CAPÍTULO 22
Paso la tarde sola en el jardín interior, con una labor de aguja entre las manos que apenas avanza, más ocupada en repasar las últimas semanas que en el bordado que se supone debería estar terminando.
Pienso en la llegada a este castillo, en el orgullo que empleé como única armadura frente a Artair y frente al hombre que ahora es mi esposo.
Pienso en la noche de bodas, en la regla que Cathal pronunció con una firmeza que entonces interpreté como frialdad calculada, y que ahora reconozco como algo mucho más cercano a un regalo que no supe apreciar del todo en su momento.
He cambiado. La certeza me sorprende con una claridad que no esperaba esta tarde, aunque llevo semanas sintiendo, sin nombrarlo del todo, que la mujer que llegó a Kinloch hace meses, calculando cada palabra, sosteniendo cada gesto de sus hermanas sin permitirse el propio dolor, ya no es exactamente la misma que se sienta hoy en este jardín, pensando en un hombre con una intensidad que no tiene nada que ver con estrategia ni con frontera.
Me asusta, un poco, lo que significa desear a un Kinloch de verdad.
No por lo que él pueda hacerme —de eso, después de la noche de Farlan, después de tantas noches compartidas revisando pergaminos, después de la ternura torpe con la que me sostuvo tras la pesadilla, ya no dudo—, sino por lo que significa entregar algo que llevo protegiendo desde la muerte de mi padre: la certeza de que puedo sostenerme sola, sin depender de nadie para no derrumbarme del todo.
Ceana me encuentra así, absorta en pensamientos que no consigo ordenar del todo, y se sienta a mi lado sin que yo se lo pida, con la familiaridad de quien ya no necesita permiso para compartir mi silencio.
—Llevas toda la tarde con la misma puntada —comenta, señalando el bordado abandonado en mi regazo—. ¿En qué piensas?
—En nada en particular.
—Muirne.
Su tono no admite la evasión fácil, y me sorprendo, tras un momento de resistencia, dejando que la verdad se me escape con más facilidad de la que esperaba.
—Pienso en Cathal. En lo que siento por él, y en lo que significaría admitirlo del todo, no solo ante mí misma, sino ante él.
Ceana no parece sorprendida por la confesión; si acaso, su expresión sugiere que llevaba semanas esperando que yo misma llegara a esta conclusión sin que nadie tuviera que señalársela.
—¿Y qué te detiene? —pregunta, con una franqueza que solo ella se permite conmigo—. Porque desde donde yo lo veo, los dos lleváis meses bailando alrededor de lo evidente, con el mismo rigor absurdo con el que él revisa sus cuentas tres veces antes de firmarlas.
—Me detiene el miedo a que, si le entrego esto, ya no me quede nada propio que sostener sola.
—Eso es una tontería, y lo sabes de sobra.
—Ceana no suaviza el golpe; nunca lo hace—.
Deja de hacerte la mártir, Muirne. Padre está muerto y el castillo se quemó.
Ese hombre duerme en el suelo por ti y tú sigues mirando las vigas como si esperaras que el techo te caiga encima.
Si lo quieres, tómalo y déjanos dormir a todas.
Sus palabras se me quedan prendidas de un modo que no consigo sacudirme el resto de la tarde, mezcladas con la imagen de Cathal la noche del pasillo, tan cerca que su respiración me rozaba la mejilla, esperando con una paciencia disciplinada que yo fuera quien diera el primer paso.
Ha estado esperando, comprendo ahora con una claridad que me sobrecoge, desde mucho antes de esa noche.
Desde la regla de la alcoba misma, quizá, cuando eligió ofrecerme una elección en vez de tomar lo que la costumbre le habría concedido sin preguntar.
El único peso que sigue ensombreciendo esta decisión, el único secreto que aún no he encontrado el valor de convertir en palabras, es la carta.
Esa advertencia que escribí a mi padre semanas antes de la redada, y que él guardó sin hacerme caso.
Cathal no lo sabe. No sabe que, en algún sentido incómodo que no consigo resolver del todo, yo vi venir el desastre que acabó con mi casa y no logré evitarlo.
¿Cambiaría algo entre nosotros, si lo supiera?
No lo sé, y esa incertidumbre pesa lo suficiente como para que dude, incluso ahora, con la decisión ya tomada en el fondo de mi pecho, si merezco del todo lo que estoy a punto de ofrecerle.
Pero el miedo, decido esa tarde, ya no va a seguir gobernando cada paso que doy.
He sostenido a mis hermanas, he negociado con un consejo entero, he resuelto disputas que ningún tenente conseguía zanjar.
Puedo, también, entregar esto, con la misma valentía con la que he entregado todo lo demás desde que el humo empezó a subir sobre los tejados de mi casa.
Esta noche, decido, mientras Ceana me suelta la mano y se levanta para dejarme sola con mis pensamientos, seré yo quien cierre la distancia.
Beitris me encuentra poco después, todavía en el jardín, y se sienta a mi lado con la ligereza propia de quien no percibe del todo el peso de la conversación que Ceana y yo acabamos de sostener.
—¿Sabes qué he pensado hoy? —comenta, sin esperar respuesta, con esa costumbre suya de lanzar pensamientos al aire como quien suelta pájaros de una jaula—.
Que este jardín se parece un poco al de casa, antes de la redada.
No es en las plantas, que son distintas.
Es en cómo se siente estar aquí sentada. Tranquilo.
—¿Te sientes en casa aquí, Beitris?
Ella lo piensa un momento, con una seriedad que contradice su edad, antes de responder.
—Creo que sí. No de la misma forma que la casa de antes, pero sí de una forma nueva, que también cuenta. —Me mira, con una sonrisa pequeña que reconozco como suya, sincera sin necesidad de adorno—. Tú también pareces sentirte en casa aquí, últimamente. Más que al principio.
—¿Se nota tanto?
—Se nota en cómo miras a Cathal cuando cree que nadie te observa. —Su sonrisa se ensancha, traviesa, tan distinta de la niña asustada que llegó a este castillo hace meses—. Ceana dice que sois los dos igual de tercos, y que por eso os habéis tardado tanto en admitir lo evidente.
No puedo evitar la risa que se me escapa, breve pero genuina, ante la franqueza sin filtro de mi hermana pequeña, y la abrazo, agradecida, no por primera vez, de tenerla a mi lado en esta casa nueva que, poco a poco, sin que yo lo planeara del todo, ha empezado a convertirse en un hogar que ya no siento como prestado.
—Ve a buscar a Fingal —le digo, cuando el abrazo se deshace, con un guiño que ella capta de inmediato—. Seguro que anda buscando alguna excusa para cruzarse contigo antes de la cena.
Beitris se sonroja, aunque no lo niega, y se levanta con una prisa que delata más de lo que probablemente pretendía, dejándome de nuevo sola con mis pensamientos, aunque ya no tan solos como antes, cargados ahora de la certeza tranquila de que esta noche, por fin, voy a hacer lo que llevo semanas postergando.
Recojo el bordado abandonado y regreso a la torre este cuando el sol empieza a declinar, con tiempo de sobra antes de la cena para bañarme y prepararme, aunque no sepa exactamente para qué me estoy preparando más allá de una conversación que llevo toda la tarde ensayando en mi cabeza sin encontrar las palabras exactas.
Isla me ayuda con el pelo, trenzándolo con la misma dedicación de siempre, y percibo, en su expresión mientras trabaja, una curiosidad discreta que no se atreve a formular en voz alta, quizá porque lleva meses en este castillo el tiempo suficiente para reconocer los signos de una decisión importante cuando los ve.
—¿Todo bien, mi lady? —pregunta, al fin, cuando termina la última trenza.
—Todo bien, Isla. Mejor que bien, creo.
Ella sonríe, sin pedir más explicación, y termina de arreglarme con un cuidado especial que no le he pedido, como si también ella intuyera que esta noche merece algo más que la rutina habitual.
Cuando finalmente me miro en el espejo de bronce, la mujer que me devuelve la mirada ya no tiene nada de la rehén asustada que cruzó el puente de Kinloch hace meses.
Tiene, en cambio, la determinación tranquila de alguien que ha decidido, por fin, dejar de tener miedo de lo que desea.
Bajo a cenar con Cathal esa noche con esa misma determinación sostenida bajo la cortesía habitual, y aunque la conversación durante la cena discurre por temas ordinarios —las provisiones del invierno, una carta reciente de Aodh Ross sobre el vado norte—, percibo, en cada mirada que intercambiamos, la certeza silenciosa de que ambos sabemos que esta noche va a ser distinta a cualquier otra desde la boda, aunque ninguno de los dos lo mencione todavía del todo en voz alta durante toda esta cena tan tranquila.