CAPÍTULO 20
Bríde vuelve a demorar su partida, esta vez alegando una tormenta que amenaza los caminos del sur, y Cathal, para mi exasperación creciente, se muestra durante la cena de esa noche más atento con ella de lo que ninguna cortesía diplomática exigiría.
Le sirve el vino antes de que ella lo pida.
Ríe con más facilidad de la habitual ante cada anécdota de infancia que Bríde saca a relucir, como si llevara semanas esperando la ocasión de revivirlas.
Incluso le ofrece, en un gesto que no consigo interpretar como otra cosa que deliberado, el mejor corte de venado antes que a cualquier otro comensal de la mesa.
Respondo con la misma frialdad calculada que empleé la primera tarde, sonriendo cuando la ocasión lo exige, participando en la conversación general con una ligereza que espero resulte convincente, aunque cada gesto de Cathal hacia Bríde se me clava con una precisión que no debería sorprenderme tanto como me sorprende.
—Lady Kinloch parece distraída esta noche —comenta Griogair, sentado a mi derecha, con una amabilidad genuina que no hace más que aumentar mi incomodidad—. ¿Todo bien?
—Perfectamente bien —respondo, con una sonrisa que espero sostenga la mentira mejor de lo que la sostiene mi apetito, reducido esta noche a remover la comida por el plato sin llevarme apenas nada a la boca.
Cathal, al otro lado de la mesa, me observa con una atención que no tiene nada que ver con Bríde, aunque sigue dirigiéndole a ella cada gesto de cortesía exagerada, y empiezo a sospechar, con una certeza incómoda que crece a cada minuto, que todo esto —el vino, las risas, el corte de venado— no tiene tanto que ver con Bríde MacRae como con comprobar hasta dónde puede tensar la cuerda antes de que yo pierda la compostura del todo.
No pienso darle esa satisfacción.
Termino la cena con la misma sonrisa ensayada, participo en la sobremesa con una cortesía impecable, y solo cuando los últimos invitados empiezan a retirarse, permito que mi expresión se relaje lo suficiente como para que la frustración contenida durante horas empiece a filtrarse por los bordes.
Cathal me alcanza en el pasillo camino de la alcoba, después de despedir a Bríde con una formalidad que ya no tiene nada de la calidez de la cena, y algo en su paso, más deliberado de lo habitual, me confirma que ha estado esperando este momento tanto como yo.
—Pareces tensa —comenta, con una inocencia tan fingida que resulta casi insultante.
—Estoy perfectamente.
—No lo pareces.
Me vuelvo hacia él, cansada ya de sostener la máscara de indiferencia que llevo toda la noche cultivando, y descubro, en su expresión, algo que no esperaba encontrar: una diversión genuina, casi tierna, mezclada con algo más que no consigo nombrar del todo.
—¿Te ha divertido? —pregunto, sin disimular ya la irritación—. ¿Toda esa exhibición durante la cena?
—Un poco, sí —admite, sin la menor vergüenza—. Aunque no tanto como me ha divertido verte fingir que no te importaba.
—No finjía nada.
—Muirne. —Da un paso hacia mí, salvando el espacio entre los dos con una lentitud deliberada que me obliga a sostenerle la mirada sin apartarla, aunque cada centímetro que acorta me acelera el pulso de un modo que no consigo disimular—.
Llevas toda la noche removiendo la comida por el plato sin comer nada.
Has respondido tres veces mal a Griogair porque estabas más pendiente de mí que de la conversación.
Y ahora mismo estás tan tensa que podrías cortar el aire con la mirada.
—Puede que simplemente esté cansada.
—Puede. —Su voz baja, más grave de lo habitual, y la distancia entre nosotros se reduce a algo que ya no tiene nada de casual—. O puede que admitas, por una vez, que te molesta verme atento con otra mujer, aunque esa mujer no signifique nada para mí más allá de un recuerdo de infancia.
El silencio que sigue se estira, cargado de una tensión que ya no tiene nada que ver con Bríde MacRae ni con ninguna cena diplomática.
Cathal está ahora tan cerca que percibo el calor de su cuerpo, el aroma tenue a cuero y humo de su ropa tras la velada, y algo en mí, cansado ya de fingir indiferencia, decide que la verdad, esta vez, pesa menos que seguir sosteniendo la mentira.
—Me molesta —admito, en voz baja—. Aunque no sé exactamente por qué debería molestarme, dado que tú y yo seguimos siendo, técnicamente, un matrimonio de conveniencia.
—Técnicamente —repite él, con una media sonrisa que le suaviza el rostro de un modo que rara vez le veo permitirse—. Aunque ambos sabemos que ya hace tiempo que dejamos de ser solo eso.
No lo niego. No podría, ni aunque quisiera, con la evidencia de toda la noche todavía ardiéndome bajo la piel.
—¿Y qué somos, entonces? —pregunto, con una honestidad que me sorprende incluso a mí.
—No lo sé —responde, y la sinceridad en su voz pesa más que cualquier respuesta calculada—. Pero sé que no quiero que Bríde MacRae, ni nadie más, piense que hay alguna duda al respecto.
Está tan cerca ahora que su respiración me roza la mejilla, y cargado de una expectativa que me acelera el pulso hasta un punto casi doloroso, y por un momento creo que va a besarme, que la distancia entre los dos por fin va a cerrarse sin que ninguno de los dos lo haya planeado del todo.
No lo hace. Se queda ahí, tan cerca que cualquier movimiento mío bastaría para acortar lo que falta, esperando, con la misma paciencia disciplinada de siempre, algo que solo yo puedo ofrecer.
—La regla sigue en pie —murmura, casi contra mi oído, sin tocarme más allá de la proximidad misma—. Sigo esperando que seas tú quien decida.
Me quedo así, con la respiración entrecortada y la certeza incómoda de que podría salvar ese último tramo ahora mismo, esta noche, sin que ninguna regla de alcoba se lo impidiera.
No lo hago. Todavía no. Pero cuando finalmente nos separamos, cada uno hacia su propio lado de la alcoba, sé que la distancia que antes parecía infinita se ha reducido, esta noche, a algo que ya casi puedo tocar con solo extender la mano.
Me tiendo en mi propio lecho, la respiración todavía irregular, incapaz de encontrar la calma que el sueño exige mientras repaso, una y otra vez, cada palabra del intercambio en el pasillo.
«Ya hace tiempo que dejamos de ser solo eso», ha dicho, sin la menor vacilación, como si la verdad hubiera dejado de ser un secreto que necesitara protegerse tras la frialdad habitual.
—¿Sigues despierta? —pregunta Cathal, hacia la oscuridad, cuando el silencio se prolonga más de lo que cualquiera de los dos consigue sostener con comodidad.
—Sí.
—Bien. —Hay una sonrisa audible en su voz, aunque no lo vea—. No sería justo que solo yo perdiera el sueño esta noche.
—¿Vas a seguir provocándome con Bríde cada vez que quieras comprobar algo?
—Solo si sigue funcionando tan bien como esta noche.
No puedo evitar la risa que se me escapa, breve pero genuina, la primera desde que empezó la cena de esta noche, y el sonido parece sorprenderlo a él tanto como a mí, porque el silencio que sigue tiene una calidad distinta, más cómoda, casi tierna.
—Buenas noches, Cathal.
—Buenas noches, Muirne.
Me duermo, al fin, con la certeza incómoda y a la vez reconfortante de que la próxima vez que Bríde MacRae, o cualquier otra mujer, vuelva a cruzarse en nuestro camino, ya no tendré que fingir que no me importa en absoluto, porque ambos, esta noche, hemos dejado de fingir del todo.
Por la mañana, cuando Bríde parte finalmente hacia sus tierras del sur, la despido en el patio de armas con una cortesía que ya no me exige el esfuerzo de la noche anterior, y ella, antes de montar, se despide de mí con una sonrisa que reconozco, esta vez, como genuina, sin el filo calculado de nuestro primer encuentro.
—Cuidad bien de él, lady Kinloch —dice, con una calidez inesperada—. Cathal siempre fue el más serio de todos nosotros de niños. Me alegra ver que ha encontrado a alguien capaz de sacarle esa media sonrisa que apenas mostraba antes.
No sé qué responder a esa despedida, tan distinta del desaire sutil de su llegada, así que me limito a inclinar la cabeza, agradecida, mientras Bríde se aleja hacia el sur con su escolta, dejándome con la certeza de que quizá había malinterpretado, desde el principio, algo de lo que había entre ella y Cathal que nunca fue amenaza real, solo el reflejo distorsionado de mis propios celos recién descubiertos.
Cathal se acerca cuando la comitiva de Bríde desaparece tras la primera loma, y me rodea la cintura con un brazo, un gesto público que nunca se había permitido antes de esta semana, y que ahora, sin embargo, resulta tan natural entre nosotros que ninguno de los hombres de la guarnición se molesta ya en mirarnos dos veces.