CAPÍTULO 5
Lord Aodh Ross llega a media mañana, con una escolta modesta y ningún estandarte de guerra, solo el emblema de su clan bordado en el pecho, discreto y sin necesidad de imponer nada a nadie.
Lo recibo yo mismo en el patio, como corresponde al hijo del laird cuando el visitante es un señor de rango propio, aunque su clan sea pequeño y neutral en la mayoría de las disputas fronterizas que consumen a los demás.
Es un hombre de mediana edad, viudo desde hace tres años según me informaron antes de su llegada, de trato afable y sin la aspereza que uno espera de quien ha enterrado a una esposa y sigue gobernando solo.
Desmonta con la soltura de quien ha hecho este viaje muchas veces, y me saluda con una inclinación de cabeza exacta, la que corresponde entre iguales.
—Cathal Kinloch. Vuestro padre y el mío cazaron juntos, hace ya demasiados inviernos para contarlos.
—Lo recuerdo bien, mi señor —respondo—. Mi padre habla de aquellas cacerías con más cariño que de la mayoría de los tratados que ha firmado. Sed bienvenido a estas tierras.
Lo acompaño hacia el gran salón mientras intercambiamos las cortesías habituales sobre el estado de los caminos y el frío que se adelanta este año.
Comenta, de pasada, que sus tenentes han visto lobos bajando de las alturas antes de lo acostumbrado, señal de un invierno que promete ser más duro que los últimos, y yo asiento, porque mis propios hombres han reportado lo mismo esta semana, con manadas más numerosas y hambrientas de lo habitual.
Solo cuando llegamos ante mi padre, que nos recibe de pie junto al fuego, Aodh expone el verdadero motivo de su visita.
—He venido por la disputa del vado norte, que lleva meses sin resolverse entre vuestros tenentes y los míos —expone, y despliega un mapa que uno de sus hombres trae enrollado—.
Pero también, si me permitís la franqueza, porque ha llegado hasta mis tierras la noticia de que tenéis tres huéspedes nuevas bajo este techo.
Algo se tensa en mí antes de que él termine la frase, algo que no consigo nombrar de inmediato y que decido ignorar, porque atender a la disputa del vado es lo que la situación exige.
—Las hijas de Struan Dalcross —confirma mi padre—. Rehenes de tratado, mientras se resuelve la falta de su padre.
—Precisamente por eso he pensado que quizá podría seros de utilidad.
—Aodh elige las palabras con el cuidado de quien no quiere que suenen a lo que en realidad son—.
Soy viudo, mi señor. Mis tierras son neutrales, respetadas por ambos bandos de cualquier disputa.
Si una de las hermanas Dalcross necesitara una salida honorable de esta situación, un matrimonio conmigo le ofrecería protección real sin la sombra de la conquista que inevitablemente pesaría sobre cualquier unión con vuestra propia casa.
La sala queda en silencio un instante. Mi padre me mira, valorando la propuesta con esa calma suya que nunca revela del todo hacia dónde se inclina, y yo mantengo el rostro tan quieto como puedo, aunque por dentro algo se ha vuelto extrañamente rígido, como una cuerda tensada más allá de lo prudente.
—Es una oferta generosa —responde mi padre, tras un momento—. La consideraremos junto con las demás opciones que el consejo está estudiando.
—No pretendo apresurar nada —añade Aodh, con una sonrisa cortés—. Solo quería que la propuesta constara, por si resulta de utilidad.
Uno de los tenentes que asiste a la reunión, un hombre mayor llamado Fionnlagh, comenta en voz baja a su vecino de mesa que la oferta de Ross llega en buen momento, que resolvería de un plumazo la cuestión de qué hacer con la mayor de las tres hermanas sin comprometer a ningún Kinloch directamente.
Lo oigo, aunque nadie me lo dirige a mí, y algo en el comentario, tan razonable, tan práctico, me resulta, contra toda lógica, insoportable de escuchar.
Paso el resto de la tarde revisando con él los límites del vado norte, trazando líneas sobre el mapa, discutiendo derechos de pesca con la misma atención metódica que aplico a todo, aunque una parte de mí sigue enredada en la conversación de esa mañana, dándole vueltas que no debería dedicarle a un asunto que, en teoría, no me concierne más que como cuestión de estrategia territorial.
Aodh resulta ser un negociador razonable, dispuesto a ceder en lo menor para asegurar lo esencial, y en otro momento habría disfrutado de esta clase de intercambio, del ajedrez lento de fronteras y derechos que tanto se parece, en el fondo, a cualquier otra forma de gobernar.
Hoy, en cambio, cada pausa en la conversación se llena con la misma pregunta que no consigo apartar: qué aspecto tendría Muirne gobernando unas tierras que no fueran las mías, sirviendo una mesa que no fuera la Kinloch, criando hijos que llevaran un apellido que no es el nuestro.
Me sorprendo trazando esa imagen con un detalle que no me corresponde, y la aparto con la misma entereza que aplico a cualquier pensamiento que amenaza con distraerme de lo importante.
No es asunto mío imaginar la vida futura de una mujer que, hasta hace unos días, ni siquiera conocía.
Me lo repito varias veces mientras Aodh señala en el mapa el punto exacto donde el vado cambia de cauce cada primavera, y aun así la imagen vuelve, terca, cada vez que él menciona, de pasada, lo mucho que agradecería tener compañía en sus tierras del sur.
Por la tarde, cuando los asuntos de frontera quedan resueltos y Aodh se retira a descansar antes de la cena, salgo al patio a que me dé el aire, y desde allí, sin buscarlo, veo a Muirne cruzar hacia los jardines interiores con sus hermanas.
Se mueve con esa misma disciplina de siempre, la espalda recta, el paso firme, como si nada en este castillo pudiera doblegarla del todo.
Aodh la trataría bien. Eso no puedo negarlo, por mucho que quiera.
Le ofrecería una vida sin la sombra Kinloch pesando sobre cada decisión, sin la política del Pacto envenenando cada gesto de cortesía entre ambos.
Sería, sobre el papel, exactamente la solución limpia que un hombre razonable debería desear para una mujer a la que apenas conoce.
No sé por qué la sola idea me resulta tan insoportable.
Busco razones que sostengan lo contrario.
Perder a Muirne significaría perder también el argumento más sólido para blindar la frontera Dalcross bajo mi propio nombre, y no bajo el de un clan ajeno, por neutral y respetado que sea.
Es, me repito, una cuestión de estrategia, de control del territorio, de todo lo que un heredero debe anteponer a cualquier capricho personal.
Repaso el argumento varias veces, con la misma sobriedad con la que repaso cualquier razonamiento que necesito creer.
No termino de creérmelo del todo.
Esa noche, a solas en mi alcoba, mientras la vela se consume igual que todas las demás, me sorprendo deseando, con una intensidad que no me reconozco, que mi padre rechace la propuesta de Aodh Ross antes siquiera de que llegue a discutirse en consejo.
No por el vado norte. No por la frontera.
Por una razón que no estoy dispuesto a nombrar todavía, ni siquiera a mí mismo, en la quietud de una habitación donde nadie puede oírme mentir.
Me tiendo en el lecho sin apagar la vela, como siempre, y repaso mentalmente los argumentos que expondré si mi padre me pregunta mañana qué opino de la oferta de Aodh Ross.
Son buenos argumentos. Sólidos. Hablan de territorio, de continuidad, de la conveniencia de mantener las tierras Dalcross bajo un nombre que ya responde ante el Pacto en vez de fragmentar la solución entre dos casas distintas. Ningún consejo los rechazaría.
Ninguno de esos argumentos explica por qué, cuando cierro los ojos, veo la expresión de Muirne cuando exigió condiciones para sus hermanas sin que le temblara la voz.
Ninguno explica por qué la idea de que Aodh Ross la trate bien, la respete, la lleve a una vida sin la sombra de mi apellido, me resulta, contra toda lógica, peor que la idea de que la trate mal.
Un hombre razonable dejaría que el consejo decidiera. Yo llevo toda la vida siendo ese hombre razonable, y esta noche, por primera vez que puedo recordar, no consigo estar seguro de querer seguir siéndolo.
Apago la vela, al fin, cuando ya no me quedan más argumentos que repasar ni más excusas que ofrecerme.
En la oscuridad, sin nada que fingir ante nadie, admito, aunque sea solo para mí, que la sola idea de ver a Muirne partir hacia las tierras de Aodh Ross me pesa más que cualquier amenaza de guerra que Kessney pueda lanzar contra estas murallas.
No sé qué hacer con esa certeza. No sé si algún día sabré qué hacer con ella.
Pero esta noche, al menos, dejo de fingir ante mí mismo que no existe.