CAPÍTULO 24
Los días que siguen al beso del despacho transcurren envueltos en una tensión que ninguno de los dos nombra, pero que ambos alimentamos con una paciencia deliberada, casi cruel: un roce de manos al pasarnos un pergamino que tarda en soltarse, una mirada sostenida durante la cena que ninguno de los dos aparta primero, la costumbre nueva de buscar cualquier excusa para sentarnos codo con codo en el despacho nocturno.
Cathal sigue sosteniendo la regla, y yo sigo sin pronunciar las palabras que la romperían, aunque cada día que pasa la distancia entre nosotros se vuelve más difícil de sostener, cargada de una promesa que ambos sabemos que se cumplirá pronto.
Esta noche, cuando subo a la alcoba tras revisar con Isla los preparativos para el invierno, encuentro a Cathal ya allí, sin vela encendida más que la del fuego, esperándome con una quietud que reconozco de inmediato como distinta a cualquier otra espera anterior.
—Muirne.
Solo mi nombre, pronunciado con una gravedad que me detiene en el umbral, y algo en su tono, en el modo en que me observa desde el centro de la estancia, me confirma que esta noche ninguno de los dos va a fingir que la regla sigue intacta.
—Estoy lista —digo, sin necesidad de que él pregunte, cerrando la puerta a mi espalda con la misma firmeza que empleé la noche del despacho—. Llevo lista más tiempo del que ninguno de los dos ha querido admitir.
Cruza la distancia que nos separa con un paso lento, deliberado, como quien saborea cada instante que ha esperado meses por alcanzar, y cuando por fin sus manos encuentran mi rostro, el contacto es tan tierno que me arranca un temblor que no tiene nada que ver con el frío de la estancia.
—¿Estás segura? —pregunta, su voz ronca, cargada de un control que percibo tensándose bajo cada palabra—. Una vez que crucemos esto, no hay marcha atrás.
—No quiero marcha atrás.
Es todo lo que hace falta. Sus labios encuentran los míos con una ternura que contrasta con la urgencia del beso del despacho, un beso que empieza despacio, explorando, como si quisiera memorizar cada instante antes de dejar que la pasión los reclame del todo.
Le devuelvo el beso con la misma dedicación, mis manos subiendo hasta su pecho, sintiendo el corazón desbocado bajo la tela de su camisa, y algo en mí, la última resistencia de meses de disciplina compartida se disuelve por completo.
Me guía hacia el lecho con manos que ya no tiemblan de duda sino de anticipación, y cada prenda que cae, desabrochada con una paciencia reverente que no tiene nada de apresurado, revela una intimidad nueva entre los dos, un territorio que ninguno había explorado hasta esta noche.
Sus dedos trazan mi piel con una atención que me deja sin aliento, deteniéndose en cada punto que arranca un suspiro de mis labios, aprendiendo mi cuerpo con la misma contención meticulosa que aplica a cualquier decisión de gobierno, aunque esta noche esa disciplina se ha transformado en algo mucho más tierno, mucho más hambriento.
—Eres hermosa —murmura contra mi piel, y la reverencia en su voz me conmueve más que cualquier declaración formal podría haberlo hecho.
No respondo con palabras. Le devuelvo la misma atención, descubriendo su cuerpo con manos que ya no vacilan, la cicatriz reciente del brazo que curé semanas atrás, la fuerza contenida de sus hombros, y cuando finalmente no queda tela entre los dos, la vulnerabilidad compartida de ese instante pesa con una intimidad que no había imaginado posible, ni siquiera durante las semanas de deseo contenido que nos trajeron hasta aquí.
Cathal se detiene, apoyando su frente contra la mía, ambos respirando con la misma dificultad, y en sus ojos veo algo que nunca le había visto mostrar tan abiertamente: no la mesura calculada del laird, sino la vulnerabilidad cruda de un hombre que ha esperado, con una paciencia que le costó cada fibra de su ser, este momento exacto.
—Dime si algo no te gusta —susurra—. Dímelo, y me detendré.
—Lo sé. Confío en ti.
Es la verdad más simple y profunda que le he ofrecido nunca, y algo en su expresión se quiebra al escucharla, como si esas tres palabras pesaran más que cualquier voto pronunciado ante el consejo entero.
Nos unimos, al fin, con una lentitud que honra cada semana de espera, cada gesto contenido, cada noche compartida sin cruzar la distancia que ahora, por fin, dejamos de sostener.
Hay un instante de vulnerabilidad aguda, seguido de una plenitud que no consigo nombrar del todo, y Cathal se queda quieto, dándome tiempo, observándome el rostro con una atención que no se permite ni un solo movimiento hasta que yo misma, con un gesto de mis caderas, le digo sin palabras que puede continuar.
Lo que sigue no tiene nada de la disciplina que gobierna cada otro aspecto de nuestras vidas.
Es puro instinto, puro deseo desatado tras meses de contención, un ritmo que ambos encontramos juntos, aprendiendo el cuerpo del otro con una avidez que ninguna regla de alcoba podría haber contenido para siempre.
Me aferro a sus hombros, la respiración entrecortada, mientras él susurra mi nombre contra mi cuello, una y otra vez, como si pronunciarlo fuera la única forma de anclarse a algo real en medio de una intensidad que amenaza con arrasar cualquier templanza que le quede.
El placer, cuando llega, me recorre entera con una fuerza que me arranca un sonido que no reconozco como propio, y sentir a Cathal seguirme apenas un instante después, el cuerpo tenso contra el mío, el nombre de mi nombre roto en su garganta, es la culminación de meses de deseo que ninguno de los dos se atrevió a nombrar hasta esta noche.
Nos quedamos así, enredados, la respiración lenta recuperando su ritmo normal, y Cathal me atrae contra su pecho con un gesto tan tierno que las lágrimas me escuecen los ojos sin que consiga entender del todo por qué.
—¿Estás bien? —pregunta, apartándome el pelo del rostro con dedos que todavía tiemblan levemente.
—Mejor que bien —respondo, y la risa que se me escapa, ligera, contenta, revela más de lo que cualquier palabra podría expresar—. Aunque no sé cómo vamos a mirarnos mañana ante el consejo sin que se nos note esto en la cara.
Cathal ríe, un sonido grave y genuino que reconozco como poco frecuente en él, y me atrae más cerca, depositando un beso en mi frente que tiene toda la ternura del mundo.
—Que se note —murmura—. Ya no pienso fingir, ni ante el consejo ni ante nadie, que esto es solo un matrimonio de conveniencia.
Me quedo dormida entre sus brazos, algo que nunca había ocurrido en todos los meses de matrimonio compartido, arrullada por el latido constante de su corazón bajo mi oído, y la última certeza que me acompaña antes de que el sueño me venza del todo es que la regla de la alcoba, sostenida durante tanto tiempo con tanta disciplina, ya no existe entre nosotros, disuelta esta noche en algo mucho más profundo que cualquier norma podría haber protegido.
Me despierto antes del amanecer, todavía envuelta en el calor de su cuerpo, con la cabeza apoyada en su pecho y una de sus manos descansando, sin esfuerzo alguno, sobre mi cintura, como si incluso dormido su cuerpo hubiera decidido que ya no necesita distancia alguna entre nosotros.
Lo observo un momento en la penumbra que precede al alba: el rostro relajado de un modo que rara vez le permite el día, la frialdad que lo gobierna todo desapareciendo por completo mientras duerme, dejando ver algo mucho más joven, más vulnerable, que el laird que gobierna cada aspecto de esta casa con mano firme.
Sonrío, sin poder evitarlo, ante la ternura del gesto que reconozco creciendo en mi propio pecho, algo que ya no puedo llamar solo deseo, ni solo afecto, sino una mezcla de ambos que empieza a parecerse, cada vez más, a lo único que nunca esperé encontrar en este matrimonio forzado por la política y el Pacto: amor de verdad, entregado sin cálculo, sin condición, sin la garantía de una frontera de por medio.
Cathal se remueve, despertando poco a poco bajo mi mirada, y cuando abre los ojos, la primera expresión que cruza su rostro, antes incluso de que la disciplina despierte junto con él, es una sorpresa tierna al encontrarme todavía a su lado, como si una parte de él hubiera temido que la noche anterior fuera solo un sueño demasiado bueno para sostenerse a la luz del día.
—Buenos días —murmura, la voz todavía ronca de sueño, y me atrae más cerca con un gesto instintivo que no tiene nada de calculado.
—Buenos días.
Nos quedamos así un rato, sin prisa por levantarnos, disfrutando de una intimidad nueva que ninguno de los dos parece dispuesto a interrumpir todavía con las exigencias del día.
Cathal traza líneas perezosas por mi espalda, y yo escucho el latido de su corazón bajo mi oído, cada vez más regular a medida que el sueño lo abandona del todo, y pienso, con una claridad que solo la calma de la mañana permite, en lo mucho que ha cambiado todo desde aquella primera noche en que él pronunció la regla de la alcoba con tanta firmeza.
—¿En qué piensas? —pregunta, notando mi silencio pensativo.
—En que nunca imaginé que llegaríamos aquí. A esto. —Trazo, con un dedo, la cicatriz de su brazo, todavía visible bajo la luz tenue del amanecer—. Cuando llegué a este castillo, lo único que quería era proteger a mis hermanas y sobrevivir al invierno. No esperaba encontrar... esto.
—Yo tampoco lo esperaba —admite, con una honestidad que ya no le cuesta ofrecerme—.
Propuse este matrimonio convencido de que era pura estrategia de frontera.
Tardé semanas en admitir, incluso ante mí mismo, que la estrategia era solo la excusa que necesitaba para pedirte algo que ya deseaba por razones mucho menos políticas.
Sonrío contra su pecho, sin necesidad de más palabras, y nos quedamos así hasta que el sol empieza a filtrarse de verdad por la ventana estrecha, anunciando que el día, con sus consejos y sus disputas de frontera, no va a esperar mucho más antes de reclamarnos a los dos de vuelta.
Pero por ahora, en esta hora robada antes de que el mundo exija de nosotros el rigor de siempre, solo existimos nosotros dos, la promesa cumplida de una noche que ninguno de los dos olvidará jamás, y la certeza tranquila de que, sea lo que sea que venga después, ya no lo enfrentaremos solos.