EL PRECIO DE UNA REINA CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

Los días que siguen a la confrontación se instalan en una distancia que reconozco, con una punzada amarga, como el reflejo exacto de los primeros días de nuestro matrimonio, cuando todavía nos tratábamos con la cortesía formal de dos desconocidos obligados a compartir techo.

Duermo en el lecho pequeño de nuevo, algo que no hacía desde antes de que la regla de la alcoba se disolviera del todo, y cada mañana desayunamos en un silencio que ninguno de los dos rompe primero, cada uno atrincherado tras una disciplina que ya no consigue ocultar del todo el dolor que la sostiene.

En público, mantenemos las apariencias con la misma precisión que aplicaríamos a cualquier tratado de frontera: nos sentamos juntos en el consejo, ella sigue resolviendo las disputas menores que los tenentes le traen, yo sigo consultándole cuando el asunto lo requiere, y ningún miembro del castillo, salvo quizá los más observadores, notaría que algo se ha roto entre nosotros.

En privado, sin embargo, la distancia es absoluta.

No hablamos de la carta. No hablamos de nada que no sea estrictamente necesario, y cada noche que paso en mi propio lecho, separado de ella por apenas unos pasos de piedra fría, se siente como una distancia mucho mayor de la que la geografía de la estancia debería permitir.

Sé que la sigo queriendo. Esa certeza no ha vacilado ni un instante desde la noche de la confrontación, por mucho que el orgullo herido insista en que debería sentir algo distinto, algo más cercano al desprecio que a esta añoranza constante que me consume cada vez que la veo cruzar el patio con la misma templanza digna de siempre.

Pero el orgullo, terco como es, me impide dar el primer paso hacia una reconciliación que ambos, sospecho, deseamos con la misma intensidad, ninguno dispuesto a ceder primero, como si ceder significara admitir una derrota que ninguno de los dos puede permitirse.

Lachlan observa la distancia entre nosotros con una satisfacción que no se molesta en disimular del todo, sus comentarios en el consejo cada vez más audaces, su presencia en los pasillos cada vez más frecuente, como si intuyera, con la misma precisión calculadora que empleó para revelar la carta, que el momento de consolidar la grieta que sembró está más cerca que nunca.

—Pareces distraído últimamente, primo —comenta, una tarde, mientras revisamos juntos unos asuntos menores de frontera—. Espero que todo vaya bien en casa.

—Todo va perfectamente bien, Lachlan.

—Me alegra escucharlo. —Su sonrisa, tan cuidadosamente cortés como siempre, no me engaña ni un instante, aunque no tengo pruebas concretas de nada más allá de la carta misma, entregada con la excusa de la lealtad debida—.

Sería una lástima que cualquier fisura debilitara la alianza que tanto os costó construir, sobre todo ahora que Kessney sigue tan atento a cualquier señal de debilidad.

No respondo al comentario, aunque me quedo con la certeza incómoda de que Lachlan sabe exactamente cuánto daño ha causado, y que lejos de arrepentirse, sigue calculando cómo aprovechar la grieta que abrió con tanta precisión.

Fingal me busca esa misma noche, con una preocupación que ya no intenta disimular del todo.

—Llevas días evitando a Muirne en los pasillos —comenta, sin rodeos, mientras revisamos juntos unos pergaminos que ninguno de los dos consigue concentrarse en leer del todo—. Y ella tiene el mismo aspecto que tenías tú, la semana antes de proponerle matrimonio. ¿Qué ha pasado?

—No es asunto tuyo, Fingal.

—Ya me lo dijiste la otra noche. Y sigo pensando que sí lo es, porque me importa esta familia, incluida la que has construido con ella.

No respondo de inmediato, calculando cuánto revelar a mi hermano de un asunto que todavía no consigo procesar del todo yo mismo, y él, con una paciencia que no esperaba de alguien tan impulsivo como suele mostrarse, no insiste más, dejándome con el silencio que prefiero sostener por ahora, aunque su preocupación, genuina y desinteresada, se me queda prendida más de lo que quisiera admitir.

Es esa misma noche, cuando ya me preparo para otra noche más de distancia forzada, cuando un mensajero interrumpe con una urgencia que reconozco de inmediato como distinta a cualquier alarma rutinaria.

—Mi laird. Noticias de la frontera norte. Kessney y Farlan han unido fuerzas. No es una escaramuza esta vez. Es un movimiento conjunto, con intención de romper el paso de las Tres Piedras antes de que termine el invierno.

El nombre de Farlan, unido al de Kessney, me golpea con una frialdad que no experimentaba desde la noche del banquete, meses atrás.

Ya no se trata de una provocación menor que pueda resolverse con cincuenta hombres y una demostración de fuerza.

Esto es una amenaza real, calculada para explotar exactamente el momento en que nuestra alianza interna parece más frágil, y me pregunto, con una punzada helada, si Lachlan, de algún modo que todavía no consigo probar, ha tenido algo que ver con el momento exacto en que esta amenaza decide materializarse.

Convoco al consejo de inmediato, aunque la hora ya avanzada de la noche obliga a que varios tenentes acudan todavía medio dormidos, ajustándose las capas sobre los hombros mientras se reúnen en torno a la mesa donde despliego el mapa de la frontera norte con manos que se mueven con la disciplina automática de años de práctica, aunque la mente me siga dividida entre la amenaza inminente y la distancia que sostengo con Muirne desde hace días.

—El paso de las Tres Piedras es el punto más vulnerable —expone Griogair, señalando el mapa con un dedo nudoso—. Si Kessney y Farlan atacan juntos, con la fuerza combinada de ambos clanes, cincuenta hombres no bastarán para sostenerlo.

—Necesitaremos refuerzos de los tenentes del sur —añade otro de los presentes—. Pero movilizarlos llevará días que quizá no tengamos.

Escucho las opiniones de cada tenente con la atención que la situación exige, aunque una parte de mí, incapaz de disciplinar del todo, sigue pensando en Muirne, en si ella ya se ha enterado de la noticia, en si esta amenaza externa bastará para acercarnos de nuevo, o si simplemente añadirá una capa más de tensión a una distancia que ya pesa más de lo que puedo sostener con comodidad.

El consejo se prolonga hasta bien pasada la medianoche, discutiendo estrategias, calculando tiempos de movilización, cada decisión pesando con el peso añadido de saber que un error, en este momento, podría costar mucho más que una simple escaramuza fronteriza.

Cuando finalmente los tenentes se retiran, cada uno con órdenes claras para la mañana siguiente, me quedo solo en la sala del consejo, el mapa todavía desplegado ante mí, repasando cada línea de la frontera con una fatiga que no tiene nada que ver con la hora avanzada.

Pienso en Muirne, en su conocimiento profundo de las tierras Dalcross, en la experiencia que ella misma trajo consigo desde su propia casa fronteriza, y me pregunto, no por primera vez esta semana, si el orgullo que me impide buscarla no está también privándome de la única aliada que podría ofrecer una perspectiva que ningún tenente Kinloch, por experimentado que sea, consigue igualar del todo.

No la busco esa noche. El orgullo, terco como siempre, me convence de que hay tiempo de sobra para resolver ambas cosas, la amenaza externa y la distancia interna, sin necesidad de precipitar ninguna de las dos.

Me tiendo en mi propio lecho, la mente todavía ocupada en mapas de frontera y cálculos de movilización, sin sospechar todavía cuánto va a costarme esa decisión de esperar, ni cuán equivocado estoy sobre el tiempo que realmente tenemos.

Escucho, desde mi propio lado de la alcoba, el sonido apagado de sus movimientos al otro extremo de la estancia, señal de que Muirne sigue despierta pese a la hora avanzada, quizá tan incapaz como yo de encontrar el sueño en medio de esta distancia que ninguno de los dos consigue romper primero.

Me pregunto si ella también ha escuchado el revuelo del consejo convocado a medianoche, si ya conoce la amenaza que se cierne sobre la frontera, y si, a pesar de todo lo que nos separa esta semana, sigue preocupándose por la seguridad de este clan con la misma intensidad genuina que ha demostrado desde el primer día.

El orgullo que me impide cruzar el pasillo y contarle personalmente lo ocurrido esta noche me resulta, en la quietud de la oscuridad, cada vez más difícil de justificar, aunque no encuentro todavía la voluntad de vencerlo del todo.

Cierro los ojos, finalmente, con la certeza incómoda de que estoy dejando pasar una oportunidad que quizá no vuelva a presentarse con tanta claridad, y me duermo, al fin, sin saber que la propia Muirne, sin esperar mi permiso ni mi perdón, está a punto de tomar una decisión que va a cambiarlo todo entre nosotros, mucho antes de que yo mismo despierte mañana, sin sospechar siquiera lo cerca que ya está de actuar por su propia cuenta, sin esperar más a que él dé el primer paso.