EL PRECIO DE UNA REINA CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

Lachlan me busca en mi propio despacho, dos días después del regreso victorioso de la frontera, con una carta doblada entre las manos que reconozco, de inmediato, con una sensación de vértigo que no experimentaba desde la noche de la redada.

—Cathal. Tienes un momento.

No es una pregunta, aunque la trato como si lo fuera, apartando los pergaminos que reviso para dedicarle toda mi atención, sin sospechar todavía la magnitud de lo que está a punto de entregarme.

—¿Qué necesitas, Lachlan?

—Creo que deberías leer esto. —Deja la carta sobre la mesa, entre nosotros, con una delicadeza calculada que no tiene nada de espontánea—.

La encontré entre los cofres y documentos que confisqué de la alcoba de Struan Dalcross, la misma noche de la redada.

Llevo meses guardándola, sin saber bien qué hacer con ella.

Pero creo que mereces conocer su contenido antes de que la situación se complique más de lo necesario.

Desdoblo el pergamino con una desconfianza instintiva hacia cualquier cosa que Lachlan me ofrezca con tanta cortesía, y reconozco, casi de inmediato, la letra cuidadosa de Muirne, la misma que he visto en decenas de notas y listados desde que empezamos a compartir el despacho.

—¿Qué es esto?

—Léela.

Lo hago, y cada línea me golpea con una fuerza que no esperaba, la advertencia clara, casi profética, sobre los movimientos de Struan Dalcross en los pastos de invierno, la predicción exacta de que esas incursiones acabarían en guerra, fechada semanas antes de la redada que trajo a Muirne a estas tierras.

—Es una advertencia —comento, despacio, buscando alguna interpretación que no sea la que empieza a formarse con una claridad helada en mi cabeza—. Ella intentó detener a su padre.

—Lo intentó, sí. —Lachlan asiente, con una gravedad que no consigo distinguir del todo si es genuina o calculada—.

Pero fíjate en la fecha, Cathal. Semanas antes de la redada.

Ella sabía, con meses de antelación, que su padre iba a provocar una guerra.

Y nunca te lo dijo. Ni siquiera después de casada, ni siquiera en todos estos meses de intimidad compartida.

El peso de esa omisión me golpea con más fuerza que el contenido de la carta misma, porque Lachlan tiene razón en algo que no puedo negar por mucho que lo intente: Muirne sabía.

Sabía desde antes de la redada que su padre estaba a punto de provocar exactamente el desastre que acabó destruyendo su casa, y en todos estos meses de confesiones nocturnas, de vulnerabilidad compartida, de secretos revelados sobre mis propios errores de juventud, nunca encontró el momento de compartir esto conmigo.

—¿Por qué me traes esto ahora? —pregunto, con una desconfianza que no consigo del todo disimular—. ¿Qué ganas tú con esta revelación?

—Nada, Cathal. Solo pienso que un laird merece conocer la verdad completa sobre la mujer con la que comparte su vida y su clan. —Se encoge de hombros, con una ligereza que no engaña del todo mi instinto—. No te indico qué hacer con esta información. Solo que la tengas.

Se retira con la misma cortesía calculada con la que llegó, dejándome solo en el despacho con la carta todavía entre las manos, releyendo cada línea con una atención que no consigue encontrar ninguna interpretación distinta a la evidente: mi esposa vio venir el desastre, y me lo ocultó durante meses.

No dudo de su lealtad al clan. Eso lo sé con la misma certeza con la que sé leer un mapa de frontera; cada gesto suyo desde la boda, cada decisión de gobierno que ha tomado, cada noche compartida revisando pergaminos, habla de una mujer que ha entregado su lealtad a esta casa con más sinceridad de la que muchos Kinloch de sangre pura podrían ofrecer.

Lo que dudo, con una punzada que me revuelve el estómago de un modo que no experimentaba desde hace años, es si alguna vez he conocido de verdad a la mujer con la que me casé, o si esta omisión es solo la primera de muchas que descubriré, poco a poco, mientras nuestra vida juntos se despliega ante nosotros.

Repaso mentalmente cada conversación íntima que hemos compartido, cada confesión nocturna, buscando el momento exacto en que ella pudo haberme contado esto y no lo hizo.

La pesadilla, semanas atrás, cuando la sostuve mientras lloraba por la muerte de su padre.

Aquella noche, ella empezó a decir algo, se detuvo, y yo, respetando su silencio, no insistí.

¿Era esto lo que estaba a punto de confesar?

¿Cuántas otras noches tuvo la oportunidad y decidió, en su lugar, guardar silencio?

La ira que siento no es hacia el contenido de la carta —entiendo, incluso en medio de esta conmoción, que advertir a su padre fue un acto de lealtad hacia su propia casa, no una traición hacia la mía—.

Es hacia el silencio. Hacia meses de confianza construida sobre una omisión que ella eligió, una y otra vez, mantener, incluso cuando yo le ofrecí, con toda la vulnerabilidad que pude reunir, mi propia confianza sin reservas.

Decido, mientras guardo la carta en un cajón cerrado con llave, que no voy a dejar pasar esto sin una explicación.

Esta misma noche, cuando ambos estemos a solas, sin pergaminos ni distracciones entre nosotros, voy a exigir que Muirne me cuente, de una vez por todas, toda la verdad que ha decidido callar.

Paso el resto de la tarde incapaz de concentrarme en ningún asunto de gobierno, repasando mentalmente cada gesto de Muirne desde que llegó a este castillo, buscando señales que debería haber notado antes: un silencio prolongado aquí, una evasión sutil allá, momentos en los que quizá estuvo a punto de contarme algo y decidió, en el último instante, guardárselo.

No encuentro respuestas que me satisfagan del todo, solo una creciente inquietud que no consigo disciplinar con la misma facilidad con la que disciplino cualquier otro aspecto de mi vida.

Griogair me busca a media tarde con asuntos de la frontera que ya no puedo atender con la atención que merecen, y despacho la reunión con una brevedad que él, prudentemente, no cuestiona, aunque percibo su mirada extrañada siguiéndome mientras me retiro hacia mis propios pensamientos, incapaz de fingir la normalidad que el resto del castillo espera de mí.

Cuando finalmente cae la noche, y sé que Muirne estará esperándome en la alcoba, respiro hondo varias veces antes de subir, tratando de encontrar el equilibrio entre la ira que siento por el silencio prolongado y la necesidad de escuchar su explicación con la mente tan clara como pueda conseguir, aunque sospecho, incluso antes de cruzar la puerta, que esta conversación va a doler más de lo que ninguna sobriedad puede prepararme para soportar.

Fingal me encuentra en el pasillo, camino de la alcoba, y algo en mi expresión debe delatarme, porque se detiene con una preocupación genuina que rara vez muestra tan abiertamente.

—¿Va todo bien?

—No es asunto tuyo, Fingal.

—Cathal.

—No esta noche.

Mi hermano no insiste, aunque su mirada sigue cargada de una pregunta que no formula, y sigo mi camino hacia la alcoba con el peso de la carta doblada en el bolsillo interior de mi capa, cada paso más pesado que el anterior, consciente de que estoy a punto de tener la conversación más difícil de todo mi matrimonio.

Me detengo frente a la puerta un instante más de lo necesario, repasando mentalmente cómo empezar una conversación que ninguna disciplina de gobierno me ha preparado jamás para sostener.

No hay tratado de frontera, ni disputa de tenentes, ni amenaza de Kessney que se parezca remotamente a lo que estoy a punto de enfrentar: la posibilidad real de que la mujer que amo me haya ocultado algo que ninguna explicación consiga reparar del todo.

Repaso, una última vez antes de entrar, cada momento de intimidad compartida desde la noche de bodas: la regla de la alcoba, las confesiones nocturnas en el despacho, la mañana entera que pasamos hablando sin máscaras apenas unos días atrás.

Cada uno de esos recuerdos, que hace apenas unas horas me llenaban de una calidez que nunca había conocido, ahora se tiñen de una duda amarga que no consigo del todo sofocar: si ella pudo guardar este secreto durante tanto tiempo, ¿qué más podría estar callando, sin que yo tuviera modo de sospecharlo siquiera?

Empujo la puerta, al fin, decidido a obtener respuestas, aunque no sepa todavía si estoy preparado para escucharlas con la ecuanimidad que un laird debería sostener incluso en sus asuntos más personales.

Encuentro a Muirne junto a la ventana, la vela ya encendida, esperándome con la misma tranquilidad aparente que emplea ante cualquier tarea doméstica, ajena todavía a la tormenta que estoy a punto de desatar entre nosotros.

Su expresión cambia en cuanto me ve el rostro, la sonrisa de bienvenida disolviéndose en una alerta instintiva que reconozco, con una punzada dolorosa, como la misma cautela que empleó el primer día, cuando aún nos temíamos como enemigos declarados de clanes rivales, mucho antes de que ninguno de los dos imaginara siquiera lo que llegarían a compartir juntos, ni todo lo que estarían dispuestos a arriesgar el uno por el otro.