CAPÍTULO 29
Cathal entra en la alcoba esa noche con una expresión que no le había visto nunca dirigida hacia mí, una frialdad calculada que reconozco, con un escalofrío inmediato, como la misma contención que emplea ante enemigos declarados, no ante la mujer con la que comparte lecho desde hace meses.
Lleva algo entre las manos, doblado con cuidado, y el modo en que lo sostiene, como si le costara físicamente no arrugarlo de rabia, me dice, antes de que pronuncie una sola palabra, que la noche que teníamos planeada acaba de desviarse hacia un territorio que ninguna de mis preparaciones anteriores consigue anticipar del todo.
—Necesito que me expliques algo —dice, cerrando la puerta con una firmeza que no admite duda de que esta conversación va a ser distinta a cualquier otra.
—¿Qué ocurre?
En respuesta, deja sobre la mesa un pergamino que reconozco de inmediato, con un vértigo que me revuelve el estómago entero.
La carta. Mi letra, mis propias palabras, la advertencia que escribí a mi padre semanas antes de la redada.
El papel, gastado por el manejo de meses, parece ahora más pesado de lo que cualquier hoja debería pesar, cargado con todo el silencio que he sostenido desde que crucé el puente de este castillo por primera vez.
—¿Dónde la conseguiste?
—Eso no importa ahora. —Su voz suena controlada, aunque percibo, bajo esa superficie, algo que se parece peligrosamente al dolor—.
Lo que importa es que tú sabías. Semanas antes de la redada, sabías que tu padre estaba a punto de provocar una guerra.
Y nunca me lo dijiste. Ni siquiera después de casarnos. Ni siquiera en todos estos meses.
No hay defensa que pueda ofrecer para el silencio en sí. Lo sé incluso mientras busco, desesperadamente, alguna forma de explicarme que no suene a excusa vacía, mientras el corazón me late con una fuerza que amenaza con ahogar cualquier palabra antes de que consiga pronunciarla.
—Tienes razón en que lo sabía —admito, con una honestidad que me cuesta cada palabra—. Escribí esa carta porque vi con qué facilidad mi padre movía los mojones de frontera hacia tierras que el Pacto reservaba a los Kinloch. Intenté advertirle. La guardó sin hacerme caso.
—Eso explica la carta. No explica por qué nunca me lo contaste.
—Tenía miedo.
—¿Miedo de qué, Muirne? —Su voz se eleva, apenas, la disciplina resquebrajándose por primera vez desde que entró en la estancia—. ¿De que te culpara por algo que tú intentaste evitar? ¿De que pensara que eras cómplice del mismo error que costó la vida a tu padre?
—Miedo de exactamente eso. —Las lágrimas empiezan a escocerme los ojos, aunque me obligo a sostenerle la mirada, consciente de que apartarla ahora solo confirmaría cualquier sospecha de cobardía que él pudiera estar formándose—.
Miedo de que supieras que yo vi venir el desastre, que lo advertí, y que aun así no logré evitarlo.
Miedo de que me miraras y vieras, no a la mujer que sostuvo a sus hermanas después de la redada: a la que falló en detener la guerra que las dejó huérfanas de casa.
—Nunca te habría culpado por eso.
—No lo sabía con certeza. Y cuanto más tiempo pasaba sin contártelo, más difícil se volvía encontrar el momento, hasta que el silencio mismo se convirtió en algo que no sabía cómo romper sin que pareciera una traición mayor que la omisión original.
Cathal guarda silencio un momento largo, la mandíbula tensa, los ojos cargados de algo que no consigo interpretar del todo: dolor, sin duda, pero también una traición que pesa más profundo que cualquier argumento político.
Camina hasta la ventana, dándome la espalda un instante, como si necesitara ese respiro visual antes de continuar, y cuando vuelve a hablar, su voz suena distinta, más agotada que furiosa.
Observo su espalda rígida contra la luz tenue de la vela, cada línea de su cuerpo tensa de un modo que reconozco de las noches más difíciles del consejo, cuando el peso de una decisión imposible amenaza con quebrar incluso su mesura más férrea.
Quiero acercarme, tocarlo, deshacer con el contacto físico lo que las palabras ya no pueden reparar, pero algo en la rigidez de sus hombros me detiene, una barrera invisible que respeto aunque me duela sostener la distancia.
—El problema no es lo que hiciste, Muirne.
—Su voz suena más baja ahora, más cansada—.
Es que en todos estos meses, en todas nuestras noches compartidas, en cada confesión que te ofrecí sobre mis propios errores, sobre el invierno de mis diecinueve años, sobre cada vulnerabilidad que creí que estábamos construyendo juntos, tú guardaste esto.
No sé si conozco de verdad a la mujer con la que me casé, o si esto es solo la primera grieta de muchas que descubriré con el tiempo.
—Cathal, por favor...
—Necesito tiempo —me interrumpe, con una firmeza que no admite discusión—. No para dejar de quererte. Eso no va a cambiar por esto. Pero necesito tiempo para entender cómo reconciliar a la mujer que conozco con la que guardó este secreto durante meses.
No responde a mi pregunta silenciosa de si me perdona.
Se limita a recoger la carta, doblarla de nuevo con manos que tiemblan apenas, y salir de la estancia sin mirar atrás, dejándome sola con un dolor que no consigo nombrar del todo, mezcla de culpa por el silencio y de una injusticia amarga por haber sido descubierta de este modo, por Lachlan, antes de haber encontrado yo misma el valor de confesarlo.
Me quedo de pie en medio de la alcoba durante un tiempo que no consigo medir, escuchando sus pasos alejarse por el pasillo, cada vez más distantes, hasta que el silencio del castillo entero parece confabularse con mi propio silencio interior, dejándome sin nada a lo que aferrarme salvo el eco de sus últimas palabras: necesito tiempo.
No un rechazo definitivo, pero tampoco una promesa que pueda sostenerme durante las horas que se avecinan.
Pienso en Lachlan, en la satisfacción calculada que sin duda estará saboreando esta misma noche, sabiendo que su carta ha logrado exactamente el efecto que perseguía desde el principio: sembrar una grieta entre Cathal y yo lo bastante profunda como para debilitar la alianza que tanto trabajo nos costó construir.
No sé si algún día conseguiré demostrar que sus intenciones fueron mucho más calculadas de lo que aparentó ante Cathal, pero esta noche, con el dolor todavía fresco, esa batalla parece secundaria frente al dolor mucho más inmediato de haber perdido, quizá para siempre, la confianza del hombre que empezaba a considerar mi verdadero hogar.
Repaso, una y otra vez, cada instante en que pude haberle contado la verdad sin necesidad de que Lachlan la revelara por mí: la noche de la pesadilla, cuando estuve a un paso de confesarlo todo; las semanas de confesiones compartidas en el despacho, cuando cualquier noche habría sido tan buena como otra para romper el silencio; incluso esta misma mañana, en la calidez de la alcoba, cuando ambos hablamos con una honestidad que nunca nos habíamos permitido.
Cada una de esas oportunidades desperdiciadas pesa ahora como una acusación silenciosa, más dura que cualquier palabra que Cathal pronunciara esta noche.
Beitris entra sin llamar, alertada quizá por algún criado que percibió la tensión de la partida abrupta de Cathal, y se sienta a mi lado sin preguntar, dejando que el silencio compartido diga lo que ninguna de las dos consigue nombrar todavía en voz alta.
No le cuento los detalles. Solo dejo que su presencia, cálida y silenciosa, sostenga un poco del peso que de otro modo tendría que cargar completamente sola esta noche, mientras el castillo entero duerme ajeno a la grieta que acaba de abrirse entre su laird y su esposa.
Se queda conmigo hasta que el sueño finalmente empieza a vencerme, aunque no del todo, y cuando se retira a su propia alcoba, me quedo sola con el eco de la conversación repitiéndose sin descanso, cada palabra de Cathal grabada con una precisión dolorosa que ninguna hora de insomnio consigue desdibujar.
Pienso en el invierno de sus diecinueve años, en la confesión que me ofreció aquella noche en el despacho, en la vulnerabilidad que compartió sin exigir nada a cambio salvo mi propia sinceridad, y el peso de haberle fallado exactamente en eso, en la sinceridad que él me ofreció sin reservas, me resulta casi insoportable de sostener.
Esa noche, por primera vez desde que la regla de la alcoba dejó de tener sentido entre nosotros, Cathal no comparte mi lecho.
Vuelve, sin pronunciar palabra, al lecho pequeño que hizo preparar semanas atrás, la misma distancia que sostuvimos aquellos primeros meses de matrimonio reinstalada de golpe entre los dos, aunque esta vez compartamos la misma estancia sin compartir nada más.
Me quedo tendida sola en el lecho que hemos compartido desde nuestra primera unión, el espacio vacío a mi lado pesando más que cualquier ausencia física podría explicar, mientras repaso, una y otra vez, cada oportunidad que tuve de contarle la verdad y dejé pasar, preguntándome si el daño que acabo de presenciar en su rostro podrá repararse alguna vez, o si acabo de perder, por segunda vez en mi vida, todo lo que había conseguido construir.
Cuando el amanecer finalmente empieza a filtrarse por la ventana estrecha, todavía no he dormido más que fragmentos breves, interrumpidos por pesadillas que mezclan el humo de la redada con la expresión helada de Cathal al recoger la carta, y me levanto con los ojos hinchados y una determinación incierta de que, sea cual sea el tiempo que él necesite, voy a esperarlo sin presionar, del mismo modo que él me esperó a mí, meses atrás, sin exigir nada que yo no estuviera lista para ofrecer.