EL PRECIO DE UNA REINA CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

Encuentro a Muirne de pie junto a la ventana cuando finalmente abre la puerta, la expresión cautelosa pero no hostil, y algo en su postura, ligeramente defensiva, me confirma que ha decidido no ponérmelo fácil, aunque tampoco parece dispuesta a cerrarme la puerta en la cara sin escucharme primero.

—Cathal.

—Necesito hablar contigo. De verdad, no exigir explicaciones como hice la última vez.

Ella no responde de inmediato, limitándose a observarme con una atención que reconozco como la misma cautela calculadora del primer día, cuando todavía nos temíamos como enemigos de clanes rivales, y algo en esa distancia recién recuperada me duele más de lo que ninguna batalla jamás ha conseguido dolerme.

—Adelante.

Cruzo la estancia, aunque me detengo a una distancia respetuosa, consciente de que no tengo derecho a acortar el espacio entre nosotros hasta que ella misma lo permita.

El silencio que precede a mis siguientes palabras se estira más de lo cómodo, cada segundo pesando con la certeza de que cualquier frase mal elegida podría deshacer, de un plumazo, la poca disposición a escuchar que ella acaba de mostrarme.

Observo su rostro, buscando alguna señal de por dónde empezar, consciente de que las próximas palabras que pronuncie van a definir el resto de esta conversación, y quizá el resto de nuestro matrimonio entero.

—Me equivoqué —empiezo, sin rodeos, porque cualquier preámbulo elaborado resultaría, esta noche, una cobardía más—.

No en sentir dolor por el silencio de la carta.

Ese dolor era genuino, y no pienso fingir lo contrario.

Me equivoqué en cómo respondí a ese dolor: retirándome, sosteniendo el orgullo en vez de hablar contigo del todo, dejando que días enteros pasaran sin que ninguno de los dos consiguiera romper la distancia.

—Continúa.

Su voz, breve y cortante, no me ofrece ninguna concesión, y me obligo a sostener su mirada mientras busco las siguientes palabras, consciente de que cada admisión que ofrezca esta noche debe ser exacta, sin adornos ni excusas que suavicen la magnitud real de mi error.

—Dudé de ti. No de tu lealtad al clan; eso nunca lo puse en duda. Dudé de si conocía de verdad a la mujer con la que me casé, cuando la verdad es que te conozco mejor de lo que me atrevía a admitir, y esa duda fue una traición mayor hacia ti de lo que tu silencio jamás fue hacia mí.

Muirne guarda silencio, los brazos cruzados, aunque percibo, bajo esa postura defensiva, algo que se ablanda apenas ante la honestidad cruda de mis palabras.

Aprovecho ese instante de fisura para continuar, consciente de que quizá no vuelva a presentarse una ocasión tan clara de decir todo lo que llevo horas ensayando.

—Hoy has demostrado, sin necesidad de mi permiso ni de mi aprobación, exactamente la clase de mujer que eres —continúo, la voz cargada de una vulnerabilidad que rara vez me permito mostrar, ni siquiera ante ella—.

Aseguraste el paso de las Tres Piedras porque esa tierra, esa gente, te importa tanto como me importa a mí.

No lo hiciste por mí. Lo hiciste porque eres, en el fondo, exactamente la clase de laird que este clan necesita, aunque el título formal nunca llegue a reconocerlo del todo.

—No busco ese reconocimiento, Cathal.

—Lo sé. Y eso es, precisamente, lo que me hace sentir más vergüenza por haber dudado de ti.

—Doy un paso más, aunque me detengo antes de invadir del todo su espacio—.

Quiero ofrecerte algo concreto, no solo palabras.

Autoridad plena sobre los asuntos Dalcross, formalizada ante el consejo, sin necesidad de mi aprobación para cada decisión que afecte a esas tierras y esa gente.

Es tuyo. Siempre debió serlo, desde el momento en que aceptaste este matrimonio.

Muirne me observa con una expresión que no consigo del todo descifrar, midiendo cada palabra con la misma atención que emplea para cualquier negociación de gobierno, y el silencio que sigue se estira lo suficiente como para que empiece a temer que ninguna oferta, por generosa que sea, va a bastar para deshacer el daño de estos últimos días.

—Esto me cuesta más que cualquier decisión de gobierno que haya tomado nunca —admito, sin apartar la mirada—.

Más que proponerte matrimonio. Más que enfrentar a Kessney en la frontera.

Pedirte perdón, quiero admitir que me equivoqué de un modo que te hizo daño, es lo más difícil que he hecho en toda mi vida, y necesito que lo sepas, aunque no cambie del todo lo que sientes en este momento.

—Te creo, Cathal. Creo que lo sientes de verdad.

—¿Pero?

La pregunta se me escapa antes de que consiga contenerla, cargada de una ansiedad que no logro del todo disciplinar, y Muirne suspira, el primer gesto que delata cuánto le está costando a ella también sostener esta conversación con la firmeza que ha empleado hasta ahora.

—Pero no puedo perdonarte solo porque las palabras suenen sinceras.

—Su voz se quiebra apenas, la primera fisura real en la compostura que ha sostenido desde que abrió la puerta—.

El daño que hiciste al retirarte en silencio, al dejarme sola con la culpa de la carta sin darme ocasión de explicarme del todo antes de juzgarme, no se deshace con una disculpa, por sincera que sea.

Necesito tiempo, Cathal. No para dejar de quererte.

Eso tampoco ha cambiado. Pero para confiar de nuevo en que, la próxima vez que algo nos ponga a prueba, elegirás hablar en vez de retirarte.

Es exactamente lo que temía escuchar, y sin embargo, algo en mí, quizá la misma vulnerabilidad que llevo toda la noche cultivando, se niega a discutir el límite que acaba de establecer.

Reconozco, con una claridad que me sorprende, que insistir ahora, presionar para obtener un perdón que ella no está lista para ofrecer, solo demostraría que no he aprendido nada de lo ocurrido estos últimos días.

—Acepto —digo, con una sencillez que me sorprende incluso a mí mismo—. El tiempo que necesites. Sin presión, sin exigencias. Solo te pido que sepas que voy a estar aquí, esperando, dispuesto a demostrarte, con hechos y no solo con palabras, que he aprendido la lección que hoy me has enseñado.

Muirne asiente, y aunque no me ofrece el abrazo que anhelo, ni la promesa de una reconciliación inmediata, algo en su expresión se suaviza lo suficiente como para darme esperanza de que el espacio que pide no es un rechazo definitivo: es el tiempo necesario para que ambos reconstruyamos, sobre bases más honestas, lo que el orgullo estuvo a punto de destruir del todo.

Me retiro de la estancia con un paso mucho más lento del que empleé para llegar, cada movimiento cargado de una mezcla extraña de alivio y dolor: alivio porque, al menos, ella me ha escuchado sin cerrarme la puerta; dolor porque el perdón que anhelaba con toda mi disciplina de gobierno todavía se me escapa, aplazado a un tiempo que ella misma, no yo, decidirá cuándo llega a su fin.

Bajo hacia mi propio despacho, incapaz de retirarme a dormir con la mente todavía agitada por cada palabra intercambiada, y me siento frente a los pergaminos sin verdadera intención de trabajar, repasando en cambio, una y otra vez, la expresión de Muirne cuando pronunció la palabra tiempo, buscando en ella algún indicio de cuánto podría durar esa espera, sin encontrar respuesta que me tranquilice del todo.

Pienso en Fingal, en su honestidad brutal de esta tarde, en cómo tuvo que ser mi hermano pequeño quien me hiciera ver lo que debería haber comprendido yo mismo mucho antes: que el amor verdadero no exige perfección inmediata, sino la voluntad de reconocer un error y trabajar, con paciencia y sin exigir recompensa inmediata, para reparar el daño causado.

Es una lección que ningún tratado de gobierno me enseñó jamás, y que sin embargo, esta noche, pesa más que cualquier estrategia de frontera que haya aprendido en toda mi vida.

El resto de la noche transcurre en una vigilia incómoda, mi mente incapaz de aquietarse del todo, aunque encuentro, en medio de esa inquietud, un consuelo extraño: al menos ahora, a diferencia de los días anteriores, sé exactamente dónde estamos parados los dos, sin el silencio corrosivo que sostuvimos durante la peor semana de nuestro matrimonio.

El tiempo que ella pide, por doloroso que resulte esperarlo, es infinitamente mejor que la distancia sin nombre que sosteníamos antes de esta conversación.

Cuando el amanecer finalmente empieza a filtrarse por la ventana del despacho, sigo despierto, los pergaminos todavía sin tocar, y decido, con la misma sobriedad que aplico a cualquier otra decisión de gobierno, que voy a demostrarle a Muirne, día tras día, con hechos concretos y no solo con palabras bonitas, que el hombre que la esperó pacientemente antes de la boda sigue siendo el mismo, capaz de esperar de nuevo lo que haga falta, sin exigir nada que ella no esté lista para ofrecer.

Es un consuelo pequeño, pero real, con el que enfrentar el día que se avecina, cargado todavía de la amenaza de Kessney y Farlan que ninguna reconciliación personal, por importante que sea, puede permitirse el lujo de ignorar del todo.