CAPÍTULO 15
Muirne vuelve a mi despacho tres noches después, con otra bandeja que ninguna de las dos menciona como costumbre establecida, aunque ya empieza a parecerlo.
Esta vez no espera a que yo acepte el gesto con reticencia; deja el pan y el queso junto a mis pergaminos y se sienta directamente, como si el derecho a quedarse ya no necesitara mi permiso explícito.
—¿Vas a contarme algún día por qué no duermes? —pregunta, sin rodeos, mientras parte un trozo de pan—. Isla lo mencionó semanas atrás. No he dejado de preguntármelo desde entonces.
Podría desviar la pregunta, como he hecho toda la vida con cualquiera que se acerque demasiado a esa parte de mí que prefiero mantener bajo llave.
Con Muirne, sin embargo, la evasión me sale más forzada de lo habitual, y me sorprendo, casi contra mi propia voluntad, considerando la posibilidad de responder con algo parecido a la verdad.
—Tenía diecinueve años cuando mi madre murió —empiezo, eligiendo las palabras con el mismo cuidado que emplearía para cualquier decisión de gobierno, aunque esta decisión pese de un modo completamente distinto—.
Mi padre se hundió durante meses, incapaz de sostener el peso del clan mientras la lloraba.
Alguien tenía que llevar las cuentas, resolver las disputas de los tenentes, asegurarse de que ningún vecino aprovechara la debilidad momentánea de esta casa.
Ese alguien fui yo, porque Fingal era demasiado joven, y mi padre, durante aquellos meses, apenas conseguía levantarse de la cama.
Muirne no responde, pero deja de comer, toda su atención puesta en mí con una intensidad que no consigo sostener del todo sin apartar la vista hacia los pergaminos.
—Cometí un error, ese primer invierno —continúo, porque una vez que empiezo, parece imposible detenerme—.
Aprobé una provisión de grano insuficiente, confiando en un cálculo que no revisé dos veces porque estaba agotado y quería, sobre todo, dormir.
Pasamos hambre esa primavera, no mucha, pero suficiente para que dos ancianos del clan enfermaran y uno de ellos no sobreviviera.
Fue mi error. Mi firma en el documento. Nadie más lo mencionó en voz alta, pero yo lo supe, y desde entonces no he vuelto a confiar en revisar nada una sola vez.
—Cathal...
—No busco compasión —la interrumpo, con más brusquedad de la que pretendía, incómodo de pronto con la dirección que ha tomado la conversación—.
Solo respondo a tu pregunta. No duermo porque aprendí, del modo más duro posible, lo que cuesta un descuido cuando eres tú quien sostiene a todos los demás.
Muirne guarda silencio un momento, y en ese silencio percibo algo que no esperaba: nada de lástima, que es lo que más temía. Solo una comprensión callada que se parece, de un modo incómodo, a reconocerse a sí misma en lo que acabo de contar.
—Yo también cargo con algo parecido —comenta, al fin, aunque no añade más, y no insisto, porque reconozco en su tono el mismo instinto de guardar bajo llave lo que resulta demasiado pesado para compartir en voz alta.
Nos quedamos así un rato, en un silencio que ya no tiene nada de incómodo, hasta que la vergüenza de haber hablado tanto empieza a instalarse en mí con la fuerza de una costumbre vieja, y me sorprendo cerrándome de nuevo, más brusco de lo necesario, como si necesitara compensar la vulnerabilidad que acabo de mostrar con una dosis extra de mesura.
—Deberías irte a dormir —planteo, con una sequedad que no pretendía, volviendo la atención hacia los pergaminos con una concentración exagerada—. Mañana hay consejo temprano.
Muirne me observa un instante, y algo en su expresión me confirma que ha notado exactamente lo que estoy haciendo, aunque decide no señalarlo. Se levanta, recoge la bandeja, y antes de salir, se detiene junto a la puerta.
—Guardas comida para tus hermanas —comenta, sin previo aviso, y el cambio de tema me descoloca lo suficiente como para levantar la vista de golpe—. Lo he visto. Apartas un poco de pan, algo de fruta, y se lo haces llegar a Beitris y a Ceana sin que ellas sepan que viene de ti. Nunca lo mencionaste.
No sé cómo ha llegado a saberlo; he sido cuidadoso, o eso creía, al pedirle a Isla que entregara esos pequeños extras sin revelar su origen.
El hecho de que Muirne lo haya descubierto, y que lo guarde para sí misma en vez de agradecérmelo abiertamente, revela de ella algo que no consigo procesar del todo esta noche.
—No hacía falta que lo supieras —respondo, sin negarlo.
—No hacía falta —coincide ella—, pero lo sé. Y no pienso decir nada más al respecto, si eso es lo que temes.
Sale de la estancia antes de que yo encuentre una respuesta a la altura de lo que acaba de revelar, dejándome con la certeza incómoda de que esta mujer, semana tras semana, va desmontando la disciplina que llevo toda la vida cultivando, un gesto pequeño a la vez, sin que yo consiga encontrar el modo de detenerla, ni termine de estar seguro de querer hacerlo.
Me quedo un rato más en el despacho, incapaz de retomar los pergaminos con la misma concentración de antes, repasando la conversación entera: la confesión que se me escapó sobre el invierno de mis diecinueve años, la comprensión callada de Muirne, esa frase suya —"yo también cargo con algo parecido"— que se me queda prendida con más fuerza de la que debería, dado lo poco que reveló.
Nunca le he contado a nadie, ni siquiera a Fingal, los detalles exactos de aquel invierno.
Mi padre lo sabe, por supuesto, aunque ninguno de los dos lo menciona nunca en voz alta, como si el silencio compartido fuera la única forma decente de honrar el error que a mí me costó la templanza de toda una vida, y a él, el anciano que no sobrevivió, algo que ningún silencio podría devolverle jamás.
Que Muirne lo sepa ahora, que lo haya escuchado sin el juicio que yo mismo llevo aplicándome desde entonces, cambia algo que no consigo nombrar del todo.
No es alivio, exactamente. Es más parecido a descubrir que un peso que llevaba cargando solo durante años, de pronto, tiene otro par de manos dispuestas a sostenerlo, aunque ella no lo haya ofrecido con esas palabras.
Apago la última vela mucho después de que el castillo entero se haya sumido en el silencio, y me tiendo en mi propio lecho, consciente de la respiración calmada de Muirne al otro lado de la estancia, preguntándome, no por primera vez, cuánto tiempo más va a bastarme la disciplina para sostener una regla que cada noche compartida hace más difícil de cumplir.
Pienso, mientras el sueño finalmente empieza a alcanzarme, en la expresión de Muirne cuando le confesé lo del invierno de mis diecinueve años: ninguna lástima, ninguna sorpresa fingida, solo esa comprensión callada que solo puede venir de alguien que carga, en algún rincón propio, un peso parecido.
No sé qué es exactamente lo que ella guarda bajo esa misma frialdad que yo reconozco porque la comparto.
No se lo he preguntado, ni creo que vaya a hacerlo pronto; algunas cosas, he aprendido esta noche, solo se ofrecen cuando uno está listo para dejarlas ir, no cuando alguien más las exige.
Me pregunto, sin embargo, cuánto tardará ella en confiarme lo suyo, del mismo modo que yo, sin planearlo del todo, acabo de confiarle lo mío.
La idea me inquieta más de lo que debería.
No es lo que pueda descubrir lo que temo: empiezo a sospechar que, cuando ese momento llegue, ya no habrá disciplina capaz de mantenerme a la distancia prudente que la regla de la alcoba exige.
Escucho, en la oscuridad, el momento exacto en que su respiración cambia, se vuelve más lenta, más profunda, señal de que el sueño finalmente la ha alcanzado.
Me permito, solo entonces, cuando ya no hay riesgo de que ella lo note, girar la cabeza hacia su lecho, apenas visible en la penumbra que queda del fuego casi extinguido.
No hago nada más que mirar. Pero incluso ese gesto pequeño, robado al rigor que llevo toda la vida cultivando, me confirma más de lo que estoy dispuesto a admitir en voz alta, ni siquiera ante mí mismo, mientras el sueño finalmente también me alcanza a mí, más pronto de lo habitual, como si su cercanía, esta noche, hubiera bastado para aquietar algo que ninguna disciplina había logrado aquietar en años.
Antes de que el sueño finalmente me gane del todo, pienso, una última vez, en la comida que guarda para sus hermanas sin decírselo a nadie, en la seriedad con la que revisó el pergamino sobre la disputa de linde, en esa comprensión callada que ofreció esta noche sin exigir nada a cambio.
Ninguna de esas cosas encaja en el cálculo político frío que me llevó a proponer este matrimonio ante mi propio padre, hace apenas unas cuantas semanas atrás.
Y sin embargo, cada una de ellas pesa ahora más que cualquier argumento de frontera que haya construido jamás.
Apago la vela y me quedo mirando la oscuridad.