EL PRECIO DE UNA REINA CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Cathal llega a nuestras estancias sin anunciarse, algo que no había hecho desde el primer día, cuando aún no existían las normas de cortesía que él mismo impuso al resto del castillo.

Beitris se sobresalta; Ceana se incorpora de inmediato, alerta, como si su cuerpo entero se preparara para una amenaza que su mente todavía no ha identificado.

—Necesito hablar con Muirne. A solas.

No es una pregunta, aunque tampoco suena a la orden fría de los primeros días. Ceana me busca la mirada, dudando, y le hago un gesto para que se lleve a Beitris al pasillo, aunque sé que no se alejarán más de lo estrictamente necesario para fingir que respetan la intimidad que Cathal ha pedido.

Cuando la puerta se cierra, él se queda de pie, las manos cruzadas a la espalda, en esa postura suya que ya empiezo a reconocer como el modo en que se prepara para exponer algo que le cuesta.

Hay algo distinto en su forma de ocupar la estancia hoy, un peso que no llevaba la última vez que hablamos, y me pregunto, un instante antes de que él rompa el silencio, qué puede haber ocurrido en las últimas horas para que la disciplina de siempre se le note tan visiblemente tensa.

—El consejo ha aprobado un compromiso —expone, sin preámbulo—. Entre vos y yo.

No respondo enseguida. Repaso la frase varias veces, buscando el ángulo desde el que debería sorprenderme, y no lo encuentro del todo; algo en mí ya sospechaba, desde que lo vi observarnos desde el patio de armas mientras yo caminaba con Aodh Ross, que esto era una posibilidad real.

Aun así, la rapidez con la que se ha decidido, sin que nadie me consultara antes de convertirlo en acuerdo formal, me enciende una ira que no me molesto en disimular.

—¿Y nadie pensó en preguntarme primero?

—Os lo pregunto ahora.

—Después de que el consejo ya lo haya aprobado. Después de que Aodh Ross ya se haya marchado, imagino, sin que yo tuviera ocasión de considerar su propuesta con la seriedad que merecía.

—Aodh Ross se marchó porque entendió, antes que yo mismo lo dijera en voz alta, que esta era la solución que el consejo prefería —responde Cathal, sin alterar el tono, aunque algo en su mandíbula se tensa apenas—.

No os han vendido a nadie, Muirne. Os traigo una propuesta, no una orden.

Vuestro consentimiento sigue siendo necesario, por costumbre y por mi propia voluntad.

—Qué generoso, dejarme elegir entre lo que vosotros ya habéis decidido.

Se queda callado un momento, y en ese silencio veo algo que no esperaba: la inquietud de alguien que sabe que el argumento que acaba de ofrecer no es, del todo, honesto, y que le cuesta sostenerlo bajo mi mirada.

—Tenéis razón en enfadaros —admite, para mi sorpresa—. Debí hablar con vos antes de llevarlo al consejo. No lo hice porque necesitaba saber si la propuesta tenía sentido político antes de pediros algo que solo vos podéis conceder. Fue un error de orden, no de intención.

No esperaba una disculpa, y menos una tan directa, sin excusas añadidas. Eso, más que cualquier argumento sobre fronteras, me hace bajar apenas la guardia, aunque no del todo.

—Si voy a considerarlo —planteo, tras un momento—, será con mis propias condiciones. No las que el consejo decida por mí.

—Hablad.

—Beitris y Ceana permanecen bajo mi protección directa, no bajo la vigilancia general del castillo.

Cualquier decisión que afecte a las tierras Dalcross, presentes o futuras, se toma consultándome a mí, no decidiéndose sin mi voz.

Y si algún día este matrimonio se rompe, por la razón que sea, mis hermanas no pagan el precio de esa ruptura.

Cathal escucha cada condición sin interrumpir, con la misma atención metódica que aplica a cualquier negociación de frontera, y cuando termino, asiente una sola vez, sin vacilar.

—Concedido. Todo.

—¿Así, sin más? —pregunto, desconfiada de una rapidez que no esperaba—. Ni siquiera lo habéis pensado.

—Lo he pensado más de lo que imagináis. —Hay algo en su voz, apenas una fisura bajo el control habitual, que no había escuchado antes—. Llevo pensándolo desde antes de proponerlo al consejo.

No sé qué hacer con esa confesión, así que la dejo flotar entre los dos sin responderla, mientras intento ordenar lo que siento, que no es solo la ira con la que empezó esta conversación, ni el alivio de negociar condiciones que protegen a mis hermanas, sino algo más difícil de nombrar, que se parece peligrosamente a querer decir que sí por razones que no tienen nada que ver con la frontera Dalcross ni con la protección política.

—Las circunstancias que nos traen a este punto son forzadas —planteo, por fin, eligiendo las palabras con el mismo cuidado con el que él eligió las suyas—. Pero si acepto, quiero que quede claro que el marido no lo es. Elijo yo, dentro de lo que puedo elegir.

—Entendido.

—Entonces acepto.

Lo pronuncio antes de haber terminado de decidirlo del todo, con una firmeza que me sorprende incluso a mí, y veo, por primera vez desde que lo conozco, algo parecido al alivio cruzar el rostro de Cathal Kinloch, aunque lo controla casi de inmediato, volviendo a la misma mesura de siempre.

—Se lo comunicaré a mi padre esta misma tarde —añade—. La boda se fijará para dentro de dos semanas, si os parece un plazo razonable.

—¿Dos semanas? —No puedo evitar que la sorpresa se me note en la voz—. Esperaba más tiempo.

—El consejo prefiere resolver la cuestión de la garantía cuanto antes, antes de que Kessney encuentre motivo para dudar de nuestra determinación. Si os parece demasiado precipitado, puedo pedir más plazo.

Lo pienso un instante, y descubro, para mi propia sorpresa, que no quiero pedirlo. Dos semanas es poco tiempo para acostumbrarme a la idea de convertirme en la esposa del hombre que conquistó mi clan, pero es también, extrañamente, un plazo que no me asusta tanto como debería.

—No hace falta —respondo—. Dos semanas está bien.

Cathal asiente, y por un instante, antes de darse la vuelta para marcharse, algo en su expresión se suaviza de un modo que no le había visto hacer nunca, ni siquiera en los momentos de mayor cortesía formal.

No añade nada más. Se limita a inclinar la cabeza, con un respeto que no tenía nada de político, y sale de la estancia dejándome con la certeza incómoda de que acabo de aceptar mucho más que un matrimonio de conveniencia, aunque todavía no sepa nombrar exactamente qué es lo demás.

Ceana y Beitris entran apenas un momento después, con la premura de quien llevaba un rato pegada a la puerta.

Beitris me mira con los ojos muy abiertos, a medio camino entre la sorpresa y algo que se parece a la esperanza; Ceana, en cambio, se cruza de brazos y me observa con una expresión más difícil de leer, calculadora, como si estuviera repasando en su cabeza todas las implicaciones de lo que acaba de escuchar.

—¿Vas a casarte con él? —pregunta Beitris, sin poder contener la pregunta un segundo más.

—Voy a casarme con él —confirmo, y decirlo en voz alta, delante de mis hermanas, lo hace de pronto mucho más real de lo que era hace apenas un minuto.

—¿Por la frontera? —insiste Ceana, con esa mirada suya que siempre parece ver más de lo que una quisiera mostrar—. ¿O por otra cosa?

No respondo enseguida. Pienso en las condiciones que acabo de negociar, en la rapidez con la que él las ha concedido todas sin discutir ni una, en esa fisura que se le notó en la voz cuando admitió que llevaba pensándolo desde antes de proponerlo al consejo.

Pienso, también, en la extraña sensación de alivio que sentí al aceptar, un alivio que no tiene nada que ver con la seguridad política de mis hermanas.

—Por la frontera —respondo, por fin, aunque incluso a mí me suena a media verdad—. Y quizá también por otra cosa que todavía no sé nombrar.

Ceana no insiste más, aunque la sonrisa pequeña que se le escapa, apenas un instante antes de que vuelva a su expresión habitual, me dice que ha entendido exactamente lo que yo misma no he terminado de admitir.

Beitris me abraza, sin pedir permiso, con la efusividad de quien todavía cree que un matrimonio puede resolver de un plumazo todos los miedos acumulados desde la redada.

La dejo hacer, aunque yo no comparta del todo su optimismo, porque hace días que no la veo sonreír así, y ese gesto, por pequeño que sea, vale más esta noche que cualquier duda que yo misma me guarde para mí.

Cuando por fin se retiran a sus propios lechos, me quedo un rato junto a la ventana, mirando hacia donde imagino que estará la alcoba de Cathal, preguntándome si él también está despierto, repasando esta misma conversación, buscando en ella algo más de lo que se atrevió a confesar en voz alta.

No lo sé. Pero por primera vez desde que llegamos a estas tierras, la incertidumbre pesa distinto: como algo parecido, aunque todavía no me atreva a nombrarlo así, a una posibilidad.