EL PRECIO DE UNA REINA CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

Muirne baja al despacho más tarde de lo habitual esa noche, sin la bandeja acostumbrada, y algo en su paso, más deliberado que de costumbre, me alerta antes de que ella pronuncie una sola palabra.

—¿Ocurre algo? —pregunto, apartando los pergaminos que llevo horas revisando sin verdadera concentración, distraído, como cada noche últimamente, por la presencia de la mujer que se sienta frente a mí sin que ninguna disciplina consiga aquietar del todo lo que su cercanía provoca.

—No ocurre nada malo —responde, cerrando la puerta a su espalda con una firmeza que no le conocía—. Solo quería hablar contigo. A solas, sin pergaminos entre los dos.

Aparto el asiento y me levanto, dándole toda mi atención, y percibo, en el modo en que se acerca, más despacio de lo habitual, que esta conversación va a ser distinta a cualquier otra que hayamos compartido en este despacho.

—He pasado la tarde pensando —empieza, deteniéndose a apenas un paso de distancia, más cerca de lo que la costumbre entre nosotros suele permitir fuera de la alcoba compartida—. En todo lo que ha cambiado desde que llegué a este castillo. En quién era entonces, y en quién soy ahora.

—¿Y qué has concluido?

—Que ya no sé distinguir dónde termina el cálculo político que nos trajo hasta aquí y dónde empieza lo que siento de verdad por ti.

Las palabras me atraviesan con una fuerza que no esperaba, aunque llevo semanas deseando escuchar exactamente esto, y me obligo a mantener la firmeza de siempre, consciente de que la regla que pronuncié la noche de bodas sigue en pie, sigue siendo mía para sostener hasta que ella misma decida lo contrario.

—Muirne...

—Déjame terminar. —Da un paso más, salvando lo poco que aún nos separaba, y ahora percibo su respiración, el calor de su cuerpo, el aroma tenue a lavanda que siempre lleva consigo desde que Isla empezó a perfumarle los baños—.

Has sostenido esa regla durante meses, esperando que fuera yo quien decidiera. He decidido.

No añade nada más. No hace falta. Cierra el último palmo de distancia que quedaba entre nosotros, y sus labios encuentran los míos con una determinación que no tiene nada de vacilante, aunque el beso mismo empiece despacio, casi tentativo, como quien comprueba que el terreno que pisa es tan firme como parece.

No dura tentativo mucho tiempo.

Algo se rompe en mí en el instante en que sus manos suben hasta mi pecho, aferrándose a la tela de mi camisa con una necesidad que reconozco porque la comparto entera, y el control que he sostenido durante meses, la disciplina que empleé para no tocarla, para esperar, para no exigir nunca lo que ella no ofreciera libremente, se resquebraja de un modo que no consigo del todo contener.

La atraigo hacia mí, una mano en su cintura y la otra enredada en su pelo, y profundizo el beso con una intensidad que ninguno de los dos había permitido hasta ahora, meses de tensión acumulada desahogándose en un instante que se estira, dilatado, más allá de cualquier medida razonable de tiempo.

Ella responde con la misma intensidad, sin retroceder ni un ápice, sus manos recorriendo mi pecho con una avidez que me arranca un sonido gutural que no consigo contener, y durante un momento que se siente eterno, no hay compostura, no hay regla de alcoba, no hay nada más que el sabor de su boca, el calor de su cuerpo apretado contra el mío, la certeza embriagadora de que, después de meses de contención, por fin hemos dejado de fingir que esto no existe.

La aprieto contra la mesa del despacho, los pergaminos olvidados bajo el peso de nuestros cuerpos, y beso su cuello con una desesperación que me sorprende incluso a mí, mientras ella se aferra a mis hombros con dedos que tiemblan tanto como los míos.

Cada roce, cada suspiro que se le escapa, alimenta un fuego que llevo meses conteniendo bajo capas de disciplina cuidadosamente construidas, y por un instante, uno solo, considero seriamente romper mi propia regla del todo, llevarla a la alcoba, terminar lo que ha empezado con una determinación que no tiene vuelta atrás.

No lo hago.

Con un esfuerzo que me cuesta más que cualquier batalla que haya librado jamás, aparto la boca de la suya, aunque no la distancia entera, dejando nuestras frentes apoyadas la una contra la otra, ambos respirando con la misma dificultad, el corazón desbocado contra el suyo con un ritmo que ninguna entereza consigue aquietar del todo.

—Cathal...

—Espera. —La voz me sale más ronca de lo que pretendía, cargada de un esfuerzo que ella debe de percibir con la misma claridad con la que yo lo siento—.

Si seguimos así esta noche, no voy a poder detenerme.

Y quiero que la primera vez que te reclame del todo sea una decisión tomada con la cabeza tan clara como el cuerpo, no arrastrada por la fuerza de un momento, por intenso que sea.

Muirne me observa, todavía sin aliento, los labios enrojecidos por el beso, y algo en su expresión, lejos de la frustración que esperaba, se transforma en algo parecido a la comprensión más profunda que he recibido de nadie en toda mi vida.

—Sigues sosteniendo la regla —comenta, sin reproche, como quien reconoce, por fin, el peso exacto de lo que él ha estado ofreciéndole durante meses.

—Hasta que decidas del todo que estás lista. No antes.

—¿Y si ya lo estoy?

—Entonces lo sabré, porque no habrá dudas en tu voz cuando me lo digas, del mismo modo que no las hay ahora mismo en las mías.

Se queda observándome un momento largo, y la comprensión que veo crecer en sus ojos me dice que ha entendido, por fin, la magnitud exacta del regalo que le he estado ofreciendo desde la noche de bodas: no indiferencia, nunca indiferencia, sino el control más difícil que he ejercido jamás, sostenido únicamente para que ella pudiera elegir con la libertad que ninguna otra mujer en su situación habría tenido derecho a exigir.

—Gracias —susurra, al fin, y el beso que deposita en mi mejilla, suave, casi casto en comparación con lo que acabamos de compartir, me deshace de un modo distinto, más profundo, que cualquier pasión desatada podría haber conseguido.

La dejo marchar hacia la alcoba antes que yo, necesitando unos minutos a solas para recomponer la disciplina que el beso ha hecho añicos, y cuando finalmente subo, la encuentro ya en su lecho, fingiendo dormir con la misma torpeza de siempre.

No la despierto. Me tiendo en el mío, la sangre todavía ardiendo, la certeza de lo que acaba de ocurrir instalada entre los dos como una promesa que ninguna sobriedad va a poder deshacer, y sé, con una claridad que no había sentido nunca sobre nada, que la próxima vez que sus labios encuentren los míos, ya no habrá fuerza en este mundo capaz de detenernos.

Me quedo tendido en la oscuridad, escuchando su respiración todavía irregular al otro lado de la alcoba, señal de que tampoco ella ha conseguido recomponerse del todo, y repaso, una y otra vez, cada instante del beso: la determinación con la que cerró la distancia, la avidez de sus manos contra mi pecho, el sonido ahogado que se le escapó cuando profundicé el beso más allá de cualquier prudencia.

No es deseo lo único que siento, aunque el deseo arda con una intensidad que apenas consigo contener incluso ahora, separado de ella por la distancia de la estancia.

Es algo más profundo, más peligroso incluso que el deseo mismo: la certeza absoluta de que esta mujer, en algún momento que no consigo precisar del todo, dejó de ser la garantía de una frontera para convertirse en la única frontera que de verdad me importa proteger.

—Cathal —susurra ella, hacia la oscuridad, cuando el silencio se prolonga más de lo que ninguno de los dos consigue sostener con comodidad—. ¿Estás despierto?

—Sí.

—Yo tampoco puedo dormir.

Sonrío hacia el techo, aunque ella no pueda verlo, y algo en la simplicidad de esa confesión compartida, sin necesidad de adornos ni de más palabras, me confirma que ambos sabemos exactamente por qué ninguno de los dos consigue conciliar el sueño esta noche.

—¿Te arrepientes? —pregunto, incapaz de contener del todo la inseguridad que la pregunta delata, aunque no es propio de mí exponerla tan abiertamente.

—En absoluto —responde, sin vacilar—. Solo me sorprende cuánto tiempo llevo esperando sin saberlo del todo, y lo distinto que se siente ahora que por fin lo sé.

—Lo mismo digo yo.

Nos quedamos así, cada uno en su propio lecho, compartiendo un silencio que ya no tiene nada de la distancia formal de los primeros meses, cargado en cambio de una intimidad nueva que ninguna regla de alcoba consigue disminuir, aunque siga, técnicamente, en pie.

Sé, mientras el sueño finalmente empieza a alcanzarme, que los días que vienen van a poner a prueba esa regla con una intensidad que hasta ahora apenas he empezado a imaginar, y que, cuando finalmente se rompa, será porque ambos, con la cabeza tan clara como el cuerpo, hayamos decidido que es exactamente eso lo que queremos.