CAPÍTULO 6
Lord Aodh Ross me busca al día siguiente, tras la comida, cuando salgo a los jardines interiores con Beitris y Ceana para que el aire nos despeje un poco el ánimo.
Se acerca con un paso pausado, sin la urgencia de quien exige atención, y se detiene a una distancia respetuosa antes de inclinar la cabeza.
—Lady Muirne. Espero no interrumpir.
—En absoluto, mi señor —respondo, y hago un gesto a mis hermanas para que continúen su paseo mientras yo me quedo atrás, aunque Ceana me lanza una mirada que promete preguntas más tarde.
Caminamos juntos por el sendero de grava que bordea el huerto, y Aodh habla con la soltura de quien ha aprendido, con los años, a llenar los silencios sin que resulten incómodos.
Me cuenta de sus tierras, del clima más templado que las mías, de una hija pequeña que vive con su hermana mientras él resuelve asuntos de frontera, y de la soledad de gobernar solo un clan pequeño sin nadie con quien compartir las decisiones al final del día.
—Mi hija se llama Isobel —comenta, con una calidez que no había mostrado hasta ahora—.
Tiene seis años y un genio que no sé de dónde ha sacado, porque su madre era la persona más templada que he conocido nunca.
La echo de menos cada día que paso lejos de ella, aunque los asuntos de gobierno rara vez me lo permiten.
Hay algo en el modo en que habla de su hija, sin la reserva calculada con la que trata el resto de los temas, que me hace mirarlo de otra manera.
No es solo un hombre que busca esposa por conveniencia política; es un padre solo, cansado de gobernar sin compañía, que ha encontrado en mí una posibilidad concreta de no estarlo más.
—No os oculto el motivo de mi visita, lady Muirne —expone, cuando llegamos al final del sendero—.
He venido, en parte, a proponer algo que quizá os resulte precipitado, pero que considero honesto exponer con claridad antes que dejarlo enredado en rumores de pasillo.
Si vuestra situación aquí resultara insostenible, o simplemente si preferierais una salida distinta a la que el Pacto os impone, mis tierras y mi nombre estarían a vuestra disposición.
Un matrimonio conmigo os libraría de la sombra de esta guerra, sin humillación, sin la carga política que pesa sobre cualquier unión con la casa Kinloch.
Me detengo, sorprendida por la franqueza, aunque no del todo por la propuesta en sí; algo en el ambiente de este castillo ya me había preparado para escuchar, tarde o temprano, algo parecido.
—Es una oferta generosa, mi señor.
—No la hago por generosidad —responde, con una honestidad que le agradezco—.
La hago porque hace tres años que enviudé, y porque encuentro en vos algo que no he vuelto a encontrar desde entonces: una mujer que sostiene a los suyos sin pedir permiso para hacerlo.
Eso, en mis tierras, valdría más que cualquier alianza política.
Debería sentir alivio. Lo sé incluso mientras lo pienso: una salida sin humillación, protección real, respeto genuino, todo lo que cualquier mujer en mi situación debería recibir como un regalo caído del cielo.
Y sin embargo, lo que siento, mientras busco la respuesta adecuada, es una falta de entusiasmo que no consigo explicarme, un vacío donde debería estar el alivio, como si me ofrecieran exactamente lo que necesito y mi cuerpo, tozudo, se negara a reconocerlo como tal.
Pienso en mis hermanas, en lo que significaría para ellas que yo aceptara: una vida tranquila, lejos de la sombra de esta guerra, sin el peso constante de vigilar cada palabra por si delata debilidad ante un clan que nos conquistó.
Pienso también, contra mi voluntad, en la torre este, en las noches que llevamos compartiendo, en la extraña costumbre que ya hemos adquirido de sentarnos las tres juntas al caer la tarde, como si esa piedra fría empezara, poco a poco, a parecerse a un hogar que no elegimos pero que tampoco odiamos del todo.
—¿Y bien? —pregunta Aodh, con suavidad, cuando el silencio se prolonga más de lo cortés—. No pretendo apresuraros. Solo quería saber si la idea os resulta, al menos, tolerable.
—Me resulta generosa —respondo, eligiendo la palabra con cuidado—. Tolerable es otra cuestión que todavía no sé responderos.
—Os agradezco la sinceridad —digo por fin—, y la consideraré con la seriedad que merece.
Pero no puedo daros una respuesta hoy. Mi situación aquí todavía no está resuelta del todo, y no sería justo para ninguno de los dos que yo decidiera algo tan importante sin conocer primero cuáles son mis opciones reales.
—Comprendo —responde él, sin la menor sombra de ofensa—. No esperaba otra cosa de una mujer tan prudente como me han contado que sois.
Continuamos el paseo un rato más, hablando de cosas menores, del huerto, del clima, de la hija que espera su regreso, y todo el tiempo, bajo la conversación cortés, sigo dándole vueltas a esa falta de entusiasmo que no logro nombrar.
Aodh es exactamente lo que cualquiera desearía: amable, honesto, dispuesto a ofrecer protección sin exigir nada a cambio salvo compañía.
Debería estar calculando ya cómo convencer al consejo de que acepte su propuesta, cómo liberar a mis hermanas de esta casa que no es la nuestra.
En cambio, mientras cruzamos de vuelta hacia el castillo, mis ojos buscan, sin que yo se lo ordene, la figura de Cathal en la distancia, apoyado contra el muro del patio de armas, observándonos con una expresión que no consigo leer del todo.
No se acerca. No interrumpe. Se limita a mirar, con esa misma quietud calculada que ya empiezo a reconocer como su forma particular de estar en el mundo, y algo en ese silencio pesa más que cualquier palabra que Aodh Ross me haya dicho esta tarde.
—Lord Kinloch parece interesado en nuestra conversación —comenta Aodh, siguiendo la dirección de mi mirada con una sonrisa que no sé si es diversión o advertencia.
—Lord Kinloch vigila todo lo que ocurre en sus tierras —respondo, aunque incluso a mí me suena a excusa pobre.
—Sin duda —responde él, y no añade nada más, aunque algo en su tono me hace sospechar que ha entendido más de lo que yo misma estoy dispuesta a admitir.
Nos despedimos en la puerta del salón, y mientras Aodh se aleja hacia sus propias estancias, yo me quedo un instante más de lo necesario mirando hacia el patio de armas, donde Cathal ya no está.
Ha desaparecido tan silenciosamente como apareció, dejándome con una pregunta que no sé a quién formular, ni siquiera a mí misma: por qué la oferta más sensata que he recibido en semanas me deja con esta sensación extraña de estar renunciando a algo que ni siquiera he empezado a tener.
Esa noche, tendida en mi lecho mientras Beitris duerme y Ceana finge hacerlo, repaso la conversación entera, buscando el momento exacto en que debería haber sentido alivio y no lo sentí.
No lo encuentro. En su lugar, lo único que consigo recordar con claridad es la expresión de Cathal apoyado contra el muro, observándonos sin acercarse, y la certeza incómoda de que preferiría, contra toda razón, seguir bajo este techo frío antes que aceptar la vida cálida y sensata que Aodh Ross me ofrece con tanta honestidad.
No sé qué hacer con esa certeza. Así que, por esta noche, decido no hacer nada en absoluto, y dejar que el sueño, cuando llegue, decida por mí.
Ceana, que sigue despierta pese a fingir lo contrario, se incorpora apenas cuando cree que ya estoy dormida.
—¿Vas a aceptarlo? —susurra, hacia la oscuridad, sin dirigirse a nadie en concreto, aunque sabe que la escucho.
No respondo enseguida. Repaso, una vez más, la conversación con Aodh, su honestidad, la calidez con la que hablaba de su hija, la vida tranquila que me ofrece sin exigir nada a cambio salvo compañía.
Repaso también, contra mi voluntad, la expresión de Cathal apoyado contra el muro, observándonos sin acercarse.
—No lo sé —admito, por fin, hacia la misma oscuridad—. Y eso ya es, en sí mismo, una respuesta que no me gusta.
Ceana no insiste. Se limita a volver a tenderse, y el silencio que sigue es de esos que solo se comparten entre hermanas que han aprendido, en pocos días, a cargar juntas con preguntas que ninguna sabe responder todavía.
Me quedo despierta mucho después de que su respiración se vuelva lenta y regular, mirando la oscuridad del techo, tratando de nombrar exactamente qué es lo que me impide sentir el alivio que debería sentir ante una propuesta tan honesta como la de Aodh Ross.
No encuentro una palabra que lo explique del todo.
Lo más cerca que llego es esto: que hay una diferencia entre lo que un hombre te ofrece y lo que un hombre te hace sentir sin ofrecerte nada en absoluto, y que esa diferencia, por mucho que la razón insista en lo contrario, pesa más de lo que debería.