CAPÍTULO 3
Los días de cautiverio, descubro pronto, tienen su propia rutina, y la rutina es lo único que impide que uno se derrumbe.
Por las mañanas, una criada llamada Isla nos trae avena y leche templada, siempre con la misma reserva educada de quien no sabe todavía si tratarnos como huéspedes o como prisioneras y ha optado, prudente, por un término medio que no compromete a nadie.
Le pregunto por el nombre de las plantas que crecen en el patio interior, por las horas de la capilla, por cualquier cosa que me permita entender el ritmo de esta casa nueva sin parecer que suplico información.
Ella responde con frases cortas, siempre mirando de reojo hacia la puerta, como si temiera que alguien la sorprendiera hablando de más con una Dalcross.
Beitris llora todavía por las noches, en silencio, convencida de que si contiene el sonido nadie lo notará.
Yo la oigo siempre. Me acerco a su lecho, aparto el pelo de su cara y le canto, en voz muy baja, la misma canción que nuestra madre nos cantaba antes de que la fiebre se la llevara.
No le pregunto por qué llora; lo sé de sobra.
Llora por la casa que ya no existe, por el padre que la decepcionó incluso muerto, por un futuro que ya no se parece en nada al que le habían prometido siendo niña.
—¿Crees que algún día volveremos? —me pregunta una noche, la voz apenas un hilo.
—Volveremos a algún sitio que sea nuestro —respondo, aunque no tengo ninguna certeza que sostenga esa promesa—. Puede que no sea la misma casa. Pero será nuestro.
Se duerme antes de que yo termine de convencerme a mí misma.
Me quedo un rato más sentada junto a su lecho, escuchando su respiración calmarse poco a poco, y pienso en lo distinta que era esta niña hace apenas dos semanas: risueña, despreocupada, convencida de que el mundo seguiría girando exactamente como había girado siempre.
Ahora se despierta sobresaltada por ruidos que antes ni siquiera notaba, y busca mi mano en la oscuridad antes incluso de abrir los ojos del todo.
Me pregunto cuánto tardará en volver a dormir sin ese miedo pegado a la piel, y si alguna vez lo conseguirá del todo.
Ceana es distinta. No llora, o si lo hace, lo hace donde nadie pueda verla, ni siquiera yo.
Pasa las horas junto a la ventana, contando guardias, memorizando turnos, calculando distancias que no sé si algún día pretende recorrer.
La sorprendo una tarde afilando una aguja de coser contra la piedra del alféizar hasta convertirla en algo más parecido a un punzón, y cuando se lo señalo, se limita a encogerse de hombros.
—Nunca se sabe —dice, sin dejar de afilar—. Prefiero tener algo, aunque no lo use nunca, a no tener nada el día que haga falta.
No la contradigo. En su lugar, le pido que me enseñe, y pasamos una hora entera sentadas en el suelo de piedra, afilando y hablando de todo menos de lo único que las tres tenemos en la cabeza: cuánto va a durar esto, y qué seremos cuando termine.
—Cuando era pequeña —comenta Ceana, sin dejar de pasar la aguja contra la piedra—, pensaba que tú nunca tenías miedo de nada. Que por eso padre te dejaba llevar las cuentas de la casa siendo tan joven.
—Tenía miedo todo el tiempo —respondo—. Solo aprendí antes que tú a no dejar que se me notara.
—¿Y ahora?
—Ahora tengo más miedo del que he tenido nunca. Pero también sé mejor que nunca cómo esconderlo, así que quizá no cambie mucho lo que veis las dos.
Ceana deja de afilar un momento, mirándome con una expresión que no le conocía, algo entre la admiración y la lástima, y luego vuelve a su tarea sin añadir nada más, como si hubiera decidido que esa confesión merecía silencio antes que respuesta.
Lo que no le cuento a ninguna de las dos, lo que guardo bajo la misma calma que empleo para todo lo demás, es la carta.
La carta que escribí a nuestro padre semanas antes de la redada, advirtiéndole de que sus incursiones en los pastos de invierno acabarían en guerra.
La carta que él guardó sin hacerme caso.
Nadie más sabe que existió. Nadie más sabe que, en algún sentido que no consigo explicarme del todo, yo vi venir esto y no logré detenerlo.
Ese peso no lo comparto con Beitris, que ya carga suficiente dolor propio, ni con Ceana, que lo convertiría en otra cosa que afilar contra la piedra.
Lo llevo yo sola, como llevo casi todo, porque es lo único que sé hacer con lo que no tiene remedio.
Salgo a caminar al atardecer, cuando el patio interior se vacía de la actividad diaria y solo quedan los guardias apostados en la muralla, indiferentes a mis pasos mientras no me acerque a la puerta principal.
Es la única hora del día en que puedo pensar sin que nadie me observe pensando, y la aprovecho para no pensar en nada en absoluto, solo en el frío del aire contra la cara y en el sonido de mis propios pasos sobre la piedra.
Una tarde, mientras cruzo junto a los establos, encuentro a un mozo cepillando el flanco de un caballo con una dedicación casi devota.
Me detengo a observarlo, agradecida de tener algo en lo que fijar la vista que no sea mi propio destino, y él, al notarme, se endereza demasiado deprisa, como si temiera que mirar a un animal sin permiso fuera también una falta.
—Es el caballo del laird joven —explica, señalando con la cabeza al animal, un bayo de aspecto fuerte que apenas se inmuta ante los desconocidos—. No deja que nadie más lo monte. Dice que un hombre debe conocer a la bestia que lo lleva a la batalla mejor de lo que se conoce a sí mismo.
No sé qué responder a una frase así, así que me limito a asentir y sigo mi camino, aunque la idea se me queda rondando el resto de la tarde: un hombre que exige conocer a fondo incluso a su caballo, y que, sin embargo, según todo lo que he visto hasta ahora, apenas se permite que nadie lo conozca a él.
Vuelvo a la torre cuando el cielo empieza a teñirse del gris que aquí precede a la noche, y encuentro a Beitris sentada junto a la ventana con una labor de aguja entre las manos, algo que Isla le ha conseguido para que las horas no se le hagan tan largas.
Me siento a su lado y la ayudo a enhebrar el hilo, que sus dedos, todavía torpes de pena, no consiguen pasar por el ojo de la aguja.
—¿Crees que aquí seremos alguna vez algo más que rehenes? —pregunta, sin levantar la vista de la tela.
—No lo sé —respondo, porque le debo la verdad más que el consuelo—. Pero he decidido que, mientras lo averiguamos, no vamos a comportarnos como si ya hubiéramos perdido.
Beitris asiente, aunque no parece del todo convencida, y sigue con su labor mientras yo la observo, pensando en cuánto ha tenido que crecer en apenas unos días, y en cuánto me queda a mí por sostener para que ella no tenga que hacerlo sola.
Una noche, tarde ya, cuando regreso a la torre después de uno de esos paseos, encuentro a Isla encendiendo las últimas velas del pasillo. Se sobresalta al verme, y luego, quizá porque ya empieza a acostumbrarse a mi presencia, se permite un comentario que no le he pedido.
—No deberíais andar sola tan tarde, mi lady. Aunque, si os sirve de consuelo, no sois la única que no duerme en este castillo.
—¿No? —pregunto, más por cortesía que por curiosidad real.
—El laird joven tampoco duerme nunca. Las criadas comentan que su vela arde hasta el amanecer, todas las noches, lleva así desde que era apenas un muchacho. —Baja la voz, como si compartiera un secreto que no debería—. Aseguran que carga con demasiado desde muy joven.
No sé qué responder a eso, así que me limito a darle las buenas noches y sigo mi camino hacia la alcoba, donde Beitris ya duerme y Ceana finge hacerlo.
Me tiendo en mi propio lecho, la mirada fija en las vigas del techo, y pienso, contra mi voluntad, en una vela ardiendo sola en algún lugar de este castillo, en un hombre que tampoco encuentra descanso, y en lo extraño que resulta descubrir que la soledad, cuando se comparte sin saberlo, pesa un poco menos.
Me pregunto qué clase de peso mantiene despierto a un hombre que ya tiene todo lo que un heredero podría desear: tierras firmes, un padre vivo, un clan que lo respeta sin discutir sus órdenes.
Quizá el peso de gobernar no distinga entre quien lo hereda y quien lo pierde todo; quizá, de un modo que todavía no consigo entender del todo, ambos cargamos con la misma clase de insomnio, aunque las razones sean distintas.
No llego a ninguna conclusión antes de que el sueño me alcance. Cuando por fin cierro los ojos, la vela de la otra ala del castillo sigue ardiendo.