EL PRECIO DE UNA REINA CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Presencio el incidente casi por accidente, cruzando el patio de armas camino de la herrería para revisar un encargo de espadas nuevas, cuando un comentario que no debería haber llegado a mis oídos me detiene en seco.

—...raro que el laird deje que una cría Dalcross ande enredando entre los tenentes —comenta uno de los hombres jóvenes de la guarnición, dirigiéndose a Beitris, que se ha acercado a los establos para ver a los caballos, sin percatarse de que su comentario ha sido escuchado por más de quien pretendía—.

Aunque supongo que, con esa cara, encontrará marido igual, sea Dalcross o no.

El comentario, cargado de un desprecio que no se molesta en disimular, hace que Beitris se detenga, la expresión herida antes de que consiga recomponerla, y estoy a punto de intervenir yo mismo cuando Fingal, que hasta ese momento revisaba los aparejos de su propio caballo a pocos pasos de distancia, se mueve con una rapidez que no le conocía.

—Discúlpate —dice, plantándose entre Beitris y el hombre con una firmeza que contrasta con su torpeza habitual, la voz baja pero cargada de una advertencia que ningún tenente en su sano juicio ignoraría.

El hombre, sorprendido por la reacción, tarda un instante en recomponerse.

—Solo era un comentario, Fingal. No hace falta que...

—Discúlpate. Ahora.

Algo en el tono de mi hermano, tan distinto al muchacho desgarbado que rara vez alza la voz, hace que el hombre ceda, murmurando una disculpa apresurada hacia Beitris antes de retirarse con la cola entre las piernas, más avergonzado por la reprimenda pública que por el comentario original.

Beitris se queda mirando a Fingal con una expresión que mezcla sorpresa y algo más tierno que no me corresponde a mí interpretar, y él, consciente de pronto de la atención que ha atraído, incluida la mía desde el otro extremo del patio, se aclara la garganta y retoma la revisión de los aparejos con una concentración exagerada.

—No hacía falta que hicieras eso —comenta Beitris, acercándose un paso—. Podía haberlo ignorado.

—No debería haber tenido que ignorarlo —responde Fingal, sin levantar la vista del arnés que ajusta con más cuidado del que el arnés probablemente necesita—. Nadie debería hablarte así en mi presencia.

—Aun así, gracias.

—No lo hice por ti —replica él, con una brusquedad tan repentina que resulta casi cómica, dado lo evidente de la mentira—. Cualquiera habría hecho lo mismo. Solo estaba cerca.

Beitris lo observa un momento más, con una expresión que sugiere que no cree ni una palabra de esa negación, y finalmente se retira hacia el castillo con una sonrisa pequeña que no se molesta en ocultar del todo.

Me acerco a mi hermano cuando Beitris ya no puede oírnos, y encuentro algo en su expresión que reconozco con una claridad incómoda, porque es la misma expresión que yo mismo debo de haber llevado, más de una vez, cuando alguien mencionaba a Muirne delante de mí en los primeros días de nuestro matrimonio.

—Cualquiera habría hecho lo mismo —repito, sin poder evitar el tono divertido—. ¿Ese es el argumento que vas a sostener?

—Es la verdad.

—Fingal.

—¿Qué? —Se vuelve hacia mí, a la defensiva, aunque el rubor que le sube por el cuello lo delata más que cualquier palabra—. No significa nada. Solo me pareció injusto que la insultaran sin motivo.

No insisto más, aunque el paralelismo con mi propia negación, semanas atrás, cuando me convencí a mí mismo de que proponer el matrimonio con Muirne era pura estrategia de frontera, me resulta demasiado evidente como para no reconocerlo, aunque decida, por ahora, guardármelo para mí.

Esa noche, cuando le cuento el incidente a Muirne mientras cenamos en nuestras propias estancias, ella escucha con una atención que se convierte, hacia el final del relato, en una sonrisa que no consigue disimular del todo.

—Beitris me lo contó esta tarde, con todo detalle —confiesa, con un brillo divertido en los ojos—. Dice que Fingal se puso rojo como una amapola en cuanto ella le dio las gracias, y que después evitó mirarla el resto de la tarde.

—Lo negó todo cuando yo se lo mencioné.

—Por supuesto que lo negó. —Muirne sonríe, con una ternura que le suaviza el rostro de un modo que nunca me canso de presenciar—. Es exactamente lo que haría cualquier Kinloch demasiado orgulloso para admitir lo que siente hasta que ya no le queda más remedio.

No sé si el comentario está dirigido a Fingal, o si esconde, bajo la broma, algo dirigido a mí mismo, y decido no preguntarlo, saboreando en su lugar la calidez de esta conversación compartida, la certeza reconfortante de que ninguno de los dos está solo en el intento de nombrar lo que está germinando entre Fingal y Beitris.

—¿Crees que él sabe lo que siente? —pregunta Muirne, tras un momento, apartando el plato ya vacío—. ¿O sigue tan convencido como tú de que es solo estrategia, solo casualidad, solo cualquier cosa menos lo evidente?

La pregunta me golpea con más precisión de la que ella probablemente pretendía, porque reconozco en ella el eco directo de mi propia negación, semanas atrás, cuando insistía en llamar cálculo político a algo que ya entonces era mucho más que eso.

—Sospecho que lo sabe —respondo, eligiendo las palabras con el mismo cuidado que emplearía para cualquier decisión de gobierno—.

Y sospecho también que tardará en admitirlo, porque admitirlo significa arriesgarse a que no sea correspondido, y Fingal, pese a su torpeza aparente, es más cauteloso de lo que parece cuando algo le importa de verdad.

—Como tú.

No es una pregunta, y no la trato como tal.

—Como yo —admito, sin la resistencia que habría opuesto a esa comparación hace apenas unas semanas.

Muirne me observa un momento, con una expresión que mezcla ternura y algo más profundo que no consigo nombrar del todo, y el silencio que sigue no tiene nada de incómodo, cargado en cambio de una intimidad que ya no necesita palabras para sostenerse.

—Deberíamos vigilar que Beitris no sufra si Fingal tarda demasiado en decidirse —comenta, al fin, retomando un tono más práctico, aunque la calidez de hace un momento no desaparece del todo de su voz—.

Ya ha sufrido bastante desde la redada. No quiero que también cargue con la incertidumbre de un muchacho que no sabe reconocer lo que tiene delante.

—Fingal no es tan lento como parece. Dale tiempo.

—El tiempo que necesite —coincide ella—, pero no más.

Asiento, comprometiéndome, sin necesidad de palabras adicionales, a vigilar que mi hermano no tarde en encontrar el valor que a mí mismo me costó semanas reunir, y terminamos la cena hablando de asuntos menores, del vado norte, de las provisiones para el invierno que se acerca, mientras la calidez de la conversación sobre Fingal y Beitris se queda flotando entre los dos, un recordatorio silencioso de que el amor, en esta casa, parece estar aprendiendo a abrirse paso incluso entre quienes más se empeñan en negarlo.

Los días siguientes, sin que ninguno de los dos lo comente abiertamente, observamos con una atención divertida el patrón que se repite entre Fingal y Beitris: él encontrando excusas cada vez menos convincentes para cruzarse con ella en el patio, en la biblioteca, incluso en la capilla a horas en que sabe que ella suele rezar; ella fingiendo sorpresa cada vez, aunque la sonrisa que no consigue disimular delata que la coincidencia deja de ser casualidad hace ya varias semanas.

—¿Debería intervenir? —le pregunto a Muirne, una noche, mientras revisamos juntos los pergaminos del día—. Podría hablar con él directamente, ahorrarle el suplicio de fingir que no siente nada.

—No —responde ella, con una firmeza que no admite discusión—. Déjalo encontrar su propio camino, como tú encontraste el tuyo. Si le arrebatas la decisión, le arrebatas también la satisfacción de haberla tomado por sí mismo.

Reconozco la sabiduría en su consejo, la misma que ella misma aplicó conmigo durante semanas, esperando sin exigir, ofreciendo espacio en vez de presión, y decido seguir su ejemplo con mi hermano, confiando en que, tarde o temprano, encuentre el valor de admitir en voz alta lo que ya resulta evidente para cualquiera que los observe con la atención suficiente.

Esa noche, mientras me preparo para mi propio lecho, pienso en la torpeza de Fingal negando lo evidente, en la firmeza inesperada con la que se plantó ante el hombre que insultó a Beitris, y me pregunto cuánto tardaré yo mismo, algún día, en dejar de esconder tras la disciplina lo que ya resulta igual de evidente para cualquiera que me observe con Muirne.

Quizá menos de lo que imagino. Quizá ya he empezado a dejar de esconderlo, sin haberlo decidido del todo, la noche del pasillo, cuando admití que éramos algo mucho más profundo que un matrimonio de conveniencia, algo que ninguno de los dos, hasta esa noche, se había atrevido a nombrar del todo en voz alta, delante del otro, ni siquiera en la intimidad de la propia alcoba.