CAPÍTULO 31
La noticia del movimiento conjunto de Kessney y Farlan llega hasta mis propios oídos antes del amanecer, a través de Isla, que lo escucha de un criado que a su vez lo escuchó de uno de los guardias apostados fuera de la sala del consejo.
No lo oigo de boca de Cathal, que sigue sin buscarme desde la noche de la confrontación.
—Dicen que el paso de las Tres Piedras corre peligro real esta vez, mi lady —me cuenta, con la voz baja de quien no está segura de si debería estar compartiendo esta información—. El consejo estuvo reunido hasta bien pasada la medianoche.
Escucho la noticia con una claridad fría que no esperaba sentir, considerando el dolor que llevo cargando desde la confrontación.
No pienso en Cathal, ni en el orgullo que ambos sostenemos como un muro entre nosotros.
Pienso en el paso de las Tres Piedras, en la disposición exacta del terreno que conozco desde niña, porque las tierras Dalcross lindaban precisamente con esa frontera antes de que la redada lo cambiara todo.
Pienso en los tenentes que sirvieron a mi padre, hombres que conocen cada roca, cada sendero, cada punto vulnerable de ese paso mejor que cualquier tenente Kinloch podría llegar a conocerlo jamás.
No hago esto por Cathal. La certeza se instala en mí con una fuerza que no admite duda: hago esto porque esas tierras, esa gente, ese paso fronterizo, también son mi responsabilidad, mi legado, mi propia gente tanto como lo son de mi esposo, sin importar cuánto orgullo herido sostenga él en este momento, sin importar si me perdona algún día por la carta o si esta distancia se convierte en algo permanente entre nosotros.
Convoco a Uilleam antes de que el resto del castillo termine de despertar, y le pido que reúna, con la máxima discreción posible, a los tenentes Dalcross que sirvieron a mi padre y que ahora, tras la redada, sirven bajo el mando Kinloch sin haber encontrado todavía un lugar propio en esta nueva jerarquía.
—¿Estáis segura de esto, mi lady? —pregunta Uilleam, con la cautela de quien reconoce que está a punto de participar en una decisión que ningún consejo formal ha aprobado—. El laird no ha dado ninguna orden en este sentido.
—El laird está ocupado calculando movilizaciones que llevarán días en materializarse. El paso de las Tres Piedras no tiene días. Necesita refuerzos ahora, de hombres que conozcan el terreno sin necesidad de que nadie se los explique.
Uilleam asiente, tras un momento de duda, y antes de que el sol termine de subir sobre el valle, reúno a los ocho tenentes Dalcross disponibles, hombres que sirvieron lealmente a mi padre y que ahora, tras meses de servicio incierto bajo un clan que los conquistó, me observan con una mezcla de sorpresa y cautela cuando les explico mi plan.
—Conozco ese paso mejor que cualquier mapa que el consejo Kinloch pueda consultar —les digo, con la misma firmeza que empleé el primer día ante Artair, cuando exigí condiciones para mis hermanas—.
Sé dónde el terreno favorece una emboscada, dónde el paso se estrecha lo suficiente como para que veinte hombres bien posicionados contengan el doble de atacantes.
Necesito que me sigáis, no como rehenes de un pacto, sino como hombres que todavía sirven a la memoria de Struan Dalcross, protegiendo ahora las mismas tierras que él, a su manera, intentó proteger también.
El silencio que sigue se estira, cargado de una historia compleja que ninguno de nosotros necesita nombrar en voz alta: la redada, la muerte de mi padre, los meses de servicio bajo un clan que antes fue enemigo.
Pero finalmente, uno de los tenentes más veteranos, un hombre llamado Domhnall que sirvió a mi padre desde antes de que yo naciera, da un paso adelante.
—Os seguimos, lady Kinloch. No por el laird. Por vos, y por la memoria de vuestro padre, que, a pesar de todo, merece que su gente siga protegiendo lo que él no supo proteger del todo.
Salimos antes de que el consejo formal termine de organizar la movilización oficial, ocho tenentes Dalcross y yo misma, cabalgando hacia el paso de las Tres Piedras con una autoridad que nadie me ha concedido formalmente, pero que llevo, desde hace meses, ganándome palmo a palmo con cada disputa resuelta, cada decisión de gobierno sostenida con la misma frialdad que emplea mi propio esposo.
Llegamos al paso antes del mediodía, y reconozco de inmediato, con la misma claridad con la que reconocería mi propia casa, los puntos exactos donde el terreno favorece una defensa sólida: el estrechamiento natural donde apenas cabe un puñado de hombres de frente, las alturas rocosas donde un arquero bien posicionado puede cubrir todo el sendero de acceso, el recodo donde el río obliga a cualquier fuerza atacante a dividirse antes de converger de nuevo.
Dirijo a los tenentes en la disposición defensiva con una confianza que no necesita fingirse, cada orden basada en un conocimiento del terreno que ningún libro de estrategia podría enseñar, solo la memoria de una infancia entera jugando entre estas mismas rocas, explorando estos mismos senderos con Ceana y Beitris antes de que el mundo entero cambiara para siempre.
Para cuando el sol empieza a declinar, el paso de las Tres Piedras está asegurado con una posición defensiva que ningún ataque conjunto de Kessney y Farlan podrá romper fácilmente, y me quedo, exhausta pero satisfecha, observando el trabajo completado con una certeza tranquila que no dependía, en ningún momento, de la aprobación de nadie más que de mí misma.
Domhnall se acerca cuando los últimos preparativos quedan asegurados, con una expresión que reconozco de las tardes en que mi padre terminaba una jornada de trabajo satisfactoria en nuestras propias tierras, hace ya toda una vida.
—Vuestro padre estaría orgulloso, lady Kinloch —comenta, con una sencillez que me conmueve más de lo que esperaba—. No por la posición defensiva, aunque también por eso. Por cómo la habéis conseguido: sin pedir permiso a nadie, sin esperar que otros decidieran por vos lo que había que hacer.
—Gracias, Domhnall.
—Regresad al castillo antes de que caiga la noche —añade, con la misma preocupación paternal que empleaban los tenentes de mi padre cuando yo todavía era una niña correteando entre estas mismas rocas—. Nosotros nos quedamos vigilando el paso. Vos ya habéis hecho vuestra parte, y bien hecha.
Cabalgo de vuelta hacia el castillo con el cuerpo agotado por la jornada entera a caballo, pero con una claridad mental que no había sentido desde antes de la confrontación con Cathal, la certeza tranquila de que, pase lo que pase con mi matrimonio y con el perdón que Cathal decida o no ofrecerme, he actuado hoy con la misma integridad que sostuve el día que exigí condiciones para mis hermanas ante un consejo entero de desconocidos hostiles.
Nadie puede arrebatarme eso, ni siquiera el hombre cuyo silencio todavía pesa más de lo que estoy dispuesta a admitir en voz alta.
Cruzo el puente de Kinloch cuando el sol ya se ha ocultado casi del todo tras las colinas, los últimos vestigios de luz tiñendo el cielo de un naranja profundo que recuerdo, con un peso repentino en el pecho, del mismo tono que teñía el cielo sobre mi propia casa en las tardes tranquilas antes de la redada.
El patio de armas está más movido de lo habitual a estas horas, con guardias que me observan pasar con una mezcla de respeto y curiosidad que no tenía antes de esta mañana, y me pregunto, mientras desmonto con las piernas doloridas tras horas de cabalgata, cuánto habrá cambiado ya, entre los muros de este castillo, la percepción que tienen de mí desde que salí sin permiso a asegurar una frontera que ningún consejo formal me había encomendado defender.
Ceana me espera en el patio, la expresión tensa de quien lleva horas conteniendo la preocupación tras una fachada de calma que no le sale del todo natural.
—¿Estás bien? —pregunta, examinándome de arriba abajo con la misma minuciosidad que empleaba de niñas cuando yo volvía de alguna travesura que ella misma me había animado a cometer—. Todo el castillo habla de lo que has hecho.
—Estoy bien, Ceana. Solo cansada.
—¿Y Cathal? ¿Sabe ya lo que has hecho?
—Imagino que a estas alturas sí. No he tenido ocasión de contárselo yo misma.
Ceana me observa con una expresión que mezcla orgullo y preocupación a partes iguales, y aunque no añade nada más sobre el tema, su silencio pesa con la misma intensidad de siempre, un recordatorio de que, sea cual sea el resultado de esta acción, no estoy tan sola en esta casa como el orgullo herido de las últimas semanas insistía en convencerme.
Subo hacia mis propias estancias con el cuerpo entero pidiendo descanso, aunque la mente sigue demasiado despierta como para permitirme el sueño de inmediato, repasando cada decisión tomada durante el día, cada palabra intercambiada con Domhnall y el resto de los tenentes que sirvieron a mi padre, preguntándome si algún día conseguirán encontrar, en esta casa nueva, el mismo lugar de pertenencia que perdieron la noche de la redada.