EL PRECIO DE UNA REINA CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Mi padre convoca consejo antes del amanecer, cuando la sala del roble todavía huele a la cera de las velas de la noche anterior y los tenentes llegan medio dormidos, envueltos en sus mantos como si el frío de fuera se les hubiera pegado a la piel.

Prefiero estas reuniones tempranas. Los hombres cansados discuten menos y escuchan más, y lo que hoy tengo que exponerles requiere que escuchen.

—La cláusula de rehenes del Pacto es clara —empiezo, sin preámbulos que nadie necesita—.

Las hijas de Struan Dalcross permanecen bajo nuestra guarda hasta que la falta se considere reparada.

Pero la reparación, tal como está redactada, no tiene fecha fija.

Puede prolongarse meses. Puede prolongarse años.

—¿Y eso es un problema? —pregunta uno de los tenentes mayores, Griogair, un hombre que sirvió a mi abuelo y que desconfía por costumbre de cualquier cosa que suene a novedad—. Cuanto más dure, más tiempo tenemos controlada la frontera Dalcross.

—Es un problema porque un limbo legal es una puerta abierta —respondo—.

Mientras el estatus de esas tierras no quede resuelto, Clan Kessney tiene motivo para alegar que la garantía sigue abierta, y por tanto, disputable.

Torcall Kessney lleva veinte años esperando una grieta en esa frontera. No le daremos una por descuido.

He aprendido a hablar así desde hace tanto tiempo que ya no recuerdo si es mi voz natural o la que construí para que nadie, ni siquiera mi propio padre, notara cuánto me costaba sostener el peso de cada decisión antes de pronunciarla en voz alta.

Diecinueve años tenía cuando empecé a sentarme en este mismo consejo, apenas un muchacho entre hombres que habían enterrado a más compañeros de los que yo había tenido tiempo de conocer, y aprendí pronto que la única forma de que me escucharan era no dejar nunca que se me notara la duda.

Mi padre asiente, despacio, dejándome llevar la exposición como ha hecho desde entonces, cuando el peso de gobernar empezó a repartirse entre los dos sin que nadie lo anunciara formalmente.

No es que confíe ciegamente en mi criterio.

Es que ha aprendido, con el tiempo, que prefiero sopesar cada decisión tres veces antes de pronunciarla, y eso, en un hombre que gobierna un clan fronterizo, vale más que cualquier arrojo.

—Entonces, ¿qué propones? —pregunta Griogair.

Dejo pasar un instante antes de responder. He dado vueltas a esto toda la noche, con la vela ardiendo hasta que el aceite se ha consumido casi del todo, y aun así la frase me cuesta pronunciarla como si tuviera un peso distinto al de las demás.

—Convertir la garantía en alianza permanente.

La única vía que la costumbre reconoce como irrevocable es el matrimonio.

Si las tres hermanas se casan dentro de este clan, el Pacto queda satisfecho sin ambigüedad posible, y las tierras Dalcross quedan protegidas bajo nuestro nombre en vez de disputadas por Kessney.

La sala se llena de un murmullo que tarda un momento en apagarse. Lachlan, sentado hacia el extremo de la mesa, es el primero en tomar la palabra, con esa voz suave que siempre suena razonable hasta que uno se detiene a examinar lo que expone.

—Comprar la paz con un matrimonio es rebajar el honor de esta casa, Artair. Los Kinloch no necesitamos casarnos con la hija de un hombre que rompió su palabra tres veces. La fuerza de nuestras armas ya ha resuelto la cuestión de la frontera. No hace falta más.

—La fuerza de las armas resuelve una escaramuza —replico, sin alterar el tono—. No resuelve un vacío legal que Kessney puede explotar durante años. Un matrimonio cierra la puerta que una redada deja abierta.

—O la abre de par en par a Kinlochs con sangre Dalcross en las venas —insiste Lachlan, mirando alrededor de la mesa en busca de apoyo—. ¿Es eso lo que quieres para el futuro de este clan?

—Quiero un clan que siga en pie dentro de veinte años, no uno que gane hoy y sangre mañana por una frontera que nunca se cerró del todo.

Nadie replica a eso de inmediato. Mi padre observa el intercambio con esa atención suya que nunca revela del todo hacia dónde se inclina, y cuando por fin habla, lo hace con la autoridad de quien no necesita alzar la voz para que se le escuche.

—La propuesta tiene mérito. No la aprobaré sin más, pero tampoco la descartaré por incomodar a quienes prefieren la sangre a la tinta. Se estudiará con calma quién de las tres hermanas conviene a cada uno de mis hijos, y en qué orden.

Griogair asiente, ya convencido, o al menos lo bastante como para no oponerse abiertamente.

Otros tenentes intercambian miradas que no consigo interpretar del todo, aunque ninguno se atreve a contradecir a mi padre en su propio consejo.

Lachlan se guarda su desacuerdo tras una expresión cortés que no engaña a nadie, y menos a mí, que llevo media vida aprendiendo a leer exactamente esa clase de máscara.

Observo a mi primo un instante más de lo necesario, preguntándome, no por primera vez, qué pasa exactamente por su cabeza cuando pierde una discusión delante de todo el consejo.

Nunca alza la voz. Nunca insiste más allá de lo prudente.

Se limita a retirarse con la misma cortesía con la que llegó, y esa contención, que en cualquier otro hombre yo interpretaría como sensatez, en él siempre me deja con la sensación incómoda de que ha aplazado la disputa, no perdido en ella.

—Cathal —me llama mi padre, cuando la sesión empieza a disolverse—, quédate un momento.

Espero a que los demás abandonen la sala antes de volverme hacia él. Tiene el aspecto de un hombre que ha dormido menos de lo que debería, algo que ambos compartimos desde hace demasiado tiempo como para que ninguno lo mencione ya en voz alta.

—Si esto sigue adelante —dice, sin rodeos—, tú serás el primero. Eres el heredero. La mayor de las tres, Muirne, es también la que sostiene a las otras dos. Tiene sentido emparejar a quien más peso carga con quien más peso puede sostener.

No respondo enseguida. Pienso en la mujer que discutió con Lachlan sin bajar la mirada, que exigió condiciones para sus hermanas antes de aceptar las mías, que sostuvo mi atención en el gran salón como si no le costara nada, aunque yo sé, porque he aprendido a reconocer ese tipo de compostura en mí mismo, que le costó todo lo que tenía.

—No he dicho que sí —respondo, aunque algo en mi propio tono me delata incluso a mí.

—No te he pedido que digas que sí esta noche —responde mi padre, con una media sonrisa que no le había visto en semanas—. Solo te pido que lo pienses. De verdad, no como quien ya ha decidido y busca la excusa para justificarlo después.

Asiento, aunque no estoy seguro de si asiento porque acepto su consejo o porque necesito salir de esta sala antes de que él note lo mucho que ya he pensado en ello, y no precisamente esta noche.

Salgo al patio de armas cuando el sol empieza a asomar por encima de la muralla este, y encuentro mi caballo ya ensillado, porque hay cosas que un hombre hace por costumbre incluso cuando el resto del mundo se ha vuelto incierto.

Lo monto sin rumbo fijo, solo por el gusto de moverme, de sentir algo que no requiera calcular tres pasos por adelantado, y termino, sin haberlo decidido del todo, frente a la torre este, donde las tres hermanas Dalcross llevan ya varias noches durmiendo bajo mi techo.

No hay luz en las ventanas todavía. Es temprano incluso para ellas.

Me quedo allí más tiempo del que puedo justificar ante mí mismo, mirando la piedra oscura, pensando en la mujer que exigió condiciones antes de ceder, que sostuvo mi mirada sin apartarla ni una sola vez, que lleva consigo un peso que reconozco porque lo cargo yo también, aunque ella no lo sepa todavía.

Un matrimonio es, sobre el papel, la solución más limpia a un problema legal.

Eso es lo que le diré a mi padre cuando vuelva a preguntarme, y no será mentira.

Pero mientras hago girar mi caballo de vuelta hacia los establos, sé, con la misma certeza fría con la que sé leer un mapa de frontera, que ya no estoy pensando en el Pacto, ni en Kessney, ni en la limpieza legal de nada.

Estoy pensando en ella. Y eso, más que cualquier cláusula del tratado, es lo que debería preocuparme.

Desmonto en el establo y entrego las riendas a un mozo que apenas levanta la vista, acostumbrado ya a mis salidas sin rumbo antes del amanecer.

Cruzo el patio de vuelta hacia el gran salón, donde ya empiezan a llegar los primeros hombres para las tareas del día, y me detengo un instante junto a la puerta, respirando el aire frío que precede al invierno, tratando de recomponer la disciplina que llevo toda la vida cultivando antes de que alguien note que hoy me cuesta un poco más de lo habitual.