CAPÍTULO 13
Ruarach Farlan llega con la escolta y el porte que corresponden a su rango, primo directo del laird de su clan, un hombre de constitución fuerte y sonrisa fácil que despliega, desde el primer saludo en el patio de armas, la clase de encanto calculado que he aprendido a desconfiar en cualquier visitante fronterizo, propio o ajeno.
—Cathal Kinloch. —Inclina la cabeza con una cortesía que no llega del todo a los ojos—.
Vuestro padre y el mío se enfrentaron una vez, hace muchos inviernos, por una disputa de ganado que ninguno de los dos recuerda ya con exactitud.
Espero que la siguiente generación sepa comportarse mejor que la anterior.
—Espero lo mismo, mi señor Farlan. Sed bienvenido a estas tierras.
Lo recibo con toda la formalidad que su rango exige, consciente de que cualquier fricción con un primo del laird Farlan podría convertirse, con la facilidad de un rumor mal gestionado, en el pretexto que Kessney lleva meses buscando.
Organizo un banquete de bienvenida esa misma noche, con la esperanza de que la cortesía formal baste para mantener la visita dentro de los límites de la costumbre.
Es la primera ocasión, desde la boda, en que presento a Muirne formalmente ante un noble de otro clan, y la observo, durante el banquete, sostener la conversación con la misma disciplina impecable que emplea para cualquier negociación de gobierno, respondiendo a las preguntas de Farlan sobre la administración de nuestras tierras con una precisión que no deja resquicio para la condescendencia que algunos hombres emplean con las mujeres de rango, por alto que sea.
El vino, sin embargo, va soltando la lengua de Farlan a medida que avanza la velada, y lo que empieza como comentarios ingeniosos se convierte, poco a poco, en algo más afilado, más deliberado, aunque sigue envuelto en la cortesía suficiente como para que nadie, salvo quizá yo mismo, note del todo el cambio de tono.
—Debo admitir, lady Kinloch, que me sorprende encontraros tan...
integrada —comenta, hacia el final del banquete, la voz ya cargada del vino que lleva bebiendo desde el primer brindis—.
Una rehén de guerra convertida en señora de la casa que destruyó la suya.
Cathal siempre tuvo buen ojo para el botín, según dicen.
Un silencio incómodo se extiende por la mesa más cercana, y percibo, en la tensión repentina de Muirne a mi lado, que el comentario le ha calado más de lo que su expresión, todavía compuesta, deja entrever.
—Cuidad vuestras palabras, mi señor —advierto, sin alzar la voz, aunque cada sílaba sale cargada de una advertencia que cualquier hombre sobrio habría captado de inmediato.
Farlan, lejos de retroceder, ríe, el vino restándole cualquier prudencia que la sobriedad le habría aconsejado guardar.
—No pretendo ofender, Cathal. Solo constato lo evidente.
Una esposa Dalcross en la mesa Kinloch es, al fin y al cabo, una pieza bien dispuesta como botín de guerra, por mucho que la vistáis de lady y la sentéis a vuestra derecha.
Cualquier hombre entendería que la conservéis por el escaparate que ofrece ante el resto de las Tierras Altas.
Las palabras caen sobre la mesa entera con un peso que silencia, de golpe, cualquier conversación cercana, y siento, en ese instante, una frialdad instalarse en mí que no tiene nada que ver con la ira descontrolada que cualquier otro hombre habría mostrado ante semejante insulto.
Es algo más antiguo, más calculado, la misma entereza que empleo para cualquier decisión de gobierno, ahora dirigida hacia un propósito mucho más personal.
Me levanto despacio, sin apresurar el gesto, y el salón entero, sensible ya a la tensión que Farlan ha sembrado con su propia lengua, guarda un silencio que se extiende hasta los rincones más alejados de la mesa.
—Habéis insultado a mi esposa, a mi casa, y el honor de un anfitrión que os ha recibido con toda la cortesía que vuestro rango merece —expongo, sin alzar la voz ni un ápice, cada palabra pronunciada con la misma precisión con la que trazaría una línea en un mapa de frontera—.
Por esa razón, os retiro los derechos de hospitalidad que os amparaban bajo este techo, con efecto inmediato.
Farlan parpadea, la sonrisa borrándose de golpe al comprender, aunque tarde, la magnitud de lo que acaba de provocar.
—Cathal, el vino habla más que yo, no pretendía...
—Tenéis hasta el amanecer para abandonar las tierras Kinloch. Si algún día volvéis a cruzar esta frontera sin haber sido invitado expresamente, la pena será la muerte, sin excepción ni súplica posible, sin importar la sangre que compartáis con vuestro laird.
No hay gritos. No hay acero desenvainado.
Solo la certeza fría de una sentencia pronunciada con la misma disciplina que empleo para cualquier otro asunto de gobierno, y percibo, en el silencio absoluto que sigue, que esa calma resulta mucho más aterradora, para todos los presentes, que cualquier estallido de furia habría conseguido.
Farlan se retira esa misma noche, escoltado hasta el límite de nuestras tierras por una guardia armada que no le concede ni un momento de dignidad adicional, y el banquete se disuelve poco después, los invitados retirándose con la misma tensión silenciosa que la escena acaba de sembrar entre ellos.
Muirne no dice nada mientras subimos juntos hacia la alcoba, y percibo, en su silencio, algo que no consigo del todo interpretar: una comprensión nueva, la certeza recién adquirida de exactamente qué clase de poder sostiene el hombre con quien comparte techo, y de que ese poder, cuando decide emplearlo en su defensa, puede resultar tan temible como protector.
—¿Lo habrías hecho? —pregunta, cuando finalmente cerramos la puerta de la alcoba a nuestra espalda—. Matarlo, si vuelve a cruzar la frontera.
—Sin dudarlo.
Ella asiente, despacio, sin el reproche que quizá esperaba encontrar, y algo en su expresión, mientras me observa prepararme para mi propio lecho, sugiere que ha decidido, esta noche, dejar de fingir que la distancia entre nosotros sigue teniendo sentido.
—Cathal.
—¿Sí?
—Gracias. Por defenderme así, sin necesidad de que yo lo pidiera.
Es la primera vez, desde la boda, que es ella quien rompe el silencio entre nosotros sin que ninguna crisis externa la obligue a hacerlo, y algo en esa pequeña valentía compartida pesa, esta noche, más que cualquier discurso formal que yo mismo podría haber ofrecido.
Me tiendo en mi propio lecho, la mirada fija en las vigas del techo, repasando cada instante del banquete: el comentario de Farlan, calculado para herir del modo más público posible; el silencio absoluto que siguió a mi sentencia; la expresión de Muirne, que no mostró miedo alguno ante la frialdad con la que acabo de condenar a un hombre a muerte si vuelve a cruzar mi frontera.
Cualquier otra mujer, sospecho, habría temido lo que acaba de presenciar.
Ella, en cambio, parece haber encontrado en ello algo parecido al alivio.
—¿En qué piensas? —pregunta, hacia la oscuridad, notando quizá que mi respiración no tiene el ritmo del sueño.
—En cómo has reaccionado esta noche. Cualquiera habría esperado que temieras lo que viste.
—No temo tu poder, Cathal. Temería que lo emplearas sin razón, o que lo escondieras cuando de verdad hiciera falta. Esta noche no hiciste ninguna de las dos cosas.
Sus palabras se me quedan prendidas de un modo que no consigo del todo procesar, y pienso, mientras el sueño empieza a vencerme, en lo distinto que resulta este matrimonio de cualquier otro que haya presenciado entre los tenentes de mi propio consejo: una mujer que no busca protección ciega, que busca la certeza de que quien la protege sabe distinguir cuándo hacerlo y cuándo contenerse.
Por la mañana, convoco a Griogair para discutir las consecuencias diplomáticas de lo ocurrido, consciente de que un destierro tan público, dirigido contra el primo de un laird vecino, no va a pasar desapercibido en las Tierras Altas.
—El clan Farlan exigirá una explicación formal —comenta Griogair, con la cautela de quien ya ha calculado varios escenarios posibles—. La pregunta es si la exigirán con palabras, o con algo más.
—Que la exijan como prefieran. Ruarach Farlan insultó a mi esposa bajo mi propio techo, delante de doscientos testigos. Ningún clan con honor esperaría que yo respondiera de otro modo.
—Estoy de acuerdo, mi laird. Solo quería que supierais que la respuesta, sea cual sea, probablemente tarde en llegar. Los Farlan no son hombres que actúen deprisa cuando el orgullo está en juego.
Asiento, sabiendo que Griogair tiene razón, y que esta noche, por mucho que la sentencia pronunciada ante el banquete resultara justa, acabamos de sembrar una hostilidad que tardará meses, quizá años, en dar su fruto más amargo.
No me arrepiento de la decisión. Pero tampoco finjo, ni siquiera ante mí mismo, que no tendrá consecuencias que ninguno de los dos, ni yo ni Muirne, podamos controlar del todo cuando finalmente lleguen.
Esa tarde, encuentro a Muirne en el despacho, revisando los últimos detalles de las provisiones de invierno con la misma concentración de siempre, y me siento frente a ella sin necesidad de que ninguno de los dos rompa el silencio con explicaciones adicionales sobre lo ocurrido la noche anterior.
Trabajamos juntos, como cada tarde desde hace semanas, y solo cuando el sol empieza a declinar, ella levanta la vista del pergamino que revisa.
—¿Crees que Farlan cumplirá su amenaza de volver?
—No lo sé. Pero si lo hace, estaremos preparados.
Ella asiente, sin más preguntas, y volvemos a nuestras respectivas tareas, la certeza tranquila de que, sea cual sea la respuesta que el clan Farlan decida ofrecer, la enfrentaremos juntos, del mismo modo en que hemos aprendido, poco a poco, a enfrentar todo lo demás desde aquella primera noche de matrimonio forzado.