CAPÍTULO 11
Cierro la puerta y ninguno de los dos se mueve; el silencio se espesa entre nosotros.
La cámara nupcial ha sido preparada con el mismo cuidado que el resto de la ceremonia: un fuego alto en la chimenea, sábanas nuevas sobre el lecho, jarras de vino que nadie va a tocar esta noche colocadas junto a la ventana como si la formalidad exigiera también fingir despreocupación.
Muirne se queda cerca de la puerta, con el vestido de mi abuela todavía ajustado a su cuerpo, las manos entrelazadas frente a ella con una compostura que reconozco, porque es la misma que yo mismo llevo empleando toda la tarde para no delatar nada ante doscientos testigos.
Ahora no hay testigos. Solo estamos ella y yo, y el peso de una decisión que llevo cargando desde antes incluso de proponer este matrimonio al consejo.
—Podéis sentaros —digo, señalando hacia el único sillón junto al fuego, aunque la formalidad de la frase suena absurda incluso a mis propios oídos, dirigida a la mujer que ahora lleva mi apellido—. No hace falta que sigamos de pie como si esperáramos audiencia.
Muirne se acerca al sillón, pero no se sienta del todo; se queda junto a él, una mano apoyada en el respaldo, observándome con esa misma atención calculadora que empleó el primer día, cuando exigió condiciones antes de aceptar nada de lo que le ofrecíamos.
Ahora, sin embargo, hay algo distinto bajo esa calma, una tensión que no consigo nombrar del todo y que reconozco, porque la llevo yo mismo clavada bajo las costillas desde que la vi bajar la escalera esta tarde con el vestido de mi abuela ajustado a su cuerpo.
El fuego chisporrotea, llenando el silencio que ninguno de los dos parece dispuesto a romper primero.
La miro, y ella me sostiene la mirada sin apartarla, como ha hecho siempre, aunque hoy ese gesto tiene un peso distinto al de un desafío político.
Hoy es, simplemente, una mujer esperando a saber qué clase de hombre soy quien se ha convertido esta tarde en su esposo.
Decido no hacerla esperar más.
—Sé lo que se espera de esta noche —empiezo, eligiendo cada palabra con el mismo cuidado que emplearía para negociar una tregua—.
La costumbre, el consejo, incluso mi propio padre esperan que esta unión se consume esta misma noche, para que nadie pueda cuestionar después la validez del matrimonio.
Quiero que sepáis, antes de que digáis nada, que no pienso exigir eso.
Algo cruza el rostro de Muirne, sorpresa quizá, o el principio de una pregunta que todavía no formula.
—No os entiendo.
—No os tocaré esta noche. Ni ninguna otra, hasta que vos misma me lo pidáis.
El silencio que sigue se estira más de lo cómodo. Muirne aparta la mano del respaldo del sillón, dando un paso hacia mí, como si necesitara reducir el espacio entre los dos para comprobar que hablo en serio.
—¿Por qué? —pregunta, y en su voz hay algo que no consigo leer del todo: alivio, quizá, o el principio de una ofensa que no termina de decidir si sentir.
Es la pregunta que más temía, porque la respuesta honesta exige revelar algo que llevo controlando toda la vida, y no sé, hasta que empiezo a hablar, si tendré la disciplina necesaria para detenerme a tiempo.
—Porque conozco exactamente el poder que tengo sobre vos esta noche —respondo, despacio, cada palabra pesada como una piedra que llevo cargando desde antes de que el consejo aprobara este matrimonio—.
Sois mi esposa ante la ley, ante el Pacto, ante ambos clanes.
Nadie en esta casa, ni en la vuestra, cuestionaría mi derecho a reclamaros esta misma noche, con vuestro consentimiento o sin él, porque la costumbre lo ampara y nadie se atrevería a llevar la contraria al laird que seréis algún día.
Ese poder existe, lo tenga o no lo ejerza.
Y me niego a usarlo sin que vos misma lo elijáis con el cuerpo entero, no solo con la ceremonia de esta tarde.
Muirne no responde de inmediato. Se queda observándome con una intensidad que me obliga a sostener el impulso de apartar la mirada, algo que no me ocurre con nadie más en este castillo, ni siquiera con mi propio padre cuando discutimos estrategia ante el consejo.
—Eso no es lo que esperaba escuchar de un Kinloch —comenta, al fin, con una voz más baja de la que ha empleado en toda la tarde.
—Puede que no. Pero es la verdad, y os debo, al menos, eso.
Se acerca otro paso, y la distancia entre nosotros se reduce a algo que ya no puedo ignorar sin esfuerzo.
Percibo el aroma tenue de las flores que llevaba trenzadas en el pelo durante la ceremonia, ahora casi deshechas tras horas de baile y ceremonia, y algo en mí se tensa con una intensidad que no había anticipado del todo, por mucho que llevara semanas advirtiéndome a mí mismo de que esto podría ocurrir.
—¿Y si nunca os lo pido? —pregunta, con una calma que no sé si es genuina o una prueba deliberada—. ¿Sostendréis esa regla para siempre?
—La sostendré todo el tiempo que haga falta.
—Eso podría ser una eternidad, Cathal.
Es la primera vez que pronuncia mi nombre sin el título formal que ha empleado hasta ahora, y algo en el modo en que suena en su voz me atraviesa con más fuerza que cualquier golpe recibido en el campo de batalla.
Me obligo a mantener el rostro quieto, el mismo rigor de siempre, aunque por dentro cada palabra suya parece encontrar exactamente el punto donde mi control es más frágil.
—Entonces será una eternidad —respondo—. Prefiero eso a que, dentro de un año, o de diez, me miréis y recordéis que os tomé sin que lo eligierais de verdad.
Muirne guarda silencio un momento largo, y en ese silencio percibo algo cambiar en su postura, una tensión distinta a la de la sorpresa inicial, algo más parecido a la misma corriente que me recorrió a mí cuando el sacerdote nos unió las manos ante el consejo entero. No se acerca más. Tampoco retrocede.
—¿Y si os lo pido yo, y luego me arrepiento? —pregunta, con una honestidad que no esperaba, y que me obliga a pensar la respuesta con el mismo cuidado que aplicaría a cualquier decisión de gobierno.
—Entonces detendré lo que sea que estemos haciendo, en el instante en que me lo digáis, sin necesidad de explicación ni de disculpa. Esa parte de la regla no tiene fecha de caducidad.
Algo en su expresión se suaviza, apenas, aunque no del todo.
Se acerca al lecho, pasa una mano por la colcha nueva, sin llegar a sentarse, y yo la observo desde donde estoy, sin moverme, consciente de que cada centímetro de distancia entre los dos pesa esta noche más que cualquier frontera que haya defendido jamás.
—¿Dónde dormiréis, entonces? —pregunta, sin volverse del todo.
—Aquí. En esta misma estancia. —Señalo hacia un lecho más pequeño, dispuesto junto a la pared opuesta, que hice preparar sin decírselo a nadie más que a Isla, para que nadie en el castillo tuviera motivo de dudar de la validez formal de esta unión—.
No hace falta que la costumbre sepa que dormimos separados. Solo hace falta que vos lo sepáis.
Muirne se vuelve, por fin, y me mira con una expresión que no consigo descifrar del todo, algo entre el alivio que temía no encontrar y una decepción que no esperaba provocar.
Me pregunto, durante un instante que me avergüenza incluso mientras lo pienso, si hubiera preferido que yo no sostuviera esta regla, si en algún rincón de sí misma esperaba que la tomara esta noche sin darle ocasión de decidir nada.
No se lo pregunto. No tengo derecho a exigirle esa claridad cuando yo mismo no consigo nombrar del todo lo que siento.
—Gracias —susurra, por fin, y la palabra suena más pesada de lo que su brevedad debería permitir—. No esperaba esto de vos.
—Lo sé.
—¿Puedo preguntaros algo más?
—Podéis.
—¿Cuánto tiempo creéis que podréis sostener esta regla, de verdad?
—pregunta, con una media sonrisa que no es del todo burla, aunque tampoco carece de ella—.
Porque esta noche parecéis muy seguro. No sé si lo seguiréis estando dentro de una semana, compartiendo esta misma estancia conmigo cada noche.
La pregunta me golpea con más precisión de la que ella probablemente pretendía, porque toca exactamente la duda que llevo cargando desde que decidí esta regla: que la disciplina que aplico a cada decisión de gobierno, a cada negociación de frontera, podría no bastar frente a algo tan simple como compartir la misma habitación, noche tras noche, con la mujer que ya ocupa más espacio en mi cabeza del que ningún tratado ha ocupado jamás.
—No lo sé —admito, con una honestidad que me sorprende a mí mismo tanto como a ella—. Pero pienso averiguarlo, en vez de romper mi propia palabra por comodidad.
Algo parecido a una sonrisa real cruza el rostro de Muirne, la primera que le veo esta noche que no está calculada para la ceremonia, y desaparece casi tan rápido como llegó, aunque el recuerdo se me queda prendido de un modo que sé que no voy a poder ignorar fácilmente cuando apague la última vela.
Nos preparamos para dormir cada uno en su propio lecho, con la torpeza incómoda de dos desconocidos que no saben todavía qué grado de intimidad les corresponde ni siquiera para las tareas más simples.
Ella se retira tras el biombo que Isla dispuso para la ocasión; yo me quito solo la capa y las botas, sin desvestirme del todo, más por prudencia que por pudor, consciente de que cualquier gesto esta noche podría interpretarse de un modo que ninguno de los dos está preparado para gestionar todavía.
Apago las velas una a una, dejando solo el resplandor del fuego, y me tiendo en el lecho pequeño, la mirada fija en el techo, escuchando la respiración de Muirne al otro lado de la estancia, tan cerca que se me eriza la piel.
—Cathal —dice, hacia la oscuridad, cuando ya empezaba a creer que ambos habíamos decidido fingir estar dormidos.
—¿Sí?
—Esta ha sido la primera vez en mucho tiempo que alguien me ha dado a elegir algo de verdad.
No sé qué responder a eso, así que no respondo con palabras.
Me limito a dejar que el silencio que sigue diga, por los dos, lo que ninguno se atreve todavía a nombrar en voz alta, mientras el fuego se consume despacio y la primera de muchas noches compartidas, separados por apenas unos pasos de piedra fría, se cierra sobre nosotros como una tregua frágil que ninguno sabe cuánto va a durar.