CAPÍTULO 27
Lachlan me busca de nuevo dos días después, esta vez en los jardines interiores, donde sabe que suelo pasear al atardecer cuando las tareas del día me lo permiten.
Algo en su forma de esperarme, apoyado contra el muro con esa misma calma calculada, me recuerda, sin motivo aparente, a la sentencia de destierro que Cathal pronunció contra Ruarach Farlan semanas atrás, y el eco de aquella noche, aunque Lachlan no represente el mismo tipo de amenaza directa, me pone en alerta con la misma intensidad instintiva.
—Lady Kinloch. Qué oportuno encontraros a solas.
—Mi señor Lachlan. ¿Habéis decidido ya compartir esas "cosas" de las que hablabais el otro día?
—He decidido, sí. —Se aparta del muro, acercándose con un paso pausado que no tiene nada de amenazante en apariencia, aunque cada palabra que pronuncia a continuación se me clava con una precisión calculada—.
Poseo una carta, lady Kinloch. Una carta escrita de vuestro puño y letra, dirigida a vuestro padre, semanas antes de la redada que os trajo a estas tierras.
El mundo se detiene, durante un instante, con una claridad que me revuelve el estómago de un modo que no experimentaba desde la noche del humo.
La carta. La advertencia que escribí a mi padre, que él guardó sin hacerme caso, que nunca compartí con nadie, ni siquiera con Cathal en las noches más íntimas de confesiones compartidas.
No sé cómo ha llegado a manos de Lachlan, ni cuánto tiempo lleva en su poder, pero el pánico que me atraviesa, controlado a duras penas bajo una máscara de calma que no sé cuánto podré sostener, me dice todo lo que necesito saber sobre la gravedad de lo que acaba de revelar.
—No sé de qué habláis.
—Creo que sí lo sabéis. —Su sonrisa se ensancha, apenas, ante mi negación poco convincente—.
Una advertencia sobre los movimientos de vuestro padre en los pastos de invierno.
Una predicción, casi profética, de que sus incursiones acabarían en guerra.
Escrita por vos, semanas antes de que la guerra, en efecto, llegara.
No respondo de inmediato, buscando desesperadamente algún argumento que desmienta lo que él acaba de exponer con tanta precisión, y no lo encuentro, porque cada palabra que pronuncia es exactamente lo que yo misma escribí aquella noche, semanas antes de que el humo empezara a subir sobre los tejados de mi casa.
—¿Qué queréis, Lachlan?
—Nada, de momento. —Se encoge de hombros, con una ligereza que no engaña a nadie—.
Solo pensé que os interesaría saber que existe.
Que Cathal, mi primo, el hombre que os ha entregado su confianza de un modo que ningún Kinloch le ha visto entregar a nadie más, debería quizá conocer ciertas cosas antes de confiar tan plenamente.
No os amenazo, lady Kinloch. Solo os informo.
La cortesía con la que envuelve cada palabra resulta más aterradora que cualquier amenaza abierta, porque no deja margen para la confrontación directa, solo la certeza fría de que mi secreto, guardado durante meses con tanto cuidado, ya no depende exclusivamente de mí decidir cuándo y cómo revelarlo.
Me quedo en el jardín mucho después de que Lachlan se retire, repasando cada palabra del intercambio, buscando algún resquicio de esperanza en su discurso cuidadosamente calculado, y no lo encuentro.
No amenaza abiertamente porque no lo necesita; la mera existencia de la carta, en sus manos, es amenaza suficiente, una espada suspendida sobre mi felicidad recién descubierta que puede caer en cualquier momento que él decida conveniente.
—¿Y si le cuento yo misma a Cathal sobre esa carta antes de que vos lo hagáis?
—Entonces habré cumplido mi propósito de todos modos, ¿no os parece? —Su sonrisa se vuelve más afilada, más consciente de la trampa que acaba de tenderme—. Aunque sospecho que no lo haréis. Lleváis meses guardando este secreto. Dudo que unos días más cambien esa costumbre.
Se retira con la misma cortesía exagerada con la que llegó, dejándome sola en el jardín con el corazón desbocado y una certeza helada instalándose en mi pecho: que la felicidad de estas últimas semanas, tan recién descubierta, tan frágil todavía, pende ahora de un hilo que ya no controlo, sostenido por la voluntad de un hombre que ha esperado, con la misma paciencia calculada que emplea para todo, el momento exacto de tensarlo hasta romperlo.
Regreso a mis estancias con paso tan tranquilo como consigo fingir, saludando a las criadas que me cruzo por el pasillo con la misma cortesía de siempre, aunque por dentro cada palabra de Lachlan sigue resonando con una claridad que no consigo acallar.
Me pregunto cuánto tiempo lleva guardando esa carta, cómo llegó a sus manos, si acaso fue un tenente Dalcross desleal quien se la entregó, o si la encontró por pura casualidad entre las pertenencias que llegaron con nosotras desde nuestra casa incendiada, un detalle que ahora, con la distancia del tiempo, ya no consigo reconstruir del todo.
No encuentro respuesta que me tranquilice, y la incertidumbre añade una capa más de peso a un secreto que ya pesaba más de lo que podía sostener sola.
Ceana me busca esa misma noche, con la excusa de revisar juntas unas telas que Isla ha conseguido para el invierno, y aunque no le cuento nada de lo ocurrido en el jardín, percibo, en el modo en que me observa mientras fingimos hablar de bordados, que sospecha que algo más grave que la simple ausencia de Cathal me atormenta estos días, aunque respeta mi silencio sin presionarme a revelar más de lo que estoy dispuesta a compartir, un respeto silencioso que le agradezco más de lo que ella misma podría llegar a imaginar en este momento tan difícil, confuso y profundamente solitario de toda mi vida entera hasta ahora, sin nadie más a quien poder confiar la verdad completa.
Esa noche, tendida sola en la alcoba que ya no comparto con Cathal, repaso una y otra vez la posibilidad de confesarlo todo en cuanto él regrese, de adelantarme a Lachlan con la verdad completa antes de que la distorsión calculada de mi cuñado pueda envenenarla.
Cada vez que me acerco a esa decisión, sin embargo, el miedo me detiene: el miedo a ver esa misma ternura que él me ofreció esta mañana, esa vulnerabilidad compartida sin máscaras, transformarse en algo distinto, algo que ya no pueda recuperar por mucho que lo intente.
No se lo cuento. No esta noche, ni la siguiente, ni ninguna de las que preceden a su regreso, y cada día que pasa en silencio, el peso de la omisión crece un poco más, alimentado por un miedo que empiezo a sospechar puede resultar más destructivo que la verdad misma que tanto me esfuerzo en proteger.
Ceana nota mi inquietud creciente durante esos días, aunque no consigo explicarle del todo su origen sin revelar el secreto que llevo protegiendo desde antes incluso de llegar a estas tierras.
—Llevas días con esa cara —comenta, una tarde, mientras revisamos juntas el inventario de la despensa—. Y no es solo preocupación por Cathal. Te conozco demasiado bien para que me engañes con esa excusa.
—Es complicado, Ceana.
—Todo lo tuyo siempre es complicado —responde, con un tono que mezcla cariño y exasperación a partes iguales—. Pero cuando estés lista para contarlo, aquí estaré, como siempre.
No le cuento nada esa tarde, aunque su ofrecimiento silencioso me reconforta más de lo que esperaba, un recordatorio de que no estoy tan sola con este peso como el miedo insiste en convencerme.
Los días siguen pasando, cada uno cargado de la misma tensión contenida, hasta que finalmente llega un mensajero anunciando el regreso inminente de Cathal y sus hombres, victoriosos, con la amenaza de Kessney contenida por ahora.
Beitris y Ceana me acompañan durante la espera, y en los últimos días antes de su regreso, cuando la tensión del secreto empieza a pesarme de un modo casi físico, encuentro en la compañía de mis hermanas un consuelo que no consigo articular del todo en palabras, aunque ninguna de las dos sepa exactamente qué es lo que callo.
—Cuando Cathal regrese —comenta Beitris, una tarde, mientras las tres cosemos juntas en la torre este—, todo volverá a ser como antes de que se fuera. Ya lo verás.
Sonrío ante su optimismo sencillo, sin corregirla, aunque una parte de mí, la parte que lleva días cargando con el peso de lo que Lachlan sabe, sospecha que las cosas ya no volverán a ser exactamente como antes, sin importar cuánto desee lo contrario.
Cathal regresa ocho días después, victorioso, la amenaza de Kessney contenida sin necesidad de que la escaramuza escalara más allá de un puñado de heridas menores entre ambos bandos.
Lo recibo en el patio de armas con un alivio genuino que no necesita fingirse, y cuando me abraza, delante de todo el castillo, sin la menor reserva formal, siento, por un instante, que quizá el secreto de la carta pueda seguir enterrado para siempre, sin que nadie más que Lachlan y yo lleguemos a conocer su existencia.
No sé, mientras lo abrazo con un alivio que casi me hace olvidar el miedo de los últimos ocho días, que esa esperanza va a durar muy poco más.