EL PRECIO DE UNA REINA CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

Nos quedamos en la alcoba más tiempo del que la disciplina de cualquiera de los dos permitiría en circunstancias normales, remoloneando bajo las mantas mientras el sol termina de subir sobre el valle, y descubro, con una sensación que no consigo nombrar del todo, que no me arrepiento ni un ápice de esta tardanza, algo impensable en cualquier otra mañana de mi vida adulta.

—Deberíamos levantarnos —comenta Muirne, sin hacer ademán alguno de moverse, la cabeza todavía apoyada en mi pecho—. El consejo espera, y Uilleam querrá revisar las cuentas antes del mediodía.

—Debería —coincido, sin más convicción que ella.

Ninguno de los dos se mueve. Trazo círculos perezosos en su espalda, disfrutando de una quietud que rara vez me permito, y pienso, con una claridad que solo la intimidad de esta mañana consigue ofrecerme, en lo extraño que resulta descubrir que el control que he cultivado toda mi vida, esa firmeza que me definió desde los diecinueve años, puede convivir con esto: con la vulnerabilidad absoluta de dejar que otra persona vea cada parte de mí, sin máscara, sin cálculo, sin la armadura que empleo ante cualquier otro ser humano de este castillo.

Me asusta un poco, si soy honesto conmigo mismo.

No la intimidad en sí, sino lo que revela sobre mí: que el hombre que se supone debe gobernar con mano firme, que sostiene cada decisión con una frialdad calculada que nadie ha conseguido resquebrajar en años, se ha derretido por completo ante una mujer que llegó a este castillo como rehén de guerra.

—¿En qué piensas? —pregunta Muirne, notando mi silencio, incorporándose lo suficiente para observarme el rostro.

—En que propuse este matrimonio por estrategia de frontera, y ahora no consigo recordar por qué esa estrategia me pareció alguna vez el motivo principal.

—¿Te arrepientes?

—En absoluto. —La atraigo de vuelta contra mi pecho, con una firmeza que no admite dudas—. Solo me pregunto qué clase de hombre soy, si el mismo cálculo que me convenció de proponerte matrimonio ha terminado importándome tan poco comparado con esto.

Muirne guarda silencio un momento, trazando patrones distraídos sobre mi piel, y cuando habla, lo hace con una honestidad que reconozco como el mismo tipo de vulnerabilidad que yo mismo acabo de ofrecerle.

—Quizá seas exactamente el mismo hombre —comenta, al fin—. Solo que ahora tienes permiso para admitir que el cálculo nunca fue la parte más importante de la ecuación, ni siquiera al principio, aunque tardaras en reconocerlo.

Sus palabras se me quedan prendidas de un modo que no consigo del todo procesar, y me sorprendo, en la quietud de esta mañana robada, hablándole de cosas que nunca he compartido con nadie más, ni siquiera con Fingal: el peso exacto de gobernar desde tan joven, el miedo constante a que cualquier decisión, por pequeña que parezca, pueda costarle la vida a alguien bajo mi cuidado, la soledad de sostener esa responsabilidad sin nadie con quien compartirla de verdad hasta que ella llegó a este castillo.

—Nunca había hablado así con nadie —admito, sorprendido de mí mismo—. Ni siquiera sabía que necesitaba hacerlo.

—Yo tampoco había hablado así con nadie —responde ella, con la misma sorpresa genuina—. Supongo que ambos llevábamos demasiado tiempo cargando solos con demasiado.

Nos quedamos así, compartiendo confesiones que ninguno de los dos había pronunciado en voz alta hasta esta mañana, tuteándonos con una naturalidad que ya no tiene nada de la formalidad de los primeros meses, mientras el sol termina de subir del todo y la vida del castillo empieza a reclamarnos, cada vez con más insistencia, desde el otro lado de la puerta cerrada.

Es entonces cuando llaman, con una urgencia que reconozco de inmediato como distinta a cualquier interrupción rutinaria.

—Mi laird. —La voz de uno de los guardias, tensa, apresurada—. Disculpad la intrusión, pero ha llegado un mensajero. Dice que es urgente. Sobre la frontera norte.

Algo en mí se tensa de inmediato, la disciplina de siempre reafirmándose con una rapidez que borra, de un plumazo, la quietud tierna de esta mañana entera.

—Un momento —respondo, ya incorporándome, buscando mis ropas con movimientos que ya no tienen nada de perezoso.

Muirne se sienta también, la preocupación cruzándole el rostro con la misma rapidez con la que la mía se instala en el mío, y algo en su expresión me confirma que ambos sabemos, sin necesidad de palabras, que la burbuja doméstica en la que hemos vivido estas últimas semanas está a punto de estallar.

—¿Qué crees que es? —pregunta, ya ayudándome con los últimos broches de mi camisa, un gesto de intimidad práctica que no tenía cabida entre nosotros hace apenas un mes.

—No lo sé. Pero un mensajero que interrumpe así, a estas horas, nunca trae buenas noticias.

Bajo al patio de armas con Muirne un paso por detrás, y encuentro al mensajero, un hombre joven cubierto de polvo del camino, con la expresión agotada de quien ha cabalgado toda la noche sin detenerse.

—Mi laird —dice, arrodillándose brevemente antes de que yo le indique que se levante—.

Vengo de la frontera norte. El clan Kessney ha movido tropas hacia el paso de las Tres Piedras.

No es una incursión completa, pero sí una provocación clara.

Vuestros tenentes de la zona solicitan instrucciones inmediatas.

El nombre de Kessney me golpea con una frialdad que reconozco de inmediato, la misma que empleo para cualquier amenaza de frontera, y siento, tras de mí, la mano de Muirne cerrarse brevemente sobre mi brazo, un gesto de apoyo silencioso que no tenía cabida en mi vida hasta hace apenas unas semanas.

—Convoca al consejo de inmediato —ordeno, dirigiéndome al guardia más cercano—. Y prepara mi caballo. Saldré hacia la frontera en cuanto el consejo apruebe la respuesta.

El mensajero se retira, y me vuelvo hacia Muirne, encontrando en su expresión la misma preocupación contenida que yo mismo llevo tratando de disciplinar desde que escuché el nombre de Kessney.

—Esto es lo que temías —constata, sin pregunta en la voz—. Que Kessney aprovechara cualquier grieta.

—Es exactamente lo que temía.

—¿Vas a ir tú mismo?

—Tengo que hacerlo. Ningún tenente tiene la autoridad para negociar los términos si esto escala más allá de una escaramuza menor.

Muirne asiente, aunque percibo, bajo esa aceptación práctica, un miedo que no le conocía hasta ahora, distinto al que mostró la noche de Farlan, más profundo, más personal, porque esta vez no se trata solo de su propia seguridad: se trata de la mía, y de todo lo que hemos construido juntos en las últimas semanas.

La burbuja doméstica en la que hemos vivido, protegidos por la distancia entre nosotros y el mundo exterior, acaba de estallar del todo, y mientras me dirijo hacia el consejo con Muirne a mi lado, sé, con la misma certeza fría con la que sé leer un mapa de frontera, que los días que vienen van a poner a prueba todo lo que hemos construido, de un modo que ninguna compostura, por firme que sea, puede prepararme del todo para afrontar.

Antes de entrar en la sala del consejo, me detengo un instante en el pasillo, y Muirne, percibiendo mi vacilación, se detiene también.

—Ten cuidado —pide, con una simplicidad que pesa más que cualquier discurso elaborado—. Por mí, Cathal. Regresa por mí.

Las palabras me atraviesan con una fuerza que no esperaba, tan distinta de cualquier despedida formal que haya recibido antes de partir hacia una frontera en disputa, y me sorprendo, en medio de la urgencia del momento, robando un beso breve que no tiene nada de la pasión de anoche, pero que pesa igual de profundo.

—Volveré —prometo, con una certeza que ojalá pueda sostener—. Y cuando lo haga, seguiremos exactamente donde lo dejamos esta mañana.

Ella asiente, sin palabras esta vez, y la dejo en el pasillo mientras cruzo hacia la sala del consejo, donde los tenentes ya empiezan a reunirse, convocados con la urgencia que la noticia de Kessney exige.

El peso de gobernar, que esta mañana había dejado descansar por unas horas robadas en brazos de mi esposa, vuelve a instalarse sobre mis hombros con la familiaridad de una carga que nunca del todo desaparece, aunque ahora, por primera vez en años, sé que no la cargo completamente solo.

Griogair me espera junto a la puerta, con el mapa de la frontera norte ya desplegado bajo el brazo, y su expresión, tan seria como la ocasión exige, no oculta del todo la satisfacción cauta de un tenente veterano que ve a su laird actuar con la decisión que la situación requiere.

—Los hombres estarán listos para partir antes del mediodía —informa, mientras entramos juntos en la sala—. ¿Cuántos lleváis con vos?

—Cincuenta. Suficiente para reforzar el paso sin desguarnecer el castillo, y suficiente para que Kessney entienda que no vamos a tolerar ninguna provocación sin respuesta.

Griogair asiente, satisfecho con el cálculo, y mientras el resto del consejo termina de reunirse, me permito un último pensamiento para Muirne, esperando en el pasillo con una preocupación que no ha intentado disimular del todo, antes de que la disciplina de siempre tome el control completo de lo que queda de esta mañana.