EL PRECIO DE UNA REINA CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

El sueño llega, como siempre que vuelve, sin avisar y con la misma crueldad exacta de aquella noche: el humo denso, la voz de mi padre gritando algo que nunca consigo distinguir del todo, el peso del cuerpo de Beitris contra el mío en la despensa donde nos escondimos.

Esta vez, sin embargo, el sueño añade algo nuevo, algo que no ocurrió en realidad pero que mi mente insiste en construir: mi propia voz, gritándole a mi padre desde la rendija de la puerta, advirtiéndole del ataque antes de que llegue, y él, sin escucharme, sin volverse siquiera, cayendo de todos modos, como si ni el aviso más claro pudiera haber cambiado nada.

Me despierto de golpe, el corazón desbocado, la respiración entrecortada, con la certeza absurda de que el humo todavía impregna el aire de la alcoba.

Me incorporo, buscando algo sólido a lo que aferrarme, y solo entonces noto que Cathal ya está despierto, sentado al borde de su propio lecho, observándome con una preocupación que no intenta disimular.

—¿Muirne?

No respondo de inmediato. Me llevo las manos a la cara, avergonzada de que me haya visto así, con el control que llevo meses cultivando hecho pedazos por un sueño que ni siquiera consigo nombrar del todo sin que la voz me tiemble.

—Estoy bien —consigo decir, aunque el temblor en mis propias manos desmiente cada palabra.

Cathal se levanta, cruzando la distancia entre nuestros lechos sin pedir permiso esta vez, y se sienta en el borde del mío, lo bastante cerca para que yo sienta el calor de su cuerpo sin que llegue a tocarme del todo, esperando, con la misma paciencia con la que espera cualquier cosa que valga la pena esperar.

—No tienes que contarme qué has soñado —susurra, en voz baja—. Pero no voy a fingir que no he visto cómo te has despertado.

Algo en la sencillez de la frase, sin exigencia, sin la curiosidad que cualquier otro emplearía para sonsacarme detalles, me desarma de un modo que no esperaba.

Las lágrimas que llevo conteniendo desde la redada, las mismas que me prometí guardar para cuando pudiera permitírmelas sin que nadie las viera, empiezan a caer sin que yo consiga detenerlas, y Cathal, sin añadir nada más, extiende un brazo y me atrae hacia él, dejando que llore contra su pecho con una torpeza tierna que no le conocía, como si tampoco él supiera exactamente cómo sostener a alguien que se derrumba.

No sé cuánto tiempo pasa así, con su mano recorriendo mi espalda en un gesto repetitivo que no busca nada más que calmar, mientras yo dejo salir un llanto que llevo meses aplazando, uno que empezó la noche del humo y que nunca terminé de completar del todo, ocupada siempre en sostener a Beitris, en calcular el siguiente paso, en no darle a nadie el gusto de verme quebrada.

—Mi padre murió creyendo que su orgullo valía más que la seguridad de su gente —susurro, al fin, cuando el llanto empieza a ceder—.

Y yo lo vi caer. Vi el momento exacto en que las armas de tu clan lo alcanzaron, y lo único que sentí, además del miedo, fue rabia por que hubiera esperado tanto para escucharme.

Cathal permanece callado, dejándome el espacio para continuar o para callar, sin presionar en ninguna dirección, y esa ausencia de exigencia me da, extrañamente, más valor del que tendría si me lo preguntara directamente.

—Hay algo más —empiezo, y las palabras casi salen, casi le cuento lo de la carta, la advertencia que le escribí semanas antes de la redada y que él guardó sin hacerme caso, el peso de saber que vi venir el desastre y no logré evitarlo.

Pero me detengo, con la carta todavía en la punta de la lengua, incapaz de dar el último paso que la convertiría en algo real, dicho en voz alta, imposible de retirar.

—No tienes que contármelo todo esta noche —responde Cathal, con una comprensión que no sé si es genuina o simple cortesía, aunque su voz no delata ninguna de las dos cosas con claridad—. Ni ninguna otra noche, si no quieres.

—¿Y si nunca quiero?

—Entonces nunca lo sabré, y seguirás siendo, para mí, exactamente la misma mujer que ya conozco. El secreto no cambia lo que ya he visto de ti.

No sé si me tranquiliza esa promesa o si la teme, porque una parte de mí sospecha que, si él supiera de verdad lo que callo, la mirada que me dedica ahora mismo, tan llena de una ternura que no busca nada a cambio, podría no sobrevivir a la revelación.

—Puedes confiar en mí con cualquier cosa —añade, cuando el silencio se prolonga demasiado—. Cualquier cosa, Muirne. No hay nada que puedas contarme que cambie lo que siento por ti.

Me enfado conmigo misma, de pronto, por haber necesitado esto, por haber permitido que mi coraza se resquebrajara delante de él en vez de sostenerla como he sostenido todo lo demás desde la noche de la redada.

Me aparto, con más brusquedad de la que pretendo, secándome las últimas lágrimas con el dorso de la mano.

—Estoy bien —repito, con una firmeza que ya no engaña a ninguno de los dos—. Gracias por... esto. No hacía falta.

—Sí hacía falta —responde, sin soltar del todo el espacio que ha ganado esta noche—. Y no voy a fingir lo contrario solo porque a ti te incomode haberlo necesitado.

No sé qué responder a eso, así que me tiendo de nuevo, dándole la espalda, aunque no del todo la excusa de que quiero dormir.

Cathal se queda un momento más, y luego regresa a su propio lecho, sin insistir, sin exigir la confesión que casi le hice esta noche, dejándome con la certeza incómoda de que su confianza, ofrecida con tanta facilidad, pesa ahora más que cualquier secreto que yo lleve guardando.

Me pregunto, mientras el sueño empieza a vencerme de nuevo, si esa confianza seguiría intacta si él supiera lo que de verdad callo. No encuentro una respuesta que me tranquilice del todo, y me duermo, al fin, con la pregunta todavía abierta, un peso que no consigo del todo dejar a un lado.

Por la mañana, cuando bajamos juntos a desayunar, ninguno de los dos menciona lo ocurrido durante la noche, aunque algo entre nosotros ha cambiado de un modo que ni la disciplina ni la cortesía formal consiguen disimular del todo.

Cathal me observa, mientras Isla sirve la avena, con una atención distinta a la habitual, más cuidadosa, como quien vigila una herida recién cerrada por si vuelve a abrirse sin previo aviso.

—¿Has dormido algo más, después? —pregunta, en voz baja, cuando Isla se retira.

—Un poco —admito—. Lo suficiente.

—Si vuelve a ocurrir...

—Lo sé —lo interrumpo, antes de que termine la frase, porque no necesito que la complete para saber exactamente lo que ofrece—. Gracias.

Cathal asiente, y volvemos al desayuno en un silencio que ya no tiene nada de incómodo, aunque el peso de la carta que no le conté sigue ahí, entre los dos, esperando el día en que yo encuentre el valor de convertirla en palabras.

Más tarde esa mañana, mientras reviso con Uilleam las provisiones que quedan tras el reparto de la semana, Beitris me busca en la despensa con una expresión pensativa que no es habitual en ella a estas horas tempranas.

—¿Va todo bien entre Cathal y tú? —pregunta, sin rodeos, mientras me ayuda a contar los sacos de grano—. Isla comentó que anoche te oyó llorar. No quería preguntarte delante de ella.

—Tuve una pesadilla —respondo, eligiendo las palabras con cuidado—. Sobre padre. Sobre la noche de la redada.

Beitris deja de contar, y su expresión se ensombrece con un dolor que reconozco de inmediato, porque es el mismo que yo misma cargo, aunque ella lo lleve de un modo distinto, más abierto, menos disciplinado en apariencia.

—Yo también sueño con esa noche —confiesa, en voz baja—. Casi todas las semanas. Nunca te lo había comentado porque parecías tan entera, tan capaz de sostenernos a las dos, que no quería añadirte una preocupación más.

—Beitris...

—No pasa nada —me interrumpe, con una madurez que no le conocía hasta ahora—. Solo quería que supieras que no estás sola con eso. Aunque Cathal te sostenga anoche, y aunque yo no sepa hacerlo tan bien como él, aquí sigo, por si alguna vez lo necesitas de mí también.

Le aprieto la mano, incapaz de encontrar palabras a la altura de lo que acaba de ofrecerme, y seguimos contando el grano en un silencio compartido que revela, sin necesidad de más confesiones, todo lo que ninguna de las dos consigue nombrar del todo en voz alta.

Termino la revisión con Uilleam mucho después de que Beitris se retire a sus propias tareas, y me llevo conmigo, el resto del día, la certeza reconfortante de que las dos, cada una a su manera, hemos encontrado en esta casa nueva algo que se parece, cada vez más, a un hogar compartido.