EL PRECIO DE UNA REINA CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Descubro, casi por accidente, que Cathal apenas duerme.

No es un secreto que guarde con cuidado —cualquiera en el castillo podría decírmelo, si yo preguntara— pero nunca lo había presenciado con mis propios ojos hasta esta semana, cuando una tos persistente de Beitris me mantiene despierta más de lo habitual, atenta a cualquier sonido que venga de su alcoba.

Es en una de esas rondas nocturnas, pasada ya la medianoche, cuando veo luz bajo la puerta del despacho de Cathal, la misma luz constante que Isla mencionó hace semanas sin que yo terminara de darle importancia.

Me acerco, sin decidir del todo si voy a llamar, y a través de la puerta entreabierta lo veo inclinado sobre una mesa cubierta de pergaminos: cuentas de grano, listados de armamento, cartas de tenentes menores que exponen disputas de linde que cualquier laird delegaría sin pestañear.

Él las revisa una a una, con la misma atención meticulosa que aplica a todo, los ojos enrojecidos por el cansancio, una vela casi consumida iluminándole el rostro con una luz que le resalta las ojeras que la sobriedad diurna consigue disimular tan bien.

No debería sorprenderme. Isla ya me lo había contado, semanas atrás, en el pasillo de la torre este, cuando yo todavía era una rehén y él apenas un nombre temido.

Pero hay una diferencia entre saber algo y verlo con los propios ojos: un hombre que gobierna un clan entero, que sostiene la disciplina de todos los demás, sentado solo a estas horas, revisando hasta el último grano de la despensa como si el peso de cada decisión recayera exclusivamente sobre sus hombros.

Bajo a la cocina sin hacer ruido, y encuentro pan, queso y un poco del estofado que sobró de la cena, todavía tibio junto a las brasas. Lo dispongo en una bandeja, sin pensar demasiado en lo que estoy haciendo, y subo de vuelta hacia el despacho con el mismo sigilo con el que bajé.

Llamo suavemente, y su voz, tensa por la sorpresa de una visita inesperada a estas horas, me invita a pasar.

—¿Ocurre algo? —pregunta, incorporándose de inmediato, la mano ya buscando instintivamente el puñal que guarda cerca, como si cualquier interrupción nocturna solo pudiera significar una amenaza.

—Nada ocurre. —Dejo la bandeja sobre un rincón libre de la mesa, apartando con cuidado un par de pergaminos para hacerle sitio—. No has cenado apenas nada esta noche. Lo he notado.

Cathal mira la bandeja con una expresión que no consigo descifrar del todo, algo entre la sorpresa y una incomodidad que roza el orgullo herido.

—No hacía falta que te molestaras.

—No me he molestado. Lo he traído porque me apetecía bajar a la cocina, y de paso he pensado en ti.

Es mentira, por supuesto, una mentira pequeña y evidente que ninguno de los dos se molesta en desmontar, y Cathal la acepta con un asentimiento breve, aunque no toca la bandeja de inmediato, como si aceptar el gesto abiertamente fuera admitir una debilidad que prefiere seguir negando.

Me quedo de pie, sin saber si debería marcharme o esperar, y él, tras un momento de duda que no le había visto nunca, extiende la mano hacia el pan, partiéndolo con esa misma precisión que aplica a todo lo demás, aunque el gesto, esta vez, tiene algo de rendición silenciosa.

—Gracias —musita, al fin, sin levantar la vista del pan.

—De nada.

Me siento en la silla libre frente a él, sin que nadie me lo ofrezca, y observo los pergaminos desperdigados por la mesa: quejas de tenentes sobre lindes de pasto, cálculos de provisiones para el invierno que se avecina, una carta a medio redactar dirigida a un aliado menor cuya lealtad, según entiendo por las pocas líneas visibles, empieza a tambalearse.

—¿Siempre trabajas hasta tan tarde?

—Cuando hace falta.

—¿Y hace falta todas las noches?

Cathal levanta la vista, por fin, y algo en su expresión se suaviza, aunque la contención de siempre sigue ahí, sosteniéndole el rostro con la misma firmeza de cualquier consejo formal.

—Prefiero revisarlo yo mismo antes que confiar en que nadie más lo hará con el mismo cuidado.

—Eso suena a que no confías en nadie.

—Suena a que llevo gobernando, de un modo u otro, desde los diecinueve años, y he aprendido que un error pequeño hoy se convierte en un problema grande dentro de un mes, si nadie lo detecta a tiempo.

No insisto más sobre el tema, aunque la frase se me queda prendida, junto con la curiosidad de saber qué ocurrió exactamente a los diecinueve años para que un muchacho tuviera que aprender esa lección de un modo tan duro que todavía, años después, le cueste dormir.

Comemos en un silencio que no resulta incómodo, interrumpido solo por comentarios breves sobre las cuentas que él revisa, y en algún momento, sin que yo lo espere del todo, Cathal aparta a un lado la carta al aliado menor y me tiende, en su lugar, el listado de disputas de linde.

—¿Qué opinas de esto? —pregunta, señalando una de las quejas—. Dos tenentes discuten sobre un arroyo que marca la frontera entre sus tierras. Ninguno cede, y el consejo lleva semanas sin resolverlo porque cada uno alega una costumbre distinta.

Me sorprende la pregunta: es la primera vez que Cathal me pide opinión sobre un asunto de gobierno sin que yo tenga que exigirla primero, como hice el día del consejo por las condiciones de mis hermanas.

Reviso el pergamino con atención, reconociendo en la disputa un patrón que había visto una docena de veces en las tierras Dalcross, donde los arroyos cambian de cauce cada primavera y las viejas costumbres rara vez contemplan ese detalle.

—En mi casa resolvíamos esto fijando la linde por un punto fijo, no por el curso del agua —respondo—. Un mojón de piedra, no el arroyo mismo. Así nadie puede alegar que la frontera se movió porque el agua decidió moverse.

Cathal me observa un momento, con una expresión que no había visto antes dirigida a mí, algo parecido al respeto genuino, sin el matiz de sorpresa condescendiente con el que los hombres suelen recibir la opinión de una mujer en materia de gobierno.

—Es una solución mejor que cualquiera de las que hemos barajado en el consejo —admite, y empieza a redactar, con mi sugerencia como base, una respuesta para los tenentes en disputa.

Me quedo el resto de la noche a su lado, revisando pergaminos, ofreciendo opiniones que él, para mi sorpresa creciente, valora con la misma seriedad que aplicaría a las de cualquier tenente experimentado, y cuando finalmente me retiro a dormir, mucho más tarde de lo prudente, me llevo conmigo la certeza incómoda de que esta noche ha cambiado algo entre los dos que ninguna regla de alcoba va a poder deshacer.

Las noches siguientes, sin que ninguno de los dos lo nombre como costumbre, empiezan a repetir el mismo patrón.

Bajo a la cocina cuando veo luz bajo su puerta, subo con algo de comer, y me quedo revisando pergaminos hasta que el sueño empieza a pesarme más de lo que puedo disimular.

Cathal ya no rechaza la bandeja con la misma reticencia de la primera noche; la acepta ahora con un asentimiento breve que, en su lenguaje contenido, equivale casi a una bienvenida.

Empiezo a notar, en esas horas compartidas, detalles que la formalidad del día nunca deja ver: el modo en que se frota los ojos cuando el cansancio le gana la batalla a la disciplina, la línea de concentración que se le forma entre las cejas cuando un cálculo no le cuadra a la primera, la paciencia con la que revisa tres veces cualquier cifra que afecte al bienestar de su gente, aunque eso signifique sacrificar horas de sueño que ya de por sí escasean.

—¿Nunca delegas nada de esto? —le pregunto, una de esas noches, señalando la pila de pergaminos que parece no menguar nunca del todo.

—Delego lo que puedo delegar con seguridad —responde, sin levantar la vista—. Lo que afecta directamente al bienestar de la gente, prefiero revisarlo yo. El error, si lo hay, debe caer sobre mis hombros, no sobre los de alguien que solo cumplía mis órdenes.

—Eso es mucho peso para cargar solo, noche tras noche.

—Es el peso que corresponde a quien gobierna —responde, con una calma que no delata queja, aunque algo en el modo en que aprieta la pluma me dice que la frase le cuesta más de lo que su tono admite.

Es una respuesta que dice más de él que cualquier discurso formal ante el consejo, y me quedo pensando en ella mucho después de que ambos nos retiremos a nuestros respectivos lechos. Cuando por fin cierro los ojos, todavía puedo ver sus dedos blancos alrededor de la pluma.