EL PRECIO DE UNA REINA CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Cathal regresa de una patrulla menor con el brazo izquierdo envuelto en un vendaje improvisado que ya ha empapado de sangre, y aunque camina con la misma disciplina de siempre, sin dejar que el dolor le altere el paso, percibo de inmediato que la herida es más seria de lo que él está dispuesto a admitir ante los hombres que lo escoltan.

—No es nada —responde, cuando lo interrogo en el patio de armas, delante de media guarnición—. Un corte superficial. Se curará solo.

—Deja que lo vea.

—Muirne...

—Deja que lo vea, o lo veré igualmente cuando te desangres esta noche por negarte a admitir que necesitas ayuda.

Algo en mi tono, más firme de lo habitual, lo convence de ceder, aunque no sin una mirada de advertencia hacia los hombres que fingen no estar observando el intercambio con más curiosidad de la que la cortesía permite.

Lo llevo hasta nuestras estancias, donde Isla ya ha preparado agua caliente y paños limpios, alertada por algún criado más rápido que nosotros dos en llegar con la noticia.

Le desabrocho el vendaje improvisado con manos que intento mantener firmes, aunque la visión de la herida, un corte profundo que le cruza el antebrazo, más largo de lo que el vendaje sugería, me revuelve el estómago con una intensidad que no esperaba.

—¿Cómo ha ocurrido?

—Un jabalí, no un hombre, si eso te preocupa. —Hay una nota de humor forzado en su voz que reconozco como su modo de restar importancia a algo que claramente le duele más de lo que admite—. Se cruzó en el camino de vuelta. Reaccioné tarde.

Limpio la herida con el paño empapado en agua caliente, y Cathal se tensa bajo mis manos, aunque no emite ni un solo sonido de queja, la mandíbula apretada con la misma sobriedad que emplea para todo lo demás.

Me pregunto cuánto le cuesta este silencio, cuánto esfuerzo le exige no delatar el dolor delante de mí, y algo en esa resistencia obstinada me conmueve más de lo que debería.

—Puedes quejarte, ¿sabes? —comento, mientras preparo la aguja e hilo que Isla ha dejado listos para coser el corte—. No hay ningún consejo observándonos ahora mismo.

—No necesito quejarme.

—No he afirmado que lo necesites. He dicho que puedes.

Cathal no responde, aunque algo en su expresión se suaviza apenas, y cuando empiezo a coser el corte, con el mismo cuidado meticuloso que empleaba mi madre cuando alguna de nosotras se hacía daño de niñas, él cierra los ojos con una concentración distinta, como si el esfuerzo de mantener la disciplina exigiera todo lo que tiene.

Trabajo despacio, consciente de cada punto, de la piel bajo mis dedos, del calor de su brazo entre mis manos, y percibo, con una claridad incómoda, lo cerca que estamos el uno del otro, mi rostro a apenas un palmo del suyo, su respiración cambiando de ritmo cada vez que la aguja atraviesa la piel.

No es deseo, exactamente, lo que siento, aunque se le parece de un modo que no consigo negar del todo; es algo más cercano a una conciencia física aguda, la clase de atención que uno presta al cuerpo de otra persona cuando ya no puede fingir que es indiferente a él.

—Ya casi termino —murmuro, más para mí misma que para él, aunque la voz me sale más baja de lo que pretendía.

Cathal abre los ojos, y me sorprende observándolo con una intensidad que no consigo disimular a tiempo.

Ninguno de los dos aparta la mirada. El silencio que se instala entre nosotros pesa de un modo distinto al de las noches compartidas en el despacho, cargado de algo que ninguna conversación sobre cuentas o disputas de linde ha conseguido nombrar hasta ahora.

Termino el último punto, y ato el hilo con manos que ya no están tan firmes como al empezar, consciente de que el trabajo terminado no me da ya ninguna excusa para seguir sosteniendo su brazo entre mis manos, aunque tampoco lo suelto de inmediato.

—¿Duele mucho? —pregunto, aunque la pregunta ya no tiene tanto que ver con la herida como con todo lo demás que flota, sin nombrar, en la estancia.

—Menos de lo que debería —responde, con una honestidad que reconozco como poco propia de él—. Y no sé si eso me preocupa más o menos que el dolor mismo.

No sé qué responder a eso, así que termino de vendarle el brazo en silencio, cada movimiento más lento de lo estrictamente necesario, prolongando un contacto que ninguno de los dos parece dispuesto a acortar antes de tiempo.

La regla de la alcoba sigue en pie, tan firme como la noche en que la pronunció, y sin embargo, aquí, en esta cercanía que la curación exige, esa regla pesa de un modo que ninguna contención consigue aligerar del todo.

—Muirne.

—¿Sí?

Cathal se queda callado un momento, buscando las palabras con el mismo cuidado que emplearía para cualquier decisión de gobierno, aunque lo que sea que va a preguntar tiene poco que ver con la política.

—¿Me temes? —pregunta, al fin, en voz tan baja que casi se pierde en el silencio de la estancia—. Después de lo que viste la noche de Farlan. Después de la frialdad implacable con la que sentencié a Farlan.

La pregunta me atraviesa con una fuerza que no esperaba, y busco una respuesta que sea honesta sin resultar más reveladora de lo que estoy preparada para admitir esta noche.

No encuentro las palabras exactas. En su lugar, termino el último nudo del vendaje, y dejo que mis dedos se queden quietos sobre la piel de su antebrazo, un gesto que dice, sin palabras, lo que todavía no consigo pronunciar en voz alta.

Cathal no insiste. Se limita a observarme, con esa misma quietud calculada que ya reconozco como su forma particular de esperar sin exigir nada, y el silencio entre los dos, esta noche, se queda sin resolver, cargado de una pregunta que ninguno de los dos está listo, todavía, para responder del todo.

Recojo los restos del vendaje viejo y el agua ya fría, con manos ocupadas en algo que no exige pensar, agradecida de tener una tarea que me permita mantener la vista baja.

Cathal se queda sentado donde está, el brazo recién curado apoyado sobre el regazo, observándome moverme por la estancia con una atención que percibo, aunque no lo mire directamente.

—Deberías descansar esta noche —comento, al fin, cuando el silencio empieza a pesar más de lo que puedo sostener sin comentar algo—. Mañana el brazo te dolerá más que hoy, por mucho que ahora lo disimules.

—Lo sé.

—¿Y aun así seguirás fingiendo que no duele?

Algo parecido a una sonrisa cruza su rostro, la primera desde que regresó de la patrulla, y el gesto, aunque breve, me alivia de un modo que no esperaba.

—Es posible que sí. Es una costumbre difícil de romper.

—Como tantas otras cosas tuyas.

—Como tantas otras cosas mías —coincide, y hay en su voz algo que no tiene nada que ver con la herida, ni con la patrulla, ni con ningún asunto de gobierno. Tiene que ver con la misma pregunta que dejó flotando entre los dos hace apenas un momento, todavía sin respuesta.

Termino de recoger, y antes de retirarme a mi propio lado de la alcoba, me detengo un instante junto a su lecho, lo justo para comprobar que el vendaje sigue en su sitio, un gesto que ya no tiene ninguna excusa práctica que lo justifique del todo.

—Buenas noches, Cathal.

—Buenas noches.

Apago la última vela, y me tiendo en mi propio lecho, consciente de que el silencio de esta noche pesa distinto a cualquier otro desde la boda, cargado de algo que ninguno de los dos ha nombrado todavía, pero que ambos, sospecho, llevamos ya demasiado tiempo fingiendo no sentir.

Escucho, en la oscuridad, el modo en que Cathal se remueve en su lecho, incapaz aparentemente de encontrar la postura que no le tire del vendaje, y algo en mí quiere levantarse, cruzar la distancia que la regla de la alcoba sostiene, y comprobar con mis propias manos que está bien.

No lo hago. Me quedo quieta, escuchando su respiración irregular hasta que finalmente se calma, señal de que el sueño lo ha alcanzado, y solo entonces me permito cerrar los ojos yo también, con la pregunta de esta noche todavía flotando entre los dos, sin respuesta, pero ya no del todo silenciada.

Pienso, antes de que el sueño también me alcance a mí, en la pregunta que Cathal formuló hacia la penumbra —¿me temes?

— y en el silencio con el que la dejé sin contestar.

No es miedo lo que siento cuando pienso en la frialdad calculada que le vi la noche de Farlan, ni en el temple de hierro con el que gobierna cada aspecto de esta casa.

Es algo más parecido a un respeto. Cierro los ojos antes de que la palabra correcta termine de formarse.