CAPÍTULO 26
El consejo aprueba la respuesta de Cathal en apenas media hora, cincuenta hombres hacia el paso de las Tres Piedras, suficiente fuerza para disuadir sin provocar una guerra abierta, y observo desde un rincón de la sala, con un nudo en el estómago que no consigo deshacer, cómo mi esposo pasa de la ternura de esta mañana a la entereza fría de un laird preparando a sus hombres para el combate, sin que ninguna de las dos versiones parezca costarle el menor esfuerzo de transición.
Es la primera vez, desde la boda, que siento un miedo que no tiene nada que ver con mi propio destino.
He temido por mí misma, por mis hermanas, por la garantía de una frontera que en su momento parecía la única amenaza real.
Ahora, viendo a Cathal revisar el armamento con la misma meticulosidad con la que revisa cualquier cuenta de grano, el miedo que me atraviesa es distinto, más profundo, porque lo que está en juego ya no es solo mi seguridad.
Es la suya, y la de toda la gente que depende de que él vuelva.
Lo acompaño hasta el patio de armas mientras los hombres terminan de prepararse, y aunque el bullicio de la partida inminente llena el espacio entre nosotros de urgencia, encuentro un momento a solas con él, junto a su caballo ya ensillado.
—Vuelve —digo, sin más adornos, porque cualquier discurso elaborado se queda corto frente a la simplicidad de lo que realmente necesito decirle.
—Lo haré.
—No es una petición sencilla, Cathal. Es lo único que te pido.
Algo en mi tono, más crudo de lo que pretendía, le hace detenerse antes de montar, y me atrae hacia él con un brazo, apoyando su frente contra la mía en un gesto que no tiene nada de la formalidad que empleábamos hace apenas unas semanas.
—Volveré —repite, más bajo esta vez, solo para mí—. Tengo demasiadas razones ahora para no hacerlo.
No hace falta que nombre esas razones en voz alta, ni yo se lo pido, porque el peso de lo que compartimos anoche, de la mañana entera que pasamos hablando sin máscaras, sostiene la promesa con más fuerza que cualquier palabra podría ofrecer.
Lo beso, breve pero intenso, delante de los hombres que fingen no observarnos con más curiosidad de la que la cortesía permite, y lo dejo montar sin más despedida, porque alargar el momento solo haría más difícil ver cómo se aleja.
Cathal parte con sus cincuenta hombres antes del mediodía, y me quedo en el patio de armas mucho después de que la última figura desaparezca tras la loma, con Beitris y Ceana a mi lado, cada una sosteniendo su propia versión del mismo miedo que yo intento disciplinar sin conseguirlo del todo.
—Volverá —afirma Ceana, con una firmeza que suena más a consuelo dirigido a sí misma que a mí—. Es demasiado terco para no hacerlo.
—Eso espero.
Los días siguientes transcurren con una lentitud que no había experimentado desde los primeros días de cautiverio, cada hora cargada de una espera que no consigo llenar del todo, por mucho que me ocupe de las tareas que Cathal me confió antes de partir: las cuentas del castillo, la supervisión de las provisiones para el invierno, las disputas menores que los tenentes más jóvenes traen ante mí, ahora sin la menor resistencia visible, acostumbrados ya a que la esposa del laird sostenga su ausencia con la misma disciplina que él mismo emplearía.
Asumo el mando doméstico con una responsabilidad que me pesa más de lo que esperaba, consciente de que cada decisión que tomo en su ausencia refleja, ante todo el clan, la confianza que él depositó en mí antes de partir.
Reviso pergaminos hasta tarde, del mismo modo que lo hacíamos juntos, aunque ahora la silla frente a la mía permanece vacía, un recordatorio constante de cuánto he llegado a depender de su presencia en apenas unas semanas.
Es en uno de esos atardeceres, mientras superviso las provisiones junto a Uilleam en la despensa, cuando Lachlan aparece, con una cortesía que no había empleado conmigo desde el primer consejo, meses atrás.
—Lady Kinloch. —Inclina la cabeza con una formalidad exagerada, casi teatral—. Espero no interrumpir.
—En absoluto, mi señor. ¿Qué necesitáis?
—Nada en particular. Solo quería comprobar cómo lleváis la ausencia de mi primo. Debe de resultar difícil, sostener sola tanto peso.
Hay algo en su tono, tan cuidadosamente cortés que resulta casi insultante, que me pone en alerta de inmediato, el mismo instinto que empleo para reconocer una negociación disfrazada de charla informal.
—Lo llevo perfectamente, gracias por preguntar.
—Me alegra escucharlo. —Sonríe, con una calidez que no le llega del todo a los ojos—. Aunque, si me permitís el atrevimiento, hay ciertas cosas de las que quizá deberíamos hablar, lady Kinloch. Cosas que quizá os interese discutir antes de que Cathal regrese.
No responde de inmediato a mi pregunta silenciosa sobre a qué se refiere exactamente, limitándose a sostenerme la mirada con una expresión mucho más calculada, mucho más inquietante que la hostilidad abierta que empleó en los primeros consejos.
—¿A qué cosas os referís, Lachlan?
—A su debido tiempo, lady Kinloch. A su debido tiempo.
—Inclina la cabeza de nuevo, con la misma cortesía exagerada, y se retira antes de que yo pueda insistir, dejándome con una inquietud que no consigo sacudirme el resto de la tarde, cargada de la certeza incómoda de que Lachlan Kinloch, por fin, ha decidido mover alguna pieza que llevaba meses guardando.
Esa noche, ceno sola en nuestras estancias, con Beitris y Ceana haciéndome compañía, aunque no comparto con ellas la inquietud que Lachlan ha sembrado, incapaz todavía de nombrar del todo qué es exactamente lo que temo que revele.
—Estás distraída —comenta Ceana, observándome con esa mirada suya que rara vez deja pasar nada por alto—. ¿Ha ocurrido algo?
—Nada en particular. Solo preocupación por Cathal, supongo.
Ceana no parece del todo convencida, pero no insiste, y termino la cena con la mente ocupada en repasar cada palabra del intercambio con Lachlan, buscando algún indicio de a qué se refería exactamente, sin encontrar nada que me tranquilice del todo.
Los días siguientes transcurren con la misma tensión contenida, mientras espero noticias de la frontera y, al mismo tiempo, temo el momento en que Lachlan decida revelar lo que sea que guarda entre manos.
Sigo con mis tareas habituales, superviso las cuentas, resuelvo las disputas menores que los tenentes traen ante mí, pero cada gesto de cortesía de Lachlan en los pasillos, cada mirada calculadora que me dedica desde el otro extremo de una sala, me recuerda que la amenaza que representa no ha desaparecido, solo aplazado su momento de actuar.
Beitris nota mi inquietud, aunque no consigo explicarle del todo su origen, y una tarde, mientras cosemos juntas en la torre este, me pregunta, con esa franqueza que solo ella se permite, si algo va mal entre Cathal y yo.
—Nada va mal entre nosotros —le aseguro, con una honestidad que al menos en eso no me cuesta ofrecer—. Solo estoy preocupada por su seguridad en la frontera.
—Volverá —dice, con la misma confianza sencilla que emplea para todo—. Es demasiado terco para no hacerlo, como asegura Ceana.
Sonrío ante el eco de las palabras de su hermana, agradecida por la ligereza que Beitris consigue ofrecer incluso en los días más tensos, y me pregunto, no por primera vez, qué haría sin estas dos, sin el ancla que representan en medio de cualquier tormenta que amenace con desestabilizarme del todo.
Esa noche, cuando finalmente me tiendo en la alcoba vacía, el lecho de Cathal frío e intacto al otro lado de la estancia, permito que el miedo que llevo días conteniendo se manifieste del todo, sin nadie que lo presencie más que la oscuridad silenciosa.
Temo por su seguridad en la frontera. Temo lo que sea que Lachlan guarda entre manos.
Y temo, sobre todo, que ambos miedos terminen colisionando en un momento que no consigo prever ni controlar, dejándome sin las herramientas que he empleado toda la vida para sostenerme sola ante cualquier adversidad.
Me duermo, al fin, con la promesa de Cathal repitiéndose en mi cabeza como un mantra silencioso —volveré, volveré, volveré— y con la esperanza, frágil pero persistente, de que cuando por fin regrese, encontraremos juntos la forma de enfrentar cualquier amenaza que Lachlan decida desatar, del mismo modo que hemos aprendido a enfrentar todo lo demás desde que dejamos de fingir que no nos importábamos el uno al otro.
Beitris se cuela en mi lecho poco después, incapaz también ella de conciliar el sueño, y nos quedamos las dos así, compartiendo un silencio cómodo que no exige palabras, hasta que finalmente el cansancio nos vence a ambas, entrelazadas como hacíamos de niñas antes de que el mundo entero cambiara para siempre, cuando el único miedo real era el de una tormenta de verano ya lejana, no el de un secreto capaz de derrumbarlo todo.