CAPÍTULO 7
Convoco a mi padre a solas antes de que el consejo vuelva a reunirse, en su propia alcoba, donde los muros gruesos amortiguan cualquier conversación que no deba llegar más allá de nosotros dos.
Lo encuentro repasando cuentas junto a la ventana, la pluma quieta sobre el pergamino, como si llevara un rato sin escribir nada.
—He pensado en lo que me propusiste —empiezo, sin rodeos, porque los rodeos nunca me han servido de nada con él—. Sobre el matrimonio.
—¿Y bien?
—Debe ser yo. No Tormod, no Fingal. Yo.
Mi padre deja la pluma, ahora sí, y me observa con una atención que no me dedica en el consejo, donde siempre hay demasiados oídos y demasiadas máscaras que sostener a la vez.
—¿Y la propuesta de Aodh Ross? —pregunta—. Es una solución limpia. Nadie discutiría su idoneidad.
—Precisamente por eso no sirve. —Elijo las palabras con el mismo cuidado con el que elegiría una posición en el terreno antes de una escaramuza—.
Un matrimonio con un clan neutral resuelve el problema de la garantía, pero no ata las tierras Dalcross a nuestro nombre.
Si Muirne se casa con Aodh Ross, seguimos dependiendo de la buena voluntad de un tercero para sostener la frontera.
Si se casa conmigo, las tierras quedan bajo protección Kinloch de forma permanente, sin ambigüedad legal que Kessney pueda explotar.
Es un argumento sólido. Lo he construido con el mismo rigor que aplicaría a cualquier decisión de gobierno, y cada pieza encaja exactamente donde debe encajar.
No es mentira, ninguna palabra de lo que acabo de decir.
Y sin embargo, mientras lo pronuncio, siento la primera grieta de algo que no quiero examinar demasiado de cerca: que el argumento es cierto, pero no es la razón.
La razón verdadera no cabe en un argumento de frontera y protección, y no pienso ofrecérsela a mi padre esta mañana, ni a nadie más, quizá ni siquiera a mí mismo cuando la vela se apaga y ya no tengo con qué distraerme de ella.
—Es lo más seguro para el clan —añado, y la frase me sale con la misma firmeza que cualquier otra, aunque algo en mi pecho sabe que no es del todo cierta, o no es toda la verdad, al menos.
Mi padre me observa un momento más, como si buscara algo bajo la superficie de mis palabras, y por un instante temo que lo encuentre. Pero se limita a asentir, despacio, con la expresión de un hombre que ha tomado ya media decisión antes incluso de que yo entrara en la sala.
—Convocaré consejo esta tarde —anuncia—. Si el consejo aprueba el compromiso, hablarás tú mismo con Aodh Ross. Se merece esa cortesía, viniendo de nosotros.
—Se la daré.
El consejo se reúne cuando el sol empieza a declinar, y expongo la propuesta con la misma disciplina metódica con la que expuse la cláusula de rehenes días atrás: el matrimonio como vía irrevocable, la frontera Dalcross asegurada bajo nuestro nombre, la garantía política resuelta sin dejar puertas abiertas a Kessney.
Lachlan objeta, como esperaba, aunque con menos convicción que la vez anterior, quizá porque ya intuye que esta batalla la tiene perdida antes de empezarla.
Griogair y el resto de los tenentes asienten, uno tras otro, convencidos por la misma lógica que a mí me convence a medias.
—Se aprueba el compromiso entre Cathal Kinloch y Muirne Dalcross —anuncia mi padre, cerrando la sesión—, sujeto al consentimiento de la dama, como corresponde por costumbre.
Busco a Aodh Ross en cuanto el consejo se disuelve, antes de que la noticia le llegue por boca de otro y le resulte, con razón, una descortesía. Lo encuentro en el patio, revisando los aparejos de su montura con sus propios hombres, y le pido un momento a solas.
—El consejo ha decidido a favor de un matrimonio dentro de mi propia casa —expongo, sin adornos, porque un hombre como Aodh Ross merece la verdad directa antes que cualquier eufemismo cortés—. Lamento que vuestra propuesta, sincera como fue, no haya prosperado.
Aodh me observa un instante, y algo en su expresión, lejos de la decepción que esperaba, se parece más a una comprensión resignada, como quien ya sospechaba el desenlace antes de que se lo confirmaran.
—No hace falta que os disculpéis, mi señor —responde, con una elegancia que no consigo sino admirar—.
Sospechaba, desde el momento en que os vi observarla en el jardín, que mi oferta llegaba tarde, aunque no supiera bien a qué.
Le deseo a lady Muirne toda la felicidad que merece, sea cual sea el camino que tome.
No hay rencor en sus palabras, ni resentimiento disfrazado de cortesía.
Es, simplemente, un hombre que sabe reconocer una partida perdida sin necesidad de convertirla en enemistad, y por eso, más que por cualquier tratado de frontera, decido que Aodh Ross será, a partir de hoy, un aliado en el que confiar.
Pocos hombres, en mi experiencia, saben ceder terreno sin que la cesión les amargue el resto del trato, y esa cualidad, más rara de lo que debería, vale más para mí que cualquier extensión de tierra que pudiéramos disputarnos en el vado norte.
—Espero que sigáis siendo bienvenido en estas tierras —añado—. El vado norte sigue esperando una resolución final, y preferiría cerrarla con vos que con cualquier otro.
—Contad con ello —responde, y me tiende la mano con la misma soltura con la que la extendió el día de su llegada.
Se marcha esa misma tarde, sin rencor visible, dejando tras de sí la sensación extraña de haber ganado algo importante a costa de quitarle a otro hombre una oportunidad honesta.
No es una sensación cómoda. La aparto, como aparto la mayoría de las cosas que no me convienen examinar de cerca, y me dirijo hacia la torre este con un paso más deliberado del que quisiera admitir.
He movido cada pieza de este tablero con la precisión que llevo toda la vida cultivando: el argumento ante mi padre, el consejo convencido, Aodh Ross retirado con honor intacto. Todo encaja exactamente donde yo he decidido que encaje.
Salvo ella.
Muirne Dalcross no es una pieza que yo pueda mover sin su consentimiento, y esa es, quizá, la primera vez en mi vida que un plan depende por completo de una voluntad que no es la mía.
Puedo ordenar un destierro, dirigir una redada, convencer a un consejo entero de que mi criterio es el más sensato.
No puedo obligarla a decir que sí, ni querría hacerlo, aunque pudiera.
Me detengo un momento en el patio antes de subir, observando la torre este recortada contra el cielo del atardecer, y pienso en todas las veces que he tenido que convencer a un hombre reticente de que aceptara mis términos: tenentes desconfiados, aliados vacilantes, incluso mi propio padre en más de una ocasión.
Nunca me ha temblado la voz al hacerlo. Nunca he sentido, antes de esta tarde, la necesidad de ensayar las palabras dos veces antes de pronunciarlas.
Quizá sea porque, con todos ellos, sabía exactamente qué quería obtener y por qué.
Con Muirne, la parte del "por qué" se me escapa entre los dedos cada vez que intento sujetarla con la misma contención que aplico a todo lo demás.
Le diré que es lo más seguro para el clan.
Es cierto. También sé, con la misma certeza incómoda con la que sé leer un mapa de frontera, que si ella dijera que no, encontraría igualmente una forma de proteger la frontera Dalcross sin necesidad de casarme con nadie.
El matrimonio no es indispensable. Es, simplemente, lo que quiero.
Subo la escalera de caracol hacia la torre este más despacio de lo habitual, ensayando mentalmente las palabras que voy a pronunciar, y descubriendo, con un nudo repentino en la garganta, que ningún argumento de frontera ni de protección me sirve ya de escudo.
Voy a pedirle que se case conmigo, y por primera vez desde que tengo memoria, no sé cuál será la respuesta antes de escucharla.
Me detengo frente a la puerta de sus estancias más tiempo del que debería, la mano levantada sin llegar a llamar, repasando una vez más el argumento que he construido con tanto cuidado, sabiendo que en cuanto cruce ese umbral tendré que sostener su mirada mientras se lo expongo, del mismo modo que ella sostuvo la mía el primer día, sin apartarla ni una sola vez.
Desde algún lugar del castillo llega el sonido apagado de un perro ladrando a la nada, y me sorprende lo mucho que agradezco esa distracción mínima, un instante de normalidad en medio de todo lo que estoy a punto de arriesgar.
Nunca en mi vida he temido tanto una respuesta que ni siquiera he terminado de solicitar, ni me he sentido tan cerca de desear que alguien más decida por mí, aunque sé que esta es, precisamente, la única decisión que no pienso delegar en nadie.
Llamo, por fin, con los nudillos ya temblando contra la madera.