EL PRECIO DE UNA REINA CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Las primeras semanas de matrimonio se instalan en una rutina extraña, hecha a partes iguales de formalidad y de una intimidad tímida que ninguno de los dos sabe todavía nombrar del todo.

Cathal cumple su palabra con la misma firmeza con la que cumple cualquier otra: duerme en el lecho pequeño, no me toca, y sin embargo cada mañana encuentro pequeños gestos que no exige ninguna costumbre ni ninguna regla de cortesía formal.

Empieza con el desayuno. La segunda mañana, encuentro junto a mi plato una taza de infusión de brezo, la misma que pedí una vez, de pasada, a Isla, sin pensar que nadie más lo recordaría.

No pregunto cómo lo supo. La tercera mañana, hay flores tardías en un jarrón junto a la ventana, recogidas, según me confiesa Isla con una sonrisa cómplice, por el propio laird antes del amanecer, cuando nadie más estaba despierto para verlo.

—No hace falta que sigáis con esto —le comento, una mañana, cuando encuentro un chal de lana gruesa doblado sobre el respaldo de mi silla, exactamente del grosor que necesito para las mañanas frías que empiezan a instalarse sobre el valle.

—No sigo con nada en particular —responde, sin levantar la vista del pergamino que revisa antes de bajar al consejo—. Simplemente noto cosas.

No insisto, aunque el comentario se me queda prendido el resto del día, junto con la certeza incómoda de que un hombre que "simplemente nota cosas" ha estado observándome con más atención de la que admite, y que yo, sin darme cuenta del todo, he empezado a hacer lo mismo con él.

Asumo, poco a poco, las tareas que corresponden a la señora de esta casa: reviso las cuentas de la despensa junto al mayordomo, un hombre mayor llamado Uilleam que al principio me trata con la reserva cautelosa de quien no confía todavía en una Dalcross, y que va cediendo, día a día, ante la meticulosidad con la que reviso cada cifra.

Superviso las labores de las criadas, medio con el ojo puesto en Ceana, que sigue sin encontrar un lugar cómodo en esta casa nueva, y medio en Beitris, que florece de un modo que no había visto desde antes de la redada, sobre todo en los días en que Fingal encuentra excusas cada vez menos disimuladas para cruzarse con ella en el patio.

Lachlan sigue siendo la sombra incómoda de cada reunión de consejo, cortés en apariencia, distante en el fondo, y aunque Cathal lo mantiene a raya con la misma frialdad calculada de siempre, percibo, en los comentarios que se le escapan a los tenentes menores, que su descontento no ha desaparecido, solo se ha vuelto más paciente.

—¿Confías en él? —le pregunto a Cathal una tarde, mientras revisamos juntos unas cuentas de frontera, algo que ha empezado a convertirse en una costumbre compartida entre los dos, aunque ninguno lo haya nombrado como tal.

—No del todo —admite, sin apartar la vista del pergamino—. Pero es sangre de mi sangre, y hasta que haga algo que exija más que desconfianza, prefiero vigilarlo de cerca que convertirlo en enemigo declarado.

—¿Y si algún día hace algo que lo exija?

—Entonces actuaré. Pero no antes.

Es una respuesta típica de él, calculada, paciente, sin un ápice de la ira que yo misma sentiría en su lugar, y me pregunto, no por primera vez, cuánto le cuesta sostener esa disciplina cuando la sangre que corre por sus venas es la misma que corre por las de un hombre que preferiría verlo tropezar.

Las noches, mientras tanto, se han convertido en algo que ninguno de los dos nombra en voz alta pero que ambos parecemos cuidar con el mismo esmero silencioso.

Cathal me cuenta, mientras se prepara para su propio lecho, fragmentos de su infancia que nunca compartiría en el consejo: la primera vez que cayó de un caballo delante de su padre y el bochorno que sintió al levantarse llorando; las peleas de juguete con Fingal cuando ambos eran demasiado pequeños para entender que algún día uno tendría que gobernar y el otro no.

Yo le cuento, a cambio, retazos de mi propia infancia, de mi madre antes de la fiebre, de las tardes enseñando a Beitris a leer cuando ella todavía era demasiado pequeña para sentarse quieta más de un minuto seguido.

No nos tocamos. La regla sigue en pie, tan firme como la noche en que la pronunció, aunque cada noche que pasa siento que la distancia entre nuestros lechos se hace más difícil de sostener; él no la rompe, pero yo misma empiezo a preguntarme, en la quietud antes del sueño, cuánto tiempo más voy a querer mantenerla yo.

Una tarde, mientras reviso con Uilleam el inventario de grano antes del invierno, Ceana entra en la despensa con una expresión que reconozco de inmediato: la de alguien que trae noticias que preferiría no tener que dar.

—Ha llegado un mensajero de las tierras Kessney —anuncia, sin rodeos, porque Ceana nunca ha sido de las que suavizan los golpes—.

No trae carta, solo un mensaje verbal para el laird: que Torcall Kessney sigue observando con interés cómo evoluciona el matrimonio Dalcross-Kinloch, y que espera que la garantía se mantenga tan sólida como el consejo la ha declarado.

—Eso suena a amenaza envuelta en cortesía —comento, dejando a un lado el pergamino que estaba revisando.

—Porque lo es —confirma Ceana—. Cathal ya lo sabe. Se lo comunicaron antes de que yo bajara a buscarte.

Encuentro a Cathal esa misma tarde en su propio despacho, revisando mapas de frontera con una concentración que reconozco como su modo particular de canalizar la inquietud sin que se le note en el rostro.

—¿Es grave? —pregunto, sin preámbulos, sentándome frente a él.

—Es un recordatorio —responde, sin levantar la vista del mapa—.

Kessney quiere que sepamos que sigue vigilando, que cualquier grieta en esta alianza será aprovechada en cuanto aparezca.

No es una amenaza inmediata. Es paciencia disfrazada de cortesía, la misma que emplea Lachlan, aunque con intenciones mucho más peligrosas.

—¿Debería preocuparme?

Levanta la vista, por fin, y algo en su expresión se suaviza al mirarme, aunque la preocupación sigue ahí, apenas disimulada bajo la compostura de siempre.

—Deberías estar alerta, no asustada. Hay una diferencia, y confío en que sepas distinguirla mejor que la mayoría.

—¿Y qué hacemos, mientras tanto?

—Seguir exactamente lo que hacemos ahora.

—Extiende una mano sobre la mesa, no para tocarme: para señalar el mapa que tiene delante—.

Fortalecer cada alianza que podamos, incluida la que tenemos con Aodh Ross en el vado norte.

Cuanto más sólida parezca esta casa desde fuera, menos tentador resultará el más mínimo indicio de fisura.

Asiento, aunque la palabra "fisura" se me queda prendida de un modo incómodo, porque pienso, sin poder evitarlo, en la fisura que ambos llevamos cargando desde la noche de bodas, esa que ninguno de los dos ha nombrado todavía en voz alta.

Una tarde, cuando el otoño empieza a apretar de verdad sobre el valle, llega la noticia de que Ruarach Farlan, primo del laird del clan Farlan, solicita una visita de cortesía fronteriza, la primera desde que el Pacto selló nuestro matrimonio.

El nombre no me suena de nada, pero noto, en el modo en que Cathal frunce apenas el ceño al escucharlo, que a él sí le resulta familiar, aunque no comparte de inmediato qué opinión le merece.

—¿Lo conocéis? —pregunto, esa misma noche, mientras nos preparamos cada uno para nuestro propio lecho, ya con la rutina asentada de una intimidad extraña que no incluye el contacto, pero sí, cada vez más, la conversación.

—De nombre, y no del todo bien —responde, sin dar más detalles—. Su clan y el nuestro llevan generaciones vigilándose sin llegar nunca a la guerra abierta. Una visita de cortesía, en teoría, aunque con los Farlan nunca sé si la cortesía es sincera o solo el primer movimiento de algo más largo.

—¿Y aun así lo recibiréis?

—Negarle audiencia sería una descortesía que ningún clan fronterizo perdona fácilmente, y menos en un momento en que necesitamos aliados, no enemigos nuevos. Lo recibiré con todos los honores que su rango exige, y confiaré en que la costumbre baste para mantenerlo en su sitio.

No insisto más esa noche, aunque el nombre de Ruarach Farlan se me queda prendido de un modo que no consigo sacudirme, ni siquiera cuando el sueño finalmente me alcanza, con la respiración calmada de Cathal como único sonido en la oscuridad de la alcoba que ya empezamos, sin decirlo en voz alta, a considerar nuestra.

Pienso, esa misma noche, en la fisura que ambos llevamos cargando desde la noche de bodas, esa que ninguno de los dos ha nombrado todavía en voz alta: la distancia cada vez más fina entre su lecho y el mío.

Me pregunto, mientras el sueño finalmente me alcanza, cuánto tiempo más aguantaremos los dos fingiendo que esa distancia no existe, y si algún día seré yo quien encuentre el valor de acortarla, o si tendremos que esperar a que algo externo, alguna visita incómoda o una carta de Kessney, nos obligue por fin a admitir en voz alta lo que ambos llevamos semanas callando.