CAPÍTULO 10
El gran salón, transformado para la ocasión, apenas se parece al lugar frío donde nos presentaron ante Artair el primer día.
Guirnaldas de brezo y ramas tardías cubren las paredes de piedra; las mesas, dispuestas en largas hileras, esperan el banquete que seguirá a la ceremonia; y los estandartes de ambos clanes —el Kinloch y lo que queda del Dalcross— cuelgan uno junto al otro por primera vez desde que el Pacto exigió nuestra rendición.
Isla y las demás criadas terminan de ajustarme el vestido poco antes del mediodía, un trabajo de terciopelo azul oscuro bordado en plata que perteneció a la abuela de Cathal, entallado a mi cuerpo con alfileres que ninguna se atreve a retirar del todo hasta el último instante.
Me miro en el espejo de bronce pulido que han traído a mi alcoba para la ocasión, y apenas reconozco a la mujer que me devuelve la mirada: pálida, compuesta, con el pelo recogido en trenzas que Beitris ha entrelazado con hilos de plata, más parecida a una estatua ceremonial que a la Muirne que llegó a estas tierras hace apenas unas semanas con el humo de su propia casa todavía en la ropa.
—Estás preciosa —susurra Beitris, con los ojos brillantes, y Ceana, detrás de ella, asiente sin palabras, aunque su expresión guarda algo más complicado que la simple admiración de nuestra hermana pequeña.
No respondo. No confío en mi propia voz para pronunciar nada sin que me tiemble.
Bajamos al gran salón cuando los últimos invitados ya han ocupado sus asientos: tenentes de ambos clanes, aliados menores, incluso Aodh Ross, que ha vuelto para la ceremonia con la misma elegancia serena con la que aceptó su derrota semanas atrás.
El murmullo se apaga en cuanto cruzo el umbral, y todas las miradas convergen en mí con una intensidad que casi me hace tropezar en el primer paso.
Cathal me espera junto al sacerdote, al fondo del salón, vestido con los colores de su clan, la espalda recta, el rostro compuesto en esa misma disciplina que ya reconozco como su armadura habitual.
Solo cuando nuestras miradas se cruzan, mientras avanzo por el pasillo improvisado entre las mesas, algo en su expresión se quiebra apenas, un instante fugaz que nadie más parece notar, antes de que vuelva a recomponerse con la misma rapidez con la que se le escapó.
Llego a su lado, y el sacerdote empieza a recitar las palabras que unirán, ante ambos clanes, a la hija del laird caído con el heredero del clan que impuso la ley sobre el suyo.
Son palabras antiguas, formales, pensadas para sellar alianzas más que para celebrar amor, y las escucho con una sensación de irrealidad que no consigo sacudirme, como si todo esto le estuviera ocurriendo a otra mujer y yo solo fuera testigo desde una distancia prudente.
—Cathal Kinloch, ¿tomáis a Muirne Dalcross como legítima esposa, para protegerla, sostenerla y honrarla ante este clan y ante Dios?
—La tomo —responde Cathal, con una voz firme que no delata ni un ápice de la fisura que vi en su rostro hace un momento.
—Muirne Dalcross, ¿tomáis a Cathal Kinloch como legítimo esposo, para honrarlo y sostener con él la alianza que ambos clanes reconocen hoy?
—Lo tomo —respondo, y mi propia voz me suena distante, como si perteneciera a otra persona, aunque las palabras salen firmes, sin titubeo, porque he decidido, desde hace días, que nadie en este salón me va a ver dudar.
El sacerdote nos pide las manos para el último rito, el que sella el compromiso ante los presentes, y es entonces, cuando los dedos de Cathal rodean los míos con una firmeza cuidadosa, deliberadamente contenida, cuando algo me recorre entera con una intensidad que no esperaba en absoluto.
No es la primera vez que me toca —me ha sostenido el brazo, me ha guiado por un pasillo, gestos rituales de cortesía formal— pero esto es distinto, cargado de un peso que ninguno de los dos parece dispuesto a nombrar delante de doscientos testigos.
Levanto la vista hacia él, y descubro, en la fracción de segundo antes de que recomponga otra vez su expresión, que él ha sentido exactamente lo mismo.
Sus dedos se tensan apenas alrededor de los míos, un instante de más del que exige el rito, y algo cruza entre nosotros que no tiene nada que ver con el Pacto, ni con la frontera, ni con ninguna de las razones políticas que nos han traído hasta este salón.
El sacerdote pronuncia las palabras finales, y un murmullo de aprobación recorre las mesas cuando declara la unión sellada ante ambos clanes.
Artair se pone en pie el primero, alzando una copa hacia nosotros con una expresión que, por una vez, no oculta del todo el orgullo que siente; los tenentes lo imitan, y el salón entero estalla en un clamor de vítores que resulta, después de tanta ceremonia contenida, casi excesivo.
Cathal no suelta mi mano de inmediato. La sostiene un momento más de lo necesario, mientras acepta las felicitaciones de los hombres más cercanos con la misma cortesía disciplinada de siempre, y ese contacto prolongado, insignificante para cualquier otro en la sala, se convierte para mí en el centro exacto de toda la tarde.
El banquete se extiende durante horas, entre discursos formales, brindis de aliados que aprovechan la ocasión para reafirmar tratados menores, y música que los músicos del castillo interpretan con más entusiasmo que refinamiento.
Bailo con Cathal el primer baile, como exige la costumbre, y aunque ninguno de los dos habla mientras nos movemos por el centro del salón bajo la mirada de doscientos invitados, la distancia entre nuestros cuerpos se acorta más de lo que el rito exige, y ninguno de los dos hace nada por corregirlo.
—¿Estáis bien? —pregunta, en voz baja, cuando la música nos acerca lo suficiente para que nadie más pueda oírlo.
—No lo sé —respondo, con una honestidad que no planeaba ofrecer—. Todo esto parece pertenecer a otra persona.
—A mí también —admite él, y algo en su tono, tan poco propio de la frialdad que sostiene ante el resto del salón, me sorprende más que cualquier otra cosa ocurrida hoy—. Llevo toda la tarde esperando que alguien anuncie que se trata de un error, que ninguno de los dos está preparado para esto.
—¿Y si nadie lo anuncia?
—Entonces tendremos que averiguar los dos, juntos, qué se supone que hacemos ahora.
No sé qué responder a eso, así que me limito a dejar que la música nos lleve el resto del baile, mientras Aodh Ross nos observa desde su mesa con una sonrisa cortés que no delata ni rastro de amargura, y Ceana, más allá, conversa con uno de los tenentes con la vigilancia de siempre, aunque de vez en cuando su mirada se cruza con la mía, como si comprobara que estoy bien.
Cae la noche, y con ella llega el momento que llevo temiendo, aunque no sepa exactamente si el miedo es de lo que va a ocurrir o de lo mucho que, contra toda razón, quiero que ocurra.
Cathal se despide de su padre y de los invitados más cercanos con la formalidad que la ocasión exige, y luego se vuelve hacia mí, tendiéndome la mano con el mismo gesto ceremonial de toda la tarde, aunque algo en sus ojos ya no tiene nada de ritual.
—Es hora —dice, simplemente, y su voz, tan controlada siempre, se quiebra apenas en esas dos palabras.
Tomo su mano, y dejo que me guíe fuera del gran salón, entre las miradas de los invitados que fingen no observarnos mientras cruzamos hacia la escalera que lleva a la cámara nupcial, con el peso de todo un clan reunido a nuestra espalda y la certeza incómoda de que, sea lo que sea que ocurra esta noche, ya nada volverá a ser exactamente igual entre nosotros.
Subimos la escalera en silencio, el bullicio del banquete quedando atrás poco a poco, apagándose tras cada puerta que dejamos cerrada a nuestro paso.
Cathal no suelta mi mano en ningún momento, y yo tampoco hago nada por soltarme, aunque los dos sabemos que en cuanto crucemos el umbral de la cámara nupcial, tendremos que decidir, sin ceremonia ni testigos que nos guíen, qué clase de matrimonio queremos construir a partir de esta noche.
Nos detenemos frente a la puerta un instante más de lo necesario, ninguno de los dos con prisa por cruzarla del todo, como si ambos supiéramos que, una vez dentro, la máscara ceremonial de toda la tarde tendrá que caer, dejando paso a algo mucho menos fácil de controlar.
Cathal empuja la puerta, al fin, y me cede el paso con esa misma cortesía formal que ha mantenido durante toda la tarde, aunque algo en el modo en que sus dedos rozan los míos al soltarme la mano ya no tiene nada de formal.
Cruzo el umbral primero, con el corazón latiendo a un ritmo que no consigo achacar del todo al vino del banquete, y él cierra la puerta a nuestra espalda.
El chasquido del pestillo resuena en el silencio repentino de la alcoba.