durante el día, y me quedo un rato observándolo, agradecida de tener de vuelta esta intimidad que temí perder para siempre hace apenas unos días.
Cuando finalmente despierta, encuentra mi mirada fija en él, y sonríe, esa media sonrisa que rara vez muestra ante nadie más, reservada exclusivamente para los momentos más íntimos que compartimos.
—Buenos días —murmura, atrayéndome más cerca con un gesto instintivo.
—Buenos días.
—¿Sigues aquí?
—Sigo aquí. Y pienso quedarme, si tú me dejas.
—Siempre —promete, con una sencillez que pesa más que cualquier declaración elaborada—. Este es tu lugar, Muirne. Siempre lo ha sido, desde antes de que ninguno de los dos se atreviera a admitirlo del todo.
Nos quedamos así, disfrutando de la calidez compartida, hasta que las obligaciones del día empiezan a reclamarnos, cada una con su propio peso, aunque hoy, a diferencia de los días de distancia forzada, enfrentamos esas obligaciones sabiendo que, sea cual sea el desafío, lo haremos desde el mismo lado, sin fisuras que ninguna amenaza externa pueda explotar entre nosotros.
Bajamos juntos a desayunar, y encuentro a Beitris y Ceana ya sentadas, sus expresiones iluminándose de inmediato al notar el cambio evidente entre Cathal y yo, la mano entrelazada que ninguno de los dos se molesta en ocultar esta mañana.
—Por fin —comenta Ceana, con una sonrisa que no intenta disimular su alivio—. Empezaba a pensar que tendría que encerraros a los dos en la misma habitación hasta que entrarais en razón.
—No hizo falta tanto drama —respondo, sonriendo pese al sonrojo que me sube por el cuello—. Solo tiempo.
—Tiempo que espero que Fingal y Tormod tarden menos en encontrar —añade Beitris, con una picardía que reconozco como suya, lanzando una mirada elocuente hacia Cathal, que solo sonríe sin negarlo ni confirmarlo del todo.
El desayuno transcurre con una ligereza que no habíamos compartido en semanas, cada comentario cargado de la calidez propia de una familia que ha sobrevivido a su propia tormenta y ha salido, del otro lado, más unida que antes.
Pienso, mientras observo a mis hermanas reír con Cathal sobre alguna anécdota de infancia que Fingal les ha contado, en lo mucho que esta casa, que empezó siendo una prisión forzada por el Pacto, se ha convertido, sin que ninguno de nosotros lo planeara del todo, en el hogar que perdimos la noche de la redada.
Isla nos sirve la avena con una sonrisa discreta que delata cuánto ha seguido, en silencio, cada capítulo de nuestra tormentosa reconciliación, y me pregunto, mientras la observo retirarse hacia la cocina, cuántos secretos de este castillo entero conoce mejor que ninguno de nosotros, guardados con la misma discreción con la que ha guardado los míos propios desde el primer día que llegué a estas tierras extrañas, hace ya toda una larga vida atrás.