CAPÍTULO 16
La disputa llega al consejo por tercera semana consecutiva, y por tercera semana consecutiva, Cathal la despacha sin resolverla del todo, aplazándola con la misma paciencia calculada que aplica a cualquier asunto que requiere más tiempo del que el día le concede.
Dos tenentes menores, Alasdair y Coll, se disputan el uso de un prado que ambos alegan haber heredado de sus respectivos padres, con documentos tan antiguos y contradictorios entre sí que ni el propio Uilleam, con toda su experiencia administrando las cuentas del castillo, consigue determinar cuál de las dos versiones es la correcta.
—Volveremos sobre esto la semana próxima —anuncia Cathal, cuando el consejo amenaza con degenerar, una vez más, en acusaciones cruzadas que ninguno de los tenentes parece dispuesto a moderar.
Alasdair y Coll se retiran con la misma frustración contenida de las últimas dos semanas, y percibo, en el modo en que Cathal se frota la sien al cerrar la sesión, el peso añadido de un problema que la costumbre Kinloch no parece ofrecer herramientas para resolver.
—En mi casa teníamos disputas parecidas —comento esa noche, mientras revisamos juntos los pergaminos del día, ya con la costumbre asentada de compartir su despacho hasta tarde—.
Los Dalcross resolvíamos los prados en disputa dividiendo el uso por temporada, no por propiedad.
Un año lo trabaja una familia, el año siguiente la otra, y ambas partes conservan el derecho sin que ninguna ceda del todo.
Cathal levanta la vista, con un interés que no disimula.
—¿Y si ambas partes se niegan a aceptar turnos?
—No se niegan cuando el turno viene acompañado de un juramento formal ante testigos, con una fecha fija para la rotación cada primavera.
La formalidad del juramento pesa más que la costumbre no escrita, sobre todo si ambos linajes llevan generaciones alegando derechos contradictorios que ninguno puede probar del todo.
Cathal medita la propuesta un momento, y luego, para mi sorpresa, me pide que la exponga yo misma al consejo la mañana siguiente, en vez de limitarse a adoptarla como suya sin más.
—Conoces la costumbre mejor que cualquiera de nosotros —comenta, con una naturalidad que no esperaba de un hombre tan celoso, hasta ahora, de sostener él mismo cada decisión de gobierno—. Sería necio no aprovecharlo.
El consejo se reúne al día siguiente, y expongo la propuesta de la rotación por temporada con la misma firmeza que empleo para cualquier negociación, sin dejar que la novedad de hablar ante un consejo entero, ya no como rehén sino como esposa del laird, me delate el nerviosismo que siento por dentro.
Alasdair y Coll, tras un intercambio breve de objeciones que resuelvo con ejemplos concretos de cómo funcionaba en tierras Dalcross, acaban aceptando el juramento formal, y la disputa que llevaba tres semanas envenenando el consejo queda resuelta en apenas media hora.
Griogair asiente, satisfecho, y varios tenentes murmuran su aprobación, aunque no todos comparten el mismo entusiasmo.
Percibo, entre los hombres más jóvenes de Cathal, un silencio distinto, más cargado, y capto, de reojo, la mirada que intercambian dos de ellos cuando el consejo se disuelve, una mirada que no tiene nada que ver con la disputa del prado y sí mucho con quién ha sido la voz que la resolvió.
—Una Dalcross dictando cómo gobernamos nuestras propias tierras —comenta uno de ellos, no lo bastante bajo como para que no lo escuche, mientras salimos del salón—. Qué vueltas da el mundo.
No respondo al comentario, aunque se me queda prendido el resto del día, junto con la certeza incómoda de que resolver la disputa, por acertada que fuera la solución, tiene un precio que ningún consejo formal se molestará en reconocer en voz alta.
Esa tarde, mientras superviso las labores de las criadas en la despensa, Ceana me busca con una expresión que reconozco de inmediato: la de alguien que trae noticias que no va a suavizar.
—Se habla de ti en los cuarteles —comenta, sin rodeos—. No todos están contentos con que una Dalcross tenga voz en el consejo. Algunos lo llaman debilidad de Cathal. Otros, algo peor.
—¿Y Cathal lo sabe?
—Si no lo sabe, lo sabrá pronto. Los rumores en este castillo corren más rápido que el agua del río.
No sé qué hacer con esa información, así que la guardo, como guardo casi todo, para revisarla más tarde con la cabeza más fría de lo que la tengo ahora mismo, mientras termino mis tareas con la misma disciplina de siempre, aunque el comentario de los cuarteles me pesa más de lo que estoy dispuesta a admitir.
Cathal me encuentra esa noche en su despacho, antes incluso de que yo baje con la bandeja habitual, y algo en su expresión me confirma que ya ha escuchado los mismos rumores que Ceana me trajo esta tarde.
—He oído lo que se dice en los cuarteles —empieza, sin rodeos—.
Quiero que sepas que no pienso retractarme de haberte pedido que expusieras la solución ante el consejo.
Fue la decisión correcta, y cualquier hombre que la cuestione puede exponer su desacuerdo directamente ante mí, no susurrado entre las sombras de un cuartel.
—No necesitas defenderme ante nadie.
—No te defiendo. Expongo un hecho: la disputa se resolvió porque tú la resolviste, y cualquiera que prefiera ignorarlo por orgullo mal entendido es un necio que no merece mi tiempo.
Hay algo en el modo en que lo expone, sin la compostura calculada de siempre, más crudo, más directo, que me sorprende tanto como me conmueve, y me quedo un momento sin saber qué responder, mientras él, incómodo de pronto con la intensidad de su propia defensa, vuelve la atención hacia los pergaminos con una brusquedad que reconozco como su modo particular de retirarse de una emoción que no sabe cómo sostener del todo.
—Gracias —digo, al fin, sin la máscara de cortesía formal que empleo ante el resto del castillo.
—No hay nada que agradecer —responde, sin levantar la vista, aunque el tono, esta vez, no tiene nada de la frialdad de mando que emplea ante el consejo—. Solo constato la verdad.
Nos quedamos trabajando el resto de la noche en un silencio cómodo, y cuando finalmente me retiro a mi lecho, me llevo conmigo algo que no había sentido desde antes de la redada: la certeza de que mi valor, aquí, ya no depende exclusivamente de ser la garantía de una frontera: depende de algo que yo misma he construido, palmo a palmo, con mi propio criterio.
Los días siguientes, sin embargo, me enseñan que la resistencia de los cuarteles no se disuelve tan fácilmente como la disciplina de Cathal hizo parecer.
Noto miradas más cargadas de lo habitual cuando cruzo el patio de armas, conversaciones que se cortan de golpe cuando me acerco, una frialdad calculada por parte de algunos hombres jóvenes que hasta ahora me habían tratado con la cortesía formal que exige mi posición, aunque nunca con verdadero calor.
—No dejes que te afecte —me pide Ceana, una tarde, mientras cosemos juntas en la torre este, ahora convertida en un espacio de labores compartidas más que en la celda que fue en su día—.
Los hombres siempre tardan más en aceptar lo evidente.
Se acostumbrarán, o se irán acostumbrando los que queden cuando los necios se cansen de resistirse.
—No es tan sencillo, Ceana. Este es su castillo, su clan. Yo sigo siendo, para muchos de ellos, la hija del hombre que rompió el Pacto tres veces.
—Y también eres la mujer que resolvió en media hora lo que ellos llevaban tres semanas sin conseguir zanjar. Que elijan qué versión de ti prefieren recordar revela más de ellos que de ti.
No tengo una respuesta a la altura de esa observación, así que me limito a seguir con la labor, agradecida, no por primera vez, de que Ceana haya encontrado en esta casa nueva un espacio donde su lengua afilada, que tanto me preocupó al principio, resulta ahora un consuelo del que no sabría prescindir.
Esa noche, cuando bajo al despacho de Cathal con la bandeja habitual, encuentro a Fingal apoyado en el marco de la puerta, esperando, según me explica con una brusquedad torpe que ya reconozco como característica suya, la ocasión de hablar con su hermano a solas antes de que yo interrumpa.
—No hace falta que te vayas —comenta Fingal, cuando percibe mi intención de retirarme para dejarles espacio—. Lo que tengo que exponer te concierne también, en cierto modo.
Cathal levanta la vista de los pergaminos, con una atención cautelosa que reconozco como su respuesta habitual a cualquier conversación que su hermano menor decide iniciar sin previo aviso.
—Los hombres de la guarnición hablan más de la cuenta —expone Fingal, sin rodeos—. No solo sobre la disputa del prado. Hablan de si un laird que consulta a su esposa en asuntos de gobierno sigue siendo, del todo, un laird. Lo he oído yo mismo, dos veces esta semana.
—¿Y qué opinas tú? —pregunta Cathal, con una calma que no delata la tensión que percibo bajo la superficie.
—Opino que un laird que ignora buen consejo por venir de una mujer es más necio que cualquiera de los que murmuran en los cuarteles. Pero también opino que deberías saber que el murmullo existe, para que no te pille desprevenido si algún día se convierte en algo más que murmullo.
Cathal asiente, agradeciendo la advertencia con un gesto breve, y Fingal se retira tan bruscamente como llegó, dejándome con la certeza incómoda de que la resistencia que percibí en los cuarteles va más allá del descontento pasajero de unos pocos hombres jóvenes: es algo que Cathal va a tener que vigilar con la misma entereza que aplica a cualquier amenaza de frontera.