CAPÍTULO 19
Bríde MacRae llega sin anunciarse formalmente, con la familiaridad de quien ha cruzado este puente incontables veces desde la infancia, y la recibo en el patio de armas con la cortesía cauta que empleo con cualquier aliado que no exige protocolo excesivo.
—Cathal Kinloch —saluda, con una sonrisa amplia y un abrazo que ningún otro visitante se permitiría sin invitación previa—. Cuánto tiempo. Empezaba a pensar que te habías olvidado de que existo.
—Bríde. —Le devuelvo el saludo con una cordialidad genuina, aunque contenida, la misma que reservo para los pocos aliados que conozco desde antes de que el peso del gobierno me obligara a medir cada gesto—. El vado norte te sienta bien. Tu padre sigue tan quejumbroso como siempre, supongo.
—Más, si cabe. —Ríe, con una naturalidad que solo la familiaridad de años permite, y su mirada recorre el patio hasta detenerse, con una curiosidad apenas disimulada, en Muirne, que se acerca desde la torre este con Beitris a su lado—.
Así que esta es la famosa esposa Dalcross. El castillo entero habla de ella.
—Mi esposa, Muirne Kinloch —presento, con la formalidad que la ocasión exige—. Muirne, lady Bríde MacRae. Nuestras familias se conocen desde antes de que ninguno de los dos supiéramos caminar.
Muirne inclina la cabeza con la cortesía impecable que emplea siempre ante desconocidos, aunque percibo, bajo esa cortesía, una reserva que no le conocía hasta ahora, algo distinto a la calidez con la que suele tratar incluso a los tenentes más hostiles del consejo.
—Lady Bríde. Bienvenida a Kinloch.
—Qué formal —comenta Bríde, con una sonrisa que no llega del todo a los ojos, dirigida más a mí que a Muirne—. Cathal, ¿te acuerdas de cuando nos escondíamos en el granero de mi padre para escapar de las lecciones de latín? Parece que fue ayer, y ahora aquí estás, todo un laird casado.
Río, casi sin pensarlo, ante el recuerdo que Bríde evoca con esa facilidad suya para convertir cualquier conversación en algo íntimo, aunque no sea esa mi intención.
Bríde siempre ha tenido ese don, desde niños: la capacidad de hacer que cualquier sala gire, sin esfuerzo aparente, alrededor de su propia presencia.
—El latín seguía sin gustarme cuando terminaron esas lecciones —respondo—. Sospecho que a ti tampoco te convenció mucho más.
—Ni una palabra —confirma, con otra risa, y se vuelve hacia Muirne con una cortesía tan pulida que resulta casi imposible señalar en qué consiste exactamente el desaire, aunque lo hay, sutil, calculado—.
Disculpad, lady Kinloch, estas cosas de la infancia deben de resultar aburridas para quien no las compartió.
—En absoluto —responde Muirne, con una sonrisa que no delata nada, aunque percibo, en la tensión apenas visible de sus hombros, que el comentario le ha calado más de lo que su cortesía admite—. Las historias de infancia siempre dicen algo interesante de quien las cuenta.
Bríde parpadea, sorprendida quizá por la réplica, y decide, tras un instante, tomarla como un cumplido antes que como lo que probablemente fue, un comentario con más filo del que su tono dejó entrever.
Paso el resto de la tarde acompañando a Bríde en la revisión de asuntos menores relacionados con el vado norte, cuestiones que ya resolví hace semanas con Aodh Ross pero que ella insiste en repasar con un detalle que empieza a resultarme innecesario, aunque no me detengo a examinar por qué prolonga la visita más de lo estrictamente necesario.
Es solo al caer la tarde, cuando me cruzo con Muirne en el pasillo camino del despacho, que noto algo distinto en su expresión, una frialdad calculada que no había visto dirigida hacia mí desde los primeros días de nuestro matrimonio.
—¿Ocurre algo? —pregunto, genuinamente desconcertado.
—Nada en absoluto —responde, con una cortesía tan pulida como la que Bríde empleó esta mañana, y algo en el modo en que lo dice, tan cuidadosamente neutro, me hace sospechar que sí ocurre algo, aunque no consigo identificar qué.
Se aleja antes de que yo pueda insistir, y me quedo en el pasillo, repasando mentalmente la tarde entera, buscando el momento exacto en que algo pudo haberse torcido, sin encontrar respuesta clara.
Solo más tarde, mientras reviso los últimos pergaminos del día, caigo en la cuenta, con una sorpresa que me resulta casi divertida, de que la frialdad de Muirne coincidió, casi exactamente, con el momento en que Bríde me tomó del brazo para señalarme algo en el patio, un gesto tan habitual entre nosotros desde la infancia que ni siquiera lo registré como significativo.
La idea se instala en mí con una satisfacción que no debería sentir, y que sin embargo no consigo del todo reprimir: que Muirne, mi esposa, mi aliada, la mujer que sostiene cada decisión con la misma templanza que yo mismo, pueda haber sentido algo parecido a los celos por un gesto tan inocente como ese.
No he hecho nada por provocarlo. Pero descubrir que existe, aunque sea sin haberlo buscado, me deja con una sonrisa que me cuesta disimular el resto de la noche.
Bríde se queda para la cena, alargando su visita más de lo que el asunto del vado norte justificaría, y durante el banquete se sienta a mi lado con la misma familiaridad de siempre, contando anécdotas de infancia que arrancan alguna risa genuina de mi parte, aunque noto, de reojo, que Muirne participa en la conversación con los tenentes al otro extremo de la mesa con una atención exagerada, casi teatral, que no le había visto emplear nunca para disimular nada.
—Tu esposa parece muy interesada en las cuentas de grano de Griogair —comenta Bríde, siguiendo la dirección de mi mirada con una sonrisa que no sé si es inocente o calculada—. Qué dedicación tan admirable.
—Muirne se toma en serio cada aspecto del gobierno de esta casa —respondo, sin darle más importancia de la que la observación merece, aunque algo en el comentario de Bríde me hace sospechar que ella también ha notado la frialdad de esta tarde.
—Ya veo —comenta Bríde, con un tono que no llego a descifrar del todo, antes de volver la conversación hacia temas menos delicados.
Cuando el banquete termina y los invitados empiezan a retirarse, encuentro a Muirne un momento a solas en el pasillo, camino de la torre este, y decido, contra mi mejor juicio, poner a prueba la teoría que llevo toda la tarde acariciando.
—Bríde partirá mañana temprano —comento, con una ligereza calculada—. Ha sido agradable recordar viejos tiempos con ella.
—Me alegro por ti —responde Muirne, con una cortesía tan pulida que resulta casi imposible de sostener sin que se le note el esfuerzo.
—¿Seguro que no te importa?
—¿Por qué habría de importarme? —pregunta, con una frialdad que ya no disimula del todo la tensión bajo la superficie—. Es una vieja amiga tuya. No veo qué tiene eso que ver conmigo.
Me quedo observándola un momento, la sonrisa que llevo conteniendo toda la noche finalmente escapándose sin que yo consiga sujetarla del todo, y algo en mi expresión debe delatarme, porque Muirne entrecierra los ojos, sospechando, con razón, que la estoy provocando a propósito.
—No tiene nada que ver contigo —confirmo, sin poder evitar el tono divertido—. Absolutamente nada.
—Exacto —responde ella, y se aleja hacia la torre este con la barbilla en alto, aunque no antes de que yo capte, en el último instante antes de que doble la esquina, la mirada furiosa que me dedica por encima del hombro, una mirada que no tiene nada de indiferente y que me deja, el resto de la noche, con una satisfacción que ninguna disputa de frontera me ha proporcionado jamás.
Vuelvo a mi despacho de mejor humor del que he tenido en semanas, y me sorprendo, mientras reviso los últimos pergaminos antes de retirarme, sonriendo sin motivo aparente cada vez que recuerdo la expresión de Muirne, esa mezcla de dignidad herida y furia contenida que ningún tratado de frontera ha conseguido provocarme jamás con tanta facilidad.
Cuando finalmente subo a la alcoba, la encuentro ya acostada, de espaldas a mi lado de la estancia, fingiendo con poco convencimiento estar dormida.
No la despierto. Me limito a prepararme para mi propio lecho en silencio, aunque no consigo apagar del todo la sonrisa que llevo cargando desde el pasillo, y justo antes de apagar la última vela, la oigo murmurar, hacia la oscuridad, sin volverse.
—Se te nota que te ha divertido.
—Bastante, sí —admito, sin disimular—. No sabía que fueras capaz de esa cara.
—No vuelvas a intentarlo —responde, con una advertencia que no logra sonar tan severa como pretende—. La próxima vez no seré tan comedida.
Apago la vela con una sonrisa que ella no puede ver en la oscuridad, aunque sospecho, por el modo en que su respiración se relaja poco después, que tampoco necesita verla para saber que sigue ahí, y me duermo, esa noche, con la certeza satisfecha de que el juego apenas ha comenzado entre los dos, y con una curiosidad renovada por ver qué otras grietas de su disciplina consigo descubrir en los días que vienen.