EL PRECIO DE UNA REINA CAPÍTULO 33
81%

CAPÍTULO 33

Ceana regresa de una patrulla conjunta con Tormod, el otro hermano de Cathal, con el rostro enrojecido de una furia que no consigue disimular ni siquiera ante mí, y el brazo vendado con una improvisación que reconozco de inmediato como obra de manos poco expertas en labores de curación.

—¿Qué ha pasado? —pregunto, alarmada, examinando el vendaje con la misma preocupación que emplearía para cualquiera de mis hermanas.

—Nada que necesite tu ayuda —responde, apartando el brazo con una brusquedad que no le es propia dirigida hacia mí—. Solo un rasguño.

No la creo, y su expresión, cargada de una mezcla de vergüenza y rabia que reconozco de sobra en mí misma, me confirma que hay mucho más detrás de ese rasguño de lo que ella está dispuesta a admitir.

La sigo hasta nuestras estancias, donde finalmente, tras insistir con la misma terquedad que ella misma emplearía en mi lugar, consigo que me cuente lo ocurrido.

—Tormod dio la orden de retirada cuando avistamos un grupo de hombres armados cerca del límite sur —explica, al fin, con una voz que todavía tiembla de indignación—.

Yo estaba segura de que podíamos flanquearlos, cortarles la retirada antes de que alertaran al resto de su partida. Desobedecí la orden y avancé sola.

—Ceana.

—No necesito el sermón, Muirne. Ya me lo dio él, con creces, cuando tuvo que sacarme de en medio antes de que los hombres armados me rodearan del todo.

El detalle me revuelve el estómago con un miedo retroactivo que no consigo del todo controlar, imaginando a mi hermana rodeada, sola, sin más apoyo que su propia terquedad para sacarla del apuro.

—¿Te salvó?

—Me rescató, furioso, gritándome cosas que no pienso repetir, y luego me curó el brazo con la misma brusquedad con la que me reprendió, como si estuviera más enfadado por el susto que le di que por la herida en sí.

Algo en el modo en que lo cuenta, con una mezcla de indignación y algo más que no consigo nombrar del todo, me recuerda con una claridad incómoda a mis propios sentimientos hacia Cathal en los primeros meses de matrimonio: esa negativa terca a admitir que la preocupación de otra persona pueda significar algo más profundo que simple deber.

—¿Y ahora qué?

—Ahora nada. —Se cruza de brazos, con una determinación que reconozco de sobra—. Cumplí mi función. Detecté a los hombres antes de que nos alcanzaran. El método fue imprudente, lo admito, pero funcionó.

—No pregunto por el método, Ceana. Pregunto por Tormod.

Ella se queda callada un momento, la fachada de indignación resquebrajándose apenas, lo suficiente para que yo vea, debajo, algo mucho más vulnerable de lo que mi hermana suele permitirse mostrar.

—No lo sé, Muirne. Y no quiero pensarlo demasiado, si te soy honesta.

No insisto más, reconociendo en su resistencia el mismo instinto de protección que yo misma he empleado durante meses con Cathal, y me pregunto, mientras la ayudo a rehacer el vendaje con manos más expertas que las de Tormod, cuánto tiempo tardará mi hermana en admitir lo que ya resulta evidente para cualquiera que los observe con la atención suficiente, del mismo modo que a mí me costó meses admitir lo que sentía por el hombre que ahora, según Griogair me contó esta misma tarde, viene de camino a buscarme con una determinación que no le había visto desde la noche de nuestra boda.

Observar a Ceana esta tarde, su furia mezclada con una vulnerabilidad que se niega a nombrar, me ofrece una claridad inesperada sobre mi propia situación con Cathal.

Reconozco en ella el mismo orgullo que yo misma sostuve durante días, la misma negativa a admitir que el miedo del otro, por brusco que resulte en su expresión, nace de un cariño que ninguna reprimenda consigue disimular del todo.

Cuando Beitris nos alcanza más tarde, alertada por el revuelo del regreso de la patrulla, encuentra a las tres reunidas en la torre este con una calidez compartida que no había sentido desde antes de la redada, cada una cargando su propia versión del mismo conflicto: el amor que se resiste a nombrarse por miedo a la vulnerabilidad que exige.

—Si Cathal viene a buscarme —digo, más para mí misma que para mis hermanas, mientras termino el vendaje de Ceana—, no pienso ponérselo fácil.

No porque no quiera perdonarlo. Necesito que entienda, del todo, lo que su silencio me costó, antes de que cualquier perdón signifique algo real entre nosotros.

Ceana asiente, con una comprensión que no necesita palabras adicionales, y Beitris, más joven pero no menos perceptiva, nos observa a las dos con una expresión que sugiere que ha aprendido, en estos meses, mucho más sobre el amor y sus complicaciones de lo que ninguna de nosotras esperaba tener que enseñarle tan pronto.

Esa noche, cuando finalmente cada una se retira a su propio lecho, me quedo despierta más tiempo del que pretendía, repasando la conversación con Ceana, la vulnerabilidad que ella misma no consiguió del todo disimular tras la fachada de indignación.

Pienso en Tormod, en la furia con la que la rescató, en la brusquedad con la que curó su herida, y reconozco en ese patrón el mismo lenguaje torpe del cariño que Cathal y yo empleamos durante meses, antes de que ninguno de los dos encontrara el valor de nombrarlo abiertamente.

Me pregunto si Ceana, con su terquedad heredada de nuestro propio padre, tardará tanto como yo en admitir lo evidente, o si aprenderá, observándonos a Cathal y a mí atravesar esta crisis, a acortar el camino que a mí me costó meses recorrer.

Espero, sinceramente, que sea lo segundo, aunque sospecho, conociendo a mi hermana, que el camino que le espera será tan accidentado como el mío propio.

Tormod me busca al día siguiente, con una torpeza que reconozco de inmediato como propia de un hombre poco acostumbrado a pedir consejo sobre asuntos del corazón, y me encuentra en la despensa revisando cuentas junto a Uilleam, esperando pacientemente a que termine antes de acercarse.

—Lady Kinloch. ¿Tenéis un momento?

—Por supuesto, Tormod. ¿Qué necesitáis?

—Es sobre Ceana. —Se aclara la garganta, visiblemente incómodo con el tema que ha decidido abordar—. Ayer me excedí. Sé que me excedí. Pero verla en peligro, tan cerca de esos hombres armados, me hizo perder cualquier compostura que suelo emplear en el campo.

—Ceana también se excedió, desobedeciendo vuestra orden directa.

—Lo sé. Y aun así, no puedo dejar de pensar en lo que podría haber ocurrido si yo no hubiera llegado a tiempo.

Observo a Tormod con una atención renovada, reconociendo en su torpeza el mismo patrón que ya había notado en mi hermana: el miedo genuino disfrazado de furia, la preocupación que ninguno de los dos consigue nombrar con la claridad que merece.

—¿Qué queréis de mí, Tormod?

—No lo sé, exactamente. Quizá solo quería que alguien más lo supiera. Que me importa, más de lo que debería para alguien que se supone debe mantener la disciplina militar por encima de cualquier otra consideración.

—Se lo diré a Ceana, si queréis.

—No. —Su respuesta es inmediata, casi alarmada—. No todavía. Prefiero encontrar yo mismo el momento adecuado, cuando esté listo para decírselo sin que suene a la misma entereza militar que empleo para todo lo demás.

Sonrío, reconociendo en su vacilación el mismo camino tortuoso que Cathal y yo mismos recorrimos antes de admitir lo evidente, y le prometo, con una sinceridad genuina, guardar su confesión hasta que él mismo decida el momento de compartirla con quien de verdad importa escucharla.

Tormod se retira con un alivio visible tras haber compartido su secreto, aunque su paso sigue siendo el de un hombre que no ha resuelto del todo la incertidumbre que lo trajo hasta mi puerta esta mañana, y me quedo, tras su partida, pensando en la extraña simetría que parece gobernar esta casa: hermanos y hermanas, cada uno a su manera, aprendiendo la misma lección difícil sobre el valor de nombrar lo que se siente antes de que el silencio termine costando más de lo que cualquier orgullo puede justificar.

Regreso a mis propias tareas con una sonrisa que no consigo del todo disimular, agradecida de tener, en medio de la tensión que sigue pendiente entre Cathal y yo, este pequeño consuelo compartido: la certeza de que el amor, torpe y tardío como suele mostrarse en esta familia, siempre encuentra, tarde o temprano, el camino hacia quienes están dispuestos a esperarlo con paciencia suficiente.

Esa tarde, mientras reviso con Uilleam las últimas cuentas antes de la cena, me sorprendo pensando, no por primera vez esta semana, en la conversación que Griogair mencionó de pasada: Cathal viene de camino a buscarme, con una determinación que, según sus propias palabras, no había mostrado desde la noche de nuestra boda.

Me pregunto qué encontraré cuando finalmente crucemos esa puerta, y decido, con la misma firmeza con la que aseguré el paso de las Tres Piedras, que estaré preparada para escucharlo, aunque no dispuesta, todavía, a ceder sin que él demuestre haber comprendido del todo lo que su silencio me costó.