CAPÍTULO 2
El consejo se convoca al mediodía siguiente, en una sala más pequeña que el gran salón, pero igual de fría, con una mesa larga de roble oscuro y un fuego que apenas logra templar el aire.
Nos hacen esperar de pie, las tres juntas, mientras los ancianos del clan y varios tenentes ocupan sus asientos con la parsimonia de quienes ya conocen el resultado antes de empezar.
No he dormido bien. Beitris tampoco, a juzgar por las sombras bajo sus ojos; Ceana, en cambio, parece haber pasado la noche afilando algo por dentro, porque hoy camina distinta, más recta, más lista para pelear.
Artair preside desde el centro. Cathal se sienta a su derecha, con un pergamino desplegado ante él que repasa con una atención que no dedica a nosotras.
Prefiero eso a que me mire; necesito la cabeza clara para lo que viene, y su presencia de la noche anterior todavía me pesa de un modo que no consigo explicarme del todo, como una cuenta pendiente que no sé a qué debo.
—El consejo ha deliberado sobre el estatus de las hijas de Struan Dalcross —empieza Artair, con la voz de quien ha pronunciado la misma fórmula cien veces—.
Permanecerán como rehenes de tratado, con alojamiento propio de su rango, hasta que la falta de su padre se considere reparada.
Vigilancia constante. Ninguna libertad de movimiento fuera de los terrenos del castillo sin escolta autorizada.
Espero a que termine antes de hablar. He aprendido, en veintidós años de administrar una casa sin madre, que interrumpir a un hombre en mitad de su discurso solo sirve para que se aferre más a él.
—Aceptamos los términos del cautiverio —planteo, cuando Artair calla—. Pero si vamos a vivir bajo vuestro techo hasta que decidáis que la deuda está saldada, exijo condiciones concretas, no promesas generales sobre 'trato digno'.
Un murmullo recorre la mesa. Lachlan Kinloch, sentado hacia el extremo, sonríe con una expresión que no llega a los ojos.
—La cautiva impone condiciones —comenta, dirigiéndose más al consejo que a mí—. Qué generosidad, teniendo en cuenta lo que le debe a esta casa.
—No le debo nada a esta casa que mi padre no haya cobrado ya con la vida —respondo, sin apartar los ojos de Artair—. Pero mis hermanas sí tienen algo que perder aquí, y no pienso permitir que su seguridad dependa de la buena voluntad de nadie.
—Hablad, entonces —concede Artair, con más curiosidad que paciencia—. ¿Qué condiciones exigís?
—Habitaciones propias, no una celda compartida disfrazada de alcoba. Acceso a la capilla, si la hay. Que ningún hombre de este castillo entre en nuestras estancias sin anuncio previo. Y que a Beitris, siendo la más pequeña, se le permita continuar su instrucción, no solo su encierro.
Cathal levanta la vista del pergamino por primera vez desde que empezó el consejo.
—Pedís mucho para quien no tiene nada que ofrecer a cambio.
—Ofrezco lo único que tengo: mi palabra de que ninguna de las tres intentará huir ni conspirar contra este clan mientras se nos trate como personas y no como ganado. Si eso os parece poco, explicadme qué vale más la palabra de una Dalcross.
—No mucho, hasta donde yo sé —replica él, sin levantar la voz, sin necesidad de hacerlo—. Vuestro padre dio su palabra tres veces de respetar la frontera. La rompió las tres.
El golpe llega limpio, y me obligo a no apartar la mirada, aunque duela más de lo que esperaba.
—Yo no soy mi padre.
—Eso está por verse.
—Entonces dadme la oportunidad de demostrarlo, en vez de juzgarme por una promesa que nunca hice yo.
Silencio en la sala. Artair mira a su hijo, luego a mí, calibrando algo que no consigo leer del todo. Lachlan aprovecha la pausa para intervenir de nuevo, con ese tono suave que ya empiezo a reconocer como el más peligroso de todos los que he oído en este castillo.
—Comprar la paz con condiciones de rehén es rebajar el honor de esta casa, Artair. Los Dalcross deberían estar agradecidos de conservar la cabeza sobre los hombros, no negociando aposentos.
—Nadie te ha pedido tu opinión, Lachlan.
Cathal ni siquiera se vuelve hacia él al plantearlo, y esa indiferencia calculada corta más que cualquier grito.
El silencio que sigue es distinto al anterior.
Lachlan cierra la boca y no vuelve a intervenir, aunque algo en su expresión se guarda la afrenta para más tarde, con la paciencia de quien sabe esperar el momento oportuno.
Cathal se vuelve de nuevo hacia mí, y por un instante creo distinguir, bajo el control habitual, algo parecido al cálculo de un hombre que está reconsiderando una primera impresión.
—Habitaciones propias, concedido. Acceso a la capilla, concedido; los Kinloch no negamos consuelo espiritual a nadie bajo este techo. En cuanto a que ningún hombre entre sin anuncio previo, eso será norma para todo el castillo, no solo para vuestras estancias, así que también lo concedo.
Hace una pausa, como si sopesara algo que no termina de convencerle del todo.
—La instrucción de vuestra hermana se permitirá, mientras no comprometa la vigilancia acordada.
Artair enarca una ceja, sorprendido de que su hijo haya cedido tanto sin consultarle primero, pero no lo contradice delante del consejo. Los tenentes intercambian miradas breves; alguno asiente, como si aprobara en silencio algo que no esperaba de este hijo tan calculador.
—Entonces queda decidido —zanja Artair, recuperando el mando de la sesión—. Se procederá conforme a lo acordado.
Los tenentes empiezan a levantarse, la reunión dándose por cerrada, y yo permito que el alivio me recorra apenas un instante antes de sofocarlo.
No he ganado nada todavía; solo he evitado perder más de lo necesario.
Pero es más de lo que esperaba conseguir esta mañana, y eso, viniendo de un Kinloch, ya es una grieta que ni siquiera él parece reconocer del todo.
Cathal se queda el último en la sala, enrollando el pergamino con manos precisas, mientras los demás desfilan hacia la puerta.
No me mira al hacerlo, y sin embargo tengo la certeza incómoda de que cada palabra que he pronunciado hoy ha quedado anotada en algún lugar detrás de esos ojos oscuros, guardada para más tarde, del mismo modo que yo guardo cada concesión suya como quien cuenta monedas en tiempos de escasez.
Fuera, en el pasillo, Beitris respira como si acabara de salir del agua. Ceana camina a mi lado sin decir nada durante varios pasos, algo inusual en ella, hasta que por fin rompe el silencio.
—Has conseguido más de lo que él quería dar. Se le notaba en la cara, aunque se esforzara porque no se notara.
No respondo enseguida. Pienso en la frialdad con la que Cathal ha cortado a Lachlan, en la pausa antes de conceder lo de Beitris, en esa mirada que aún no sé leer del todo y que ya empieza a ocupar más espacio del que me gustaría admitir.
—Puede ser —admito por fin—. Habrá que ver qué precio le pone a lo que ha concedido.
—¿Crees que hay precio? —pregunta Beitris, con esa voz todavía demasiado joven para esta casa.
—Siempre hay precio —respondo—. Solo que a veces tarda en presentarse la cuenta.
Ceana no dice nada más, pero me observa de reojo el resto del camino hacia la torre este, con una expresión que no sé si es preocupación o algo parecido a la curiosidad.
Yo tampoco sabría explicarle del todo qué he sentido en esa sala, entre la victoria pequeña de las condiciones ganadas y la sensación, más incómoda, de que Cathal Kinloch ha empezado a mirarme como quien estudia un problema que le interesa resolver.
Esa misma tarde, cuando salgo a caminar por el patio interior —uno de los pocos privilegios que la vigilancia nos permite sin escolta directa, siempre que no crucemos la muralla exterior—, me cruzo con uno de los tenentes que asistió al consejo.
Es un hombre mayor, de manos nudosas y mirada franca, que se detiene un instante antes de proseguir su camino.
—Habéis hablado bien esta mañana —comenta, sin detenerse del todo—. El joven laird no suele ceder tanto en un solo día. Ni con los suyos.
No sé qué responder a eso, así que me limito a inclinar la cabeza, y él continúa su camino sin esperar réplica, dejándome con la sensación de que acabo de recibir una advertencia disfrazada de cumplido.
Vuelvo a la torre pensando en esas palabras.
Si es verdad que Cathal no cede fácilmente, entonces lo de hoy ha sido algo que ni él mismo termina de entender del todo.
Y si es así, no sé si debería sentirme más segura o menos, porque un hombre que no comprende sus propias concesiones es tan impredecible como uno que no las hace nunca.
Encuentro a Beitris sentada en el suelo de nuestra alcoba, ordenando por colores unos hilos de bordar que Isla le ha conseguido, y a Ceana de pie junto a la ventana, todavía con la energía de la mañana sin gastar del todo.
—¿Y bien? —pregunta Ceana, sin apartar la vista del patio de abajo—. ¿Qué has sacado en claro de todo eso, aparte de habitaciones propias y acceso a una capilla que ni siquiera hemos pisado?
—He sacado en claro que este castillo funciona por reglas que todavía no conozco del todo —respondo, sentándome junto a Beitris para ayudarla con los hilos—. Y que el hijo del laird las conoce mejor que nadie, aunque parezca dispuesto a romperlas cuando le conviene.
—¿Te conviene a ti que las rompa?
La pregunta de Ceana queda flotando entre las tres más tiempo del que me gustaría, y no encuentro una respuesta que no suene, de un modo u otro, a algo que todavía no estoy preparada para admitir en voz alta.
Beitris levanta la vista de los hilos, curiosa, esperando también su propia respuesta, y yo me limito a devolverle una sonrisa que espero que sirva de excusa.
—Me conviene que nos trate con justicia —respondo por fin—. Lo demás no es asunto que me concierna.
Ceana enarca una ceja, poco convencida, pero deja el tema por hoy, quizá porque también ella ha aprendido, en estos pocos días, que hay batallas que conviene guardar para cuando de verdad merezcan la pena.
No sé cuál de las dos cosas debería preocuparme más.