EL PRECIO DE UNA REINA CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Las dos semanas antes de la boda se convierten, casi de inmediato, en una maquinaria de preparativos que no deja espacio para dudar de nada, y sospecho que es exactamente lo que Artair pretendía al fijar un plazo tan corto.

Isla y otras dos criadas se turnan para ajustarme un vestido de novia que pertenecía, según me cuentan con cierto respeto reverente, a la abuela de Cathal; los tenentes discuten la disposición de las mesas en el gran salón como si de ello dependiera la paz entre los clanes, que en cierto modo así es.

Cartas van y vienen hacia aliados y vecinos, invitaciones formales que confirman, ante todas las Tierras Altas, que la garantía de Dalcross queda satisfecha por la vía más irrevocable que la costumbre reconoce.

Yo me dejo llevar por esa maquinaria con la misma disciplina que aplico a todo lo demás, aunque cada decisión —el color de las cintas, el orden de los invitados, la hora exacta de la ceremonia— me recuerda que esto, por mucho que Cathal insistiera en que mi consentimiento era real, sigue naciendo de una necesidad política que ninguna de las dos partes puede ignorar del todo.

Beitris, en cambio, encuentra en los preparativos una alegría que no le había visto desde antes de la redada.

Corretea entre las criadas, pregunta por cada detalle del vestido, se ofrece a ayudar con tareas que nadie le ha pedido, como si la boda de su hermana fuera, por fin, algo bueno que celebrar en medio de tanto cambio forzado.

La dejo hacer, agradecida de verla así, aunque una parte de mí tema que su entusiasmo se estrelle contra la frialdad política del acto en cuanto llegue el día.

Es durante uno de esos preparativos, mientras recorremos el patio interior en busca de flores tardías para adornar el salón, cuando ocurre algo que no esperaba presenciar.

Fingal Kinloch, el hermano menor, al que apenas he cruzado palabra desde que llegamos, aparece junto al huerto con un libro entre las manos, envuelto en un paño para protegerlo de la humedad.

Es distinto a Cathal en casi todo: más desgarbado, con una energía contenida que parece buscar constantemente una salida, y una expresión que rara vez se queda quieta el tiempo suficiente para que uno la interprete del todo.

—Lady Beitris —comenta, deteniéndose frente a nosotras con una brusquedad que no resulta descortés, solo torpe—. Esto llegó con la última remesa de mercancías de Edimburgo. Pensé que podría interesaros.

Le tiende el libro sin más explicación, y Beitris lo recibe con una sorpresa que no consigue disimular. Es un volumen de poesía, encuadernado en piel oscura, del tipo que rara vez llega hasta estas tierras fronterizas.

—¿Cómo sabíais que...? —empieza Beitris, y se detiene, como si temiera que la pregunta misma delatara algo que no debería.

—No lo sabía —responde Fingal, demasiado rápido, con las orejas encendidas de un modo que contradice su propia negación—. Lo vi y pensé que a alguien podría gustarle. Da igual a quién.

Se marcha antes de que Beitris pueda darle las gracias como es debido, con ese mismo paso apresurado que parece llevarlo a todas partes, y mi hermana se queda mirando el libro entre sus manos con una expresión que no le conocía, mezcla de sorpresa y algo más tierno que no me atrevo a nombrar todavía.

—¿Cómo sabía que me gusta la poesía? —pregunta, más para sí misma que para mí, mientras pasa los dedos por el lomo de piel.

—Quizá alguien se lo mencionó —respondo, aunque sospecho, sin poder confirmarlo, que la respuesta es mucho más sencilla: que Fingal Kinloch, sin admitirlo ante nadie, ha empezado a fijarse en mi hermana pequeña de un modo que ninguno de los dos parece dispuesto a reconocer todavía.

Ceana, que nos alcanza un momento después con los brazos cargados de ramas tardías, observa el intercambio con una ceja alzada y una expresión que no tarda en convertirse en palabras cuando Beitris se adelanta, absorta ya en las primeras páginas del libro.

—¿Vas a fingir que no has visto lo mismo que yo? —me pregunta, en voz baja, cuando quedamos las dos rezagadas.

—He visto a un muchacho torpe regalando un libro. No hace falta convertirlo en algo más.

—Como tú convertiste tu boda en 'estrategia' en vez de admitir que quieres casarte con él.

El comentario me sorprende con la guardia baja, y Ceana, que nunca ha sido de las que suavizan sus golpes, no aparta la mirada mientras espera mi reacción.

—No es lo mismo —respondo, aunque incluso a mí me suena a defensa más que a verdad—. Yo no tengo el lujo de casarme por deseo. Tengo dos hermanas que proteger y una frontera que asegurar. Si además resulta que Cathal no me repugna, es una suerte añadida, no el motivo.

—Te oyes a ti misma cuando dices eso, ¿verdad?

—insiste Ceana, sin crueldad, pero sin ceder tampoco—.

Te has pasado la vida entera anteponiendo el deber a cualquier otra cosa, y ahora que por fin tienes algo que podría ser tuyo, sigues empeñada en llamarlo obligación para no tener que admitir que te importa.

—No me estoy rindiendo, Ceana.

—Nunca he dicho que te rindieras. He insinuado que finges que no eliges, cuando en realidad sí lo haces. Eso es distinto, y creo que lo sabes.

No respondo enseguida. Miro hacia donde Beitris sigue absorta en su libro, ajena por completo a la conversación que su regalo ha desatado entre nosotras, y pienso en lo fácil que resulta para Ceana, que nunca ha tenido que sostener el peso de una casa entera, hablar de elegir como si fuera un lujo sin coste.

Aunque, en el fondo, quizá tenga razón. Quizá llevo tanto tiempo llamando estrategia a todo lo que hago que he olvidado cómo se nombra algo cuando simplemente se desea.

—Guárdate esa opinión para cuando te toque a ti —replico, por fin, sin verdadero enfado, y Ceana sonríe, satisfecha de haber plantado la semilla que quería plantar, y no insiste más.

Los días siguen pasando con la misma rapidez artificial de todo lo forzado, y llega, antes de que me sienta preparada del todo, la noche anterior a la boda.

Me tienden en mi lecho, con el vestido de la abuela de Cathal ya ajustado y colgado junto a la ventana, esperando el amanecer como una advertencia silenciosa de todo lo que va a cambiar.

No consigo dormir. Repaso, una vez más, las condiciones que negocié, la rapidez con la que Cathal las concedió, la expresión que se le suavizó cuando yo acepté.

Pienso en las palabras de Ceana, en esa acusación cariñosa de fingir que no elijo cuando en realidad sí lo hago.

Pienso en Fingal y Beitris, en ese gesto torpe y sincero que ninguno de los dos sabe todavía nombrar, y me pregunto si algún día yo misma seré capaz de nombrar lo que siento sin envolverlo primero en argumentos de frontera y protección.

El amanecer llega antes de que encuentre una respuesta.

Me quedo tendida, con los ojos abiertos, escuchando los primeros sonidos del castillo despertando para el día que va a convertirme en la esposa de Cathal Kinloch, y descubro, con una mezcla de miedo y algo que empieza a parecerse peligrosamente a la esperanza, que ya no sé si tengo miedo de la boda, o de cuánto estoy empezando a desearla.

Beitris entra en la alcoba poco después, ya vestida, con el libro de Fingal todavía entre las manos como si hubiera dormido con él.

Se sienta a los pies de mi lecho, y por un instante, antes de que empiece la locura de los últimos preparativos, las dos compartimos un silencio tranquilo que no necesita palabras.

—¿Tienes miedo? —pregunta, al fin, con esa franqueza que solo los más jóvenes se permiten sin disculpa.

—Un poco —admito, porque le debo la verdad más que el consuelo de siempre—. Pero no del modo en que tenía miedo la noche de la redada. Es un miedo distinto, más difícil de nombrar.

—Yo creo que es porque, esta vez, sí que quieres que algo salga bien —responde Beitris, con una sabiduría que no le conocía hasta esta mañana, y se levanta antes de que yo pueda contradecirla, dejando la frase suspendida en el aire como una verdad que ninguna de las dos necesita confirmar en voz alta.

Isla llega poco después con el resto de las criadas, y la mañana se convierte en un torbellino de trenzas, alfileres y últimos ajustes que no me deja tiempo para seguir dándole vueltas a nada.

Agradezco esa prisa, extrañamente. Es más fácil sostener la templanza de siempre cuando el cuerpo está ocupado en algo concreto, y hoy, más que ningún otro día desde la redada, necesito que mis manos y mi cabeza tengan algo en lo que fijarse que no sea el peso de lo que se avecina, ni la mezcla de miedo y esperanza que llevo cargando desde el amanecer, sin saber todavía cuál de las dos pesa más.