EL PRECIO DE UNA REINA CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

Me entero de lo que Muirne ha hecho por boca de Griogair, que irrumpe en mi despacho a media tarde con una expresión que mezcla incredulidad y un respeto que no consigo del todo procesar en el primer instante.

—Mi laird. Lady Kinloch ha asegurado el paso de las Tres Piedras.

Salió esta mañana con ocho tenentes Dalcross, sin esperar la movilización formal del consejo.

Los hombres que acabo de enviar como refuerzo informan que la posición defensiva es, en sus propias palabras, mejor de lo que cualquiera de nosotros habría conseguido organizar con el doble de tiempo.

Las palabras me golpean con una fuerza que me deja momentáneamente sin habla, procesando cada implicación con una lentitud poco propia de mí.

Muirne, sin pedirme permiso, sin esperar mi aprobación, sin siquiera informarme de sus intenciones, ha tomado una decisión que probablemente ha salvado el paso más vulnerable de toda nuestra frontera, mientras yo, atrapado en un orgullo herido que ahora me resulta insoportablemente pequeño comparado con lo que ella acaba de arriesgar, seguía calculando movilizaciones que habrían llegado, con toda probabilidad, demasiado tarde.

Me quedo mirando el mapa desplegado sobre mi mesa, el mismo que revisé anoche calculando tiempos de movilización que ahora resultan completamente irrelevantes, y siento una vergüenza que se instala despacio, capa sobre capa, mientras cada detalle que Griogair acaba de compartir termina de asentarse en mi comprensión: ocho tenentes, ningún permiso solicitado, una posición defensiva mejor de la que el consejo entero habría conseguido organizar con recursos formales y días de planificación.

—¿Está bien? —pregunto, la voz más ronca de lo que pretendía, la preocupación por su seguridad superando, de golpe, cualquier otra consideración.

—Perfectamente, mi laird. Ya está de vuelta en el castillo, aunque agotada por la cabalgata.

Despido a Griogair con un gesto que apenas consigo articular, y me quedo solo en el despacho, la magnitud de lo ocurrido instalándose sobre mí con un peso que ninguna disciplina de gobierno me ha preparado para sostener.

Ella no lo hizo por mí. La comprensión llega con una claridad dolorosa: no lo hizo para reconciliarse, ni para demostrarme nada, ni para ganarse un perdón que yo mismo he sido demasiado orgulloso para ofrecerle.

Lo hizo porque esa tierra, esa gente, le importa tanto como me importa a mí, sin necesidad de mi aprobación ni de mi permiso.

Fingal me encuentra así, todavía procesando la noticia, y algo en mi expresión debe delatarme, porque entra sin llamar, con la misma preocupación genuina de los últimos días.

—Ya te has enterado.

—Sí.

—¿Y bien? —Se sienta frente a mí, sin la cortesía formal que emplearía ante cualquier otro asunto de gobierno—.

Porque desde donde yo lo veo, tu esposa acaba de hacer, sola y sin ayuda de nadie, lo que tú llevas días sin conseguir organizar del todo, mientras tú te dedicabas a sostener un orgullo que ya deberías haber tragado hace tiempo.

—No necesito que me lo digas, Fingal.

—Creo que sí lo necesitas, porque llevas días comportándote como si el problema fuera lo que ella hizo, cuando el verdadero problema es lo que tú no hiciste: perdonarla, o al menos escucharla del todo, antes de que la distancia entre vosotros os costara algo mucho más grave que un secreto guardado por miedo.

Sus palabras me golpean con una honestidad que rara vez me permito escuchar de nadie, ni siquiera de mi propio padre, y me quedo en silencio un momento largo, sopesando cada acusación con el mismo rigor que aplicaría a cualquier crítica formal ante el consejo, aunque esta, viniendo de mi hermano pequeño, pesa de un modo mucho más personal.

Reconozco, con una claridad que no consigo del todo disciplinar, que Fingal tiene razón en cada palabra, y que la resistencia que siento a admitirlo en voz alta no es más que otra forma del mismo orgullo que llevo días sosteniendo como escudo.

—Ella escribió esa carta para proteger a su propia gente —admito, al fin, la vergüenza instalándose con una claridad que no consigo disciplinar del todo—.

Del mismo modo que hoy ha protegido la nuestra, sin pedir nada a cambio.

Y yo la castigué con silencio por intentar hacer, entonces, exactamente lo que hoy le agradecería si se tratara de cualquier otro tenente.

—Exacto.

—El error fue mío.

—Exacto, otra vez. —Fingal se levanta, sin suavizar en absoluto la dureza de su diagnóstico, aunque algo en su expresión se ablanda al ver que finalmente he empezado a entenderlo—.

Ve a buscarla, Cathal. Antes de que el orgullo termine costándote algo que no vas a poder recuperar con ninguna disculpa, por sincera que sea.

Mi hermano se retira, dejándome solo con la vergüenza genuina que empieza a desmontar, pieza a pieza, la lógica de control que he sostenido toda mi vida: la certeza de que ceder es debilidad, de que admitir un error propio equivale a perder autoridad ante quienes me observan.

Muirne, hoy, ha demostrado exactamente lo contrario: que la verdadera fuerza no está en sostener el orgullo hasta el final, sino en actuar por lo que importa, sin necesidad de que nadie más lo apruebe.

Me levanto, al fin, con una determinación que no había sentido desde la noche en que decidí proponerle matrimonio, y salgo del despacho decidido a encontrarla, a decirle, sin más rodeos ni disciplina calculada, todo lo que debí haberle dicho la misma noche en que descubrí la carta, en vez de dejar que el silencio y el orgullo hicieran el trabajo que solo la honestidad podría haber resuelto.

Cruzo el pasillo hacia la torre este con un paso más rápido del que emplearía normalmente, repasando mentalmente las palabras que quiero ofrecerle, aunque sospecho, con una certeza que ya no me sorprende del todo, que ninguna firmeza de discurso preparado va a bastar cuando finalmente esté frente a ella.

Necesito, por primera vez desde que la conozco, hablar sin la coraza que empleo para todo lo demás en mi vida, sin calcular cada palabra como si negociara un tratado de frontera, con la misma honestidad cruda que ella me ofreció la noche de la confrontación, cuando confesó cada detalle de su miedo sin reservarse nada.

Encuentro a Isla en el pasillo, llevando una bandeja hacia las estancias de Muirne, y su expresión, al verme acercarme con esta prisa poco habitual, se ilumina con una esperanza que no intenta disimular del todo.

—Está en su alcoba, mi laird. Acaba de regresar del paso, agotada pero bien.

—Gracias, Isla.

Sigo mi camino con el corazón latiéndome a un ritmo que no había sentido desde la noche de nuestra boda, consciente de que estoy a punto de tener la conversación que va a definir el resto de nuestro matrimonio, para bien o para mal, y que esta vez, a diferencia de la última, pienso escuchar antes de juzgar, y ofrecer antes de exigir.

Me detengo un instante frente a la puerta de la torre este, respirando hondo, repasando una última vez las palabras que llevo ensayando desde que salí del despacho.

No busco justificar mi silencio de estos días, ni el orgullo que me impidió buscarla antes.

Busco, simplemente, decirle la verdad completa: que la sigo queriendo con la misma intensidad de siempre, que su silencio sobre la carta me dolió, sí, pero que ese dolor nunca debió pesar más que la comprensión que le debía como esposo, como el hombre que le prometió, la noche de bodas, sostener cualquier cosa que ella decidiera compartir conmigo, a su propio ritmo, sin exigirle nada que no estuviera lista para ofrecer.

Llamo a la puerta con una mano que tiembla apenas, consciente de que el resultado de esta conversación va a definir el resto de nuestro matrimonio, y también la clase de hombre que quiero ser a partir de ahora: uno capaz de admitir un error propio sin que eso le reste ni un ápice de la autoridad que su gente necesita ver en él.

Espero un instante que se estira más de lo que la impaciencia me permite sostener con comodidad, escuchando movimiento al otro lado de la puerta, pasos que se acercan con una lentitud que no sé si atribuir al cansancio de su jornada o a la misma vacilación que yo mismo siento respecto a lo que esta conversación puede deparar.

Repaso, una última vez, las palabras que llevo preparando desde que salí del despacho, aunque sospecho, incluso mientras la puerta empieza a abrirse, que ninguna preparación va a bastar frente a la honestidad cruda que esta noche exige de los dos.

El pomo gira, despacio, y contengo la respiración durante ese último instante de incertidumbre, consciente de que, sea cual sea la expresión que encuentre en su rostro cuando la puerta termine de abrirse, ya no pienso dejar que el orgullo dicte lo que ocurra a continuación entre nosotros, cueste lo que cueste admitirlo abiertamente, delante de ella, sin ninguna disciplina que me proteja esta vez de lo que sea que venga.